Capítulo 7La vertical del pánico #2
Samuel se detuvo a tres pasos de ella y pegó la espalda contra la pared del acantilado.
La caliza, fría y surcada de estrías horizontales, transmitía una vibración constante: el pulso de las turbinas de la presa, kilómetros adentro.
Cincuenta y una horas y veinte minutos. El segundero invisible corría bajo la llovizna.
—Un desprendimiento —dijo Irene. Su voz, despojada de la habitual seguridad corporativa, llegó amortiguada por el viento—. Reciente. La caliza ha cedido por la base.
Samuel bajó la vista instintivamente y el estómago se le contrajo en un espasmo.
El sendero de los canteros desaparecía a lo largo de un metro y medio.
En su lugar, una cicatriz de roca blanca, limpia de liquen, marcaba la fractura reciente.
Abajo, el mar hervía en una masa de espuma gris contra el basalto.
La distancia se estiró, deformando la perspectiva en un embudo vertiginoso que parecía succionarlo.
El aire se le congeló en la garganta. La rigidez le atenazó las extremidades como una parálisis química.
Sus manos, embutidas en guantes de nitrilo, se aferraron a la piedra hasta tensar las costuras de la lona.
Las sienes le latieron con un dolor sordo; su campo visual se redujo a un túnel donde solo cabían la cicatriz de la roca y el vacío.
—No hay apoyo —dijo Irene, examinando la brecha—. El estrato inferior es arcilloso. Hay que salvarlo de un paso largo.
Se volvió hacia él y contuvo las palabras.
Samuel permanecía petrificado contra la pared, con los ojos fijos en el abismo, la mandíbula apretada y la respiración reducida a un silbido superficial. Una gota de sudor frío le resbaló por la sien, ajena a la llovizna. Sus dedos, rígidos como garras, se hundían en la roca húmeda.
Irene retrocedió por el sendero estrecho hasta quedar a medio metro. El mosquetón de su arnés golpeó la hebilla de Samuel con un chasquido metálico.
—Samuel.
Él no respondió.
—Geller, mírame. —La voz de Irene perdió la frialdad de las reuniones de Adsum; no había impaciencia, sino una sobria firmeza técnica—. No mires el agua. Mírame a mí.
Samuel desvió la vista de la brecha, centímetro a centímetro, hasta que la chaqueta gris de Irene llenó su campo visual. Bajo la capucha, los ojos de ella sostenían los suyos con una fijeza absoluta.
—La caliza del otro lado es un bloque de transición —explicó despacio, marcando las sílabas—. Mampostería de sillería colocada a hueso. No va a ceder. He comprobado el ángulo del estrato: tiene una inclinación de dos grados hacia el interior. Es un soporte seguro.
—No puedo desplazar el centro de gravedad —articuló él, con un hilo de voz ronca—. El pie izquierdo no responderá.
—Tu bota tiene suela de caucho semirrígido —replicó ella—.
El coeficiente de fricción sobre la caliza húmeda es de cero coma siete.
Físicamente, es imposible que resbales si descargas el peso en perpendicular.
Es una ecuación simple, Samuel. La gravedad trabaja a tu favor si mantienes el vector vertical.
Irene se quitó el guante derecho, dejándolo colgar de la muñeca. Su mano desnuda, pálida y húmeda por la llovizna, se extendió hacia él.
—Toma mi mano. No voy a tirar de ti. Solo seré tu punto de apoyo. Tu anclaje.
Samuel miró sus dedos. Parecían frágiles frente a la inmensidad del acantilado, pero la firmeza de su postura transmitía una estabilidad real.
Dudó. El pánico le ordenaba aferrarse a la pared hasta que el agua de la presa los alcanzara, pero los datos de fricción que ella acababa de formular operaron en su mente como un resorte lógico. El pulso comenzó a estabilizarse.
Despegó los dedos de la grieta. La piel le dolió por la contracción prolongada. Extendió el brazo y cerró la mano sobre la de Irene.
La piel de ella estaba fría, pero su agarre fue firme, cerrándose sobre su muñeca con una fuerza que desmentía su constitución delgada.
—Bien —dijo Irene, sosteniéndole la mirada—. Ahora, olvida el vacío. No existe. Solo hay dos puntos en el espacio: donde estás y donde estoy yo. Avanza el pie derecho hacia el sillar que está detrás de mi bota. No saltes. Camina.
Samuel inspiró el aire húmedo, llenando los pulmones por primera vez en minutos. El olor a salitre ya no era asfixia, sino el rastro de la piedra firme. Concentró toda su atención en la presión de la mano de Irene, convirtiéndola en el único eje de su universo de coordenadas.
—A la de tres —dijo ella—. Uno. Dos...
Al tres, Samuel proyectó la bota derecha hacia delante.
Durante una fracción de segundo, quedó suspendido sobre el abismo. El viento ascendente le golpeó el muslo, amenazando su equilibrio. El mosquetón corrió por la línea de vida con un zumbido agudo. El brazo de Irene se tensó, rígido, absorbiendo la oscilación de su peso sin ceder un milímetro.
La suela impactó contra la caliza del otro lado. El caucho mordió la piedra. De inmediato, Samuel arrastró el pie izquierdo, completó el paso y pegó el hombro contra el muro de la atalaya que se curvaba sobre ellos.
El aire salió de su pecho en un jadeo. Apoyó la frente contra la piedra fría, con el corazón desbocado contra las costillas, pero el suelo bajo sus botas ya no oscilaba. Era firme: caliza del siglo XI, anclada a la roca madre.
Irene no le soltó la muñeca de inmediato. Mantuvo el agarre hasta que la respiración de Samuel se estabilizó, guardando la distancia justa para asegurar su posición sin invadir su espacio.
—La fricción funciona —dijo ella con un leve asentimiento, antes de soltarlo y calzarse de nuevo el guante.
Samuel se enderezó y se colocó las gafas con dedos todavía trémulos. Al mirarla, no encontró en sus ojos la fría tasación corporativa ni la prisa del cronómetro, sino un reconocimiento silencioso, una tregua elemental nacida de la roca y el peligro compartido.
—Gracias, Sterling. —Su voz había recuperado el aplomo.
—No me dé las gracias todavía, doctor Geller —replicó ella, señalando la pendiente tallada que se alzaba ante ellos—. El sendero se estrecha antes de la plataforma. Hay que seguir subiendo.
Se giró y comenzó a trepar por los escalones irregulares esculpidos en la arista del acantilado. Samuel se ajustó las correas de la mochila, donde los mapas y el diario del prior pesaban como un recordatorio físico de su propósito, y la siguió.
La caliza estaba descarnada, batida por ráfagas que chocaban contra la vertical del cabo.
Con cada metro, el viento del norte silbaba con más fuerza entre las oquedades de la piedra, sacudiendo sus chaquetas.
Samuel avanzó a cuatro patas, concentrado en la textura áspera del sillar, mientras el vacío rugía a su espalda y la silueta de la torre continuaba oculta tras la bruma.
La yema del dedo índice derecho de Samuel se hundió en un alvéolo fósil de la caliza, el único punto de anclaje firme en la rampa húmeda.
Apenas dos palmos por delante, la bota de Irene Sterling levantaba una fina película de lodo gris al cambiar de nivel.
El viento golpeaba la roca con la consistencia de un cuerpo sólido; un empuje rítmico que obligaba a Samuel a aplastar el pecho contra la piedra fría para no ser barrido del sendero.
El aguacero racheado castigaba el acantilado.
El agua corría por las estrías de la caliza, empapaba los puños de su chaqueta de lona y enfriaba sus antebrazos hasta entumecerlos.
Eran las ocho y cuarenta y siete de la mañana del martes.
Samuel estiró la mano izquierda para buscar la siguiente junta horizontal.
Sus dedos tantearon la superficie resbaladiza por el liquen.
—¡Un esfuerzo más, Samuel! —el grito de Irene llegó roto por el viento, distorsionado por el eco del oleaje—. ¡La cornisa termina justo después del saliente!
Samuel no abrió la boca. Romper el precario ritmo de su respiración —inspirar en cuatro tiempos, retener en dos, espirar en cuatro— significaba liberar la náusea que le ascendía desde el estómago cada vez que el silbido del aire cambiaba de tono.
La niebla había borrado el mar; una mortaja gris y uniforme eliminaba cualquier referencia de distancia.
Solo quedaba la vertical de la roca y el abismo que rugía abajo.
De repente, el aire pareció retirarse del acantilado, un vacío barométrico de apenas un segundo que precedió a una ráfaga huracanada surgida del fondo del desfiladero.
El impacto fue brutal. El viento lateral se embolsó bajo la mochila de Samuel, le levantó la cadera izquierda y despegó sus rodillas de la roca.
Samuel se aferró con las dos manos a la ranura de la piedra mientras las uñas se le doblaban contra el mineral áspero.
El duraluminio de su arnés chirrió contra la caliza.
En esa oscilación, el mosquetón de seguridad de su mochila, donde colgaba el inclinómetro de precisión —un instrumento de bronce y vidrio templado—, golpeó contra un saliente de la pared.
El pasador de resorte, desgastado por la humedad salina, cedió bajo el impacto.