Capítulo 7La vertical del pánico #3
El inclinómetro se deslizó por su muslo, rebotó en el borde del escalón y cayó al vacío.
Samuel inclinó la cabeza instintivamente. El instrumento brilló un instante en la niebla antes de desaparecer. Tres segundos después, un chasquido metálico ascendió desde la base del acantilado. Luego, el silencio. El mar se había tragado los restos de vidrio y metal contra el basalto.
Las sienes le latieron con violencia. La garganta se le cerró, bloqueando el paso del aire, y el túnel de su visión se estrechó hasta reducir la realidad a un punto borroso de piedra.
La gravedad pareció tirar de él hacia el lateral, hacia el espacio vacío donde el inclinómetro acababa de desintegrarse.
«Cero coma siete —se repitió mentalmente—. El coeficiente de fricción es cero coma siete. El peso es vertical. La masa no se desplaza si no hay fuerza lateral».
Pero la fuerza lateral del viento seguía allí. Sus hombros temblaban. La parálisis de la catedral de Colonia se extendió por su espalda como una corriente helada.
—¡Samuel! —el grito de Irene sonó más cerca—. ¡No mires abajo! ¡Fija la vista en la junta!
Él no podía moverse. Sus dedos se habían bloqueado en una contracción isométrica; los tendones del dorso de la mano sobresalían bajo la piel húmeda. La caliza ya no era un soporte, sino una trampa.
«La textura —se obligó a pensar—. Concéntrate en la textura».
Cerró los ojos para anular la distorsión de la niebla.
Debajo de sus yemas, la caliza de Vila de la Roca reveló su registro geológico: la aspereza de los granos de cuarzo depositados en el Cretácico, las minúsculas crestas de las conchas de bivalvos fosilizados que habían resistido millones de años de presión.
Cada imperfección era una coordenada física que su cerebro podía procesar.
Aquella piedra había soportado el peso de continentes; soportaría su cuerpo.
Movió la mano derecha un centímetro. La yema del dedo medio encontró una cresta de calcita recristalizada, rugosa como el papel de lija.
Se aferró a ella. Desplazó la rodilla izquierda y la arrastró sobre el plano inclinado del sillar hasta que el caucho de la bota encontró un relieve en la junta de mortero.
Avanzó otro centímetro. Y luego otro.
El dolor en los antebrazos era agudo, pero la rigidez comenzó a ceder ante la concentración del esfuerzo.
El viento continuó azotando su ropa, pero Samuel ya no luchaba contra el abismo; luchaba contra la piedra, palmo a palmo, descifrando su relieve con la punta de los dedos como si leyera un texto en braille tallado por la tierra.
La pendiente del sendero comenzó a suavizarse. La pared del acantilado retrocedió de golpe. Sus manos se apoyaron sobre una superficie horizontal, ancha y pavimentada con losas de mampostería regular.
Samuel abrió los ojos.
Estaba de rodillas sobre la plataforma de la atalaya.
Era un espacio circular de unos cuatro metros de diámetro, protegido por un pretil de piedra semiderruido que apenas alcanzaba la altura de sus rodillas.
El suelo estaba cubierto de hierba rala y fragmentos de tejas medievales rotas, pero era plano.
Su peso caía en una vertical perfecta sobre suelo firme.
Se dejó caer de costado y apoyó la espalda contra el muro cilíndrico de la torre. El pecho le subía y bajaba en jadeos roncos; el aire frío le quemaba los bronquios, pero la oscilación de su cabeza comenzó a detenerse.
Irene ya estaba de pie junto a él. Se había quitado la mochila y la apoyaba contra la sillería de la torre mientras examinaba el horizonte bajo la lluvia. Su rostro estaba surcado por hilos de agua, pero su respiración era regular.
—Hemos perdido el inclinómetro —dijo Samuel, con la voz quebrada—. Se ha caído en el saliente.
—El software del terminal puede suplir la lectura de ángulos con el giroscopio interno —respondió ella, sin mirarlo—. No es tan preciso como tu instrumento óptico, pero servirá si logramos estabilizar la posición. Lo que me preocupa no es la herramienta, Samuel.
Se volvió y señaló con la barbilla hacia arriba.
Samuel levantó la vista. La estructura de la atalaya, construida con sillares de caliza grisácea unidos por un mortero de cal denso, se alzaba quince metros sobre la plataforma. En la parte superior, la cámara alta se abría a través de tres aspilleras románicas que daban al norte.
No había acceso interior.
La única entrada a la cámara era un portalón de arco de medio punto situado a doce metros de altura.
Para alcanzarlo, el único camino era una escalera de caracol exterior, labrada en peldaños de piedra en voladizo que sobresalían directamente del muro cilíndrico, ceñidos a la curvatura de la torre como una espiral de hueso suspendida sobre el vacío del acantilado.
La tormenta golpeaba los peldaños desprotegidos y convertía cada superficie de apoyo en una rampa de piedra mojada que vibraba bajo el empuje de las ráfagas del norte.
El frío del muro de la torre le traspasó la chaqueta. Ante ellos, la espiral de piedra se alzaba suspendida sobre la nada.