Capítulo 7La vertical del pánico
La vertical del pánico
Dr. Samuel Geller
La suela de la bota de Samuel resbaló un centímetro sobre la greda húmeda antes de encontrar el primer peldaño tallado en la roca.
El viento del norte, encajonado en el desfiladero, le golpeó la cara con una cortina de agua salada que empañó sus gafas de inmediato.
Se las quitó con un movimiento torpe y las guardó en el bolsillo interior de la chaqueta de lona.
Sin ellas, el contorno del acantilado norte se convirtió en una masa difusa de tonos grises y blancos, una cuña de caliza disuelta en la niebla baja.
Ocho y treinta y cinco de la mañana del martes. Quedaban exactamente cincuenta y una horas y veinticinco minutos antes de que el agua del embalse alcanzara la cota de la cripta.
A su izquierda, a menos de un paso, el vacío.
El oleaje del Cantábrico batía contra las rocas de la base con un trueno rítmico que hacía vibrar la piedra bajo sus pies.
La acústica de la pared cóncava proyectaba el estruendo hacia arriba, transformándolo en un zumbido constante, sordo, instalado en sus tímpanos.
Una punzada le oprimió el centro del pecho. El aire, denso de humedad y salitre, se volvió difícil de tragar, como si tuviera consistencia física.
—El primer tramo es el más expuesto —dijo Irene desde unos metros más adelante—. El viento gira al chocar con la pared y crea corrientes ascendentes. No dejes que la mochila te haga vela.
Ella ya se había colocado el arnés técnico de Adsum Corp.
Las cinchas de nailon negro contrastaban con el gris de su chaqueta, ajustándose a sus muslos y cintura con rigor técnico.
En su mano izquierda sostenía una cuerda semiestática de diez milímetros, cuyo extremo desaparecía en la penumbra del sendero superior, anclado a un viejo perno de hierro empotrado en la caliza.
Samuel miró el arnés en sus manos. Las hebillas de duraluminio tintinearon, un sonido agudo devorado por el rugido del mar. Intentó pasar la cinta por el cierre de doble paso, pero sus dedos, rígidos por el frío y el temblor, no obedecieron. La lona del arnés se sentía rígida, ajena.
—¿Necesitas ayuda con eso? —Irene se volvió, consultando de reojo el cronógrafo de su muñeca. No había burla en su voz, sino la impaciencia de quien calcula el tiempo en pérdidas de rendimiento.
—Sé cómo funciona un cierre de seguridad, Sterling —la voz de Samuel sonó ronca, extraña a sus propios oídos.
Se obligó a concentrarse en la física del objeto.
Descompuso el movimiento en vectores: la cinta debía entrar por la ranura inferior, abrazar la barra central y retornar por encima para bloquearse por fricción bajo tensión.
Repitió el proceso con lentitud y forzó a sus pulgares a presionar el metal hasta que el testigo rojo de la hebilla quedó cubierto por el paso del nailon.
Aseguró el mosquetón de rosca en el anillo ventral con un giro firme.
El chasquido del cierre metálico le proporcionó un instante de anclaje.
El sendero de los canteros se abría ante ellos como una hendidura irregular en la caliza.
Trazado en el siglo XI para el tránsito de hombres y mulas desde las canteras bajas hasta la atalaya, el camino carecía de protección exterior.
El paso de los siglos y la erosión alveolar habían redondeado los bordes de los escalones, convirtiendo el plano horizontal en una sucesión de rampas cubiertas por una pátina de liquen grisáceo y agua de escorrentía.
En algunas secciones, el ancho útil apenas superaba los cuarenta centímetros.
Samuel levantó la vista para buscar la Torre del Vigía, pero la niebla la ocultaba por completo. Solo la vertical gris de la roca ascendía hacia la bruma.
La bota húmeda chirrió sobre la caliza. Al instante, la perspectiva sufrió una distorsión violenta.
La línea vertical del acantilado pareció curvarse hacia la izquierda, como si la gravedad hubiera cambiado de eje.
Su vista periférica se redujo a un túnel borroso; los extremos del campo visual se tiñeron de una penumbra movediza y el suelo osciló bajo sus pies con la frecuencia de una cubierta de barco.
Un sudor frío le empapó la frente, helándose bajo el viento del norte. El corazón le golpeaba las costillas, restando espacio a los pulmones.
«La gravedad es una constante —se repitió, fijando la mirada en la junta de mortero del sillar más cercano—. Nueve coma ocho metros por segundo al cuadrado. Mientras el centro de gravedad del cuerpo caiga dentro de la base de sustentación, no hay desplazamiento posible. Es geometría pura».
El intelecto claudicó ante el sistema vestibular. Su mano derecha se proyectó hacia la pared. Los dedos, enfundados en nitrilo húmedo, se aferraron a una grieta con una fuerza desmesurada, raspándose contra las aristas de los depósitos de sal.
—No te pegues tanto a la pared, Samuel —advirtió Irene, que avanzaba con un paso elástico, manteniendo el torso ligeramente inclinado hacia el abismo para compensar el peso de su mochila—.
Si te apoyas demasiado en la roca, perderás adherencia en las suelas.
El peso debe caer vertical sobre los pies.
Samuel no respondió. Con la mejilla derecha casi pegada a la piedra húmeda, percibió el olor de la caliza mojada, un aroma mineral y antiguo mezclado con el óxido de los pernos de seguridad de Adsum.
La vibración sorda de las turbinas de la presa lejana viajaba a través de la mampostería del acantilado, un latido artificial que desestabilizaba su equilibrio interno.
«Dos horas —la catedral de Colonia emergió con la nitidez de una fractura abierta—.
Dos horas colgado de aquella viga astillada, escuchando el crujido de las fibras de madera antes de que llegara el equipo de rescate».
El vacío bajo sus pies entonces había sido un espacio negro y silencioso; aquí era un abismo gris que rugía con el oleaje.
—El viento va a arreciar en los próximos diez minutos —dijo Irene. Su voz llegaba amortiguada por el silbido del aire en las oquedades de la roca—. Si nos quedamos en este tramo, las ráfagas laterales nos empujarán contra el vacío. Hay que llegar al primer recodo.
Cuatro metros los separaban, pero el sendero realizaba un giro de noventa grados sobre un saliente de roca que se adentraba en el vacío. En ese punto, el camino parecía interrumpido, suspendido sobre la masa de agua espumosa que chocaba contra las rocas basálticas, ochenta metros más abajo.
El aire se detuvo en su garganta. Intentó inspirar, pero el diafragma permanecía bloqueado en una contracción rígida.
—No puedo —susurró.
El viento devoró el susurro, pero Irene se detuvo al notar la falta de movimiento a su espalda. En el borde del recodo, apoyaba una mano en la roca y sostenía la cuerda de seguridad con una soltura que a Samuel le resultó insultante.
—Sí puedes, doctor Geller —retrocedió un paso hacia él.
Su mirada gris se clavó en los ojos desorbitados de Samuel—.
Has pasado la mitad de tu vida analizando cómo estas piedras soportan el peso de cúpulas de miles de toneladas.
Sabes exactamente cuánta presión puede resistir esta caliza antes de fracturarse. Confía en la resistencia de materiales.
—No es la piedra lo que me preocupa, Sterling —articuló con los dientes apretados para contener el temblor—. Es mi propio sistema nervioso.
—Entonces no pienses en tu sistema nervioso.
Piensa en el Códice —se acercó otro paso.
El logotipo plateado de Adsum destelló bajo la luz plomiza—.
Si te quedas ahí pegado, el agua subirá y Adsum Corp se limitará a dinamitar la entrada de la cúpula para recuperar lo que pueda antes de la inundación.
Yo no podré detenerlos. Tu única oportunidad de salvar el contexto completo, de demostrar tu teoría ante la comunidad internacional, está arriba, en esa atalaya.
Samuel miró la mano de Irene, que sostenía el mosquetón de la línea de vida.
El metal brillaba con un tono azulado bajo la llovizna.
Detrás de ella, la vertical del acantilado se disolvía en la bruma, pero en la base de la roca, donde el sendero se unía a la piedra viva, distinguió una marca tallada, casi borrada por la erosión: una línea quebrada cruzada por un compás de patas desiguales.
La marca de la Hermandad del Silencio.
Los canteros medievales habían recorrido este mismo borde sin cuerdas de nailon ni calzado técnico. Su firma en la piedra más expuesta no era un adorno, sino un testigo: el camino, a pesar de la vertical del pánico, cedía ante la geometría del equilibrio.
Samuel cerró los ojos. Contó mentalmente hasta cuatro mientras retenía el aire, sintiendo el frío del viento en los párpados. Al abrirlos, la marca seguía allí, inamovible, desafiando al abismo.
Soltó los dedos de la grieta, centímetro a centímetro, permitiendo que la sangre retornara a las yemas. Enderezó el torso, alejó la mejilla de la piedra húmeda y buscó con el pie izquierdo el centro del siguiente peldaño.
El talón de la bota izquierda asentó con un golpe sordo sobre la caliza cubierta de limo.
Samuel contuvo la respiración, con la mirada fija en el sillar superior, negándose a registrar el vacío que se abría a su izquierda.
El viento del norte le azotó la nuca, colándose por el cuello de la chaqueta de lona y arrastrando el olor áspero del salitre mezclado con greda húmeda.
Avanzó dos pasos, arrastrando las suelas para no perder el contacto con la roca. Delante, la silueta de Irene Sterling se recortaba contra la bruma, nítida y constante. Se movía con regularidad mecánica, mientras deslizaba el mosquetón por la línea de vida con un leve tintineo de duraluminio.
Al doblar el saliente del acantilado, Irene se detuvo en seco. Su bota derecha quedó suspendida a pocos centímetros del borde de una brecha ausente en los mapas topográficos de Adsum Corp.