Capítulo 6Pacto de conveniencia #3
Se inclinó sobre el teclado auxiliar, ignorando la cercanía de Irene. Sus dedos buscaron las teclas de entrada con una precisión que contrastaba con la rigidez de sus hombros.
—El diario del prior detalla una corrección específica para el *stylus polaris* —explicó mientras introducía una variable numérica en el algoritmo de simulación—.
Los constructores de la Hermandad conocían la deriva del eje terrestre.
Aplicaron un ajuste de tres grados y catorce minutos de arco hacia el oeste para alinear el gnomon con la estrella Polar.
Tras pulsar la tecla de confirmación, la pantalla parpadeó.
El vector verde corrigió su ángulo de inmediato y barrió la superficie del agua virtual hasta encajar con precisión milimétrica en la base de la Torre del Vigía.
La intersección brilló en amarillo, desplegando lecturas de cota y coordenadas en el margen.
—Ahí lo tienes —dijo Samuel con un hilo de voz—. El segundo hito. La luz del atardecer del día de la consagración debía cruzar la aspillera de San Donato, refractarse en el prisma de cuarzo y proyectar la sombra del relieve hacia la cámara alta de la torre. Un sistema de transmisión óptico.
Irene observó los datos. Sus ojos grises reflejaron el brillo de las coordenadas.
—La cota de la cámara alta está a noventa y dos metros sobre el nivel del embalse —señaló al analizar el perfil de la estructura—.
El sendero exterior está colapsado en el segundo tramo.
Las juntas de mortero sufren meteorización por heladas y el viento del norte bate directo contra los peldaños en voladizo.
Samuel fijó la vista en la ampliación del modelo tridimensional. En la pantalla, los peldaños de piedra aparecían como cuñas sin barandilla ceñidas al cilindro de la atalaya, suspendidos sobre una caída libre que el software pintaba de un azul profundo.
El pecho se le oprimió. El aire cargado de ozono del habitáculo se volvió denso.
La rigidez entumeció sus dedos; un sudor frío humedeció sus palmas dentro de los bolsillos.
La perspectiva de subir a esa estructura, expuesto al viento del acantilado sobre escalones erosionados, le provocó una náusea física.
«Concéntrate en el plano», se dijo, buscando la línea horizontal del marco para frenar el balanceo en su cabeza. «La gravedad es solo una aceleración constante de nueve con ocho metros por segundo al cuadrado. Si la piedra soporta el vector de fuerza, el cuerpo no cae».
—El viento en el cabo norte supera los cincuenta kilómetros por hora —continuó Irene mientras abría el armario de carga del laboratorio móvil—.
Y la tormenta empeorará antes del mediodía.
Si queremos llegar a la cámara alta antes de que Lucía Bernardi inicie la prueba de carga de los aliviaderos, tenemos que movernos ya.
El compartimento metálico guardaba arneses de escalada negros, cuerdas semiestáticas de diez milímetros, mosquetones con cierre de rosca y un taladro percutor para anclajes de expansión. El tintineo agudo del metal resonó en los oídos de Samuel como una advertencia.
Irene extrajo un arnés de lona reforzada y se lo tendió.
—Toma esto, Samuel. Vas a necesitarlo.
Él extendió la mano con lentitud, frenando el temblor de los dedos antes de tocar el nailon. El tacto de la cincha fría y las hebillas de duraluminio era real, pesado.
—He trabajado en andamios de catedrales durante más de quince años, Sterling —dijo con voz firme, sin inflexiones—. Sé cómo asegurar un cabo de anclaje.
Omitió que, desde el colapso de la bóveda en Alemania —donde colgó de una viga astillada durante dos horas antes del rescate—, no había subido más allá del tercer peldaño de una escalera de mano. Omitió el pánico a la ausencia de un muro sólido a su espalda y al silbido del aire libre.
Irene lo observó un segundo, con la mirada fija en la rigidez de su mandíbula. Sostuvo el arnés antes de soltarlo en sus manos.
—No se trata de un andamio de obra, doctor Geller —advirtió—.
En el acantilado norte no hay redes de seguridad ni plataformas de madera contrachapada.
Si tus manos fallan por el frío o el miedo, la cuerda evitará que termines en las turbinas de la presa, pero no impedirá que te rompas contra la caliza del muro.
—Preocúpate de tus técnicos y de tu software, Sterling —respondió Samuel, guardando el arnés en su mochila de lona con un tirón brusco—. Yo me encargo de la piedra.
Irene asintió y comenzó a ajustar las correas de su propio equipo sobre la chaqueta técnica.
El segundero digital de la consola marcó las ocho y doce minutos de la mañana del martes.
Restaban menos de cincuenta y dos horas para el cierre definitivo de las compuertas de fondo.
El viento del norte, cargado de la lluvia fina que se filtraba por las juntas de la puerta neumática, golpeó el lateral del camión con un silbido prolongado que hizo vibrar las pantallas.
Samuel se colgó la mochila al hombro. El peso del prisma de cuarzo en el bolsillo interior de su chaqueta, un trozo de cristal frío, era su única brújula. Se dirigió hacia el portón de salida con la vista fija en las losas de goma del suelo ante la inminencia de la vertical del acantilado.