El Códice de la Piedra: El enigma de la Hermandad del Silencio Capítulo 6Pacto de conveniencia #2
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Capítulo 6Pacto de conveniencia #2

—No lo llames tregua, Samuel. Es un acuerdo de optimización de recursos —se giró para apoyarse contra el borde de la mesa de control—.

Tú tienes la clave matemática para calibrar el gnomon de la atalaya.

Yo tengo el equipo de escaneo láser terrestre, los drones de mapeo térmico y la logística para sacarte de este valle antes de que el agua alcance la cota de doscientos cuarenta metros.

Sin mí, tu teoría sobre la Hermandad del Silencio se ahogará en el lodo de la presa.

Sin ti, mi equipo perderá doce horas barriendo la piedra con el ángulo de inclinación equivocado. El trato es sencillo.

—Tu trato consiste en que yo haga el trabajo intelectual y vuestros operarios extraigan el Códice para encerrarlo en una cámara acorazada de Adsum Corp en Zúrich —replicó Samuel, dando un paso corto hacia la mesa, empeñado en mantener la vista lejos del ventanal—.

Eso no es un acuerdo. Es un expolio con barniz científico.

—Es conservación de emergencia —corrigió Irene, con los brazos cruzados.

Su mirada gris se clavó en él—. Si el Códice se queda donde está, la meteorización química del agua ácida de la presa destruirá el soporte físico en menos de cinco años.

La caliza de este valle es porosa, Samuel.

Lo sabes mejor que yo. El agua disolverá el carbonato cálcico y las inscripciones se convertirán en arena húmeda.

¿Prefieres que el legado de tus canteros heréticos sea pasto de los peces con tal de mantener tu pureza académica?

Samuel apretó los dientes. La caliza de Vila de la Roca no resistiría la inmersión prolongada bajo la presión de millones de metros cúbicos de agua estancada.

La acidez del fondo del embalse, cargada de sedimentos orgánicos descompuestos, devoraría los relieves geométricos de la cripta y de la torre en cuestión de meses.

—No permitiré que el hallazgo se privatice —dijo Samuel, apoyando las manos sobre el borde de la mesa de planos.

La vibración sutil del generador auxiliar del camión se transmitía a través de la madera estratificada—.

Exijo un acuerdo vinculante, Sterling. Un documento firmado que registre el compromiso de Adsum Corp para catalogar y registrar digitalmente cada sillar, cada glifo y cada elemento estructural de las tres localizaciones antes de que las compuertas se cierren de forma definitiva.

Irene enarcó una ceja.

—¿Catalogar el entorno completo? Samuel, nos quedan menos de cincuenta y dos horas. Cada minuto que mis técnicos pasen escaneando muros secundarios es un minuto menos para localizar la cámara del legado.

—Si no catalogamos el contexto arquitectónico, el Códice perderá su significado —insistió, inclinando el cuerpo hacia ella.

El brillo de sus gafas reflejó las gráficas de presión de la pantalla—.

La Hermandad del Silencio no diseñó un objeto exento.

Diseñaron un sistema de relaciones espaciales que utiliza la geografía del valle, la orientación de los acantilados y la luz solar.

Extraer solo el cilindro o el manuscrito sin registrar la geometría de los templos es como arrancar una página de un libro único y quemar el resto.

Quiero que cada nube de puntos, cada fotografía macro y cada lectura de espectrometría de los morteros sea cargada en un servidor de acceso público para la comunidad científica internacional.

Sin restricciones. Sin patentes de Adsum.

El segundero digital del reloj de la consola central avanzaba con regularidad despiadada: cincuenta y una horas y cuarenta minutos para el cierre de las compuertas de fondo.

Irene desvió la mirada hacia la pantalla que monitorizaba el caudal del río Roca.

En el monitor, las lecturas del caudalímetro de la Confederación Hidrográfica mostraban una curva ascendente debido a las lluvias persistentes en la cabecera del valle.

En la esquina superior, una ventana de chat parpadeaba con mensajes urgentes firmados por Marcus Vance.

—Un servidor de acceso académico restringido durante los primeros seis meses —propuso Irene, bajando la voz—. Con opción de publicación abierta tras la presentación del informe de resultados de Adsum a la junta de inversores.

—Acceso abierto desde el primer día de la publicación del hallazgo —rebatió Samuel, sin ceder un milímetro—.

Y vuestro equipo de ingeniería debe colocar puntales hidráulicos de refuerzo en la bóveda de la cripta de San Donato antes de que comience la prueba de carga de los aliviaderos de la presa.

Si las vibraciones colapsan el muro norte ahora, no habrá nada que descifrar.

Irene guardó silencio durante unos segundos.

Sus dedos tamborilearon sobre el borde de la consola.

Samuel sostuvo su mirada, sabiendo que, por muchos recursos tecnológicos de los que dispusiera Adsum Corp, ella seguía necesitando su capacidad para depurar el ruido de las mediciones y encontrar la aguja en el pajar geométrico de la Hermandad.

—Está bien —dijo finalmente. Se incorporó y tecleó una secuencia de comandos rápidos en su terminal portátil; un documento con el membrete de Adsum Corp apareció en la pantalla secundaria—.

He modificado el protocolo de rescate de urgencia.

Se incluye la catalogación digital sistemática de los tres hitos y el refuerzo estructural de la cripta de San Donato en el plan de trabajo de esta tarde.

El acceso a los datos brutos de escaneo será compartido con tu departamento de la universidad bajo licencia de coautoría.

Samuel leyó las líneas del contrato digital que se desplegaban ante él.

Sus ojos recorrieron las cláusulas de exclusividad provisional, buscando cualquier resquicio legal que permitiera a la corporación bloquear la difusión del Códice.

El redactado era ajustado, pero dejaba el margen de maniobra necesario.

—Falta tu firma digital para validar la adenda, Samuel —añadió, ofreciéndole un lápiz óptico de color gris metalizado—. En cuanto lo aceptes, mi equipo cargará las coordenadas de la atalaya en el sistema de navegación del vehículo y prepararemos el material para el acantilado norte.

Samuel tomó el lápiz óptico. El plástico frío del instrumento acentuó la fragilidad de su posición.

Estaba firmando un pacto con la misma corporación que pretendía inundar el valle, pero era la única vía para salvar el conocimiento de los canteros medievales de convertirse en un secreto industrial o en fango bajo el agua ácida de la presa.

Presionó la punta del lápiz contra la pantalla digital y estampó su firma con un trazo rápido y anguloso.

—El pacto está cerrado, Sterling —dijo, devolviéndole el lápiz óptico—. Ahora muéstrame el escaneo de la Torre del Vigía.

Irene guardó el lápiz óptico en el bolsillo de su chaqueta gris con un gesto seco y se volvió hacia la consola de control. Sus dedos, veloces sobre la interfaz táctil, ejecutaron la secuencia de comandos que reorganizó las pantallas de visualización.

—Aquí la tienes —señaló el monitor central—. La reconstrucción digital de la atalaya norte.

Una malla tridimensional de color cian emergió en el centro de la pantalla sobre el fondo negro.

Era la representación matemática del acantilado, un colmillo de piedra alzado casi en vertical sobre una línea de agua simulada en azul eléctrico.

En la cima, un tocón de mampostería cilíndrica rompía el vacío: la Torre del Vigía.

Samuel dio un paso al frente y fijó la vista en la pantalla, lejos del ventanal de policarbonato que abría el abismo real a su izquierda. El cristal templado del monitor reflejaba la luz LED del habitáculo, enfriando el relieve rugoso de la costa.

—Sube el archivo del glifo de San Donato —indicó Samuel hacia la esquina superior izquierda del panel—. Necesitamos superponer la retícula de sombras sobre la topografía del cabo.

Irene arrastró la imagen procesada de la cripta.

El software de Adsum interpretó las incisiones en V como vectores de fuerza y luz.

Al fusionar ambos archivos, una línea verde fosforescente brotó del centro de la cripta virtual en un ángulo diagonal.

El vector esquivó la atalaya y se perdió en el mar simulado, a más de doscientos metros de la costa.

Irene se cruzó de brazos, con la vista fija en el desfase.

—Tu teoría tiene un error de desviación, doctor Geller. El vector no intersecta con la torre. Se proyecta sobre el agua del golfo.

—No es un error —replicó Samuel, ajustándose las gafas—. Es la precesión. Tu software calcula la trayectoria solar con las coordenadas astronómicas del año en curso, pero el gnomon de la cripta se diseñó para la luz del siglo XI.