El Códice de la Piedra: El enigma de la Hermandad del Silencio Capítulo 6Pacto de conveniencia
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Capítulo 6Pacto de conveniencia

Pacto de conveniencia

Dr. Samuel Geller

La escalera de caracol de la cripta de San Donato parecía haber encogido desde el amanecer.

Samuel subía con el hombro izquierdo pegado al eje central de piedra; el frío de la caliza le atravesaba la lona de la chaqueta.

Cada peldaño era un plano inclinado y húmedo que exigía una tensión constante en los tobillos.

Delante, el eco rítmico de las botas de suela técnica de Irene Sterling marcaba un paso firme, ajeno al aire cargado de salitre que ascendía desde el pozo.

Al emerger al nártex de la vieja iglesia, la corriente gélida del norte le golpeó el rostro. Samuel se detuvo junto a la jamba de la puerta lateral, con los dedos enguantados aún cerrados sobre el hierro de la barandilla. Su respiración era un silbido corto en la penumbra del templo.

Irene no ralentizó la marcha. Cruzó el umbral hacia el exterior y se detuvo bajo el porche románico, donde el viento arrastraba las primeras gotas de una lluvia fina. El cielo sobre el cabo se había cerrado en un bloque de nubes del color del plomo.

Samuel dio tres pasos hacia el exterior, pero se detuvo de inmediato.

Apenas un metro más allá del límite del porche, la roca caliza del promontorio se cortaba en una vertical limpia de ochenta metros sobre el mar.

El oleaje chocaba contra la base del acantilado con un trueno amortiguado por la niebla; el sonido ascendía por la piedra directamente hasta sus sienes.

La rigidez le oprimió el pecho; el horizonte gris comenzó a oscilar de izquierda a derecha, perdiendo la línea ortogonal que buscaba para estabilizarse.

Fijó la vista en los cordones de sus botas, luego en la cuadrícula de juntas del pavimento de piedra del porche. Inspiró despacio, contando mentalmente cuatro segundos antes de soltar el aire.

—*Specula vigilum* —dijo, con la voz ronca por el frío—. *In vertice rupis... ubi ventus clamat*.

Irene se volvió hacia él. Tenía el terminal de Adsum Corp en la mano izquierda, con la pantalla encendida mostrando la reconstrucción tridimensional del glifo que acababa de fotografiar en la cripta.

El filtro de contraste del software resaltaba las incisiones en V en un tono verde fosforescente sobre el fondo gris de la piedra virtual.

—La Torre del Vigía —dijo ella, sin desviar la mirada de la pantalla—. La coordenada angular que acompaña al texto coincide con el extremo del acantilado norte. Mis mapas topográficos sitúan la ruina de la atalaya exactamente en esa cota.

—Esa es solo la mitad de la información, Sterling —replicó Samuel.

Se ajustó las gafas; el metal gélido de la montura le presionó el puente de la nariz—.

Lo que tienes en esa pantalla es un mapa estático.

La Hermandad del Silencio no diseñaba estructuras para ser leídas de forma aislada.

El gnomon de la torre requiere una corrección que no figura en tu escaneo.

Irene dio un paso hacia él, resguardándose del viento bajo el arco del porche. El logotipo plateado de su chaqueta técnica captó la luz plomiza de la mañana.

—Mis ingenieros pueden procesar cualquier desviación angular con un margen de error de milímetros, Samuel. El software de Adsum corrige la precesión y la refracción atmosférica de forma automática.

—Tu software no conoce el desvío polar del siglo XI que el prior anotó en el diario —dijo Samuel, apoyando el hombro contra el contrafuerte de la fachada—.

El gnomon de la atalaya está descentrado de forma deliberada para compensar la oscilación del eje terrestre calculada por los canteros.

Si aplicas una corrección estándar moderna, la sombra proyectada señalará el sillar equivocado. Estarás buscando en el vacío.

Irene guardó el terminal en el bolsillo termosellado con un movimiento seco de cremallera. Sus ojos, de un gris tan frío como el del mar, se fijaron en las manos de Samuel, que aún buscaban el relieve del contrafuerte de caliza para mantener el equilibrio.

—Quedan menos de cincuenta y dos horas para el cierre definitivo de las compuertas —dijo ella con calma fáctica—.

La marea alta ya está lamiendo los cimientos de la cripta que acabamos de dejar.

A las diez de la mañana, Lucía Bernardi iniciará la prueba de carga de los aliviaderos.

En cuanto el agua suba, el acceso al sendero de los canteros quedará clausurado por orden del servicio de seguridad de Adsum.

Nadie subirá a esa torre sin mi autorización.

Samuel apretó los dientes. La vibración sorda de las turbinas de la presa se transmitía a través de la mampostería, acelerándose.

Miró su libreta de notas, que asomaba en el bolsillo de su chaqueta; las hojas exteriores ya estaban arrugadas por la humedad de la cripta, y el boceto que había trazado a lápiz antes de que se apagara el haz de luz era una maraña de líneas imprecisas sobre el papel húmedo.

Ella poseía el registro digitalizado con la resolución para medir cada micra de las incisiones en V. Él, la clave matemática del diario del prior, la única fórmula para interpretar la luz que incidiría sobre la atalaya al atardecer del día siguiente.

Un trueno lejano rodó sobre el golfo, confundiéndose con el fragor del agua en la presa vieja. La lluvia arreció, golpeando las losas del porche con un chasquido metálico.

—No tienes el equipo de ascenso para la torre, Samuel —continuó Irene, dando un paso más hacia él—.

El sendero del acantilado norte tiene tres tramos derruidos por los temporales del invierno pasado.

Para llegar a la cámara alta necesitarás cuerdas de seguridad, anclajes de expansión y un equipo que te asegure contra ráfagas de viento de más de sesenta kilómetros por hora.

Samuel miró hacia la silueta difusa del acantilado norte, que se alzaba entre la niebla como un colmillo de caliza gris.

Se le secó la boca al mirar el sendero estrecho, sin barandillas, suspendido sobre el abismo.

Intentar subir allí solo bajo la tormenta, con las articulaciones rígidas por el vértigo, era una temeridad.

El orgullo de la cátedra no salvaría el Códice del lodo de la presa.

—El laboratorio móvil del coronamiento tiene conexión directa con el servidor central de Adsum —dijo Samuel, manteniendo la vista fija en las juntas ortogonales del suelo para evitar el abismo—.

Si procesamos tu imagen con la corrección polar del prior, obtendremos la coordenada exacta del segundo hito en menos de una hora.

Irene esbozó una sonrisa levísima, casi invisible bajo la sombra de su capucha.

—Un pacto de conveniencia, entonces —dijo ella—. Tu traducción y mis recursos.

—Con condiciones, Sterling —añadió Samuel, enderezando el cuerpo sin apartar la mano de la piedra del contrafuerte—.

No soy un empleado de tu división arqueológica.

El destino final del hallazgo debe ser público.

No permitiré que el Códice termine en una colección privada bajo una cláusula de exclusividad.

—Discutiremos los detalles del contrato en el barracón —respondió Irene, dándose la vuelta hacia el sendero que descendía hacia la pista de tierra donde esperaba el todoterreno de la corporación—. Por ahora, lo único que importa es que el tiempo corre para los dos. Y la lluvia no va a detenerse.

Samuel la siguió con paso lento, midiendo cada pisada sobre la roca mojada.

El viento le azotaba la espalda, empujándolo hacia el interior del valle, lejos del acantilado.

Mientras bajaba hacia el vehículo, con el zumbido de la presa vibrando en sus oídos, fijó la vista en la silueta de la atalaya que se recortaba contra la tormenta.

El asidero de aluminio de la unidad móvil estaba helado cuando Samuel lo soltó para entrar en el habitáculo, mientras la lluvia bajaba en hilos densos desde el acantilado.

El portón neumático se cerró a su espalda con un siseo hermético; el rugido del viento y el estruendo de la presa quedaron reducidos a un zumbido amortiguado.

El interior de la estación de operaciones de Adsum Corp olía a ozono, plástico recalentado y café de máquina.

El contenedor, montado sobre el chasis de un camión todoterreno, ofrecía un espacio de líneas limpias y luz LED blanca que contrastaba con la penumbra húmeda de la cripta.

A lo largo del lateral derecho, tres pantallas planas de gran formato mostraban mapas de calor, gráficos de presión hidrostática y nubes de puntos tridimensionales en tonos cian y magenta que perfilaban la topografía de Vila de la Roca.

Irene se quitó la capucha de la chaqueta técnica y sacudió las gotas de agua sobre el suelo de goma estriada. El cabello, oscuro y apelmazado por la humedad, enmarcaba unas facciones rígidas bajo la luz cenital. Se dirigió directamente a la consola principal de mandos sin mirar a Samuel.

—Siéntate, Geller. Tienes aspecto de estar a punto de sufrir una hipotermia —señaló con un gesto rápido de la barbilla hacia una de las sillas ergonómicas ancladas al suelo.

Samuel se mantuvo de pie cerca de la entrada, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de lona húmeda para ocultar el temblor de sus dedos.

La silla estaba orientada hacia un ventanal de policarbonato que daba al vacío del acantilado norte, donde la niebla se arremolinaba sobre las aguas grises del embalse.

Evitó mirar en esa dirección y concentró la atención en la pantalla central, donde el modelo digital del valle giraba sobre un eje invisible.

—Prefiero estar de pie —respondió, forzando un tono firme—. Hablemos de los términos de esa tregua, Sterling.

Irene tecleó en la pantalla táctil. El modelo tridimensional se detuvo y se amplió para mostrar la estructura de la iglesia vieja de San Donato suspendida sobre el promontorio. Las líneas de tensión calculadas por el software parpadeaban en un rojo de advertencia.