Capítulo 5La primera clave de la luz #3
La elipse de luz dorada se asentó en el corazón del sillar, inmóvil antes de que la rotación de la Tierra reanudara su deriva.
Samuel no apartó los ojos de la piedra. Apoyó la mano derecha, entumecida por el frío, en el fuste rugoso de la columna exenta.
A su lado, Irene contuvo la respiración ante el fenómeno óptico que se desplegaba en el muro norte.
Las sombras proyectadas por las incisiones en V perdieron su uniformidad.
Al incidir el rayo con el ángulo de desviación impuesto por el prisma de cuarzo, el relieve plano cobró profundidad.
Las zonas oscuras, de bordes nítidos, se cruzaron sobre la caliza para dibujar un contorno curvo que ignoraba las juntas de los sillares.
—Es un mapa —dijo Samuel. Su voz resonó apagada por la humedad de la cripta.
Dio un paso adelante sin interponerse en la trayectoria del haz.
Al acercarse, el patrón geométrico reveló la precisión de una carta náutica.
La línea curva tallada en la tercera hilada reproducía la costa de Vila de la Roca: el Cabo del Diablo a la izquierda, la hendidura del desfiladero donde se asentaba la presa y la línea del estuario que el embalse sepultaría en menos de cincuenta y dos horas.
—La intersección del compás —señaló Irene, con el dedo enguantado cerca del orificio metálico, donde la sombra de la pata más larga tocaba el relieve de la costa—. No es el centro de la cripta. Está desplazado hacia el norte.
Samuel asintió. En el fondo de la incisión, donde el cincel había profundizado en la caliza, la penumbra proyectaba caracteres alfabéticos camuflados como muescas de ajuste. La luz rasante perfiló las letras con nitidez.
Se inclinó sobre el sillar.
—*Specula vigilum*... —deletreó el latín medieval del surco—. *In vertice rupis... ubi ventus clamat*.
—La Torre del Vigía —tradujo Irene. La distancia corporativa de su voz dio paso a la tensión del descubrimiento—. La atalaya del acantilado norte.
—Hay un número debajo —dijo Samuel mientras rozaba la piedra, sintiendo la vibración sorda de las turbinas de la presa ascender desde los cimientos—. Una coordenada angular. Tres marcas de cantero: grados, minutos y la desviación polar descrita en el diario del prior.
El viento del norte arreció a través de la aspillera, arrastrando el rugido del oleaje y un goteo constante por el intradós del arco.
El aire se enfrió. La imagen de la atalaya encogió el estómago de Samuel: una aguja de caliza suspendida sobre el abismo, accesible solo por una escalera de caracol exterior sin barandilla desde hacía siglos.
Su respiración se volvió superficial; las losas parecieron balancearse bajo sus botas.
Se obligó a fijar la vista en la inscripción para memorizar cada trazo del latín. El tiempo apretaba. Una densa masa de nubes grises avanzaba sobre el horizonte marino, amenazando con apagar el sol del amanecer y disolver la elipse de luz.
—Tengo que dibujar esto antes de que se apague —dijo Samuel, mientras buscaba el lápiz en la chaqueta de lona con dedos torpes.
Irene no esperó. Con un movimiento rápido, extrajo de su chaqueta técnica un terminal robustecido de Adsum Corp. El obturador de la cámara emitió un chasquido seco, seguido por el destello azulado del flash que inundó la cripta.
La ráfaga de luz artificial barrió el delicado juego de sombras de la piedra.
—¿Qué hace? —protestó Samuel, entornando los ojos ante el deslumbramiento.
—Asegurar el mapa —respondió ella. La pantalla táctil mostraba la imagen capturada bajo un filtro de contraste que resaltaba el relieve de la caliza—. En tres minutos la nube tapará el sol. Mañana este suelo estará bajo medio metro de agua.
Samuel miró la pantalla. El software de Adsum ya procesaba la imagen, superponiendo una cuadrícula de coordenadas GPS sobre la proyección de la Hermandad.
Irene sostenía el registro tridimensional y digitalizado de la primera clave.
Él solo disponía de un boceto a medio terminar en su libreta de hojas húmedas.
El haz de luz dorada parpadeó y se extinguió cuando la nube cubrió por completo el sol.
La cripta de San Donato regresó a la penumbra grisácea que descendía de la escalera de caracol.
El prisma de cuarzo en la aspillera quedó apagado, convertido en un trozo de vidrio frío expuesto a la intemperie.
El sillar central recuperó su aspecto inerte; las incisiones en V volvieron a parecer simples marcas decorativas de una construcción medieval en ruinas.
Irene guardó el dispositivo en el bolsillo termosellado de su chaqueta y se ajustó los puños con un movimiento seco. El logotipo plateado de Adsum Corp brilló débilmente.
—Ya tenemos el destino, Samuel —dijo, mientras se encaminaba a la salida—. La Torre del Vigía. Mi equipo tiene los vehículos y el material de escalada necesarios para llegar allí antes de que la tormenta cierre el paso por el acantilado.
Samuel se enderezó, sintiendo el frío del muro de piedra en su espalda.
La vio alejarse hacia el pozo de la escalera.
Ella poseía la captura digital del enigma, pero carecía del conocimiento epigráfico para interpretar las correcciones que el diario del prior exigía para el gnomon de la atalaya.
El agua seguía subiendo en el desfiladero; el ascenso a la cumbre de Vila de la Roca no admitía demora.