El Códice de la Piedra: El enigma de la Hermandad del Silencio Capítulo 2Setenta y dos horas #2
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Capítulo 2Setenta y dos horas #2

—Ni un minuto más —confirmó ella, girándose para sostenerle la mirada—.

No hay margen para prórrogas gubernamentales ni moratorias académicas.

A las doce del mediodía del jueves, los servomotores hidráulicos sellarán las compuertas de fondo.

A partir de ese instante, el nivel del agua en el sector de la cripta subirá a un ritmo constante de cuarenta centímetros por hora.

Samuel contempló los gráficos de presión hidrostática.

Las tres hiladas de sillares románicos que custodiaban el gnomon de la Hermandad del Silencio se sumergirían bajo el agua turbia del embalse.

La caliza porosa absorbería la humedad por capilaridad; las sales disueltas y la acidez del lodo orgánico iniciarían una meteorización química irreversible.

En pocas semanas, la presión del agua acumulada disgregaría el mortero de cal y arena, y la bóveda colapsaría bajo su propio peso, reducida a un túmulo de escombros sumergidos en el fango.

—El gnomon de la cripta es solo la primera pieza, Lucía —dijo Samuel, señalando el punto de intersección de las líneas del gráfico—.

Si la Hermandad del Silencio diseñó este sistema en el siglo XI, debieron prever que la geometría de la piedra interactuaría con el entorno a gran escala.

No es un monumento aislado. Es una red de marcas físicas sobre el terreno.

Lucía suspiró, apoyando las palmas sobre el borde de la mesa de planos.

—Aunque así fuera, Samuel, la ingeniería del siglo XXI no va a detenerse por la del siglo XI.

Lo que sea que oculten esas piedras se quedará bajo el agua.

Tienes setenta y dos horas para documentar lo que puedas.

Saca tus fotos, haz tus calcos de grafito y sal de ahí.

Cuando el agua empiece a subir, el acceso a la cripta quedará clausurado por riesgo de colapso estructural inmediato.

Samuel no respondió. Su mano derecha, oculta en el bolsillo, acarició el tacto áspero del cuaderno de notas donde guardaba los bocetos del relieve del altar.

El orificio cilíndrico en la intersección de las diagonales, aquel canal pulido que devolvía un sutil brillo metálico, exigía una clave física. Una pieza que no estaba en la cripta.

Los legajos de la parroquia, el Archivo de las Ánimas del que le había hablado el Padre Mateo, custodiaban la única referencia escrita capaz de identificar esa clave antes de que el plazo de setenta y dos horas expirara.

El barracón volvió a oscilar cuando una ráfaga de viento del norte golpeó las paredes de chapa. Un frío repentino le recorrió la nuca. Miró el reloj digital de la pantalla principal de la oficina. Los dígitos rojos devoraban los segundos con una precisión implacable.

Samuel apartó la mano del bolsillo de su chaqueta, donde el cuaderno aún conservaba el frío de la cripta, y avanzó hacia la salida del barracón.

Lucía no intentó detenerlo; se limitó a teclear una secuencia en su consola, con el rostro ensombrecido por la luz azul del monitor que desgranaba el ascenso del caudal.

Al abrir la puerta metálica, la tormenta lo golpeó de frente.

El viento del norte, encajonado en el desfiladero, arrastraba jirones de niebla y una lluvia fina que se incrustaba en los ojos como agujas de hielo.

Samuel bajó de un salto los tres peldaños de la escala de hierro, mientras la estructura oscilaba bajo su peso, y corrió hacia el todoterreno aparcado junto al talud de caliza.

El habitáculo olía a tapicería húmeda y al rastro de alcohol isopropílico de sus herramientas de restauración.

El motor tosió dos veces antes de estabilizarse en un ronroneo áspero que hizo vibrar el salpicadero de plástico agrietado.

Encendió la calefacción al máximo, aunque de las rejillas solo salía un soplido gélido.

Engranó la primera marcha y soltó el embrague. Las ruedas traseras patinaron un instante sobre el fango arcilloso que cubría la pista de servicio antes de encontrar tracción en la grava.

La carretera hacia Vila de la Roca era una estrecha franja de asfalto que serpenteaba por la cornisa del acantilado norte. A la derecha, la pared de piedra caliza se alzaba vertical, marcada por las cicatrices grises de los antiguos barrenos; a la izquierda, el terreno desaparecía en el vacío.

Samuel apretó las manos contra el volante de cuero desgastado hasta que los nudillos se le tornaron blancos.

El parabrisas, empañado por su respiración acelerada, apenas dejaba ver tres metros más allá del capó, donde las escobillas batían el agua con un chirrido rítmico.

Buscó las líneas blancas del arcén, pero la inercia de una curva cerrada hacia el interior del desfiladero lo obligó a corregir la trayectoria con un volantazo.

Una ráfaga de viento sacudió el lateral del todoterreno, que se inclinó levemente hacia el abismo.

Su garganta se cerró de golpe. Un sudor frío le empapó la frente.

El horizonte pareció girar sobre un eje invisible; el vacío que intuía más allá de la calzada, oculto por la niebla pero presente en el rugido sordo del agua contra las rocas inferiores, ejerció su atracción habitual.

El aire no llegaba a sus pulmones; el pecho se le comprimía bajo la lona de la chaqueta.

—Concéntrate en la física —se ordenó en voz alta, buscando el orden que sus sentidos le negaban—.

La masa del vehículo es de mil seiscientos kilos.

El coeficiente de fricción del neumático sobre asfalto mojado es de cero coma cuatro.

Mientras la velocidad no supere los cuarenta kilómetros por hora, la fuerza centrípeta es inferior al límite de adherencia.

No hay deslizamiento lateral. La piedra sostiene la carretera. El chasis es sólido.