El Códice de la Piedra: El enigma de la Hermandad del Silencio Capítulo 2Setenta y dos horas
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Capítulo 2Setenta y dos horas

Setenta y dos horas

Dr. Samuel Geller

La escalera de caracol de San Donato se estrechaba a cada paso; las paredes de piedra caliza exhalaban el aire frío acumulado durante siglos.

Samuel subió los últimos peldaños con prisa contenida, esquivando las sombras del recodo donde los pasos ajenos habían quebrado su aislamiento.

Al cruzar el umbral de la portada románica, el viento del norte le golpeó el rostro con la fuerza de un impacto físico, disipando el olor a cal muerta y disolvente de la cripta.

La lluvia otoñal flotaba en el aire como un velo suspendido, humedeciendo la piedra gris de la fachada y calando su chaqueta de lona.

Frente a él, el valle del río Roca se abría en una garganta profunda hacia el mar, flanqueada por los acantilados calcáreos que sostenían la parte vieja de la villa.

La niebla, densa y baja, se arrastraba entre los tejados de pizarra de las casas abandonadas, dándoles el aspecto de costillas de un animal varado en el barro.

Samuel dio un paso hacia el exterior y se detuvo.

Apenas a tres metros del pórtico, el terreno cedía en una caída vertical de doscientos metros hacia el cauce del río.

El abismo carecía de barandilla, limitado solo por la roca erosionada por el salitre.

Una punzada familiar le oprimió el diafragma; el horizonte se inclinó y las losas bajo sus botas perdieron solidez.

Hundió las manos en los bolsillos para ocultar el temblor de los dedos y clavó la mirada en la base de una de las columnas del pórtico, buscando el ancla de las líneas ortogonales.

—Sabía que seguías aquí abajo, Samuel.

La voz, modulada por la costumbre de hablar sobre el estruendo de los motores, llegó desde la derecha.

Lucía Bernardi aguardaba junto al contrafuerte del ábside, con un chubasquero azul marino sobre el chaleco reflectante de la Confederación Hidrográfica.

Su casco blanco, salpicado de gotas, destacaba contra la piedra sombría.

Sostenía una tableta rugerizada bajo el brazo, resguardada de la llovizna con un extremo de la chaqueta.

Samuel exhaló despacio, forzando la relajación de los hombros.

—La cripta tiene problemas estructurales, Lucía —dijo, rodeando el pórtico para alejarse del acantilado—. Las vibraciones de la presa abren las juntas del ábside. La caliza no aguantará la presión hidrostática si el llenado se realiza sin un apuntalamiento previo.

Lucía se acercó con paso firme. Sus botas de seguridad de caña alta chirriaron sobre la piedra mojada. Se detuvo a una distancia prudencial, contempló el perfil de la iglesia y suspiró.

—Las vibraciones son el menor de nuestros problemas ahora mismo —respondió, señalando con la cabeza hacia el fondo del desfiladero—. Mira allí abajo.

Samuel siguió la dirección de su gesto, limitando el campo visual para no enfocar el vacío intermedio.

Al final del cañón, donde las laderas del valle se estrechaban hasta casi tocarse, se alzaba la presa de Vila de la Roca.

La pantalla de hormigón armado, de un gris ceniza que desentonaba con la geología local, bloqueaba el paso del río.

Desde su posición, las grúas torre que aún coronaban el estribo izquierdo parecían insectos mecánicos suspendidos sobre el abismo.

Un zumbido sordo de baja frecuencia, que hacía vibrar el aire húmedo, subía desde las turbinas de fondo.

—La cota del embalse sube dos metros por encima de la previsión semanal —explicó Lucía, mientras presionaba la pantalla de su tableta para mostrar un mapa de calor topográfico que reflejó un destello rojo en sus mejillas húmedas—.

Las lluvias de las últimas cuarenta y ocho horas en la cabecera del Roca han duplicado el caudal de entrada.

No podemos seguir aliviando agua por el cauce viejo sin poner en riesgo las obras del desvío inferior.

—Necesito más tiempo —dijo Samuel; su propia voz le sonó ajena, amortiguada por la lluvia—.

He encontrado algo en el muro del altar.

No son simples marcas de cantero, sino una plantilla geométrica, un gnomon de la Hermandad del Silencio tallado en tres hiladas de sillares.

Si el agua cubre la cripta ahora, la acidez del lodo y la presión destruirán la caliza antes de que pueda extraer el calco tridimensional.

Lucía sacudió la cabeza despacio, dejando que el aire húmedo formara una pequeña nube frente a sus labios. Sus dedos tamborilearon sobre el borde de la tableta.

—Samuel, entiendo el valor histórico de San Donato.

De verdad. Pero la ingeniería no atiende a la arqueología cuando el río empuja.

El ministerio ha sido tajante esta mañana.

La variación del nivel freático ya afecta a la estabilidad de la carretera de acceso al pueblo nuevo.

Si no cerramos las compuertas para estabilizar la presión contra el vaso del embalse, el terreno podría deslizarse.

—La Hermandad del Silencio ocultó su conocimiento en estas piedras por una razón —insistió Samuel, dando un paso hacia ella e ignorando por un instante la proximidad del vacío—.

No se trata de conservar un templo viejo, Lucía.

Ese trazado describe una desviación polar que no debería conocerse en el siglo XI.

Es un plano de ingeniería hidráulica medieval que utiliza el propio acantilado. Si me das cuarenta y ocho horas más...

—No las tengo —lo interrumpió ella, sosteniendo su mirada—. Nadie las tiene. Las compuertas principales se cerrarán de forma irreversible. El valle comenzará a llenarse y el agua alcanzará el nivel de la cripta antes de lo previsto.

Samuel apretó los dientes mientras el frío de la lluvia le calaba los huesos.

Si la piedra de San Donato estaba condenada a desaparecer bajo el fango, la clave del gnomon no podía perderse.

Necesitaba un registro escrito que confirmara lo tallado en el altar.

Las advertencias del Padre Mateo sobre los legajos medievales en el sótano de la parroquia cobraron fuerza: documentos intactos durante siglos.

Si el Códice existía fuera de estos muros, el Archivo de las Ánimas era la única oportunidad de encontrarlo antes de que el agua lo borrara todo.

La lluvia arreció, transformando la llovizna en gotas pesadas que repicaban contra el casco de Lucía y el suelo de caliza. El olor a fango y vegetación en descomposición ascendió desde el fondo del valle.

Samuel miró de nuevo hacia la presa. La mole de hormigón recortaba la luz gris del mediodía, impasible ante el caudal que seguía ascendiendo.

Samuel apartó la vista de la colosal barrera de hormigón gris cuando el portazo del todoterreno de Lucía interrumpió el silbido del viento.

Diez minutos de trayecto por una pista de grava embarrada los habían conducido desde el acantilado de San Donato hasta el barracón de la oficina técnica, un módulo prefabricado suspendido sobre el abismo del desfiladero.

El interior olía a ozono, planos húmedos y café recalentado.

El espacio, largo y estrecho, se asentaba sobre pilotes metálicos anclados directamente a la roca viva.

Al dar los primeros pasos sobre el suelo de linóleo, la estructura osciló levemente.

Samuel apretó los puños dentro de los bolsillos de su chaqueta, fijando la vista en la mesa central para evitar los ventanales de policarbonato que se abrían directamente al vacío.

Sobre el tablero de dibujo se acumulaban planos de sección, reglas de cálculo y teclados cubiertos de una fina capa de polvo de obra.

Lucía se quitó el casco blanco con un movimiento enérgico.

Su cabello oscuro, salpicado por las gotas de la llovizna, cayó sobre los hombros mientras se dirigía a las pantallas que dominaban la pared del fondo.

El monitor principal mostraba curvas vectoriales en azul y rojo, con cifras digitales que se actualizaban en un parpadeo constante.

—Aquí tienes la realidad del valle, Samuel —dijo, señalando una línea roja con una pendiente casi vertical—. No es una decisión política, es física de fluidos pura.

Samuel se aproximó despacio, con las manos hundidas en los bolsillos.

Sus hombros permanecían rígidos. La vibración sorda de los generadores de la presa, mucho más intensa allí que en la cripta, se transmitía a través del chasis metálico del barracón.

Un flexo de metal suspendido sobre la mesa oscilaba con un tintineo rítmico.

—¿Ese es el caudal de entrada de la cabecera? —preguntó, con la vista fija en el eje de ordenadas del gráfico.

—Sí. Setecientos metros cúbicos por segundo y subiendo —respondió Lucía, mientras tecleaba una secuencia en la consola—.

Las lluvias del norte han saturado el suelo arcilloso del curso alto.

Ya no hay capacidad de absorción en la cuenca.

Todo lo que cae va directo al cauce. Si intentamos mantener abiertas las compuertas principales para retrasar el llenado, la presión sobre el túnel de desvío provisional superará el límite de fatiga del hormigón armado.

Señaló un esquema tridimensional de la presa vieja y la nueva ataguía. Un punto parpadeaba en un tono ámbar de advertencia cerca de la base del muro de contención, donde las tensiones estructurales se concentraban.

—El plan de desvío de aguas está al límite de su capacidad —continuó Lucía, con voz plana—.

Las compuertas principales deben cerrarse.

El protocolo de seguridad de la Confederación Hidrográfica es automático una vez que el sensor del vaso alcanza la cota de seguridad de doscientos cuarenta metros.

Y ese nivel se tocará exactamente en setenta y dos horas.

—Setenta y dos horas —repitió Samuel. La cifra flotó en el aire con la solidez de un bloque de granito.