Capítulo 2Setenta y dos horas #3
Repitió las cifras como un salmo protector mientras ralentizaba la marcha hasta que el motor protestó.
Redujo a segunda. Su respiración comenzó a acompasarse con el vaivén de las escobillas.
El pánico retrocedió hasta convertirse en un zumbido sordo detrás de sus sienes, una presión que al menos podía controlar.
Tenía setenta y dos horas. Menos, en realidad, si descontaba el tiempo que tardaría el agua en alcanzar la cota de la cripta tras el cierre de las compuertas.
El gnomon de San Donato no era una simple declaración herética tallada en la caliza; era un sistema de coordenadas.
La Hermandad del Silencio había diseñado el ábside de la cripta para que funcionara como un receptor óptico, pero el orificio cilíndrico en la intersección de las diagonales demostraba que el trazado geométrico estaba incompleto.
Faltaba la pieza física, el estilete que proyectaría la sombra exacta sobre las líneas del altar.
Sin ese elemento, las incisiones de la piedra eran tan inútiles como un reloj de sol sin varilla.
¿Dónde estaría ese objeto? Los canteros medievales no lo habrían dejado a la vista de los inspectores del obispado que clausuraron el templo en el siglo XII. Si la logia operaba en la clandestinidad, debieron registrar su ubicación en algún documento que escapara a las hogueras de la Inquisición.
—El Archivo de las Ánimas —murmuró Samuel, dirigiendo el todoterreno hacia el desvío que conducía al casco viejo de la villa.
El padre Mateo le había hablado una vez de las cajas de madera de castaño que descansaban en el sótano de la casa parroquial, cubiertas por el polvo de tres siglos y salvadas del expolio de la Guerra Civil gracias al desinterés de los inventariadores diocesanos.
«Papeles de constructores», los había llamado el anciano sacerdote con una mezcla de indulgencia y sospecha, «fórmulas de geometría que no salvan almas, Samuel, pero que parecen escritas con la sangre de quienes las trazaron».
El coche entró en las calles empedradas.
La mayoría de las ventanas de las plantas bajas estaban tapiadas con tablones de pino; los vecinos ya habían comenzado la mudanza hacia las viviendas de realojo del valle alto, huyendo de la inundación inminente.
Solo algunos perros vagabundos se refugiaban bajo los soportales de piedra de la plaza mayor, observando el paso del vehículo con ojos apagados.
La silueta de la iglesia de Santa María, un templo gótico tardío construido sobre los restos de un bastión defensivo, se recortaba contra el cielo plomizo. Su torre campanario, coronada por gárgolas de piedra desgastada que escupían chorros de agua hacia la calle, dominaba el acantilado norte.
Samuel aparcó el todoterreno junto a la barandilla de hierro oxidado que delimitaba el mirador de la plaza y apagó el motor.
El silencio del habitáculo solo se vio interrumpido por el repiqueteo de la lluvia sobre el techo de chapa y el sordo latido de las excavadoras de la presa, que vibraba a través del suelo.
No era el único que buscaba el secreto de la Hermandad.
Recordó el roce de una suela sobre la escalera de la cripta.
Alguien había descendido a San Donato justo antes de que él saliera.
Alguien silencioso, que conocía la disposición de las sombras y no temía a la penumbra del subsuelo.
Y luego estaba Adsum Corp. La multinacional presionaba al ministerio para acelerar el sellado del valle; no por urgencia técnica, sino porque sus propios equipos de rescate arqueológico privado ya estaban sobre el terreno, listos para intervenir en cuanto el acceso público quedara prohibido por la inundación.
Irene Sterling. Samuel recordaba su reputación en los congresos internacionales de arqueología forense.
Para ella, el patrimonio no era un legado que proteger para el conocimiento común, sino un activo de alta rentabilidad, una exclusividad científica que los patrocinadores de Adsum Corp utilizaban para justificar sus inversiones.
Si ella descubría la existencia del gnomon antes de que él pudiera descifrar la clave, el secreto de la Hermandad acabaría en una caja fuerte de Zúrich o en el catálogo privado de una corporación.
Miró el reloj del salpicadero. Las doce y cuarenta del martes.
Abrió la guantera y extrajo una linterna de mano, su lupa de aumento y un par de guantes de nitrilo. Se guardó el cuaderno de notas en el bolsillo interior de la chaqueta de lona, asegurando la cremallera para proteger los bocetos de la humedad.
Antes de bajarse, clavó la mirada en la torre de la iglesia de Santa María, donde las ventanas del archivo parroquial mostraban una débil luz amarillenta detrás de los cristales emplomados.
El padre Mateo seguía allí arriba, entre los legajos de una comunidad que el agua estaba a punto de borrar de los mapas.
Samuel abrió la puerta del coche, se caló la capucha de la chaqueta y se adentró en la lluvia. Cada segundo que el agua subía en la presa era un sillar menos que le quedaba al pasado.