El Códice de la Orden de Montesa CAPÍTULO XVIII — La Procesión de la Santa Cruz #2
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CAPÍTULO XVIII — La Procesión de la Santa Cruz #2

La palabra no fue pronunciada, pero fue absoluta.

El anciano estabilizó el varal.

La cruz volvió al centro.

Entonces la tormenta descargó con toda su violencia: gritos, paraguas cerrándose de golpe, cirios apagándose, alguien ordenando detener la procesión. La comitiva perdió su forma durante unos segundos, y bastaron para que la calle dejara de ser ceremonia y se convirtiera en confusión.

Entonces cayó el granizo.

No poco a poco.

De golpe.

Golpeó los paraguas, las capuchas, los cirios protegidos por plástico y las baldosas antiguas.

El granizo saltaba sobre la piedra como si alguien hubiera arrojado un puñado de dientes blancos desde el cielo.

La gente empezó a moverse sin dirección: unos hacia los soportales, otros hacia la cruz, otros hacia las puertas abiertas de las casas.

Un relámpago abrió el cielo sobre el pueblo, no a lo lejos, sino justo encima.

Las fachadas devolvieron durante un instante una luz blanca: túnicas, manos alzadas, la cruz inclinada, rostros mojados mirando hacia arriba con una mezcla de miedo y costumbre.

Un segundo después llegó el trueno, seco y brutal, haciendo vibrar puertas y ventanas.

El rayo había caído en algún punto cercano, detrás de los tejados. Las luces de una calle lateral parpadearon y se apagaron; una mujer empezó a rezar en voz alta y un hombre gritó que sacaran la imagen de allí antes de que la tormenta la dañara.

La procesión dejó de ser procesión.

Se convirtió en una multitud intentando salvar símbolos, cuerpos y costumbres al mismo tiempo.

Tres hombres se abalanzaron sobre la cruz para sujetarla. Otros dos recogieron una pequeña imagen envuelta en un paño oscuro que había quedado ladeada junto al estandarte. Un niño lloraba bajo un balcón. Un paraguas roto giró por el empedrado como un animal muerto.

David buscó al archivero.

Ya no estaba donde debía.

—¿Lo ves? —preguntó Francesca.

—No.

El lugar donde el anciano había sostenido el varal estaba ocupado por un hombre más joven, empapado, con la cara desencajada por el esfuerzo. Otro portador le gritaba algo al oído. Nadie parecía saber dónde había quedado el archivero.

David intentó avanzar.

La muchedumbre se cerró delante de él.

No era hostilidad, sino algo más ciego: miedo colectivo. Los cuerpos se movían sin mirar —hombros, codos, paraguas, estandartes, capuchas oscuras— y las manos empujaban sin saber a quién.

Francesca apareció a su lado, empapada, con el cabello pegado a la cara.

—Estaba ahí.

—Lo sé.

—No puede haber desaparecido.

David miró hacia la calle lateral donde el agua bajaba con más fuerza. Por un instante, entre dos paraguas vencidos y un grupo de cofrades que intentaba cubrir la cruz con una lona, vio al hombre del impermeable.

No llevaba túnica ni cirio y no miraba la cruz. Avanzaba hacia el punto donde el archivero había estado unos segundos antes.

—Allí —dijo David.

Francesca siguió su mirada.

El hombre del impermeable se detuvo junto a los portadores. No habló con nadie ni hizo ningún gesto amplio. Solo inclinó la cabeza, como quien comprueba algo en el suelo o junto al borde de la comitiva.

Luego la multitud volvió a cerrarse.

Un grupo de hombres pasó entre ellos cargando la pequeña imagen hacia los soportales.

Uno tropezó. El paño se abrió un instante, dejando ver madera policromada, una mano tallada, un rostro oscuro apenas iluminado por un relámpago.

La gente se apartó con un respeto caótico, mezclando devoción y miedo.

David perdió de vista al impermeable.

—Tenemos que cruzar —dijo.

—Por ahí no.

Francesca señaló el otro lado de la plaza.

Una furgoneta blanca había entrado despacio por la calle estrecha, con las luces de emergencia encendidas. Parecía un vehículo de apoyo de la organización o del ayuntamiento. Avanzaba casi al paso, pero con suficiente autoridad para obligar a la multitud a abrirse y cerrarse a su alrededor.

En el lateral no se distinguía ningún logotipo claro. Solo barro, agua y una franja oscura donde debería haber habido letras.

La furgoneta se detuvo unos segundos junto a la esquina.

Demasiado cerca del lugar donde había desaparecido el anciano.

—Eso no debería estar circulando aquí —dijo Francesca.

David no respondió.

El conductor tocó el claxon una vez: un toque breve, contenido, más orden que aviso. Varias personas se apartaron de golpe. La furgoneta avanzó otro metro, luego dos, y quedó atravesada lo justo para cortarles el paso.

La cruz volvió a inclinarse detrás de ellos.

Gritos.

Un portador cayó de rodillas.

La lona se soltó de un lado y el viento la levantó como una vela negra sobre la comitiva. Durante unos segundos todos miraron hacia allí.

Todos menos David.

Él miraba la esquina.

El hombre del impermeable había vuelto a aparecer.

Solo un instante.

La capucha le cubría casi todo el rostro. Estaba de espaldas, inclinado hacia alguien o algo que David no alcanzaba a ver. Luego se irguió y se perdió detrás de la furgoneta.

—Palau —dijo Francesca. No era una certeza; era el miedo tomando forma.