CAPÍTULO XVIII — La Procesión de la Santa Cruz #3
David empujó entre dos hombres que discutían sobre si mover la cruz o esperar a que amainara. Uno protestó. David no se detuvo. Francesca lo siguió, más baja, más rápida, cruzando por el espacio mínimo que dejaban los cuerpos antes de volver a cerrarse.
La furgoneta arrancó de nuevo, sin prisa porque no la necesitaba. Se alejó calle abajo, abriendo un surco entre la gente y la lluvia. En el suelo, el agua siguió bajando por la pendiente, cargada de barro, cera y hojas trituradas por el granizo.
Entonces oyeron a alguien gritar. No de susto: era otra cosa.
David giró hacia la voz.
Junto al abrevadero de piedra, al comienzo de la calle lateral, había un grupo de personas agachadas. Una mujer se llevó las manos a la boca. Un hombre intentaba apartar a los curiosos. Otro decía que había resbalado, que alguien llamara a una ambulancia, que no lo movieran.
David llegó primero.
El archivero estaba en el suelo.
La nuca descansaba en un ángulo imposible contra el borde del abrevadero. La sangre se mezclaba con el agua de lluvia y descendía por la calle en una línea delgada que el granizo deshacía a golpes.
Francesca se arrodilló al otro lado.
—Bernardo.
El anciano abrió los ojos.
No parecía sorprendido.
Eso fue lo peor.
Como si aquella caída también hubiera estado incluida en sus cálculos, no como deseo, sino como precio.
David se inclinó hacia él.
—¿Quién ha sido?
Palau movió apenas la cabeza. No. No importaba, o ya no quedaba tiempo.
La lluvia le corría por la cara. El granizo golpeaba la piedra alrededor. Las campanas seguían sonando, mezcladas ahora con voces que pedían ayuda y pasos que no sabían adónde ir.
Francesca acercó el oído.
—Díganos dónde.
El anciano tardó en respirar.
Cuando habló, la voz fue tan baja que casi no existió.
—Seguid… el desnivel.
David miró a Francesca.
Ella no se movió.
—¿Qué desnivel? —preguntó él.
No lo miró. Sus ojos se desviaron hacia el agua que bajaba por la calle, siempre hacia el mismo lado, siempre obediente.
—Donde… deja de sonar.
Francesca siguió la dirección de su mirada.
A unos metros, el agua desaparecía bajo una zona más oscura del empedrado, no del todo ni como en un sumidero evidente. Antes de llegar allí, el sonido cambiaba, como si la calle se tragara una parte.
—¿Ahí? —susurró ella.
Movió los labios.
David se acercó más.
—La fuente…
La frase se quebró entre dos respiraciones.
Francesca lo miró con una intensidad casi dolorosa.
—¿Qué fuente?
Abrió los ojos una última vez. En ellos no había miedo, solo una fatiga antigua y una claridad insoportable.
—El origen.
Después exhaló una vez y ya no volvió a respirar.
Una sanitaria que estaba entre la gente se arrodilló junto a ellos. Alguien ya hablaba con el 112. David y Francesca tuvieron que apartarse mientras la Policía Local abría espacio alrededor del cuerpo.
Durante unos segundos nadie entendió de verdad lo que acababa de ocurrir.
La gente seguía corriendo bajo la tormenta. Al fondo, varios hombres intentaban levantar otra vez la cruz. La imagen pequeña había desaparecido bajo los soportales. La furgoneta ya no estaba. El hombre del impermeable tampoco.
Solo quedaban agua, piedra, granizo y un anciano muerto en una procesión cuyo caos todavía permitía que todo pareciera un accidente.
Francesca levantó la vista hacia la calle.
El agua bajaba, siempre bajaba. Pero a unos metros de donde yacía el anciano, el sonido cambiaba: no golpeaba igual, no corría igual. Se apagaba.
David siguió su mirada.
—No busquéis la entrada —dijo, muy bajo.
Francesca asintió despacio.
—Buscad el desnivel.
La tormenta siguió cayendo sobre Montesa.
Y bajo el agua que corría entre los adoquines, algo que no era una puerta empezaba a parecer una respuesta.
El hombre del impermeable entró en el coche empapado.
No cerró el paraguas hasta estar dentro. El agua cayó sobre la alfombrilla en gotas oscuras. Solo se oyó el granizo golpeando el techo del vehículo.
El conductor no lo miró.
—¿Está hecho?
El hombre sacó el móvil, marcó y esperó.
Cuando contestaron, habló sin levantar la voz.
—Está hecho.
Escuchó.
—Sí. Han llegado hasta él.
—No creo que haya tenido tiempo de revelar nada importante. Apenas unas frases.
El hombre del impermeable miró por el parabrisas hacia la calle donde la gente empezaba a cerrarse alrededor del cuerpo del archivero. David y Francesca seguían allí, bajo la tormenta, demasiado quietos para formar parte del caos y demasiado atentos para haber llegado tarde del todo.
—Entendido —dijo.
Escuchó.
La voz al otro lado no elevó el tono. No lo necesitaba.
—Intensificad la vigilancia. Ya no están siguiendo símbolos.
El hombre no respondió.
—Y eso significa que se están acercando peligrosamente a algo.
El granizo siguió golpeando el techo del coche.
—¿Intervenimos?
La respuesta llegó limpia.
—Todavía no.
El hombre bajó la vista.
—Entendido.
Colgó.
El conductor puso el motor en marcha.
Afuera, las campanas seguían sonando sobre Montesa, lentas y graves, como si no anunciaran solo la muerte de un hombre, sino la apertura de algo que llevaba siglos esperando bajo la piedra.
La Guardia Civil les tomó los datos y una primera declaración. Hablaron del hombre del impermeable y de la furgoneta; del resto apenas tenían todavía algo que pudiera explicarse sin parecer una historia imposible.
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