El Códice de la Orden de Montesa CAPÍTULO XVIII — La Procesión de la Santa Cruz
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CAPÍTULO XVIII — La Procesión de la Santa Cruz

CAPÍTULO XVIII

La Procesión de la Santa Cruz

✠

La primera vez que David escribió el nombre de Bernardo Palau en el buscador, no esperaba encontrar nada útil.

Lo hizo por cansancio, por método y por esa obstinación seca que a veces se parece demasiado a la desesperación. Habían salido de la bodega con más preguntas que certezas, y el nombre del viejo archivero seguía clavado en el centro de todas las líneas como una chincheta oxidada sobre un mapa.

Bernardo Palau.

David lo escribió despacio.

Francesca estaba junto a la ventanilla, mirando hacia fuera sin mirar realmente nada. Montroy seguía en la ropa, en la garganta y en la sensación de haber entrado en un lugar donde las paredes olían a vino y piedra húmeda, y donde la amenaza no necesitaba mostrarse para existir.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Buscar un teléfono.

Pulsó enter.

Los primeros resultados fueron inútiles: referencias de archivo, una mención perdida en una memoria cultural de hacía años, un PDF mal escaneado sobre fondos históricos vinculados al Temple y a la Orden de Montesa. Nada directo.

Entonces apareció una noticia local, pequeña, casi invisible. David se quedó quieto.

Francesca lo notó antes de que él dijera nada.

—¿Qué?

David amplió la pantalla.

El titular era breve, casi anecdótico:

Bernardo Palau volverá a portar la Santa Cruz en la procesión de Montesa.

Debajo, una fotografía granulada mostraba a un hombre muy anciano vestido con una túnica oscura. Sostenía uno de los varales de una cruz procesional. A su alrededor, otros hombres más jóvenes parecían esforzarse mucho más que él.

Francesca se inclinó. Leyó en silencio.

El antiguo archivero Bernardo Palau, vinculado durante décadas a fondos históricos relacionados con el Temple y la Orden de Montesa, participará un año más en la tradicional Procesión de la Santa Cruz.

Aunque la cofradía no confirma su edad exacta, vecinos de la localidad aseguran que Palau ya formaba parte de la comitiva antes de la Guerra Civil.

No era una confusión entre generaciones: el hombre de la fotografía era el mismo que había subido al castillo en julio de 1936.

Francesca no dijo nada.

David bajó el móvil.

—Antes de la Guerra Civil.

—Puede ser exageración de pueblo.

—Puede.

Pero ninguno de los dos lo creyó del todo.

La noticia continuaba:

La procesión tendrá lugar esta noche por las calles históricas de Montesa. La Agencia Estatal de Meteorología prevé tormentas intensas en la zona a partir del anochecer.

David miró la hora. Francesca también.

Solo se oyó el motor al ralentí y el viento golpeando contra el cristal.

—Es ahora —dijo ella.

—Vamos.

—No tenemos cita. No sabemos si hablará con nosotros. Y si alguien ya sabe que queremos encontrarlo…

—Entonces llegar tarde no mejora nada.

Francesca lo observó un instante.

—Esa frase empieza a definir demasiado tu biografía.

David arrancó.

La carretera hacia Montesa les devolvió un paisaje transformado por lo que acababan de ver.

Laderas, bancales, cauces secos, pequeñas variaciones del terreno: todo parecía ahora menos natural y más escrito, como si el valle hubiera estado hablando siempre en un idioma que ninguno de los dos había aceptado aprender.

La tormenta empezó antes de llegar al pueblo.

Primero fueron manchas oscuras sobre la sierra. Después, una línea de viento cruzando la carretera. Luego llegaron las primeras gotas, grandes y separadas, golpeando el parabrisas con la indiferencia de algo que no necesita avisar.

Montesa aparecía al fondo bajo un cielo cada vez más bajo.

Cuando entraron en el casco histórico, la procesión ya había comenzado.

Las campanas sonaban con una gravedad irregular.

No parecían llamar a nadie; sonaban como una advertencia.

La calle principal estaba llena de gente con paraguas, cirios protegidos por vasos de plástico y túnicas oscuras que empezaban a empaparse por los bordes.

Algunos resistían bajo los soportales. Otros seguían caminando sin apartar la vista de la cruz, con esa insistencia de quienes han repetido el mismo gesto demasiados años como para detenerse por un poco de lluvia.

David aparcó mal, a medias sobre una acera estrecha.

Francesca ya estaba fuera antes de que él cerrara.

La lluvia caía oblicua, empujada por el viento. La cruz avanzaba al fondo, lenta, pesada, inclinándose apenas cada vez que los portadores corregían el paso. Bajo ella, casi oculto por los cuerpos que lo rodeaban, estaba Bernardo Palau.

Era más pequeño de lo que David esperaba. Más seco, pero no frágil. Eso fue lo que lo inquietó.

Su vejez no tenía nada de blanda. Era una vejez mineral, reducida a lo esencial, como si todo lo que podía sobrar en un cuerpo hubiera sido eliminado por los años y solo quedara la parte que no obedecía.

Sostenía uno de los varales con las dos manos.

Los hombres a su alrededor respiraban con esfuerzo.

El anciano no.

—Ahí —dijo Francesca.

David ya lo había visto.

Intentaron acercarse por un lateral, pero la calle era estrecha y la gente se cerraba alrededor de la comitiva. Cada paraguas era un obstáculo. Cada cirio obligaba a otra vacilación. Cada hombro añadía una demora.

—Tenemos que llegar hasta él antes de que termine —dijo Francesca.

—No vamos a poder hablar con él así.

—Entonces no hablará. Dirá lo que pueda.

David abrió paso sin empujar demasiado. La lluvia le bajaba por la nuca, empapándole el cuello de la camisa. A su derecha, una mujer mayor rezaba en voz baja. A su izquierda, un niño lloraba porque el viento le había apagado la vela.

La cruz se detuvo un instante.

Los portadores corrigieron el agarre.

El anciano levantó la cabeza.

Y miró directamente a David.

No fue sorpresa ni reconocimiento. Fue espera.

Como si hubiera sabido que llegarían y el único dato incierto hubiera sido si llegarían a tiempo.

David se acercó lo suficiente para que pudiera oírlo.

—Bernardo Palau.

El anciano no respondió.

La cruz volvió a moverse.

David caminó junto a la comitiva, obligado a adaptar el paso al ritmo procesional. Francesca quedó al otro lado, separada por dos mujeres con mantilla negra y un hombre que sostenía un estandarte contra el viento.

—Ignacio Jonás Arcega —dijo David.

El nombre no cambió su rostro.

Pero sí sus manos.

Se cerraron un poco más sobre el varal.

—Llegó tarde —dijo el anciano.

La voz era baja y áspera, apenas más que una cuerda seca rozando piedra.

—¿Usted habló con él?

—No lo suficiente.

La procesión avanzó tres metros. La lluvia aumentó. Uno de los faroles se apagó con un chasquido.

Francesca logró acercarse por el otro lado.

—Seguimos lo que Ignacio estaba tratando de descifrar —dijo.

El archivero no la miró.

—Sabemos lo que buscaba, sabemos que hay un texto cifrado. Necesitamos encontrar su sentido…

Una sombra atravesó la expresión del anciano. No miedo: cansancio.

—Todos empiezan mirando la piedra.

—¿Y no deberíamos?

Siguió caminando bajo la cruz.

—La piedra miente mejor que los hombres.

Francesca se acercó otro paso, empapada, con el cabello pegado a la cara.

—¿Sabe lo de las piezas? ¿Conoce usted lo que ocultan?

No respondió.

La cruz volvió a detenerse. Un murmullo recorrió la procesión. La tormenta había aumentado y parte de la comitiva dudaba si seguir hacia la zona alta.

Un relámpago iluminó un segundo las fachadas.

Y en ese segundo David vio a un hombre en la esquina opuesta.

No vestía túnica. No llevaba cirio. No miraba la cruz.

Miraba al anciano.

David se movió instintivamente, colocándose entre el anciano y aquella figura. El hombre desapareció detrás de un grupo de vecinos justo cuando el trueno rompió sobre el pueblo.

El viejo archivero habló sin mirarlo.

—No estáis solos.

—Ya lo sabemos.

—No. —El anciano giró apenas la cabeza—. Todavía creéis que os siguen los que quieren encontrarlo.

David guardó silencio.

—También os siguen los que quieren que nadie recuerde cómo se llega.

La frase se perdió casi en la lluvia.

Francesca la cazó igualmente.

—¿Cómo se llega?

Bajó los ojos hacia el suelo.

El agua corría entre los adoquines, buscando las juntas de la calle, bajando siempre hacia el mismo lado. No dudaba. No elegía. Obedecía.

—No busquéis la entrada —dijo.

David se inclinó hacia él.

—¿Entonces qué buscamos?

El anciano observó el agua.

—El desnivel.

Francesca no respiró.

La cruz avanzó de nuevo. El anciano dio dos pasos más con una firmeza imposible.

—Los romanos encontraron el eco —dijo—. La Orden encontró la fuente.

David y Francesca se miraron.

La procesión torció por una calle más estrecha. El viento empujó los cirios. Varias personas se apartaron hacia los soportales. El agua empezó a correr con fuerza por el centro de la calzada, arrastrando cera, barro y hojas.

—¿Qué eco? —preguntó Francesca.

No contestó de inmediato.

Cuando lo hizo, su voz pareció venir de mucho más lejos.

—Los romanos no rezaban allí. Medían. Canalizaban. Calentaban. Dejaban piedra donde el agua obedecía.

Francesca cerró los ojos un instante.

David no necesitó que ella lo dijera. Ya lo había visto en su rostro: aquello conectaba con la estructura hidráulica, con Llombai, con las cotas, con los planos de la bodega.

—¿Y la Orden? —preguntó David.

Apretó el varal.

—La Orden no encontró una reliquia. Encontró por qué la reliquia no debía moverse.

La frase cayó sobre los dos con más peso que la cruz.

—¿Dónde? —preguntó Francesca.

La miró por primera vez.

Sus ojos eran claros, casi transparentes, pero no por debilidad. Por desgaste: como si hubieran pasado demasiados años mirando algo que ningún hombre debería contemplar entero.

—No donde miran los ojos.

Francesca sintió la frase como una puerta cerrándose.

—Eso ya lo sabemos.

—No —dijo el anciano—. Lo habéis leído.

La diferencia fue cruel.

La procesión llegó a una pequeña plaza.

Allí el viento golpeó de frente y la cruz se inclinó peligrosamente. Dos portadores jóvenes perdieron el paso. El anciano corrigió el peso con una fuerza que no correspondía a su edad. Durante un segundo pareció que la cruz iba a caer.

David se movió para ayudar.

La mirada del anciano lo detuvo.

No.