CAPÍTULO XVII — Abadía de la Orden
CAPÍTULO XVII
Abadía de la Orden
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La carretera hacia Montroy se estrechaba tan gradualmente que era imposible señalar el momento exacto del cambio.
Simplemente ocurría. El asfalto se angostaba hacia los márgenes, los bordes se volvían más irregulares y la sensación de carretera abierta cedía poco a poco a algo más contenido, como si el paisaje no invitara a atravesarlo, sino a observarlo con cautela.
David conducía con las manos firmes. Había dejado de mirar el entorno como un conductor y lo hacía ahora como alguien que busca referencias sin saber exactamente cuáles.
Francesca no miraba hacia delante. Tenía la vista en los bancales, en los desniveles que se insinuaban bajo la vegetación, en la manera en que ciertos tramos de tierra parecían haber sido tocados, no recientemente, pero sí con intención.
—Aquí no hay nada —dijo David, más para ordenar el silencio que para afirmarlo.
Francesca tardó en responder.
—No es que no haya nada. Es que lo que hay no está pensado para verse.
—¿Qué buscas exactamente?
—Desniveles. Cortes que no deberían estar ahí. Lugares donde el terreno parece corregido.
Volvió a callar.
—No es aleatorio.
La bodega apareció sin imponerse: piedra clara, líneas sobrias, proporciones medidas. No pretendía ser antigua, pero tampoco parecía moderna. Se apoyaba en una idea de continuidad que, para quien supiera mirar, equivalía a una declaración: estamos aquí desde siempre; no preguntes por qué.
No imitaba el pasado. Lo administraba.
David detuvo el coche. El motor siguió en marcha unos segundos antes de apagarlo. Ninguno bajó enseguida.
—No es solo una bodega —dijo Francesca en voz baja.
—¿Qué es entonces?
Ella negó suavemente, no para rechazar la pregunta, sino porque todavía no tenía una respuesta completa.
—Aún no lo sé. Pero no la construyeron así por casualidad.
Salieron.
El interior los recibió con aire climatizado y un silencio contenido: no vacío, sino esa clase de quietud activa que hace pensar que el lugar sigue funcionando aunque nadie visible parezca dirigirlo.
La recepción era sobria: piedra vista, madera oscura, iluminación cálida y botellas alineadas con una precisión casi litúrgica. En una pared, una reproducción en hierro envejecido de la cruz de Montesa presidía el espacio con estudiada discreción. Nada parecía casual, ni siquiera la austeridad.
Un hombre joven apareció detrás del mostrador. Sonrió con una cortesía impecable, ensayada hasta borrar cualquier espontaneidad.
—Buenos días. ¿Tenían visita reservada?
David respondió antes de que Francesca pudiera hacerlo.
—No. Veníamos a preguntar por una cata privada. Nos han hablado de la bodega.
El hombre los estudió un segundo más de lo necesario. No como quien sospecha, sino como quien comprueba si una sospecha ya formaba parte del protocolo.
—Las visitas son con reserva.
Francesca sonrió apenas.
—Lo sabemos. Hemos pasado cerca y queríamos consultar disponibilidad.
El hombre asintió. Tomó un folleto del mostrador y lo colocó delante de ellos.
—Tenemos visitas los fines de semana. Cata básica, cata premium y visita patrimonial.
David miró el folleto.
—Patrimonial.
La palabra quedó en el aire un instante.
—El edificio reproduce elementos tradicionales de las antiguas casas de labor de la comarca —explicó el hombre—. Piedra local, bóvedas, espacios de vinificación…
—Pero no es antiguo —dijo Francesca.
El hombre mantuvo la sonrisa.
—Es una bodega de nueva generación.
—Con nombre de monasterio.
La sonrisa del hombre se congeló apenas.
—Es una referencia estética.
Francesca sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.
—Claro.
David dejó el folleto sobre el mostrador.
—¿Podemos ver la sala principal?
—Sin reserva no es posible.
Entonces llegó un sonido desde el interior: una puerta cerrándose, ni fuerte ni suave, solo un golpe seco, administrativo.
David miró hacia el pasillo lateral. El hombre también. Aquella reacción —no el ruido— delató la anomalía. Durante una fracción de segundo dejó de interpretar al empleado amable y se convirtió en alguien que medía distancias.
—La zona de producción está cerrada al público —dijo.
David asintió.
—Por supuesto.
Francesca ya había visto el detalle que él todavía no había verbalizado: al fondo del pasillo, sobre una puerta de cristal mate, no había un cartel de catas ni de crianza ni de barricas.
Había una placa metálica pequeña.
Oficinas. Acceso restringido.
—¿Tienen baño? —preguntó ella.
El hombre parpadeó.
—Al fondo, a la derecha. Pasando la puerta de oficinas.
—Gracias.
Francesca se movió con naturalidad, ni deprisa ni despacio: lo justo para obligar al hombre a elegir entre detenerla de forma incómoda o dejarla avanzar unos metros.
Eligió lo segundo.
David esperó dos segundos. Luego la siguió.
—El baño es al fondo a la derecha —repitió el hombre desde el mostrador.
—Lo he oído —dijo David.
El pasillo olía a madera húmeda, vino y desinfectante. Bajo esos olores había algo más frío: el aire mineral del hormigón y un leve rastro de ozono, electricidad y maquinaria reciente. La bodega enseñaba piedra al visitante y escondía acero en el interior.
Francesca no entró al baño. Se detuvo junto a la puerta de cristal mate.
—Esto no encaja —murmuró.
David miró hacia atrás. El empleado del mostrador ya no estaba en su sitio.
—Tenemos poco tiempo.
Francesca probó la puerta. Cerrada.
David bajó la vista. El marco tenía un lector magnético para tarjeta: nada antiguo, nada integrado en la escenografía patrimonial de la bodega.
—No vamos a abrir eso.
Francesca señaló el lateral. Junto al marco, el cristal esmerilado dejaba una franja estrecha sin tratar.
—No hace falta abrirla.
Sacó el móvil, activó la cámara y acercó la lente a la franja. La pantalla mostró primero oscuridad; después, una línea azulada; luego, parte de una mesa y un plano.
David se inclinó a su lado.
—Más cerca.
Francesca ajustó el ángulo. La imagen tembló un instante y después enfocó.
Sobre la mesa había una reproducción técnica extendida, varias carpetas y una maqueta parcial del terreno. Solo se veían fragmentos, pero bastaban para entender que aquello no tenía nada que ver con el vino.
Líneas azules, cotas, números, zonas marcadas en gris y una leyenda parcial:
Actuación hidráulica prioritaria. Sector Magro interior.
Francesca no respiró durante un segundo.
—Esto no es una reforma de la bodega —dijo.
—No.
David miró las líneas azules, las cotas, las marcas de expropiación parcial.
—Es una actuación hidráulica. Una obra de gran escala. Pero no alcanzo a ver exactamente qué proyectan.
La cámara captó otro extremo del plano. Allí, parcialmente oculto bajo una carpeta, aparecía un nombre.
Alberto Falcó Roca. Representación y poderes.
Francesca tomó tres fotografías: una general, otra del nombre y una tercera de las cotas.
—Firma demasiado —murmuró.
David la miró.
—¿Eso es malo?
—Eso es útil. Cuando todo arda, sabrán exactamente a quién señalar.
Un sonido leve llegó desde el pasillo: pasos.
David no reaccionó de inmediato. Terminó de recorrer el plano con la mirada, fijando la imagen, mientras Francesca guardaba el móvil.
Los pasos se hicieron más claros.
El hombre del mostrador apareció al fondo. Su sonrisa ya no era completa.
—Esa zona no está incluida en la visita.
David se enderezó sin prisa.
—Ya nos vamos.
El hombre avanzó un paso.
—La salida es por ahí.
Señaló el pasillo por el que habían venido.
David no se movió.
—Claro.
Pero Francesca ya había visto algo más: detrás del empleado, al fondo, una puerta lateral se cerró con un pestillo automático. Un clic seco, mecánico. No los habían descubierto; los habían entretenido.
—David —dijo ella, sin mirarlo.
Él lo entendió por el tono. El empleado dio otro paso.
—Les acompaño.
—No hace falta —dijo David.
—Insisto.
La palabra no sonó como cortesía.
A la izquierda, una puerta de servicio quedaba entreabierta. Daba a una zona de almacenaje: cajas, palés, botellas sin etiquetar. Un laberinto breve, pero suficiente.
David apoyó una mano en el hombro del empleado con una cordialidad lo bastante firme para apartarlo sin convertir el gesto en una agresión abierta.
—Gracias por la visita.
Lo apartó lo justo.
Francesca ya estaba cruzando hacia la puerta de servicio.
El empleado tardó medio segundo en reaccionar, demasiado. David entró detrás de Francesca.
El almacén olía a cartón, madera y mosto. Las luces del techo se activaron por movimiento mientras avanzaban entre cajas apiladas. Al fondo había otra salida: una puerta metálica con barra antipánico.
—¿Eso abre? —preguntó Francesca.
—Debería.
—Me encantan tus certezas.
David empujó la barra. La puerta cedió.
Salieron a un lateral de la bodega, junto a una zona de carga. El aire exterior llegó seco y caliente, con olor a tierra y viña. Ninguno corrió. Hacerlo habría dejado demasiado claro que se sentían expulsados —o retenidos—.
Caminaron hacia el coche.
Detrás, la puerta metálica se cerró sola.
Al llegar al Freelander, David abrió sin mirar atrás.
Solo cuando estuvieron dentro, Francesca sacó el móvil y revisó las fotografías.
Las imágenes ya no eran fotografías casuales ni simples comprobaciones. Eran indicios: piezas de algo que empezaba a adquirir una forma demasiado concreta para ignorarla.
—No era solo religión —dijo David.
—No. —Francesca dejó que la frase se asentara—. Mateo Ferrer puede estar buscando otra cosa: propiedades vinculadas a la antigua herencia de la Orden, custodia, piezas, lectura. Alberto Falcó Roca, no.
David miró la bodega por el retrovisor.
La fachada seguía allí, impecable, piadosa, nueva y antigua al mismo tiempo.
—No está comprando terreno, está comprando el perímetro de algo que todavía no sabemos nombrar.
Francesca no respondió.
En la pantalla del móvil, las líneas azules del plano parecían venas bajo una piel demasiado limpia.
—Gapi dijo que Ignacio entró aquí —dijo ella.
—Sí.
—Pero no murió por lo que encontró dentro.
David arrancó el motor. Miró la carretera, los bancales, las líneas invisibles bajo la tierra.
—Murió porque entendió hacia dónde apuntaba.
Y entonces el nombre de Palau dejó de ser una posibilidad.
Se convirtió en urgencia.
La bodega quedó atrás sin resistencia, integrada de nuevo en el paisaje. En el móvil, sin embargo, las fotografías del plano viajaban con ellos como una prueba que nadie había pedido todavía y que alguien, en algún punto de aquella carretera vacía, ya sabía que existía.
Desde el interior, la figura observó cómo el coche se alejaba. Esperó a que desapareciera. Solo entonces se movió. Regresó al despacho. La puerta se cerró sin ruido.
Sacó el móvil.
—Han entrado en el despacho.
Silencio al otro lado. Distinto a los anteriores. Más largo.
—¿Qué han visto?
—El plano.
La pausa se alargó.
Cuando llegó la voz, ya no conservaba la calma habitual. Tenía una frialdad más definitiva.
—¿Siguen pensando que es religioso?
—No.
—Eso nos deja una sola opción.
—¿Cuál?
La voz respondió sin elevarse.
—Convertir su descubrimiento en un accidente administrativo.
La figura miró el plano extendido sobre la mesa.
—Todavía no lo tienen completo.
—No necesitan tenerlo completo para estorbar.
La figura esperó.
—¿Qué hago?
—Déjalos llegar a Palau.
La figura no respondió.
—Si Palau habla, sabremos cuánto saben. Si no habla, seguirán ciegos. Y si habla demasiado…
La voz se detuvo.
No hizo falta terminar.
La figura apagó la pantalla.
Afuera, el paisaje seguía igual: viñas, piedra, silencio de tarde. Pero algo había cambiado en el cálculo.
Ya empezaban a ser un problema.
Y los problemas, en ese tipo de operaciones, no se resolvían con ira.
Se resolvían cerrando expedientes.