El Códice de la Orden de Montesa CAPÍTULO XIII — Montesa
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CAPÍTULO XIII — Montesa

CAPÍTULO XIII

Montesa

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La carretera serpenteaba hasta terminar en piedra y, a partir de ahí, todo quedaba reducido a un camino estrecho, gastado por siglos de pasos y viento seco.

El castillo-convento de Montesa se alzaba sobre ellos con una presencia áspera, incompleta, como si la historia se hubiera retirado a medias y hubiera dejado el resto a la imaginación de quien llegara después.

Las ruinas no imponían por altura ni por riqueza.

Lo hacían por la forma en que los muros ordenaban el espacio incluso después del terremoto de 1748, del abandono y de las restauraciones parciales.

Persistía una lógica interna, como si la voluntad de quienes levantaron aquel lugar hubiera resultado más resistente que la piedra.

David detuvo el coche antes de la última curva.

—No es un castillo —murmuró, sin mirar a Francesca—. Es un error geológico con pretensiones de fortaleza.

Francesca no respondió. Observaba la ladera con esa atención que ponía cuando un lugar le decía algo que todavía no había puesto en palabras.

Subieron.

El silencio no era completo. El viento rozaba las piedras y se filtraba por grietas antiguas, arrancándoles un murmullo irregular, casi respirado. A ratos parecía una voz; o el eco de voces que el lugar hubiera aprendido a conservar.

Ambos miraron hacia el mismo punto.

La iglesia.

O lo que quedaba de ella. El trazado de la antigua iglesia aún podía leerse entre los restos: muros, arranques, proporciones. El tiempo había borrado la altura, no del todo la intención.

Entraron.

El espacio estaba abierto en gran parte al cielo. La luz caía oblicua sobre la piedra y el polvo flotaba despacio, como si hasta el aire hubiera aprendido a no apresurarse allí.

En la zona donde había estado el presbiterio permanecía una masa de piedra elevada, erosionada en los bordes, con cortes demasiado rectos para ser naturales.

Francesca se acercó primero. Pasó la mano a pocos centímetros de la superficie, sin tocarla.

—Aquí —dijo.

David no preguntó por qué. También lo había visto. En el centro, apenas perceptible, una incisión poco profunda cruzada por otra más tenue. Con las piezas en mente, la forma resultaba inequívoca.

Cáliz. Cruz.

O ambas cosas superpuestas.

David recorrió el perímetro. No buscaba una abertura evidente, sino interrupciones en la lógica de la superficie: diferencias que el ojo podía pasar por alto, pero que un cuerpo acostumbrado a leer espacios detectaba antes de entenderlas.

Y las encontró.

En uno de los laterales, casi a ras de suelo, el polvo no era uniforme. Había una zona algo más limpia, como si alguien se hubiera arrodillado allí no hacía mucho.

Se agachó. Pasó el dedo.

—Alguien ha estado aquí —dijo—. Y no hace mucho.

Francesca rodeó la piedra por el lado contrario. En la base, una grieta descendía en diagonal. Era antigua, pero dentro de ella había algo reciente: una pequeña alteración en la unión de dos bloques y una zona donde el polvo no se había asentado igual.

Alguien había intentado abrir.

David se agachó, pasó los dedos por el borde de la grieta y señaló un punto concreto.

—Aquí. Han hecho palanca.

Una deformación mínima. La huella de alguien que sabía dónde aplicar la fuerza.

No era un intento torpe.

Había sido un intento competente, nacido de una lectura equivocada.

—Sabían lo que buscaban —dijo ella.

Los dos se incorporaron. El silencio que siguió no fue sorpresa, sino cálculo.

Francesca no apartó la vista del altar. Cuando habló, lo hizo despacio, como si necesitara escuchar la frase mientras la decía para saber si era capaz de terminarla.

—¿Crees que pudo ser Ignacio?

David no respondió de inmediato.

—La marca de la rodilla. El punto donde hicieron palanca. —Señaló sin tocar—. Ignacio habría llegado a la misma deducción que nosotros. Tenía las piezas, o al menos una. Y pudo venir aquí antes de ir a la bodega.

—Francesca.

—Si fue él, eso significa que estuvo a punto. Que llegó hasta aquí y no encontró cómo. Y después alguien lo siguió hasta Montroy y…

—Francesca.

La segunda vez fue más brusca. No de rabia. De algo más involuntario.

Ella lo miró.

David seguía mirando la piedra. No a ella. Tenía la mandíbula apenas tensa, ese gesto que aparecía cuando algo empujaba desde dentro y él decidía no dejarlo salir.

—No lo sé —dijo al fin, más bajo—. Y ahora mismo no quiero saberlo.

No fue una respuesta táctica. Fue honesta, y precisamente por eso Francesca no insistió.

Rodeó el altar lentamente. Nada. Ni mecanismo, ni cavidad visible, ni inscripción nueva.

Solo piedra y el rastro de un error ajeno.

Francesca estudió las marcas con una incomodidad creciente. Todo aquello era demasiado visible para ser el final, demasiado dispuesto a confirmar exactamente lo que cualquiera con las piezas querría creer.

—Esto no abre el secreto —dijo.

David la miró.

—Lo señala.

—O lo distrae.

Un destello.

Leve. Breve. Metálico.

A lo lejos, entre los pinos bajos de la ladera oriental, algo atrapó la luz del sol durante un instante antes de desaparecer. Cristal. Metal. O ambas cosas.

Francesca lo vio también. No hizo ningún gesto.

—No quieren acercarse.

—No aún.

Siguieron caminando.

El Freelander apareció al fondo, donde lo habían dejado. Inmóvil. Pero en el cristal lateral se reflejaba algo que antes no estaba allí.

—No mires directamente —dijo David, sin cambiar el ritmo.

Un vehículo negro, absurdamente limpio para aquel camino, situado donde la curva le permitía dominar la ladera sin necesidad de acercarse. No estaba aparcado al azar. Alguien había calculado el ángulo de visión.

No estaba cuando llegaron.

—Nos han seguido desde abajo —murmuró ella.

—O desde antes.

David abrió el coche sin prisa y utilizó el reflejo del cristal para confirmar lo que ya sabía. Dos siluetas dentro del vehículo negro. Quietas. Mirando. Sin verdadero esfuerzo por ocultarse.

Francesca rodeó el coche y se sentó. Cerró con cuidado.

—Si quisieran intervenir…

—Ya lo habrían hecho.

El motor arrancó. El coche negro encendió también.

No los adelantó ni redujo la distancia. La mantuvo con una constancia que era, por sí sola, un mensaje.

David tomó la curva de descenso sin acelerar.

—No han encontrado nada arriba —dijo.

Francesca comprendió antes de que terminara.

—Y creen que nosotros sí podemos. O que lo haremos.

—No somos el objetivo —añadió David—. Somos la herramienta.

La idea se instaló entre ellos con la precisión de algo incómodo pero exacto. No querían detenerlos; querían que siguieran avanzando.

Aquello no los hacía más seguros.

Los hacía útiles.