El Códice de la Orden de Montesa CAPÍTULO XII — El Temple #3
50%

CAPÍTULO XII — El Temple #3

Siguió hacia la última vitrina.

El libro estaba allí, encajado entre otros, aunque desplazado lo suficiente para delatar que alguien lo había devuelto con prisa. El lomo sobresalía apenas un milímetro. En un estante que llevaba años obedeciendo la misma geometría, era suficiente.

David se acercó sin tocarlo.

El marcapáginas asomaba, descentrado, en una página que no era la original.

El conserje regresó, abrió la vitrina y colocó el volumen sobre un soporte de consulta. Francesca apoyó el móvil junto al atril y abrió el libro con el cuidado que exigía el papel antiguo. La encuadernación crujió.

El conserje se tensó en el umbral.

—Despacio —dijo.

No fue una orden.

Fue miedo por el papel, o por ellos, o por algo que ninguno de los dos quiso nombrar.

El marcapáginas quedó a la vista.

Seis líneas, divididas en tres bloques. Delante de cada uno, un número romano.

I FDOMAMQYHVVDODYHY ZMXHAYHVVDHYDTZDHPDQDY

II OSAKYFYHKRKAQTHbrTYFAOTSOZ ROQKZQFVOIKBZQTHbrOSIOHFA

III LVXAQQXDVBLOPXPXXHXDVMVC EAYEYMTHESCDLBGBX

Francesca inclinó ligeramente la cabeza.

No intentó leerlo como latín.

No funcionaba.

Sus ojos recorrieron las líneas una segunda vez, más despacio.

No buscando palabras.

Buscando ritmo.

—No está escrito al azar —murmuró.

David se acercó un poco más. Su hombro rozó el de ella. Ninguno se apartó.

—¿Qué ves?

Francesca señaló sin tocar, siguiendo con el dedo el inicio de varios bloques.

—Hay estructuras que se repiten, pero no de la misma manera en los tres bloques. —Siguió las líneas sin tocar la tinta—. Si esto es un cifrado, cada parte parece obedecer a un patrón distinto.

David miraba la división. Los números romanos. Los tres bloques diferenciados.

—Tres bloques.

Francesca siguió mirando el marcapáginas.

—Tres cerraduras.

—¿Y tenemos llave?

—Tenemos dos objetos que quizá formen parte de la llave. Pero esto no parece diseñado para abrirse con una sola cosa.

David la miró.

—¿Entonces?

Francesca giró el marcapáginas apenas hacia la luz.

—Entonces alguien se aseguró de que poseer las piezas no fuera lo mismo que comprenderlas.

Giró el marcapáginas.

En el reverso, más gastada pero todavía legible, la inscripción que ya habían visto grabada en las piezas de metal:

Non vbi ocvli spectant.

Francesca lo sostuvo un segundo más. Luego cerró el libro con suavidad.

—No donde miran los ojos.

Cerró los ojos un instante. Al abrirlos no miró el texto, sino la sala: los óleos, las fotografías, el mapa bajo cristal y su corredor imposible, las puertas repetidas hasta la obsesión, el altar con el cáliz y la cruz. Todo demasiado visible.

Una facilidad sospechosa.

David siguió su mirada. Volvió al marcapáginas.

No habló.

Francesca devolvió el libro a la posición en que lo habían encontrado y se volvió hacia la puerta.

—Vamos.

El conserje los esperaba en el pasillo con los brazos pegados al cuerpo, como si hubiera estado conteniendo la respiración desde que entraron. Al verlos salir, no pareció aliviado. Miró primero detrás de ellos, hacia la sala. Luego hacia el fondo del pasillo.

—Tienen que firmar.

No era una exigencia.

Era una coartada administrativa.

Tomó los datos de sus documentos con la resignación de quien sabe que el protocolo quizá no proteja a nadie, pero al menos deja constancia de que uno cumplió con él. David firmó el registro y le devolvió el bolígrafo.

El conserje lo guardó con una rapidez reveladora.

—Una cosa —dijo David—. ¿Hay algún archivero titular? ¿Alguien que lleve mucho tiempo aquí, que conozca los fondos de Montesa?

El conserje pensó un momento.

O fingió pensarlo.

Porque el nombre ya estaba allí, visible en su incomodidad antes de pronunciarlo.

—Bernardo Palau.

Pronunció el nombre de otra manera. No como quien facilita un dato, sino como quien entrega una llave que preferiría no haber tocado.

—Lleva décadas vinculado al archivo. Está jubilado, pero aparece un par de mañanas por semana. Conoce los fondos de Montesa mejor que nadie.

Bajó la vista.

—Y sabe qué preguntas no conviene formular delante de determinadas personas.

—¿Cuándo suele venir?

—Suele venir los viernes. Aunque últimamente no es regular.

David asintió. No pidió el contacto delante del conserje. Solo guardó el nombre.

El hombre volvió a mirar el pasillo.

—No digan que se lo he dicho yo.

David sostuvo su mirada.

—No lo diremos.

El conserje no pareció creerlo del todo.

O quizá no le bastaba.

Cruzaron el vestíbulo y empujaron la puerta.

La claridad exterior los obligó a entrecerrar los ojos durante un segundo.

Francesca caminó unos metros antes de hablar.

—El mapa.

—Sí.

—No es un inventario de posesiones. Está excesivamente acotado.

—Solo ese corredor.

—Desde Montesa hasta el valle. Hasta Montroy. —Guardó el teléfono—. Y ese punto desplazado entre Llombai y el río. Cuando lo superpongamos con las compras de Villena, veremos si coincide.

David lo procesó.

—Primero Montesa.

—Primero Montesa —confirmó ella.

Llegaron al Freelander. David abrió, se sentó, metió la llave.

Y no arrancó.

Miró el retrovisor.

El tramo de calle que alcanzaba a ver en el retrovisor estaba demasiado vacío para media mañana. No era imposible. Era, simplemente, incómodo.

No había nada.

—¿Qué?

—Nada todavía.

Arrancó.

Tomó la primera curva despacio.

En el retrovisor apareció lo que esperaba: un coche oscuro incorporándose dos calles más atrás.

Sin prisa.

Sin acercarse.

Con la constancia de quien no necesita estar cerca para estar presente.

Llevaba allí el tiempo suficiente para saber cuándo salían.

David no lo dijo.

Aceleró con suavidad y puso rumbo al sur.