El Códice de la Orden de Montesa CAPÍTULO XII — El Temple #2
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CAPÍTULO XII — El Temple #2

Por costumbre.

—Es el protocolo —añadió—. Cuando alguien consulta ese volumen o entra en la sala de Montesa, se notifica. Siempre. Casi nunca ocurre, pero se notifica.

No sonaba a conspiración.

Sonaba a trámite.

Y eso lo hacía más inquietante que cualquier conspiración.

—¿Y después? —preguntó David.

El conserje se inclinó un poco hacia ellos.

—Después vinieron del arzobispado. Preguntaron cuánto tiempo había estado, qué había tocado, qué fotografió, si copió algo. Revisaron los registros, la sala e incluso la papelera del despacho.

Francesca sostuvo su mirada.

—¿Y su compañero pidió la excedencia después de eso?

El hombre no respondió.

No hizo falta.

En el pasillo sonó algo leve: quizá madera asentándose, quizá una puerta al fondo. El conserje giró la cabeza con una rapidez que ya no intentó ocultar. Esperó. Solo cuando el ruido no se repitió volvió hacia ellos.

—Ayer tuve otra visita.

David no lo interrumpió.

—Un hombre y una mujer.

El conserje miró de nuevo hacia el pasillo.

—Él tenía aspecto de sacerdote. No vestía como tal, pero hay cosas que se reconocen: la forma de moverse, de mirar, cierta convicción en la postura que la ropa no consigue ocultar del todo.

Mateo.

David no dijo el nombre.

—¿Y ella? —preguntó Francesca.

El conserje tardó un segundo de más en contestar.

—Alta. Joven. Más joven de lo que esperaba para moverse así en un archivo.

Se tocó la nuca, incómodo.

—No miraba como alguien que busca una reliquia. Miraba como quien ya sabe qué tiene que comprobar. Entró con una carpeta verde oscuro bajo el brazo y pidió la sala por el número de registro, no por el nombre. Casi nadie hace eso.

A Francesca le inquietó más aquella precisión que una descripción completa.

—¿La había visto antes?

—No.

El conserje dudó.

—O quizá sí. No allí. No estoy seguro.

—¿Qué hicieron?

—Pasaron directos a los archivos y a la sala de Montesa. Yo estuve presente, como me habían indicado.

—¿Como le habían indicado quiénes? —preguntó David.

El conserje no contestó.

Esta vez el miedo fue respuesta suficiente.

—¿Qué tocaron? —insistió Francesca.

—El libro. El mapa. Algunas fotografías antiguas.

—¿Y cuando se fueron?

El hombre apoyó los dedos sobre la mesa y los miró como si acabara de descubrir que le temblaban.

—No estaba todo igual.

—¿Qué no estaba igual?

—El libro. Mal colocado. Forzado. Y un marcapáginas muy antiguo estaba en otra página.

Hablaba casi sin aire.

—Solo me di cuenta porque yo mismo había revisado los libros esa mañana. Tengo por costumbre comprobar cualquier volumen que vaya a manipularse. Por el estado del papel.

Aquello confirmaba algo esencial: alguien había manipulado el libro después de la revisión.

—¿Avisó al arzobispado? —preguntó David.

El conserje dejó escapar una risa mínima, sin humor.

—Claro.

—¿Y?

—No les preocupó que hubieran movido cosas. Solo me dijeron que, si volvía alguien, tenía que estar presente. Que no dejara a nadie solo.

Miró otra vez el pasillo.

—Que no dejara solo a nadie.

Sus dedos encontraron un manojo de llaves en el cajón. El tintineo metálico rompió la quietud del vestíbulo.

—Así que, si quieren verlo, les acompaño yo.

Se levantó despacio. Miró a David y después a Francesca. Algo se resolvió en su expresión, aunque no parecía valor. Se parecía más a la forma más pobre de la supervivencia.

—¿Siguen queriendo verlo?

David asintió.

—Sí.

El conserje esperó un segundo más. Luego giró y comenzó a andar.

El pasillo era estrecho, con las paredes más oscuras de lo que habían parecido desde el vestíbulo. La luz cambiaba de temperatura por tramos: amarillenta en unos, más fría en otros. Las losas devolvían un sonido sordo bajo sus pasos.

El conserje caminaba delante, pero nunca del todo. Cada pocos metros giraba apenas la cabeza, no para comprobar que lo seguían, sino para vigilar el pasillo a sus espaldas. Las llaves le temblaban contra la palma.

No lo conseguía siempre.

Se detuvo ante una puerta de madera oscura, más alta de lo necesario para el pasillo.

—El edificio que ven es del siglo XVIII —dijo mientras buscaba la llave correcta—.

Se levantó después del terremoto que destruyó el castillo-convento de Montesa.

Pero este lugar conserva un nombre mucho más antiguo: antes de Montesa, el solar estuvo vinculado al Temple.

Parte de los fondos que llegaron después mantienen esa procedencia mezclada.

A estas alturas, separar del todo una historia de la otra no siempre es sencillo.

Introdujo una llave.

La cerradura cedió con una resistencia leve.

—No toquen nada sin avisarme —dijo—. Y no cierren la puerta.

No explicó por qué.

No hizo falta.

Se quedó al otro lado del umbral, de espaldas a ellos, mirando el pasillo. No vigilaba la sala.

Vigilaba que nadie más llegara.

La sala no era grande, pero tenía esa cualidad de los espacios que parecen mayores porque contienen siglos. La luz entraba por dos ventanales altos, velados por polvo y tiempo, en haces oblicuos que más que iluminar recortaban.

Francesca avanzó primero.

Las losas, gastadas en el centro por generaciones de pasos, devolvían un sonido sordo.

A la derecha, una secuencia de marcos oscuros con óleos de paisajes que el tiempo había convertido en enigmas.

A la izquierda, vitrinas bajas con volúmenes encuadernados en cuero reseco. Todo olía a tiempo acumulado.

—No es un archivo.

—No solo. —Francesca se acercó al primer óleo sin tocarlo—. Es una memoria.

El cuadro mostraba una puerta maciza encajada en un arco apenas apuntado, con muros cerrados a ambos lados.

No había figuras humanas. Solo arquitectura.

El barniz amarillento ocultaba más de lo que revelaba, pero la estructura seguía imponiéndose: una puerta que no invitaba a entrar, sino que dejaba constancia de que había existido. La placa inferior era ilegible.

Francesca alzó el móvil y tomó la fotografía.

El sonido del obturador fue más alto de lo que debería en aquel silencio.

Desde el umbral, el conserje giró apenas la cabeza. No dijo nada. Volvió a mirar el pasillo.

Francesca siguió.

Otro marco: una ermita aislada en un paraje seco, con un camino estrecho que llegaba hasta ella como una disculpa.

Montroy.

No lo dijo en voz alta. Lo dejó asentarse. Tomó otra fotografía y continuó.

Las imágenes se repetían con pequeñas variaciones, como si alguien hubiera querido fijar los mismos lugares desde miradas y épocas distintas para impedir que dependieran de la memoria de una sola persona. La misma geografía, distintas manos, un mismo propósito.

—No son decoración.

—¿Entonces?

—Topografía. Alguien quería que estos lugares no se olvidaran.

David miró la pared completa.

Puertas.

Ermitas.

Altares.

Castillos.

No estaban ordenados por belleza ni por fecha. Había una lógica más seca. Más útil.

—No los están mostrando. Los están ordenando.

Y esa palabra cambió la sala.

Ordenando.

No era una colección.

Era una secuencia.

David se detuvo ante una fotografía en blanco y negro, de grano grueso, colgada entre dos óleos más antiguos. La misma puerta del primer cuadro. El mismo arco. Otra época, el mismo lugar. Verificación. Una memoria duplicada.

Al fondo de la sala, separado del resto, un óleo mayor detenía la mirada.

El marco era más trabajado y el trazo más firme.

Representaba un altar de piedra, pesado, sin ornamento.

Sobre él, dos formas reproducidas con una precisión impropia del resto de la composición: un cáliz y una cruz.

No ocupaban el primer plano, pero el pintor las había fijado con más cuidado que cualquier otro detalle.

David se acercó.

—El castillo.

Francesca no respondió. Ya estaba fotografiando. Tomó tres imágenes desde distancias distintas. Después se apartó sin mirar atrás. En el silencio de ambos cabía todo lo que el cuadro acababa de confirmar: los símbolos de las piezas. El altar. Montesa.

Siguió hacia la pared lateral.

Entre las piezas más irregulares, una imagen frontal de una iglesia: proporciones severas, acceso limpio, piedra desnuda.

Santa María.

Se detuvo un segundo. David estaba a su espalda, lo bastante cerca para que ella notara la presencia sin verla.

—Ignacio.

No fue una frase. Solo un nombre, con el peso de los nombres que ya no tienen a nadie que responda por ellos.

David no añadió nada.

Esperó.

Y fue entonces cuando lo vio.

Al fondo de la sala, protegido por un cristal enmarcado en madera oscura, había un mapa. No decorativo: un documento de trabajo, con la precisión de aquello que no se dibuja para exhibirse, sino para usarse.

Francesca llegó hasta él casi al mismo tiempo.

El mapa mostraba el territorio entre Montesa y el valle del Magro hasta Montroy.

Solo ese corredor. No aparecía el resto de posesiones históricas de la Orden en tierras valencianas.

Únicamente aquel tramo, desde el castillo hasta la zona baja del valle, siguiendo una línea que se parecía menos a una frontera que a un recorrido.

Eso era lo extraño.

Un mapa patrimonial debería aspirar a mostrar un dominio. Aquel, en cambio, parecía señalar una dirección.

David sintió que algo en la sala cambiaba de peso.

No documentaba dominio.

Documentaba tránsito.

No decía: esto pertenece a la Orden.

Decía: por aquí se llega.

Francesca lo estudió varios segundos y después fotografió el conjunto y los detalles: anotaciones marginales, deslindes, símbolos y marcas de agua que el tiempo había vuelto casi ilegibles.

David se acercó al cristal.

Había una señal desplazada entre Llombai y el río, fuera de la posición que sugería la topografía. El resto del mapa era demasiado preciso para atribuirlo sin más a un error. Aquella marca estaba donde alguien había querido colocarla.

—¿Lo ves?

—La señal.

—No coincide con ningún camino que reconozca ni con una posesión identificada en el mapa. Pero está dentro del corredor.

David no respondió. Miró el mapa una vez más antes de apartarse. El corredor desde Montesa hasta el valle del Magro. Un territorio tan concreto que no podía ser casual y tan incompleto que no podía ser un inventario.

Era una ruta.

O el recuerdo de una.