CAPÍTULO XII — El Temple
CAPÍTULO XII
El Temple
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Francesca abrió los ojos despacio.
Durante unos segundos no recordó dónde estaba. Solo vio la claridad gris filtrándose entre las cortinas y oyó el rumor lejano de Valencia despertando bajo la ventana del hotel. Después regresó todo de golpe.
Montroy. La cripta. La figura entrando en la iglesia. La huida por los tejados. Y el Oceanogràfic.
Giró apenas la cabeza.
David seguía sentado junto a la puerta.
No se había metido en la cama. Ni siquiera lo había intentado.
Seguía en la misma silla en la que se había dejado caer horas antes, con la espalda contra la pared y el móvil apagado en una mano.
Dormía a medias. O fingía hacerlo. Había algo en él que continuaba vigilando incluso cuando el cuerpo cedía.
Francesca lo observó desde la cama sin que él lo notara.
El cansancio le afilaba el rostro de esa manera que solo consigue una noche sin dormir: más duro, más real, más próximo a la versión de sí mismo que no necesitaba gestos para imponerse.
La camiseta del club se le ceñía al cuerpo.
El brazo izquierdo descansaba sobre la rodilla con el mismo ángulo que ella ya había visto en el pabellón, cuando un partido se complicaba y él dejaba de moverse para empezar a pensar.
No lo despertó.
Lo dejó estar un momento más.
Entonces la sábana resbaló hasta su cintura. David abrió los ojos justo en ese instante, como si hubiera estado esperando el movimiento.
Tardó un segundo en hablar.
—Ya era hora, bella durmiente.
La voz le salió rota por el cansancio.
Francesca apartó el pelo de la cara.
—No sabía que los vigilantes nocturnos hacían comentarios irónicos gratis.
David miró el reloj.
—A estas alturas cobro por sobrevivir. El sarcasmo va incluido.
Ella observó la silla.
—¿No has dormido?
—He cerrado los ojos. Técnicamente cuenta.
Francesca bajó la mirada hacia las fotografías. El marcapáginas seguía ampliado en la pantalla: el cáliz, la cruz, las líneas de letras comprimidas y, debajo, casi invisible, aquella forma curva que empezaba a repetirse con demasiada insistencia.
—Has seguido mirando eso toda la noche.
—No me gusta.
—Eso tampoco es una conclusión.
David se incorporó despacio. El cuerpo protestó al hacerlo.
—Es una alarma.
Francesca apartó la sábana y se puso en pie. Permaneció un instante inmóvil, todavía medio dormida, descalza sobre la moqueta fría. David apartó la mirada una fracción de segundo tarde.
Ella lo vio.
No dijo nada. Ese era el problema con Francesca: no necesitaba señalar una debilidad para hacerla existir.
—El Temple abre pronto.
David asintió.
—Y cuanto más tardemos, más posibilidades hay de que alguien haya movido cosas.
Francesca miró otra vez las fotografías.
—Ignacio estuvo allí.
—Eso creemos.
—No. Eso lo sé.
David no respondió. Había aprendido algo en muy poco tiempo: cuando Francesca hablaba así, no estaba opinando. Estaba encajando piezas.
Bajaron a la cafetería del hotel todavía medio vacía.
Una camarera colocaba cucharillas sobre las mesas y un hombre mayor leía el periódico sin pasar de la primera página. El olor a café recién hecho llenaba el local con una calidez casi ofensiva después de las últimas horas.
David pidió dos cafés.
Se bebió el suyo casi sin respirar. Luego pidió otro.
Y otro más para llevar.
Francesca lo observó por encima de la taza.
—Ignacio hacía exactamente lo mismo.
David sostuvo el vaso caliente entre las manos.
—Ignacio fingía que era una costumbre suya.
—¿Y no lo era?
—Me la copió.
Francesca dejó la taza sobre el plato con suavidad.
—¿Cómo os conocisteis?
David miró el café.
—En San Diego. Yo estaba allí con una beca de baloncesto, en segundo año. Él apareció en el primer entrenamiento de la temporada con zapatillas nuevas y una seguridad que no guardaba ninguna relación con lo que hacía sobre la pista.
Francesca esperó. Cuando escuchaba hablar de Ignacio, su atención cambiaba: no era solo tristeza, sino la necesidad de reconstruirlo con los recuerdos de quienes todavía podían hablar de él.
—Se cayó dos veces en el primer cuarto de hora —continuó David—. La segunda fue tan aparatosa que todo el equipo se paró a mirarlo.
—¿Y sobrevivió?
—Se levantó como si la caída formara parte del entrenamiento. Con esa cara suya de que el problema era que el mundo lo había interpretado mal. Después me preguntó si tenía algo de comer porque había llegado tarde del aeropuerto y no había cenado.
Francesca sonrió, apenas.
—Eso sí era él.
—Venía con dos estudiantes de Arquitectura a las que había conocido en el avión. Dominicano, familia de dinero, una seguridad insoportable. La mitad del campus lo conocía antes de que llevara una semana allí.
—¿Y su beca de Arquitectura?
—Duró tres semanas. Ignacio no aguantaba mucho en nada que no le interesara de verdad. Lo extraño es que después seguía siendo amigo de todo el mundo.
David bebió.
El café ya no quemaba.
—Cuando volví a España y dejé de jugar profesionalmente, empecé en Moncada con unos amigos. Él venía de vez en cuando cuando viajaba a Valencia. Nunca avisaba. Siempre aparecía.
—Como yo en el pasillo del pabellón.
—Exacto. —Una pausa—. Como tú en el pasillo del pabellón.
El nombre de Ignacio seguía dejando un hueco extraño en cualquier conversación, como una silla vacía que nadie terminaba de aceptar. Y Francesca, que normalmente manejaba los silencios con precisión, no siempre sabía dónde colocar aquel.
Salieron a la calle.
Valencia amanecía despacio, todavía húmeda en algunas aceras, bajo esa luz azulada de las mañanas de mayo que parece quedarse suspendida sobre la piedra antes de que el sol termine de imponerse.
El Freelander seguía donde lo habían dejado.
David revisó el interior antes de abrir. Otro gesto nuevo. Otra costumbre adquirida demasiado deprisa.
Condujo sin música.
Francesca llevaba la carpeta apoyada sobre las piernas. De vez en cuando abría una fotografía y la ampliaba en silencio.
—¿Qué buscas?
—Errores.
—¿En Ignacio?
—No. En quien ha tocado las cosas después.
El tráfico empezaba a crecer alrededor de ellos. Semáforos. Furgonetas de reparto. Gente entrando en cafeterías sin saber que el día ya contenía una amenaza.
Llegaron a la plaza del Temple cuando la mañana todavía no había terminado de asentarse. La humedad seguía prendida en la piedra y la luz era clara sin llegar a ser cálida.
David llevaba el tercer café del día en la mano. Francesca iba a su lado con el bolso cruzado y el paso de alguien que ha dormido poco pero ha pensado mucho.
No habían hablado de lo del Oceanogràfic.
No todavía.
Había cosas que exigían espacio antes de convertirse en palabras.
El conjunto apareció al doblar la plaza: una fachada neoclásica, sobria y extensa, levantada en el siglo XVIII sobre un lugar con una historia mucho más antigua. El edificio que tenían delante no era templario ni medieval, pero el nombre del Temple había sobrevivido a quienes lo ocuparon.
—Demasiado nuevo para llamarse Temple.
—El edificio, sí. El lugar, no.
Francesca había confirmado el acceso esa misma mañana.
La sala documental no estaba abierta al público; una autorización académica les permitía consultar el fondo acompañados.
Entraron por un acceso lateral que comunicaba con dependencias menos transitadas.
Dentro, el aire cambió de inmediato: más quieto, más cerrado.
Papel viejo. Madera. Ese olor difícil de separar de los lugares donde el tiempo se acumula en vez de pasar.
Al fondo del vestíbulo, tras una mesa grande y oscura, un hombre sostenía una taza de café con las dos manos.
No era viejo, pero tenía el cansancio de quien pasa demasiadas horas en edificios donde el silencio termina pesando.
Llevaba una chaqueta de lana oscura abrochada hasta el cuello y las gafas empujadas hacia la frente, como si acabara de quitárselas para mirar algo de cerca y aún no hubiera decidido si volver a ponérselas.
Levantó la vista cuando entraron.
No con sorpresa.
Con miedo.
Fue apenas un gesto: la boca se le tensó, la taza se detuvo antes de llegar a los labios y sus ojos fueron de David a Francesca y, enseguida, al pasillo lateral.
David redujo el paso. Dejó que el hombre terminara de mirarlos.
El conserje dejó la taza sobre un posavasos de corcho. Lo hizo con cuidado, pero la porcelana golpeó la madera con un sonido seco.
—Aún no está abierto del todo.
La frase no sonó a norma.
Sonó a súplica.
—Buscamos un libro —dijo David—. De archivo.
El conserje no respondió. Su mirada se desplazó hacia Francesca, luego hacia la puerta por la que acababan de entrar, como si comprobara que nadie los había seguido hasta el vestíbulo.
—¿Qué libro?
—Uno sobre el traslado del Santo Cáliz a la catedral —añadió ella, sin forzar el tono—. Y documentación relacionada con la Orden de Montesa.
El cambio fue mínimo, pero visible.
El hombre bajó la vista a la mesa. Después volvió a mirar el pasillo.
—Otra vez ese libro —murmuró.
No era una queja.
Era cansancio con miedo dentro.
David apoyó una mano sobre el respaldo de una silla, sin sentarse.
—Ha pasado algo con ese libro últimamente.
El conserje lo miró. Después a Francesca. Volvió a David con la expresión de quien comprende que negar lo evidente puede resultar más peligroso que contar una parte de la verdad.
—No deberían estar aquí.
—Eso no responde.
El hombre tragó saliva. Miró otra vez hacia el pasillo lateral.
—Llevo aquí dos días sustituyendo a mi compañero.
Se detuvo.
El silencio se prolongó más de lo razonable para una frase tan sencilla.
—¿Y su compañero? —preguntó David.
El conserje bajó la voz.
—Pidió una excedencia.
—¿Pidió?
El hombre hizo un gesto mínimo con los hombros.
No era una confirmación.
Era derrota.
—Eso dicen.
La palabra quedó ahí, pequeña y sucia.
Francesca no se movió.
—¿Después de qué?
El conserje se pasó la lengua por los labios. Tenía la boca seca.
—Después de que viniera el investigador extranjero. El dominicano. Preguntó por ese libro, lo consultó y mi compañero registró la visita. Luego avisó al arzobispado.
Al pronunciar la última palabra bajó aún más la voz.
No por respeto.