El Códice de la Orden de Montesa CAPÍTULO XIV — La voz que se corta
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CAPÍTULO XIV — La voz que se corta

CAPÍTULO XIV

La voz que se corta

✠

Jueves. Veinte horas para la firma.

El descenso desde Montesa no alivió la tensión.

La carretera se abría a medida que dejaban atrás la altura, pero la sensación de encierro persistía. El coche negro seguía detrás, a una distancia calculada, sin presión ni urgencia, con la paciencia de quien no persigue: mide.

David tomó una curva más cerrada de lo necesario y se dejó caer por un desvío secundario, estrecho y mal asfaltado, entre campos secos. No explicó el gesto. Francesca tampoco preguntó.

Esperaron.

El coche negro apareció en el retrovisor sin vacilar, como si no siguiera un vehículo, sino una ruta ya trazada. Cuando David regresó a la vía principal, recuperó su posición.

No era persecución. Era vigilancia sin disimulo: dejarse ver formaba parte del mensaje.

—Han llegado a la misma lectura que nosotros —dijo Francesca—. Pero ni ellos ni nosotros hemos hecho todavía la correcta.

El matiz quedó entre ellos.

El error no estaba en el lugar, sino en la interpretación: en aquello que los fragmentos empujaban a creer.

El teléfono vibró entonces.

Número oculto.

David dejó que sonara más de lo necesario, como si aquel pequeño retraso pudiera cambiar el peso de lo que venía. Cuando respondió, dijo una sola palabra.

—Sí.

Al otro lado no hubo una voz inmediata, sino una respiración contenida e irregular. La llamada no parecía un gesto natural, sino una decisión que había costado tomar.

—…David…

No hizo falta el nombre. Francesca lo reconoció antes de que él reaccionara siquiera.

Gapi.

La línea crujía, inestable. Podía ser mala cobertura o simplemente el tipo de conexión que se obtiene cuando se llama desde un lugar en el que uno procura no quedarse demasiado tiempo.

—Escúchame. No tenéis mucho tiempo.

La voz era distinta de la que David recordaba. No rota: comprimida. Como algo sometido demasiado tiempo a presión y que hubiera aprendido a ocupar solo el espacio imprescindible.

—Ignacio no murió por lo que encontró. Murió por lo que vio antes de encontrarlo.

David apretó el volante sin decir nada.

Francesca cerró los ojos un instante, no por debilidad, sino para ordenar lo que acababa de oír.

—¿Fue Mateo? —preguntó David.

Silencio.

Luego, la frase llegó limpia y sin adorno.

—Mateo no es el único que se mueve alrededor de esto. Y algunos no quieren custodiar nada. Quieren enterrarlo.

—¿Quién?

El ruido de fondo se cortó de golpe, como si Gapi hubiera tapado el micrófono con la mano.

Tres segundos.

Cuatro.

Cuando volvió, la voz sonaba más baja. No de tono, sino de energía: la voz de alguien que acaba de mirar hacia una puerta antes de hablar.

—El nombre que buscáis no aparece en los papeles de las fundaciones. Está detrás. Siempre detrás.

—Gapi.

—Buscad al que firma por ellos. Falcó Roca.

La llamada se cortó sin transición.

Sin despedida.

Lo que quedó después no fue silencio. Fue una pregunta sin formular.

Fue cálculo.

Francesca habló primero.

—¿Falcó Roca?

—No lo sé todavía.

—Gapi sí lo sabe. Y ha decidido dártelo.

David miró el retrovisor.

El coche negro seguía ahí.

La misma distancia.

La misma paciencia.

—No me preocupa lo que ha dicho —murmuró—. Me preocupa lo que ha evitado decir.

Francesca no respondió.

Pero lo estaba pensando también.

Fue entonces cuando ocurrió.

Un turismo oscuro apareció por el carril contrario, invadió la línea central a demasiada velocidad para aquella curva y les cortó la trayectoria.

David pisó el freno con fuerza.

Las ruedas protestaron sobre el asfalto seco. El Freelander se fue hacia el arcén con un chirrido y terminó entre gravilla y maleza baja, levantando una nube de polvo que tardó varios segundos en asentarse.

El turismo oscuro aceleró y desapareció en la curva siguiente.

Sin matrícula visible.

Sin que nadie saliera.

Sin que nadie mirara atrás.

David no soltó el volante.

Francesca tenía una mano apoyada en el salpicadero y la otra cerrada sobre el reposabrazos. Ninguno habló durante unos segundos. El motor seguía encendido y la gravilla crujía bajo las ruedas, como si el coche tampoco hubiera terminado de aceptar que estaba parado.

—No ha sido un accidente —dijo Francesca.

—No.

David comprobó el retrovisor.

El vehículo que los vigilaba había desaparecido también, como si aquella maniobra hubiera dado por terminada una fase del seguimiento.

Francesca sacó el móvil.

No para llamar.

Tenía una notificación.

Número desconocido.

Una imagen recibida hacía cuatro minutos, mientras estaban con Gapi al teléfono.

La abrió.

Era una fotografía tomada desde lejos, con teleobjetivo o un zoom muy agresivo: granulada en los bordes, pero suficientemente nítida en el centro.

Un aparcamiento de piedra.

Al fondo, una fachada sobria, casi monástica, con un arco de medio punto y una cruz de Montesa labrada sobre la entrada lateral.

En primer término, una furgoneta blanca con el logotipo de Abadía de la Orden en el lateral.

Debajo del nombre, apenas legible, una línea menor:

Obra Social.

Junto a las puertas traseras de la furgoneta, cargando una caja alargada, había una figura que ambos reconocieron sin necesidad de ampliar la imagen.

Gapi.

Los metadatos de la fotografía indicaban una hora de aquella misma mañana.

Francesca no dijo nada.

Le mostró la pantalla a David.

Él la miró un segundo.

Luego miró la carretera vacía por donde había desaparecido el coche oscuro.

—Saben dónde está —dijo.

—Y quieren que nosotros lo sepamos.

Era una amenaza más fría y eficaz: un recordatorio de que el tablero era más grande de lo que habían creído, y de que no eran los únicos en peligro.

David arrancó despacio y volvió al asfalto.

El teléfono vibró de nuevo.

Esta vez con nombre.

Villena.

Todo parecía llegar con una puntualidad desagradable.

—Te estaba buscando —dijo el periodista, sin rodeos.

Su voz era firme, sin interferencias, con la economía de quien dispone de poco tiempo y sabe utilizarlo.

—Costa no aparece donde debería. Pero tengo algo concreto: Alberto Falcó Roca.

Administrador. Poderes notariales amplios sobre varias sociedades que están comprando terrenos en Montroy, Llombai y Dos Aguas.

Nombres distintos, la misma firma. Se repite demasiado para ser casualidad.

Y hay demasiado dinero para un suelo así.

David apretó el volante.

—¿Qué vínculo tiene con Mateo Ferrer?

Hubo una pausa breve al otro lado.

La pausa de quien ya conoce la respuesta y decide cuánto entregar de una vez.

—Coincidieron en un antiguo internado religioso de Valencia, vinculado históricamente a la Orden de Montesa. Misma promoción.

Villena hizo una pausa.

Luego pronunció lo siguiente con la precisión de quien ha tardado en encontrarlo y no quiere que se pierda.

—Se conocen desde los doce años.

Décadas de relación.

La misma institución.

El mismo terreno.

—Te envío los archivos —dijo Villena.

Se oyó un roce de papeles.

—Y una cosa más. No están comprando suelo. Están comprando acceso. Y quien lo sabe lleva años cerrando el camino para que nadie más pueda llegar.

La llamada terminó sin formalidades.

David dejó el teléfono sobre la consola central.

No dijo nada.

Francesca seguía mirando la fotografía. La furgoneta de Abadía de la Orden. La caja alargada. Gapi. El aparcamiento de piedra.

—No nos están dando información —dijo ella.

David levantó la vista al retrovisor.

—No.

El coche negro ya no estaba donde había estado.

Estaba delante.

Parado en el arcén de la siguiente curva, con el motor encendido y las luces apagadas.

David redujo sin brusquedad.

Pasaron a su lado despacio.

En el interior había dos personas.

El conductor miraba al frente.

El copiloto, no.

Llevaba alzacuellos.

Francesca no dijo nada.

David tampoco.

No hacía falta.

Ese era el mensaje.

No os seguimos.

Os esperamos.

David aceleró con suavidad y puso rumbo al sur. No miró atrás.

—Se han ido —dijo Francesca, un momento después.

David negó muy despacio.

—No. Ahora ya no necesitan que los veamos.

Durante unos segundos solo se oyó el motor y el roce de los neumáticos contra el asfalto.

Francesca miró una vez más la fotografía de Gapi.

El aparcamiento.

La furgoneta.

La caja.

Las manos de un hombre que llevaba años callando, cerrándose alrededor de algo que quizá ni él mismo comprendía.

Y pensó que quien rompe años de silencio con una sola llamada no lo hace porque haya reconsiderado sus lealtades.

Lo hace cuando sabe que se le acaba el tiempo para seguir callando.