CAPÍTULO IX — Luces y sombras
CAPÍTULO IX
Luces y sombras
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La gala comenzó con puntualidad ceremonial: discursos bien construidos, aplausos dosificados y menciones a la excelencia valenciana que sonaban sinceras durante unos segundos antes de convertirse en fórmula.
Las luces descendieron ligeramente sobre el escenario. El presentador tenía una voz cálida, clara, sin aristas. Los premiados fueron llamados uno a uno y, durante unos minutos, todo siguió el cauce de esos rituales en los que una ciudad se explica a sí misma por qué merece admirarse.
Julián M. Costa fue el gran protagonista.
Su nombre atravesaba la noche como un hilo que unía proyectos que, vistos por separado, parecían no guardar relación: parques en barrios desfavorecidos, viviendas en zonas afectadas por la DANA, el Instituto de Regeneración Celular y los programas territoriales vinculados al padre Ferrer.
Iniciativas distintas tejidas por una misma mano y recibidas con la naturalidad con que se aceptan las cosas que alguien ha decidido llamar generosidad.
David lo observaba con la atención periférica desarrollada durante años de baloncesto. No seguía la jugada. Buscaba la intención.
Fue entonces cuando el presentador llegó a Mateo Ferrer.
—La organización quiere reconocer esta noche la labor del padre Mateo Ferrer en la creación y sostenimiento de centros asistenciales, residencias y programas de atención en diversas localidades del interior valenciano…
El tono se mantuvo. Uniforme. Cálido.
—…recuperando zonas que su fundación religiosa administró históricamente y rehabilitándolas ahora mediante obras sociales y proyectos de integración en la comarca de la Ribera.
David dejó de aplaudir medio segundo antes que el resto.
No fue un gesto visible, solo las manos que dejaron de moverse mientras el resto de la sala seguía aplaudiendo. Medio segundo. Bastó.
Francesca no volvió la cabeza. No necesitaba hacerlo. David percibió igualmente aquel ajuste mínimo en su postura que aparece cuando algo encaja donde no se esperaba.
La Ribera. Llombai. Montroy.
No intercambiaron palabras. Solo una mirada destinada no a preguntar, sino a confirmar que ambos habían llegado a la misma conclusión al mismo tiempo.
El teléfono vibró dentro de la chaqueta. David lo sacó con la discreción de quien recibe una llamada urgente en un lugar que no admite urgencias.
Diego.
Se levantó con un gesto mínimo y se alejó hacia el lateral del salón, donde el murmullo de los aplausos proporcionaba suficiente cobertura.
—Dime.
La voz de Diego llegó directa, sin saludo.
—He cerrado el mapa. No son compras aisladas: dibujan un perímetro. Empieza cerca de Montroy y se abre hacia el interior. Y esto no lleva semanas, David. Lleva años.
David miró hacia el escenario. Ferrer estrechaba manos con esa serenidad ceremonial de quien ha practicado el gesto tantas veces que ya no necesita pensar en él.
—Envíame todo.
—Ya lo tienes. Vosotros lleváis días. Ellos, años. No olvides esa diferencia.
Colgó sin esperar respuesta.
David permaneció un momento junto al ventanal. Fuera, el lago artificial reflejaba el Hemisfèric con la precisión fría de un espejo que no deforma, sino que muestra demasiado bien.
Cuando regresó a la mesa, el aplauso aún flotaba en el aire. Mateo volvía a sentarse con la misma calma con que se había levantado. Nadie parecía haber notado nada fuera de lugar.
—Bonito discurso —dijo David.
Ferrer inclinó la cabeza apenas.
—La virtud siempre suena mejor cuando la dice otro.
Hubo una pausa. Cuando continuó, el tono apenas había cambiado, pero la frase sí:
—Sobre todo cuando tiene memoria.
David lo miró.
—La tierra recuerda mejor que los hombres —continuó Ferrer despacio—, aunque ellos se empeñen en olvidarla.
Francesca intervino antes de que el silencio pudiera instalarse.
—¿Y esos centros que están restaurando? ¿Cómo van?
Ferrer giró la cabeza hacia ella con la lentitud de quien se concede tiempo para medir a la persona que tiene delante antes de responder.
—No construimos —precisó—. Restauramos. Terrenos que ya estuvieron consagrados. Lugares cuyo uso quedó interrumpido a lo largo de la historia y que merecen recuperar un propósito.
—Curiosa forma de ayudar —dijo Francesca.
—La caridad mal entendida consiste en dar. La bien entendida, en devolver. Hay una diferencia entre ambos verbos, aunque mucha gente prefiera no verla.
Julián los observaba desde su extremo de la mesa sin intervenir, presente en todas las conversaciones sin pertenecer por completo a ninguna.
—El mundo es más pequeño de lo que parece, David Blasco —dijo Ferrer.
—A veces demasiado.
—Tengo entendido que tenemos un amigo en común.
La frase llegó sin anuncio ni cambio de tono, con la naturalidad de quien introduce algo importante justo cuando el otro no lo espera.
—Gapi Sáez.
David sintió que algo se cerraba dentro de él. No en el rostro ni en la mirada. En un lugar más profundo e involuntario.
—Ha colaborado con nuestra comunidad en más de una ocasión —continuó Ferrer—. Ropa, material, logística para algunos centros. Buen hombre. Trabajador. De los que hacen lo que hay que hacer sin formular demasiadas preguntas.
Pausa.
—Coincidimos en Montesa hace años. Él en Educación Física; yo, en la formación religiosa de los jóvenes de la zona. —La última pausa fue la más breve y la más cargada—. Y tengo entendido que vosotros también compartisteis pista en Moncada.
David llevaba horas intentando localizar a Gapi. Cuatro llamadas. Tres mensajes. Un silencio demasiado deliberado para confundirse con un descuido.
Una ausencia que no nacía de la indiferencia, sino de una decisión.
—Hace tiempo que no hablo con él —dijo David.
Ferrer asintió despacio, con la serenidad de quien recibe la respuesta que esperaba.
—A veces callar también significa ayudar donde corresponde —dijo sin énfasis, con la tranquilidad de quien no necesita formular una amenaza para que resulte efectiva—. No todo el mundo sabe leer bien el silencio.
Nadie respondió.
A tres sillas de distancia, Iván Salcedo levantó el vaso y bebió despacio, con la mirada fija en un punto impreciso de la sala, como si observara algo situado más allá del alcance de los demás.
—Cada uno pelea con lo que tiene —dijo sin dirigirse a nadie en particular—. Y lo que uno tiene depende de con quién pelea.
Nadie le había dado entrada. Aun así, todos lo escucharon.
—Yo no peleo solo —añadió, con un gesto mínimo hacia arriba—. Eso cambia el cálculo.
Nadie reaccionó de forma visible, pero el aire de la mesa se volvió más denso y afilado, como justo antes de que ocurra algo cuya forma nadie conoce todavía.
Julián bebió. Lucía anotó algo en el móvil con la concentración ligera de quien finge no prestar atención para poder hacerlo mejor. Francesca sostenía su copa con las dos manos sin beber y miraba el vino como si el vino no estuviera allí.
David miró el reloj, no para saber la hora, sino para recordar cuánto tiempo les quedaba.
Fue entonces cuando apareció Juan Villena, con la precisión de quien llevaba un rato esperando el momento adecuado.
David conocía a Villena de su etapa en Las Provincias.
El periodista cubría entonces baloncesto y acababan hablando más de lo que nunca se publicaba que de lo que llegaba al periódico.
Era de los que comprobaban antes de escribir y dormían mal cuando no podían hacerlo.
Prefería tener la información correcta a tenerla primero.
Por eso tardaba más que otros. Y por eso solía durar más.
No era un amigo. Era algo, en ciertos momentos, más útil: alguien de quien David sabía exactamente qué clase de persona era.
Villena lo llevó hacia los ventanales del lago, lejos de los focos, a la franja donde la sala terminaba y empezaba el cristal, un lugar en el que ninguna conversación parecía pertenecer del todo a nadie.
—No tengo mucho tiempo —dijo Villena, con los ojos en el reflejo del agua al otro lado del cristal—. Ni muchas ganas de que me vean hablando contigo.
—Eso me tranquiliza muchísimo.
Villena no respondió a la ironía. Siguió mirando el agua.
—He cruzado fundaciones, sociedades pantalla y donaciones. Hay una fundación detrás de varias de esas operaciones. No voy a darte el nombre hasta cerrar un documento.
—Dame un rato y te busco.
Se detuvo apenas un instante antes de alejarse.
—Y ten cuidado, David.
Se alejó antes de que David pudiera preguntarle más, deslizándose entre los grupos con la facilidad de quien lleva veinte años moviéndose por lugares donde nadie termina de saber por qué está.
David regresó a la mesa cuando el aplauso todavía flotaba en el aire, sostenido más por la inercia que por el entusiasmo. Las luces seguían ancladas al escenario, aunque la atención ya se dispersaba en conversaciones cruzadas y miradas que evitaban comprometerse.
Francesca lo esperaba sin mirarlo, con la quietud de quien ya tiene algo y aguarda el momento exacto para entregarlo.
Deslizó hacia él un papel doblado por debajo del mantel con un movimiento tan pequeño que habría pasado inadvertido para cualquiera que no estuviera mirando justo allí.
—Te han buscado —murmuró, sin mover los labios más de lo imprescindible.
David recogió el papel. Lo sostuvo bajo la mesa.
—¿Quién?
—Un acreditado del periódico. No lo conocía. Ha dicho que era para ti.
David desplegó el papel sin prisa, como si el contenido no pudiera cambiar por leerlo antes. Lo leyó una vez. Después otra.
Ignacio no murió por lo último que encontró. Murió por lo primero que entendió. Si queréis saber qué, venid al Oceanogràfic. Sala técnica. Diez minutos.
No había firma ni nombre. Solo información e instrucciones, escritas con la economía de quien carece de tiempo o ha aprendido que lo esencial no necesita adornos.
David alzó la vista y recorrió la sala con discreción: los grupos más cercanos, los accesos laterales, el paso de los camareros. Todo seguía fluyendo con normalidad.
No vio a Villena. No vio a nadie que encajara con el tipo de persona que escribe notas así.
Dobló el papel. Lo guardó en el mismo bolsillo que los fragmentos.
Francesca lo miraba.
—Ha dicho que te buscaría después —añadió ella en voz muy baja—. Que tenía algo más que enseñarte.
David asintió sin apartar la vista del movimiento de la sala.
Se excusaron con la naturalidad suficiente para no llamar la atención, el gesto universal de quien recibe una llamada que no puede ignorar. Un camarero ocupó el espacio que dejaron antes incluso de que sus sillas terminaran de moverse. La gala siguió respirando sin ellos.
Al cruzar el perímetro de la sala, el sonido cambió. Se volvió más difuso, más profundo.
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Fuera del foco principal, donde la luz parecía indecisa entre mostrar y ocultar, dos figuras permanecían medio absorbidas por el reflejo del cristal. Solo siluetas, postura y la quietud de quien tiene motivos para quedarse inmóvil.
—Han empezado a moverse.
La voz era baja, no susurrada. No era lo mismo.
—No entienden lo que están tocando.
Hubo una pausa breve, de las que sirven para medir una respuesta antes de darla.
El único movimiento fue el leve giro de una cabeza siguiendo la dirección por la que David y Francesca habían desaparecido.
—Habrá que ver hasta dónde llegan.
Otra pausa.
—O si llegan.
Las dos copas permanecieron sobre la mesa. Una intacta. La otra apenas probada.
Y, en algún lugar del edificio, David y Francesca se dirigían ya hacia el Oceanogràfic sin saber que aquella conversación no los había mencionado por casualidad.
Los había convertido en una variable activa.
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