El Códice de la Orden de Montesa CAPÍTULO X — El Oceanogràfic
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CAPÍTULO X — El Oceanogràfic

CAPÍTULO X

El Oceanogràfic

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El Oceanogràfic no se parecía en nada a la gala.

Si arriba todo había sido blanco, geometría y control, allí abajo el espacio se disolvía en azules, reflejos móviles y una luz que no terminaba de iluminar, sino que filtraba la realidad hasta volverla distinta.

El sonido llegaba amortiguado, como si cada palabra tuviera que atravesar una membrana líquida.

La música lejana de la ceremonia, los aplausos y las voces quedaron atrás con una rapidez inquietante. No desaparecieron: se hundieron.

David caminaba medio paso por delante con la nota doblada entre los dedos. La había leído tres veces desde que salieron del salón, no porque necesitara memorizarla, sino porque desconfiaba de todo lo que parecía demasiado claro.

Ignacio no murió por lo último que encontró. Murió por lo primero que entendió.

No había firma. Aquella ausencia era ya una forma de amenaza.

Francesca avanzaba a su lado sin levantar apenas la vista. El vestido negro, que en la gala parecía desafiar la luz, allí abajo se convertía en una sombra más entre los reflejos azules. David intentó no mirarla demasiado. Fracasó con una discreción razonable.

—Estás muy callado —dijo ella.

—Estoy intentando decidir si esto es una trampa.

—Qué alivio. Pensé que estabas admirando la fauna marina.

—La fauna marina no suele mandar notas anónimas.

—Depende del pez.

En otro lugar el comentario habría resultado ligero.

Allí sonó distinto. El pasillo se estrechaba y la señalización pública cedía espacio a puertas técnicas, carteles discretos y zonas donde la arquitectura dejaba de fingir espectáculo para enseñar su función real: hormigón, acero, tuberías, accesos restringidos.

Pasaron junto a varios visitantes rezagados: una pareja mayor absorta ante una manta que parecía flotar fuera del tiempo y dos niños tirando de la manga de su madre.

Aquella normalidad volvía todo más inquietante.

El mundo seguía funcionando a pocos metros de algo preparado específicamente para ellos.

—No estamos solos —dijo David al fin.

Francesca no giró la cabeza.

—Eso ya lo sabíamos.

—No. Quiero decir ahora.

Ella mantuvo el paso.

—Entonces no les demos la satisfacción de parecer nerviosos.

—¿Tú no lo estás?

Francesca sonrió apenas.

—Claro que sí. Solo que yo tengo más estilo.

El pasillo giró hacia una zona menos transitada. La luz era más baja, más industrial. Un cartel discreto indicaba acceso restringido. La puerta estaba entornada, no por descuido: lo suficiente para que nadie tuviera que forzarla y para que cualquiera con sentido común supiera que no debía entrar.

La nota los había llevado fuera del recorrido público, a una cámara auxiliar del circuito de mantenimiento y filtración.

El lector lateral mostraba MANTENIMIENTO AUTORIZADO. La cámara sobre la puerta, en cambio, estaba apagada.

—Esto no está abierto —dijo.

Francesca siguió su mirada.

—Está preparado.

No hacía falta decir más. Una puerta técnica abierta por accidente invitaba a curiosear. Una puerta entornada con las cámaras apagadas era otra cosa.

David se detuvo. Francesca también.

Durante un segundo solo se oyó el zumbido constante de los sistemas de filtrado, una vibración profunda que parecía nacer dentro de las paredes.

—Podemos volver —dijo David.

Francesca lo miró. En su expresión seguía habiendo ironía, pero ahora convivía con algo más serio.

—No has venido hasta aquí para volver.

—Tú tampoco.

—Yo he venido porque mi primo, mientras se moría, me dejó una orden.

—Ignacio nunca daba órdenes. Daba problemas.

Francesca inclinó apenas la cabeza.

—Entonces está siendo muy fiel a sí mismo.

David empujó la puerta.

El interior no era grande: hormigón pintado, suelo antideslizante, tuberías recorriendo las paredes con una lógica demasiado precisa para resultar tranquilizadora, un cuadro de mandos lateral, una mesa metálica y, al fondo, una cristalera gruesa que daba a un tanque oscuro.

El agua parecía inmóvil, aunque algo en su superficie delataba un movimiento lento y profundo.

No había nadie.

David avanzó dos pasos.

—¿Hola?

La palabra murió casi al salir de su boca. La sala absorbió el sonido como si estuviera construida para tragarse cualquier ruido inconveniente.

Francesca cerró la puerta tras ellos. El clic del cierre fue mínimo.

—¿La has cerrado?

—No. La he dejado caer.

El matiz no tranquilizó a ninguno de los dos.

David probó el pomo. Cedía. Aún.

Dejó la nota sobre la mesa metálica y sacó los fragmentos. Bajo la luz fría, lejos de iglesias y piedra antigua, ya no parecían reliquias. Parecían piezas de una maquinaria: objetos diseñados con una precisión funcional, no decorativa.

Francesca se inclinó sobre ellos. David percibió el perfume tenue que aún resistía bajo el olor húmedo de la sala y decidió que aquel no era el momento de reparar en ello.

—Míralos con esta luz —dijo él.

El grabado se veía mejor con aquella luz: un cáliz de trazo simple, casi esquemático, y bajo él la insinuación de una cruz. No parecía una imagen devocional, sino una marca funcional.

Debajo, una inscripción incompleta, interrumpida por la rotura del borde:

ORD… MILI…

—Orden militar —dijo Francesca.

—Temple. O Montesa.

—O ambas.

David alineó los fragmentos sin forzarlos. No cerraban, pero sugerían una continuidad. Las líneas alcanzaban los bordes como si cada pieza se negara a explicar su función sin la siguiente.

—No están señalando un sitio —dijo Francesca.

—Están marcando un recorrido.

Ella levantó la vista. El reflejo azul de la cristalera endurecía las líneas de su rostro.

—¿Y si el recorrido está hecho para que alguien se equivoque?

David no respondió. Ya lo estaba pensando.

Entonces sonó el golpe.

Seco. Detrás de ellos.

Ambos se giraron al mismo tiempo.

La puerta estaba completamente cerrada.

David cruzó la sala en tres zancadas y probó el pomo. Esta vez no cedió. Tiró con más fuerza. Nada. No era una cerradura atascada, sino un bloqueo deliberado.

En el pequeño visor apareció una única palabra: MANTENIMIENTO.

—Sea lo que sea, alguien acaba de activarlo.

Francesca dio un paso atrás y evaluó el espacio con rapidez. Miró la puerta, el techo, el cuadro de mandos y la cristalera. No había pánico en sus movimientos.

—Eso no estaba así.

—No.

David examinó el marco. No había llave exterior visible ni pestillo manual. Era un sistema de seguridad.

—¿Puedes abrirlo?

—¿Te refieres a si entre mis estudios teológicos hice un máster en ingeniería hidráulica?

—Te he visto hacer cosas más improbables en las últimas horas.

—Y tú aún no has tenido la decencia de impresionarme con ninguna útil.

La vibración llegó antes que el agua.

Un sonido grave recorrió el suelo, no como un golpe, sino como una activación. Algo acababa de ponerse en marcha detrás de las paredes. El primer hilo de agua apareció en la base del muro lateral: fino, limpio, preciso. No brotaba de una rotura; salía de una línea demasiado recta.

—No es una fuga —dijo David.

Otro hilo. Luego un tercero.

En el cuadro lateral parpadeó una alarma y se apagó. Aquello no era un ciclo normal. Alguien había anulado la seguridad.

En menos de un minuto el agua les cubría los tobillos.

Francesca observó la subida con una serenidad que habría sido admirable si no resultara tan peligrosa.

—Está entrando demasiado limpia.

—Es un llenado.

La palabra dejó la sala más fría.

El agua subía deprisa. Sin violencia. Peor: con método.

David localizó una escalera metálica que llevaba a una compuerta superior. Era un acceso de mantenimiento estrecho, con una plataforma intermedia y dos pestillos reforzados.

—Arriba.

Francesca no discutió. Cuando alcanzaron la escalera, el agua ya les llegaba a media pierna y poco después a las rodillas. El vestido se le pegó al cuerpo, pesado, dificultándole el movimiento.

Él llegó primero a la compuerta y tiró del pestillo superior.

Nada.

—No está cerrado —dijo entre dientes—. Está agarrotado.

—Qué consuelo. Moriremos por falta de lubricante.

—No hagas chistes.

—Cuando deje de hacerlos, preocúpate.

El agua les alcanzaba la cintura.

A media altura, el muro de hormigón daba paso a un vidrio grueso y curvado conectado con otros tanques del complejo. Al otro lado, el azul no era uniforme. Algo atravesó lentamente la oscuridad: una masa larga, precisa, silenciosa.

Francesca la siguió con la mirada.

—No me gustaría morir siendo la atracción principal de los delfines.

David tiró del pestillo con más fuerza.

—No son delfines.

Francesca tardó medio segundo en entenderlo.

—Eso no creas que me tranquiliza mucho.

El segundo intento arrancó un sonido breve, no de apertura, sino de resistencia.

David apoyó el hombro contra el cierre. El metal cedió apenas.

Francesca subió un peldaño más y quedó a su espalda, una mano en la barandilla y la otra en su costado para estabilizarse.

El contacto fue involuntario. La conciencia de él, no.

—Otra vez —dijo ella.

David empujó.

El agua les rozaba ya el pecho. La sala se había convertido en una caja líquida y cada respiración parecía ocupar más espacio del que quedaba.

—Cuando salgamos de esta —murmuró él—, recuérdame no aceptar notas anónimas.

—Cuando salgamos de esta, recuérdame no aceptar acompañarte a ninguna parte.

—Eso no lo vas a cumplir.

Francesca no respondió.

El primer pestillo cedió con un chasquido seco. El segundo seguía resistiendo. David palpó a ciegas la plataforma hasta encontrar una pieza metálica suelta junto al cuadro auxiliar: un pasador de mantenimiento, oxidado y pesado, abandonado allí por alguien que nunca sabría para qué iba a servir.

Lo encajó bajo el pestillo.

—Esto va a ceder —dijo, más para obligarse a creerlo que por verdadera certeza.

—Pues convéncelo rápido.

El pasador chirrió. El metal vibró.

El agua llegó al cuello.

Francesca se alzó sobre las puntas de los pies. Sus labios quedaron a pocos centímetros de la superficie. David vio por primera vez una grieta real en su control. No era pánico. Era cálculo agotado.

—David…

No fue una súplica. Fue una medida del tiempo que se acababa.

Él volvió a empujar. El pasador mordió el borde del pestillo. La compuerta cedió un dedo. Luego otro.

El agua alcanzó la boca.

Todo se volvió sonido interno.

Latido. Metal. Agua.

Un segundo. Dos.

David liberó el pestillo justo cuando el agua los cubría.

La compuerta se abrió apenas. Francesca se impulsó primero y buscó el borde con los dedos.

Resbaló. David la sujetó por debajo de la cintura y la empujó hacia arriba con la última fuerza útil que le quedaba.

Ella consiguió engancharse, arrastrarse, resbalar de nuevo y salir finalmente al pasillo superior.

Giró de inmediato y le tendió el brazo.

David se impulsó.

Demasiado rápido.

La cabeza golpeó el borde metálico. La luz se quebró.

Cuando Francesca logró arrastrarlo fuera, David apenas respiraba. Tosió una vez. Después quedó inmóvil, pesado bajo sus manos.

—David.

No respondió. Francesca le abrió la vía aérea y comprobó la respiración. Nada normal.

Le dio aire.

Una vez. Nada.

Otra.

En la tercera ventilación David reaccionó con un espasmo brusco y expulsó agua en una tos que lo devolvió al mundo sin la menor dignidad.

Francesca se quedó sobre él.

Esperó hasta sentir que la respiración se estabilizaba bajo sus dedos.

No se apartó. Permaneció con los ojos cerrados, respirando demasiado deprisa.

Una gota descendió desde su mandíbula hasta el cuello de David.

El silencio del pasillo era distinto al de la sala: más limpio, más vivo, demasiado consciente de lo que acababa de ocurrir.

Tardó varios segundos.

Cuando abrió los ojos, David ya la estaba mirando.

Ella no se movió de inmediato. Solo lo miró. Durante un segundo, antes de que llegaran las palabras, ambos quedaron en el mismo lugar sin haberlo decidido.

Después algo cambió en su expresión. Un ajuste mínimo: la distancia que se construye cuando una emoción ha estado demasiado cerca y necesita recogerse antes de volverse irreversible.

Se apartó lo justo.

—Tenías otras formas de pedirme un beso —murmuró él, sin aire.

La risa que se escapó no tenía nada de humor. Era una mezcla de alivio y furia a la vez.

—La próxima vez te ahogas con menos estilo.

—¿Eso significa que habrá próxima vez?

—Como sigas hablando, la organizo yo.

David se incorporó con dificultad, todavía tosiendo. El pasillo de mantenimiento se extendía ante ellos bajo las luces de emergencia. Abajo, el agua permanecía encerrada en la sala como si todo hubiera sido una maniobra rutinaria del sistema.

Francesca recogió las piezas. Seguían intactas.

David se pasó una mano por la cara. Tenía un corte pequeño en la frente, nada grave, pero suficiente para que la sangre mezclada con agua le corriera hacia la ceja.

Francesca lo vio, se acercó y le apartó el pelo de la frente con dos dedos. El gesto fue breve, casi clínico. Ninguno de los dos lo sintió así.

—Vivo, sí. Inteligente, pendiente de evaluación.

—¿Te preocupaste?

—Me enfadé. Es distinto.

—¿Mucho?

Francesca sostuvo su mirada. En los ojos aún le quedaban agua, miedo y esa ironía que utilizaba como una hoja pequeña.

—Lo justo para no dejarte morir antes de que me expliques por qué todo el mundo quiere matarnos.

David respiró despacio. Luego miró hacia el fondo del corredor.

No había nadie, pero la conclusión era inevitable.

—Ya no es una advertencia —dijo Francesca.

David miró el corte en su reflejo en el cristal oscuro que tenía delante.

—No. —Terminó de incorporarse—. Ahora ya empezamos a ser un problema. Y quien haya hecho esto quería comprobar si el sistema podía detenernos.

Francesca lo miró.

—¿Y bien?

David recogió los fragmentos y los guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, empapada pero intacta.

—Que acaba de anotar que no va a ser tan fácil.