El Códice de la Orden de Montesa CAPÍTULO VIII — La gala #2
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CAPÍTULO VIII — La gala #2

—En circunstancias normales —dijo él en voz baja—, no estaría preocupado.

—Qué alivio. Por un momento pensé que ibas a decir algo amable.

—Pero con lo que está pasando, habría preferido tenerte más cerca.

Francesca se inclinó apenas hacia él. Su perfume llegó un instante después, como una segunda frase.

—Tienes razón. —Se acercó. No mucho. Lo suficiente—. ¿Así, o más cerca?

Le guiñó un ojo con una ligereza estudiada. David resopló y terminó el resto de la copa.

Una parte de su cabeza seguía relacionándola con la niña que corría por la hacienda de los Arcega mientras Ignacio y él discutían jugadas y viajes imposibles. Su cuerpo, sin embargo, llevaba horas negándose a colaborar con aquella mentira.

—No contestabas a mis llamadas.

—Estaba buscando el vestido. —Una pausa mínima—. ¿Ha valido la pena haberlo buscado?

No esperó respuesta. El aroma de su cabello llegó mezclado con algo cálido que David prefirió no identificar, y durante un instante la sala pareció reducirse a los treinta centímetros que los separaban.

—Permíteme que te presente —dijo él, buscando una salida digna.

—Pedro Laderas —se adelantó el político, tendiéndole la mano—. Diputado de Les Corts y antiguo compañero de equipo de este premiado.

Francesca le estrechó la mano con una sonrisa que imitaba demasiado bien la cortesía del entorno.

—Francesca Martínez. Por lo que veo, se conoce a más gente jugando al baloncesto que asistiendo a congresos.

—Encantado.

—No creo.

David dejó escapar una exhalación mínima. Laderas entendió el tono y decidió no insistir.

—Bueno, nos vemos en la mesa.

Se alejó sin volver la cabeza.

La ligereza desapareció de la voz de Francesca tan deprisa como había aparecido.

—Tienes los fragmentos —dijo ella, en voz baja pero sin susurrar.

David tardó un segundo en volver a la conversación.

—¿Los tienes?

—Los llevo encima. Pero no vamos a sacarlos aquí. Todavía no.

—Entonces no tardes mucho en encontrar un lugar.

—Primero sobrevivimos a esto. Vamos a la mesa; está a punto de empezar.

La mesa era redonda, lo que en teoría impedía que alguien presidiera. En la práctica, solo obligaba a todos a intentarlo de formas distintas.

Julián M. Costa llegó el último, que era su manera de llegar el primero. No se disculpó ni aceleró el paso. Simplemente apareció, tomó asiento y el espacio a su alrededor se reorganizó con la naturalidad de los lugares acostumbrados a hacerlo.

Cabeza completamente rasurada. Piel cuidada.

Traje oscuro cortado con una precisión que convertía los demás en aproximaciones.

En su manera de moverse no había exactamente arrogancia, sino algo más difícil de fingir: la tranquilidad de quien lleva suficiente tiempo ocupando una posición de poder como para no necesitar demostrarlo.

Recorrió la mesa con la mirada. Un inventario rápido, casi imperceptible. Se detuvo en David.

—David Blasco. —No fue una pregunta, sino el reconocimiento de alguien a quien ya había tratado—. Nos vimos hace unos meses.

La voz era templada. Agradable. Sin una arista visible.

David estrechó su mano.

—Pretemporada. Cuando intenté convencerte de que patrocinaras al club.

—Recuerdo que lo intentaste con bastante insistencia.

—Estábamos desesperados.

—Eso también lo recuerdo.

Julián sonrió. No había crueldad, pero tampoco simpatía. Miraba a David como se examina una propuesta antigua que quizá convenga revisar porque ha reaparecido en otro contexto.

—No confundas mi negativa con falta de interés. A veces uno no invierte donde hay más ruido, sino donde puede ser más útil.

La reunión había sido breve y medida. Durante veinte minutos todo pareció posible: patrocinio, crecimiento, proyecto, ascenso. Después llegó el silencio.

Y días más tarde, la noticia: Julián M. Costa financiaba una nueva cadena de gimnasios, Método Wonder MMA. El rostro visible del proyecto era Iván Salcedo, cinco veces campeón del mundo.

Ahora Salcedo estaba allí, sentado a pocos metros.

Y aquello convertía una negativa antigua en una explicación nueva.

A la derecha de Julián, Lucía Granero observaba sin intervenir.

Tenía delante una carpeta fina y el móvil boca abajo.

No parecía una invitada, sino alguien trabajando en una sala donde los demás fingían celebrar.

El vestido verde oscuro hacía que sus ojos parecieran a la vez más claros y más fríos.

Cuando cruzó la mirada con David, algo en su expresión cambió de manera casi imperceptible.

—Cuánto tiempo —dijo. El tono se parecía menos a la cordialidad que a una observación científica.

Julián giró la cabeza hacia ella.

—¿Os conocíais?

—Nos cruzamos antes —dijo Lucía—. Por trabajo.

Julián no preguntó más. Registró la información y decidió guardarla para después.

Iván Salcedo estaba sentado dos sillas más allá, inmóvil y ajeno en apariencia a la conversación. No bebía ni sonreía. No miraba a ningún lugar concreto y, sin embargo, parecía verlo todo. Poseía esa quietud de quienes han hecho del cuerpo una herramienta y de la violencia una disciplina.

David vio entonces la mano derecha apoyada sobre la mesa.

Vendaje negro. Nudillos anchos. La cruz roja de Montesa tatuada sobre el dorso.

El reconocimiento no llegó como una idea, sino como una descarga física.

La iglesia.

La puerta.

La figura que no los había perseguido porque no necesitaba hacerlo.

David no cambió la expresión. Pero, bajo la mesa, sus dedos rozaron instintivamente el bolsillo interior de la chaqueta.

Un poco más allá, bajo una franja de luz oblicua, el exsacerdote Mateo Ferrer mantenía una quietud distinta.

No vestía como clérigo, pero algo de la sotana permanecía en su manera de ocupar el silencio: espalda recta, manos unidas sobre la mesa y la mirada baja solo lo necesario para que los demás se preguntaran si estaban siendo examinados.

—Por cierto —dijo Julián, girándose—. ¿No vas a presentarnos a tu acompañante?

No se lo dijo solo a David, sino a la mesa, como si la presentación fuera una deuda colectiva que alguien hubiera olvidado saldar. Sin embargo, sus ojos estaban puestos en Francesca y llevaban allí desde antes de formular la pregunta.

David apoyó la copa.

—Francesca Martínez.

Julián esperó. Con esa paciencia de quien sabe que hay más y no necesita pedirlo porque el silencio lo hará por él.

—No es de aquí. República Dominicana.

Julián asintió despacio. Como si la información confirmara algo que ya sospechaba.

Francesca sostuvo su mirada sin añadir nada, sin sonreír ni recurrir a ese gesto automático con el que la gente suele rellenar los silencios ante alguien importante. La sostuvo con la tranquilidad de quien sabe que ofrecer información de más siempre termina costando.

Julián la miró un segundo más de lo estrictamente educado.

—¿Y qué te trae a Valencia?