CAPÍTULO VIII — La gala
CAPÍTULO VIII
La gala
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La noche en Valencia no competía con la arquitectura: se rendía a ella.
La Ciudad de las Artes y las Ciencias no era solo un conjunto de edificios, sino una declaración: geometría blanca y desmedida sobre el antiguo cauce del Turia, superficies pulidas y reflejos capaces de devolver una versión más limpia y ambiciosa de la realidad.
Desde la pasarela, el Hemisfèric se alzaba sobre el agua como un enorme ojo inmóvil, observándolo todo con la serenidad de los edificios concebidos para ser contemplados.
David cruzó la pasarela con la resistencia que le producían los lugares diseñados para impresionar: reconocía que funcionaban y, al mismo tiempo, se negaba a concedérselo.
En otra época habría llegado con la victoria aún vibrándole en las piernas y la falsa seguridad que dan los actos públicos cuando uno cree que solo son actos públicos.
Esa noche no.
Aquella noche llevaba dos fragmentos de metal en el bolsillo interior de la chaqueta, el peso de Ignacio en algún lugar del pecho y la certeza de que varias personas presentes podían saber mucho más de lo que decían.
O quizá demasiadas.
La Ciudad de las Artes y las Ciencias no era un lugar propicio para la verdad. Allí la verdad llegaba maquillada, se vestía de gala y aprendía a sonreír en el momento preciso.
Dentro, el ambiente funcionaba con la precisión de los eventos que conocen perfectamente su propósito.
Camareros que aparecían con una copa antes de que nadie levantara la mano.
Conversaciones que nacían en grupos pequeños y morían cuando alguien se acercaba demasiado.
Perfumes caros, luz cálida, música contenida y ese murmullo de quienes bajan la voz porque han aprendido que las paredes no siempre son mudas.
Nadie alzaba demasiado la voz.
Nadie reía con abandono.
Incluso el vino parecía servido con una prudencia política.
—…y aun así seguís compitiendo con dos entrenamientos semanales —decía Pedro Laderas, con ese tono medido de quien ha aprendido a parecer cercano sin serlo—. Tiene mérito.
David volvió a él.
Laderas había engordado con los años, aunque no de manera descuidada: el traje seguía cayéndole bien, las manos estaban cuidadas y la sonrisa, entrenada.
Eso lo hacía difícil en una conversación.
Hablaba como político, pero escuchaba como un jugador veterano que sabe distinguir quién mira el marcador y quién está leyendo la defensa.
—Tiene necesidad —corrigió David—. El mérito viene después.
Laderas sonrió, inclinando apenas la cabeza.
—Equipos como el vuestro deberían tener más apoyo. Hacen comunidad. Dan visibilidad. Y además tenéis eso que ahora gusta tanto decir en los despachos: relato.
David giró la copa entre los dedos. El vino dejó una lágrima lenta en el cristal.
—El relato no paga arbitrajes.
—No —concedió Laderas—. Pero ayuda a que alguien quiera pagarlos.
David lo observó con una media sonrisa.
—Hablas mejor desde que dejaste de jugar.
—Tú también. Antes gruñías más.
—Sigo gruñendo. Solo selecciono mejor al público.
Laderas soltó una risa breve y después bajó la voz lo suficiente para convertir la frase siguiente en una confidencia sin comprometerse del todo.
—Ahora mismo hay otras prioridades. Se están moviendo partidas importantes desde Madrid. Bastante dinero. Pero no para deporte.
David levantó la mirada.
—¿Para qué?
Laderas miró hacia el salón antes de responder. Ese gesto, pequeño y aparentemente casual, lo delató más que cualquier frase.
—Infraestructuras. Actuaciones estratégicas. Algo relacionado con prevención después de la DANA. Oficialmente todavía no está cerrado, o no han querido que lo cerremos nosotros. Ya sabes cómo funciona esto cuando Madrid y Valencia no se fían ni para compartir una nota de prensa.
David bebió. Un trago breve. No porque tuviera sed.
—¿Y tú me cuentas esto en una gala?
—Te cuento que no esperes dinero para el club de donde no va a venir.
—Muy considerado.
—Soy un servidor público.
—Esa frase debería dar más miedo.
Laderas aceptó el golpe con una sonrisa entrenada, pero David notó algo debajo. Cansancio. O inquietud.
—Últimamente la política tiene menos servidores públicos y más gente que se sirve de la publicidad.
Hay alguien en esta gala que lleva tiempo construyendo un perfil para las próximas elecciones: filántropo, constructor, salvador de pueblos inundados por la DANA.
—Hizo una pausa—. Ese tipo de relato no se improvisa.
David miró la sala.
—¿Quién?
Laderas bebió antes de contestar.
—En estas salas, David, el nombre importante no siempre está donde se sienta la persona. Está donde aparece la firma.
—Eso no responde.
—No. Pero te evitará mirar al sitio equivocado.
El político miró hacia la entrada principal, como si esperara a alguien, y David siguió sin querer la dirección de sus ojos.
Francesca no había llegado.
Había insistido en ir sola desde el hotel. Estaba cerca, había dicho. Necesitaba una ducha, café y diez minutos sin que David le recordara que podían estar siguiendo cada movimiento. En cualquier otra circunstancia, él lo habría aceptado sin discutir.
Pero ya no estaban en cualquier circunstancia.
—¿Esperas a alguien? —preguntó Laderas.
—Sí.
—Entonces te interesa que llegue pronto. Aquí también hablan las ausencias.
David no respondió. Lo sabía. Y empezaba a preguntarse si aquella ausencia era casual o si alguien la había provocado.
Guardó el móvil sin marcar. Decidió esperar un poco más.
Recorrió el salón con la mirada periférica que había desarrollado durante años de baloncesto. No buscaba algo concreto. Registraba.
Y entonces se detuvo.
Al otro lado del salón, entre cuatro o cinco hombres demasiado formales para estar allí por sí mismos, distinguió una figura familiar. Estatura media. Complexión normal. Cincuenta y tantos. Pelo blanco casi a cepillo.
Desde lejos creyó reconocerlo.
David frunció el ceño para evitar el brillo de los focos y ver con un poco más de nitidez.
Era el tipo de hombre que pasaba inadvertido precisamente porque no hacía nada para destacar: traje sin rasgos memorables, gestos neutros, un rostro que uno cree haber visto antes y no consigue situar.
Pero él sí la ubicaba.
O creía ubicarla.
Gapi.
Gapi Sáez no pertenecía a aquella clase de salas.
Había sido entrenador del CB Moncada, profesor de Educación Física, hombre de pabellón, de actas firmadas a última hora y conversaciones en la barra después de partidos que nadie recordaría.
Un amigo, aunque siempre con la prudente distancia de quien comparte vestuario y, aun así, mantiene una habitación cerrada dentro de sí.
En los últimos tiempos había estado más cerca de Ignacio que del resto, si David recordaba bien. La última vez que coincidieron, hacía más de un año, ambos hablaron aparte durante un buen rato mientras los demás seguían a lo suyo.
David no había prestado atención entonces.
Ahora sí.
Gapi no tenía ninguna razón visible para estar en una gala de reconocimientos institucionales. No era premiado, periodista, político ni empresario. Nada justificaba una acreditación allí.
Y sin embargo allí estaba.
O allí parecía estar.
Se apartó de Laderas con un gesto breve y cruzó el salón sin señalar su destino con el cuerpo, copa en mano, como si simplemente buscara otra.
Tardó menos de un minuto en cruzar el espacio.
Cuando llegó al punto donde había visto la figura, el grupo se había movido. Hombres con chaqueta oscura, copas en la mano, conversaciones que no invitaban a ser interrumpidas.
Gapi no estaba.
David recorrió el perímetro visible con la mirada. Los accesos laterales. La zona de la barra. Las mesas del fondo. Nada que encajara con lo que recordaba haber visto.
Volvió al centro del salón.
Quizá se había confundido. Un hombre de estatura media, pelo blanco y cincuenta y tantos no era precisamente inconfundible en una sala llena de gente.
Podía ser cualquiera. O podía estar viendo lo que esperaba ver después de los audios de Ignacio, las llamadas de Diego y todo lo ocurrido en las últimas horas.
Cogió una copa de la bandeja que pasaba.
Pero la duda no se fue.
Porque si era Gapi, y si Gapi estaba en esa gala rodeado de hombres que parecían estar allí para acompañar a alguien importante, entonces la pregunta no era si se había confundido.
La pregunta era a quién acompañaba.
Iba a decirle algo a Laderas cuando el murmullo de la sala cambió.
No fue silencio ni una interrupción visible, sino algo más sutil: una reorientación colectiva de la atención, ese instante en que una sala llena de gente decide, sin coordinarse, que existe algo más interesante que mirar.
David se giró, y la vio.
Francesca avanzaba desde la entrada.
El vestido era negro y sin adornos, de esos que no necesitan llamar la atención para conseguirlo. Seguía las líneas de su cuerpo sin rigidez, y el cabello oscuro caía suelto sobre los hombros, apenas domado. Bajo la luz fría del salón, su piel parecía aún más cálida.
Caminaba sin prisa. Con los ojos puestos en él desde que había entrado.
Antes de llegar a mitad del salón se detuvo un instante y ajustó el tirante del vestido con un gesto rápido.
Solo él lo vio.
Solo él estaba mirando exactamente ahí en ese momento.
Después siguió caminando y recuperó la seguridad con tanta naturalidad que cualquiera que no hubiera estado mirando habría pensado que nunca la había perdido.
David notó que se le cerraba la garganta durante un instante. Bebió.
Como si el vino pudiera darle tiempo.
—Vaya —murmuró Laderas, sin disimular cierta admiración—. Ahora entiendo la espera.
David no respondió. Bebió otro sorbo.
No ayudó.
Por primera vez en toda la noche dejó de medir lo que decía.
Francesca llegó hasta ellos y se detuvo a medio metro de David, lo bastante cerca para ocupar todo su campo de visión sin tocarlo. Sus ojos bajaron hacia la copa.
—¿Bebiendo antes de que empiece el combate?
—Intentaba ordenar mis ideas.
—Qué ambicioso.
Laderas disimuló una sonrisa.
David la miró con menos disimulo del que pretendía. Cuando regresó a sus ojos, ella ya lo estaba esperando.