CAPÍTULO VI — El interior del coche
CAPÍTULO VI
El interior del coche
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Salieron de La Fe con esa sensación turbia que dejan los lugares donde la verdad se ha mostrado solo a medias.
Valencia, en cambio, seguía abierta bajo la noche con una serenidad casi ofensiva: algún taxi suelto, semáforos en ámbar, una pareja discutiendo en voz baja junto a una parada de autobús.
La ciudad tenía la indecencia de seguir viva mientras ellos acababan de confirmar que Ignacio no había muerto por accidente.
Cruzaron el aparcamiento en silencio. Francesca fue la primera en detenerse: una vacilación mínima, de esas que aparecen cuando el cuerpo advierte algo antes que la cabeza.
David la miró.
—¿Qué?
Francesca no señaló nada. Se limitó a observar el Freelander con una atención distinta.
—No lo dejaste así.
David se acercó despacio. El interior parecía intacto, y precisamente por eso supo que alguien había entrado.
La guantera estaba cerrada, pero con una pulcritud que no era la suya.
El asiento del copiloto se había reclinado apenas un grado.
El compartimento lateral estaba demasiado ordenado.
No había cristal roto, violencia ni prisa.
Solo la huella de una búsqueda inteligente.
David metió la mano en el bolsillo interior de la cazadora: el fragmento seguía ahí.
No sintió alivio. Sintió algo peor: la certeza de que un segundo jugador acababa de entrar en el tablero.
—Han estado dentro. No han rebuscado. Han comprobado si ya habíamos llegado hasta aquí.
Cerró la puerta con una suavidad casi hostil. Subieron.
David arrancó sin decir nada. Durante unos minutos atravesaron la ciudad en un silencio lleno de cálculo.
Valencia se abrió ante ellos por capas: avenidas limpias, rotondas impecables, edificios nuevos y, poco a poco, calles más antiguas y densas, donde la ciudad dejaba de fingir modernidad y recordaba que llevaba siglos construyéndose sobre sí misma.
El teléfono vibró sobre la consola.
Diego.
La voz llegó directa, sin saludo.
—He cruzado todo lo que podía sin levantar polvo.
Hay compras de terreno cerca de Montroy que no tienen lógica: parcelas sin valor claro, caminos, tramos de finca por los que nadie pagaría esas cantidades si no supiera algo de antemano.
No es una sola operación. Son varias sociedades, titulares distintos, apoderados que aparecen y desaparecen.
Demasiadas capas para algo que, sobre el papel, vale tan poco.
David miró a Francesca.
—¿Quién compra?
—Todavía no tengo el nombre final. Hay apoderados, sociedades interpuestas y mucho humo. Pero el movimiento empieza cerca de Montroy y se abre hacia el interior. Un propietario intentó denunciar presiones. Nunca llegó a formalizarlo.
—¿Presiones de quién?
—Eso es lo que todavía no sé. O lo que no puedo probar. —Diego hizo una pausa—. Pero escucha: si esto está relacionado con lo que habéis encontrado, dejad de pensar que vais por detrás. Puede que alguien necesite que lleguéis a cierto lugar antes de que entendáis qué está comprando en realidad.
—Envíame lo que tengas.
—Lo tienes todo en el correo. Con cuidado.
La llamada se cortó.
Fue Francesca quien habló primero.
—Hay algo que tampoco te he contado. Ignacio no vino a Valencia por una simple intuición. Vino porque ya había encontrado una carta.
David la miró de reojo.
—¿Qué carta?
—Una copia tardía de una carta más antigua. La encontré mientras preparaba una conferencia para la Universidad CEU Cardenal Herrera, escondida en una referencia secundaria y dentro de una transcripción bastante deficiente.
—¿De quién?
—De un Gran Maestre de la Orden de Montesa al obispo de Valencia.
—Hizo una pausa—. Venía a decir que existe un conocimiento que nunca debe reunirse por completo; que fue ocultado de forma deliberada y que el acceso se fragmentó para impedir que alguien pudiera alcanzarlo sin comprender antes cómo debía mirarlo.
—¿Y eso fue suficiente para que cruzara medio mundo?
—Para Ignacio, sí. Le hablé de la carta, leyó tres líneas, encontró dos correspondencias y cogió un avión como si el tiempo fuera una enfermedad.
La imagen encajaba con una facilidad incómoda. David volvió a mirar el fragmento que Francesca sostenía.
—No es una cruz.
—O no solo.
Giró la pieza noventa grados. La línea curva dejó de parecer un borde ornamental y empezó a sugerir otra cosa. Una forma incompleta. Una apertura fallida.
Francesca entrecerró los ojos.
—Ignacio me había hablado de varias cruces con un brazo mal orientado. Yo recordaba una: uno de sus extremos no seguía el eje. No era desgaste, sino una desviación deliberada. Y esto lo he visto antes.
—¿Dónde?
—En documentos del CEU, mientras preparaba la conferencia. Había un esquema: un arco incompleto con una cruz mal trazada encima. Pensé que era un error del copista. No lo era.
Giró de nuevo la pieza.
—Y ese arco estaba en L’Almoina.
David no respondió. Pero ella notó en su gesto que la idea ya se había convertido en dirección.
—L’Almoina. Junto a la Catedral. Todo el mundo mira la Catedral.
—Por eso mismo.
—Non vbi ocvli spectant.
No añadieron nada más.
David tomó una salida hacia el centro. Las calles se estrecharon a medida que se acercaban al casco histórico; la ciudad antigua se cerraba alrededor de ellos con fachadas de piedra y portales cuya escala apenas había cambiado en siglos.
El retrovisor le devolvió la imagen de la calle detrás de ellos.
Un coche oscuro.
Dos vehículos más atrás.
No aceleró cuando David lo hizo ni redujo cuando él redujo. Simplemente seguía allí.
David no lo dijo.
Francesca miraba al frente, hacia el corazón viejo de Valencia, donde las capas de la ciudad dormían unas encima de otras con la paciencia de las cosas que no necesitan esconderse para seguir ocultas.
Tenían un destino.
Y alguien más lo sabía.
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Al mismo tiempo, en un despacho del cuarto piso de un edificio de cristal del centro de Valencia, sonó el teléfono. Alberto Falcó Roca descolgó antes del segundo tono.
—¿Han salido del hospital?
—Hace diez minutos. Van hacia el centro histórico.
Una pausa breve.
—Bien. Que lleguen.
Falcó dejó el teléfono sobre la mesa y giró la silla hacia el ventanal. Valencia brillaba abajo, ajena y perfectamente ordenada desde aquella altura.
Sacó un documento del cajón. No necesitó leer el encabezado. Conocía cada línea, cada parcela y cada firma interpuesta.
Solo miró la fecha prevista para formalizar el convenio de puesta a disposición y cesión de derechos sobre los terrenos.
Viernes, 10:00 horas.
Después volvió a guardarlo.
Aquella noche, en algún punto entre L’Almoina y la Catedral, dos personas estaban a punto de comprender apenas una parte de lo que ocurría.
La parte que alguien había decidido permitirles ver.
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