CAPÍTULO V — La Fe
CAPÍTULO V
La Fe
✠
La ciudad apareció sin anunciarse, emergiendo de la oscuridad como si no necesitara pedir permiso.
Primero llegaron algunas luces aisladas; después, calles más definidas; por último, esa continuidad irregular de edificios y asfalto que terminaba borrando cualquier rastro del campo.
Valencia seguía despierta, pero sin prisa.
Semáforos en ámbar. Algún coche suelto. La noche no pesaba, aunque tampoco ofrecía refugio.
El hospital La Fe apareció al fondo. No había en él solemnidad ni grandeza ni promesa: solo líneas limpias, cristal, hormigón y un exceso de luz blanca capaz de borrar cualquier resto de humanidad antes incluso de cruzar la puerta.
David redujo la velocidad al entrar y aparcó en el extremo más alejado del aparcamiento. Apagó el motor.
No abrió la puerta.
Francesca tampoco.
Durante un lapso difícil de medir permanecieron dentro del coche, escuchando cómo se enfriaba el motor mientras las luces blancas del hospital caían sobre el parabrisas. David mantenía las manos sobre el volante, no tensas, sino apoyadas con la necesidad de quien busca algo real bajo los dedos.
Francesca contemplaba sus manos abiertas sobre el regazo, las palmas hacia arriba, como si hubiera esperado encontrar en ellas algo que ya no estaba.
No lloraba. No iba a hacerlo allí. Pero la rigidez de su mandíbula y la forma en que respiraba, algo más despacio de lo habitual, eran lo más cerca que iba a permitirse estar del llanto aquella noche.
David no preguntó si estaba bien. Sabía que no lo estaba y sabía también que obligarla a decirlo habría sido un error.
Esperó.
Al cabo de unos segundos, Francesca cerró lentamente las manos. Un gesto pequeño, casi inconsciente, como quien recoge algo y decide guardarlo para después.
—Vamos. Solo eso.
David abrió la puerta.
Francesca sostenía ahora el fragmento envuelto entre las manos y lo observaba como si en cualquier momento fuera a decidirse a confesar algo.
—No lo toques más.
Ella levantó la vista.
—Lo estoy mirando, no bautizando.
—Da igual. No sabemos qué es.
—Precisamente por eso lo miro.
Francesca abrió la puerta finalmente.
—¿Óscar es de fiar?
David salió por su lado y cerró con un golpe seco.
—Si no lo fuera, no habríamos venido.
—Eso no responde.
David empezó a caminar hacia la entrada.
—En Moncada era el único que seguía pensando después de que todos dejáramos de hacerlo.
Francesca se puso a su altura.
—Qué retrato tan tierno.
—No era ternura.
—Ya. En ti nunca lo es.
David no respondió. No porque no tuviera nada que decir, sino porque había algo en el tono de ella —ligero, casi burlón, apenas por encima del cansancio— que le resultaba más peligroso que las propias palabras.
Entraron.
La luz blanca cayó sobre ellos como una corrección. El vestíbulo estaba casi vacío. Un celador empujaba una silla de ruedas al fondo. Una máquina de café zumbaba en una esquina. Todo olía a desinfectante, aire reciclado y cansancio.
David no pasó por recepción. Cruzó el pasillo lateral sin vacilar, como quien vuelve a un lugar que no le gusta pero que conoce demasiado bien.
—No me gusta cómo te mueves aquí —murmuró Francesca.
—¿Por qué?
—Porque parece que ya sabes dónde duelen las cosas.
David siguió subiendo.
Subieron por una escalera interior. En el segundo rellano, Francesca se detuvo un instante y lo miró.
—Te das cuenta de que me has llevado a una iglesia, después a una fuga por los tejados y ahora a un hospital a estas horas.
—Soy un romántico.
—Tendrás que revisar tu forma de tratar a tus citas.
David subió un piso más y se dirigió al final del pasillo.
La puerta del despacho de Óscar estaba entreabierta. Dentro había luz. Una lámpara de mesa proyectaba un cono amarillo sobre una carpeta abierta.
Óscar Moreno estaba de pie, de espaldas, leyendo con la inmovilidad de quien no necesita dramatizar nada para que se note que algo va mal.
No se giró al oírlos.
—Pensaba que tardarías más en aparecer por aquí.
—Y yo pensaba que aún te obligaban a dormir de vez en cuando.
Óscar cerró la carpeta antes de volverse.
Cuarenta y dos años. Canas prematuras en las sienes, como si su cuerpo hubiera decidido cobrarle por adelantado todas las noches que todavía le faltaban por no dormir.
Bata blanca, nombre bordado en el bolsillo izquierdo.
Y los ojos de siempre: esa clase de mirada que mide antes de hablar y que, en Moncada, lo había convertido en el jugador más peligroso del equipo, no porque fuera el más rápido, sino porque era el único que siempre sabía cuántos segundos quedaban en el marcador.
En Moncada parecía un jugador secundario hasta que el partido se torcía. Entonces todo el mundo acababa mirándolo.
Sus ojos fueron primero a David, luego a Francesca, y por último al bulto envuelto que ella llevaba entre las manos.
—No me gusta esa combinación —dijo.
Francesca arqueó apenas una ceja.
—Todavía no nos conoces lo suficiente.
Óscar la observó un segundo más de lo necesario.
—No. Pero me basta con verle la cara a él.
David fue directo al grano.
—Lo has visto.
Óscar asintió una sola vez. No hizo falta decir de quién hablaban. El nombre de Ignacio ya pesaba bastante en la habitación.
Francesca se acercó a la mesa sin sentarse.
—Dime que no fue un accidente.
Óscar apoyó las manos sobre la carpeta cerrada.
—Dime tú primero quién eres.
—Francesca Martínez Arcega.
El médico no cambió de expresión, pero algo en su expresión se tensó.
—Entonces te pareces menos de lo que esperaba.
Ella no sonrió.
—Eso depende de qué parte de él esperabas encontrar.
David intervino.
—Óscar…
—No tengo la autopsia completa —dijo Óscar, adelantándose—. El informe forense sigue su cauce judicial y esta conversación tampoco debería estar ocurriendo.
—Danos lo que sí hay.
—Diego me ha hecho llegar solo la parte que podía revisar sin sacar el expediente de su cauce.
Óscar dudó un instante. Abrió la carpeta y la giró hacia ellos. No era un informe limpio: había notas, imágenes impresas y pasajes subrayados.
—En la documentación que me ha hecho llegar Diego consta inhalación de gases.
Hallazgo en una cavidad próxima a una instalación vinícola.
Muerte accidental. Pero aquí hay una contusión.
—Apoyó un dedo sobre una fotografía, en la zona baja de las costillas—.
Podría atribuirse a una caída, si uno quisiera acabar pronto y dormir mejor.
—Habla claro.
Óscar la miró de frente.
—No creo que entrara ahí, se desorientara y muriera sin más.
Hay tensión muscular en zonas que no me gustan, una respuesta fisiológica que no encaja del todo con una muerte pasiva.
Y la secuencia no termina de cerrarse. Creo que llegó a esa cueva herido.
Y creo que alguien decidió dejar que el gas terminara el trabajo.
Francesca cerró los ojos un segundo.
No fue debilidad. Fue el gesto de quien lleva horas sosteniendo un peso y acaba de recibir la confirmación de que era real. Cuando abrió los ojos, la dureza que apareció en ellos no era frialdad, sino algo más difícil de sostener: la decisión de seguir avanzando aunque doliera.
—Entonces sabían lo que hacían.
—Eso parece.
David bajó la vista hacia las páginas. Durante un instante las palabras dejaron de importar.
Solo veía el cuerpo de Ignacio en la cueva, el brazo extendido, la respiración rota del audio, el mensaje comprimido hasta el límite.
Cada dato era una deuda que solo podría saldar encontrando lo que Ignacio había empezado a descubrir.
—Hay algo más —dijo Óscar.
David levantó la cabeza.
—Esto se ha cerrado demasiado deprisa. Administrativamente. Demasiado limpio.
—¿Quién lo ha firmado?
Óscar cerró la carpeta.
—No importa todavía. Por eso no pienso decírtelo aquí.
David asintió. Lo entendía.
Francesca se apartó un mechón de la cara.
—Entonces no tenemos el informe completo. Tenemos una sospecha.
Óscar negó con suavidad.
—Tenéis algo mejor: una anomalía. Las sospechas se discuten. Las anomalías dejan rastro.
David lo miró.
El médico no apartó la mirada de él cuando añadió:
—Una muestra de sangre. Estaba registrada. Y ya no está.
La frase quedó suspendida en el despacho con el peso de las cosas que no necesitan explicación porque ya explican demasiado.
—Eso significa que alguien sabía exactamente qué podía delatar que la muerte no había sido accidental.
—Sí. Y tuvo acceso.
David giró muy despacio hacia la puerta entreabierta. El pasillo estaba vacío, pero había en aquel vacío algo demasiado reciente. No una presencia: una ausencia. Como si alguien hubiera estado allí y hubiera desaparecido justo a tiempo.
—La pregunta correcta no es quién ha estado aquí —dijo Óscar—. Es quién sabía que yo podía darme cuenta.
Francesca fue la primera en entenderlo del todo.
—No nos están siguiendo a nosotros. Están recorriendo el camino de Ignacio al revés: los restos, las pruebas, cualquier cosa que aún pueda contar cómo murió.
Óscar asintió.
—Y si yo he notado que falta algo, otros sabrán que también me he convertido en parte del problema.
David se pasó la mano por el pelo. En Moncada hacía ese gesto cuando un partido se torcía y aún no sabía si se rompería por completo o si quedaba tiempo para arreglarlo. Óscar lo vio.
—Sigues haciéndolo.
—¿El qué?
—Pensar con el cuerpo antes que con la cabeza.
Francesca miró a uno y a otro.
—¿Vais a seguir reconstruyendo vuestra intimidad deportiva o vamos a lo importante?
David la miró de lado.
—Te recuerdo que has venido tú.
—Y me arrepiento un poco más a cada minuto.
—Eso es progreso.
Por primera vez, Óscar dejó escapar algo parecido a una sonrisa.
—Ahora sí te reconozco. La cosa se pone fea y tú te vuelves más idiota.
David no discutió eso.
—¿Qué falta? —preguntó.
Óscar miró la carpeta. Luego la puerta. Después a ellos.
—Que encontréis lo que fue a buscar antes de que alguien llegue primero. —Hizo una pausa—. O lo destruya.
David abrió la puerta. El pasillo seguía vacío.
Precisamente por eso no le gustó.
Se volvió.
—Tenemos que irnos.
Óscar no discutió. Eso fue casi peor que si lo hubiera hecho.
Francesca ya se había incorporado, recogiendo el fragmento.
—¿Y tú?
El médico tardó un segundo.
—Me quedaré lo suficiente para que parezca que aquí no ha pasado nada.
David negó.
—Eso no me tranquiliza.
Óscar cogió la carpeta.
—No estoy aquí para tranquilizar a un viejo cojo —dijo, guiñándole un ojo.
Francesca esbozó una media sonrisa que no borraba la tensión.
—Tenías unos amigos encantadores.
—Éramos peores en persona.
David se acercó a Francesca para coger el fragmento. Sus dedos rozaron los de ella un instante más de lo necesario. No fue torpeza. Ella no se apartó.
—¿Siempre haces pausas dramáticas antes de salir corriendo? —murmuró Francesca.
—¿Y tú siempre haces chistes cuando estás nerviosa?
—Solo cuando la situación amenaza con matarme. Es una forma barata de mantener el control.
Óscar carraspeó desde la puerta.
—Cuando terminéis de convertir mi despacho en una escena incómoda, salid de aquí.
Francesca se giró sin perder del todo la sonrisa.
—¿Vienes con nosotros?
—No. Y vosotros tenéis prisa por encontrar lo que buscaba Ignacio.
El médico abrió un poco más la puerta.
—Salid de aquí antes de que empiece a arrepentirme.
Salieron.
A mitad del descenso, David sintió por primera vez que las dos líneas abiertas en Montroy habían dejado de avanzar en paralelo.
Una pertenecía a la piedra, a las pistas, a la lógica fracturada del códice.
La otra olía a despachos, cierres apresurados, movimientos administrativos y nombres que todavía no tenían rostro.
El peligro no estaba en que ambas líneas existieran.
Estaba en que, en algún punto, se tocaban.
Y alguien llevaba mucho más tiempo que ellos esperando en aquella intersección.
✠