El Códice de la Orden de Montesa CAPÍTULO IV — La grieta
15%

CAPÍTULO IV — La grieta

CAPÍTULO IV

La grieta

✠

David no tomó la salida directa hacia Valencia.

Durante los primeros kilómetros condujo sin música, con ambas manos en el volante y la mirada regresando al retrovisor con una frecuencia que Francesca fingió no contar.

Una vez redujo la velocidad ante un cruce vacío.

Otra, dejó atrás la entrada natural a la autovía y siguió por una carretera secundaria flanqueada por viñas oscuras.

No conducía como quien huye. Comprobaba si aún los seguían.

—Te has saltado la salida —dijo Francesca.

—Lo sé.

—¿Y eso forma parte de algún plan?

Comprobó el espejo una vez más.

—Forma parte de no tenerlo.

Francesca no insistió. Quizá porque también había visto a la figura quedarse en la plaza sin molestarse en perseguirlos. Quizá porque entendía que, desde aquel momento, el peligro no necesitaba aparecer en la carretera para viajar con ellos.

El fragmento descansaba envuelto sobre sus rodillas.

Pesaba más desde que nadie los seguía.

Francesca fue la primera en romper el silencio.

—Sabía que Ignacio había venido a Montroy. Pero no que hubiera llegado tan lejos.

Lo dijo mirando la carretera, no a David. Como si fuera más fácil decirlo así.

—Como te dije, me mandaba cosas. No todo. Lo bastante para preocuparme. —Hizo una pausa—. Nunca lo suficiente para que pudiera frenarlo. Eso también era muy suyo.

David dejó que la frase respirara.

—También era suyo pensar que podía llegar solo al final.

Ella lo miró de perfil.

—Tú tampoco eras exactamente prudente.

David dejó escapar aire por la nariz. No llegaba a risa, pero se acercaba.

—Antes de localizarte intenté ordenar la cabeza. Fueron solo unas horas. Primero traté de entender qué le había pasado. Después busqué lo que había encontrado. —Hizo una pausa—. Y luego te busqué a ti.

—¿Y qué habías encontrado?

—Lo necesario para entender que no podía seguir sola.

Era una respuesta incompleta y ambos lo sabían. Pero había algo en su forma de decirla que volvía innecesario insistir, al menos por el momento. La información de Francesca no era un regalo. Era un intercambio, y todavía no habían terminado de negociar sus términos.

Francesca mantuvo el fragmento entre las manos, observándolo sin tocarlo, como si hubiera comprendido que aquel objeto no pedía ser manipulado, sino interpretado.

—Que Ignacio fuera a una bodega no es extraño —dijo al fin—. Pero que apareciera muerto en una cueva al lado… eso no era propio de él.

David no necesitó responder. Ignacio no cometía errores de aquella clase.

David sacó el móvil y marcó. Una voz contestó antes del tercer tono.

—Tardabas en llamar.

—La edad me está haciendo perder facultades.

Al otro lado, Diego Torres dejó escapar una exhalación que, dadas las circunstancias, se acercaba bastante a una risa.

—Cuando estabas en Las Provincias me llamabas todos los días para sacarme información. Desde que lo dejaste, solo llamas cuando te metes en algún lío o cuando le pasa algo a alguien cercano.

—Eso es una exageración.

—Eso es estadística.

Diego Torres no era solo un contacto. Habían compartido pista en Moncada, cuando el baloncesto dejó de ser una carrera y se convirtió en refugio. Diego ascendía con rapidez en la policía; David trabajaba entonces en el periódico, y a menudo intercambiaban llamadas por posibles noticias.

—Iba a llamarte ahora. Estaba esperando. Cuando vi la noticia… Joder, Ignacio —añadió Diego, esta vez sin rastro de ironía.

—No debía estar aquí. Ni yo sabía que estaba en Valencia.

—Y desde luego no así.

—Dime que tú tampoco te lo crees.

—No me lo creo. Está demasiado ordenado. Alguien pudo haber pasado antes que nosotros. Lo de una bodega puede ocurrir. Pero una cueva al lado…

—No creo que estuviera perdido —dijo David—. Y no creo que se metiera ahí por curiosidad.

—Alguien sabía exactamente dónde estaba. O alguien lo llevó.

—Déjame mirar cosas sin levantar polvo.

Diego dudó un instante antes de añadir una cosa más.

—¿Has hablado con Óscar?

—Todavía no.

—Hazlo. Por lo que sé, alguien cerró el informe con una prisa que no encaja. Puedo hacerle llegar la parte clínica y lo que conste del examen forense; si alguien puede detectar una anomalía médica, es él.

David asintió. Óscar Moreno, otro de los amigos del equipo, era ahora jefe de servicio en La Fe. El mismo estudiante de Medicina que solo apartaba los libros para desfogarse con el baloncesto.

—¿Sabes si está ahora en La Fe?

—¿Dónde va a estar?

Una media risa al otro lado.

—Sigue sin dormir.

—Nunca lo hizo.

Diego parecía no saber cómo continuar. Cuando habló, lo hizo más despacio.

—Otra cosa. He mirado lo básico. El teléfono, movimientos, llamadas en las últimas horas.

—¿Y?

—Demasiado limpio. Pero hay un nombre.

—¿Cuál?

Diego tardó apenas un segundo.

—Gapi.

David no respondió de inmediato. Moncada regresó sin pedir permiso: el golpe seco del balón, el parqué viejo, las rodillas que ya no respondían como antes.

Allí habían coincidido todos. Gapi Sáez era el único del grupo que nunca hacía preguntas y, quizá por eso, el que más sabía.

No era solo un equipo. Era un lugar donde quedarse cuando lo demás se había terminado.

Había algo en Gapi que David nunca había terminado de descifrar.

No era simple reserva ni distancia. Era la calma de quien sabe más de lo que dice y ha decidido que esa diferencia es su única forma de protección.

En Moncada todos hablaban demasiado. Gapi escuchaba.

Y, cuando por fin decía algo, era porque ya lo había pensado tres veces más que cualquiera de los demás.

Ignacio lo había entendido mucho antes que David.

Ignacio había aparecido allí dos veces, siempre igual: sin avisar, como si el viaje desde Santo Domingo no significara nada.

David le había hablado del grupo y de aquellos fines de semana en que se reunían para comer y beber juntos.

A Ignacio nunca le habían importado ni el precio del billete ni las horas de vuelo; si había una fiesta, aparecía.

Y cuando visitaba a David siempre exigía que organizaran otra de aquellas reuniones regadas con buen vino.

Y ahora Ignacio no lo había llamado a él, su amigo, que ni siquiera sabía que estaba en España.

—¿Seguro?

—Ignacio lo llamó poco antes de morir. —Diego bajó la voz—. Y hay otra cosa: no te llamó a ti. Si tú eras el nexo entre él y nuestro grupo, no parece lógico.

—No. —David pensó un momento—. Sabía que me gusta aislarme antes de los partidos importantes. No querría molestarme.

—Encaja. Pero no explica por qué llamó a Gapi en concreto. Habla con él. Si decide contestarte.

Y esta vez no sonaba a broma.

Diego colgó.

—Hay algo más que no ha dicho —murmuró.

—¿Qué?

—No me ha llamado.

—¿Quién?

—Gapi. Ignacio habla con él antes de morir. Sale en prensa que muere. Y aun así, no me dice nada.

Francesca lo observó sin interrumpir.

—Eso no encaja —añadió él.

—¿Y qué significa?

—Ignacio vino a Valencia de repente, por algo tan urgente que ni te avisa de que viene. Decide no llamarme a mí, sino a Gapi.

David no terminó la frase. La dejó abierta el tiempo suficiente para que Francesca entendiera que aquello no era una conclusión, sino una pregunta para la que todavía no tenía respuesta.

—Aparece muerto. Y Gapi no me ha llamado. Ni antes. Ni después. —Apretó ligeramente el volante—. Eso significa que sabe algo. Y que ha decidido que yo no tengo que saberlo todavía.

Francesca miró el fragmento sobre sus rodillas.

—O que tiene miedo.

David consideró eso un momento.

—Nunca he visto a Gapi tener miedo de nada.

—Entonces tiene información que no sabe cómo manejar solo.

El coche siguió avanzando entre viñas oscuras. En algún punto de la carretera, sin que ninguno lo señalara, habían dejado de huir y empezado a dirigirse hacia algo.

—Vamos a averiguar cómo murió Ignacio. Y quién necesitaba que pareciera un accidente.

Francesca no respondió. Pero por primera vez desde que habían salido de la iglesia, la dirección era clara.

No iban hacia una respuesta.

Iban hacia algo que alguien había decidido enterrar demasiado deprisa.

✠