El Códice de la Orden de Montesa CAPÍTULO III — La huida
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CAPÍTULO III — La huida

CAPÍTULO III

La huida

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El picaporte terminó de girar.

Lo inquietante no fue el sonido, sino lo que tardó en completarse: una lentitud insolente, el movimiento de alguien que sabía que nada podía impedirle entrar.

No hubo tirón nervioso ni brusquedad. El movimiento fue limpio, controlado. Quien estaba al otro lado ya se consideraba dentro.

Francesca seguía inclinada sobre la piedra, junto a la abertura. La luz del móvil, sostenida cerca del suelo, temblaba apenas sobre los restos de la tela deshecha y el fragmento de la cruz. El metal devolvía una opacidad obstinada, sin brillo, como si se negara a mostrar más de lo imprescindible.

—Dámelo —susurró David.

No levantó la voz. No hizo falta. Ella no preguntó por qué.

El metal cambió de manos con un roce seco. Estaba extrañamente frío. David lo guardó sin mirarlo; su peso parecía excesivo para el tamaño, impropio de una simple reliquia arrancada a la piedra.

La puerta no se abrió de golpe. Se separó del marco. Un centímetro. Luego otro. Como si el propio espacio necesitara tiempo para adaptarse antes de admitir lo que había al otro lado.

David retrocedió un solo paso. Lo suficiente para comprender que no llegarían a la salida antes de que el hombre entrara por completo.

Una sombra larga cayó sobre las primeras losas de la nave. Alta. Compacta. Con la quietud de un depredador, no de una estatua. La clase de presencia que no necesita avanzar para dominar un espacio.

La mano apareció antes que el rostro.

Vendaje negro. Nudillos anchos. La cruz roja apenas visible en el dorso de la mano, deformándose cuando los dedos se cerraron.

David sintió una punzada de reconocimiento sin memoria. No sabía dónde había visto algo parecido. Quizá en ningún sitio. Quizá solo era el modo en que aquel símbolo, tatuado en la mano con la que un hombre podía matar, parecía haber estado esperándolo desde antes de entrar en la iglesia.

No tuvo tiempo de ordenar esa impresión.

La figura ya estaba dentro.

David apoyó la mano en el hombro de Francesca.

—Muévete conmigo. Y no hables.

La condujo pegada al lateral de la nave, tras la línea de bancos, hacia la penumbra más cerrada. La iglesia ya no era un enigma. Era una trampa. El aire olía a cera vieja, yeso húmedo y piedra que había absorbido siglos de respiraciones. Cada paso sonaba más de lo que debía.

La figura entró por completo. No llevaba linterna. No la necesitaba. Avanzó dos pasos y se detuvo a escuchar. Miró hacia el altar, después hacia la losa y, por último, hacia el punto donde la piedra seguía desplazada.

Sabía qué señales buscar.

Francesca, pegada al costado de David, contuvo la respiración. Él notó el temblor contenido que le recorría el cuerpo, no de pánico sino de esa descarga seca que nace en la nuca y baja por la espalda cuando el peligro aún no tiene nombre pero ya tiene forma.

La figura se inclinó sobre la losa con la familiaridad de alguien que conocía aquellas señales. No parecía interesada en qué habían encontrado. Le interesaba cómo habían logrado encontrarlo.

David sintió la presión de los dedos de Francesca en su antebrazo.

—¿Y ahora? —susurró ella.

Él no tardó en decidir.

—Nos vamos antes de que él decida por nosotros.

Tiró de ella hacia la pequeña puerta de la sacristía. Estaba cerrada. Francesca ya palpaba el marco cuando encontró un pestillo alto, oxidado, casi fundido con la madera.

—Aquí.

David tiró. La puerta cedió con un gemido seco que, en aquella quietud de piedra, sonó como una declaración de guerra. Se deslizaron dentro.

La sacristía olía a madera vieja, cera y tela encerrada demasiado tiempo. Armarios altos. Una mesa estrecha marcada por círculos de vasos olvidados. Un pequeño crucifijo colgaba torcido en la pared del fondo, como si incluso allí la verticalidad hubiera renunciado a la perfección.

—Dime que esa puerta da fuera —murmuró David.

Francesca la miró.

—Dímelo tú. Se supone que eres el que lee el espacio como si tuviera subtítulos.

No era momento para la ironía y, sin embargo, la frase abrió una pequeña grieta en la tensión.

David la miró un segundo de más. Estaba demasiado cerca y, durante un instante, volvió a ver a la niña de Santo Domingo corriendo entre las mesas de la hacienda de los Arcega, con una coleta ridícula y una capacidad casi ofensiva para escuchar conversaciones ajenas.

Del otro lado, el suelo de la nave crujió.

La sombra se movía hacia ellos.

David apartó el recuerdo y abrió la puerta del fondo. Al otro lado había un patio estrecho, encalado, con una escalera de obra pegada al muro y, más arriba, un tejado bajo que conectaba con la casa contigua.

—Arriba.

Francesca subió sin discutir. La escalera era angosta y la pared áspera.

A mitad de camino resbaló; un pie se le fue sobre un peldaño roto.

David la sujetó por debajo de la cintura antes de que cayera, y sus dedos encontraron la silueta de su cuerpo bajo la tela ligera.

Ella recuperó el equilibrio, pero no siguió de inmediato.

Durante una fracción de segundo quedó suspendida entre su mano y el muro, con la respiración cortada.

Ninguno dijo nada.

Llegaron al tejado justo cuando la puerta de la sacristía se abrió a sus espaldas. Las tejas reflejaban un brillo rojizo y apagado bajo la última luz de la tarde. Más allá, la calleja lateral desembocaba en la plaza donde David había dejado el Freelander.

—Esto no entraba en el plan, ¿verdad? —susurró Francesca.

—No había plan.

—Eso explica muchas cosas de tu carrera.

Bajaron con el cuidado inútil de quien ya sabe que el silencio es imposible. Una teja se movió bajo el pie de Francesca y golpeó contra otra.

Y entonces David lo oyó.

Detrás.

Encima.

No en la calle. En el tejado.

Se giró. La figura había subido también. Estaba a menos de diez metros, recortada contra el cielo. No intentó alcanzarlos. Se limitó a observarlos con la paciencia de quien sabe que el tiempo trabaja a su favor.

David esperó el siguiente movimiento.

No vino.

El hombre permaneció inmóvil mientras el viento levantaba polvo de teja y el olor de la piedra aún caliente.

Entonces David lo entendió: no pensaba perseguirlos.

Se limitó a verlos alejarse, como si prefiriera saber adónde iban antes que atraparlos allí.

David saltó primero al pequeño muro de la casa contigua y, desde allí, a la calle. Francesca aterrizó a su lado con una agilidad que no encajaba con la imagen académica que se empeñaba en proyectar.

—Voleibol universitario. No todo en mi vida fueron manuscritos.

—Empiezo a sospecharlo.

Cruzaron la calleja sin hablar. La noche se había adueñado por completo del pueblo. En alguna casa cercana sonaba una televisión. Un perro ladró una sola vez. El aire era templado y limpio, con esa suavidad mediterránea que hacía casi absurda la idea de un peligro inminente.

El Freelander seguía donde lo había dejado. David lo abrió y Francesca entró de un salto. El motor respondió con su habitual vibración ronca y áspera.

Salieron a la carretera. La noche se cerró sobre el pueblo.

Entonces David lo vio. La figura permanecía al fondo de la plaza. Quieta. No corría. No intentaba alcanzarlos. Solo observaba.

Francesca lo vio también.

—No nos sigue.

David mantuvo las manos firmes en el volante.

—No.

—¿Entonces qué hace?

Tardó un segundo en contestar.

—Mirar qué hacemos con lo que hemos encontrado.

La carretera avanzaba entre hileras de viñas que la tenue luz nocturna convertía en una escritura negra sobre la tierra rojiza. El aire templado entraba por las ventanillas abiertas, cargado de olor a campo, polvo y vegetación húmeda.

David se desvió por un camino de servicio entre viñedos y apagó el motor junto a una hilera de almendros. El campo quedó inmóvil a su alrededor.

—¿Por qué paramos?

David se sacó el fragmento y lo dejó entre ambos.

—Porque quiero saber qué nos hemos llevado antes de llamar a nadie.

Francesca encendió la linterna del móvil. Bajo la suciedad, la pieza conservaba aquel frío extraño, casi ofensivo. Pasó la yema de un dedo a un milímetro del metal, sin tocarlo.

David inclinó la pieza y señaló otra marca. No eran letras. Un ángulo mínimo. Una relación. Una geometría apenas sugerida.

Francesca giró la pieza muy despacio, siguiendo el borde con los ojos, con la precisión de quien está acostumbrada a leer los objetos antes que los textos.

—No es solo un fragmento de una cruz. Las marcas no son ornamentales. Hay una escala. Una proporción que se repite. Alguien diseñó esto para que funcionara con algo más. No como símbolo. Como instrumento.

—Es una forma de leer algo. Un lugar. Quizá varios. —David volvió a girarla—. Pero hay más piezas. Y alguien lo sabe.

—No es una llave —dijo Francesca en voz baja.

David miró la pieza.

—No. Una llave abre una cerradura aunque no la entiendas. Esto no. Esto te obliga a comprender dónde está la cerradura antes de poder usarlo.

Francesca miró hacia la carretera por la que habían llegado.

—Entonces no nos ha dejado escapar.

—No —dijo David—. Nos está utilizando para comprobar si sabemos leerla.

Comprobó el retrovisor. Casi esperaba ver aparecer a alguien en cualquier momento.

—Eso significa que hay algo que quiere que hagamos con esto.

Francesca levantó la pieza hacia la luz una vez más.

—O algo que quiere que encontremos.

David tuvo entonces una certeza quieta e incómoda: la figura de la plaza no había sido una amenaza.

Había sido un evaluador.

Y, fuera cual fuera el resultado de aquella evaluación, alguien ya lo conocía.

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