El Códice de Gaueko Capítulo XVI. — Et via nos docet
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Capítulo XVI. — Et via nos docet

Cap í tulo XVI .

Et via nos docet

La claridad del sol al amanecer sorprendió a Jon terminando su declaración en las dependencias centrales de la Guardia Civil de Pamplona.

Lo que comenzó como una búsqueda de alguien desaparecido se había convertido en una gincana mística con asesinatos de por medio.

Jon estaba roto. Fragmentado. Cuando salió de explicar todo lo primero que quiso hacer fue poner rumbo al hospital.

Itziar y Claire. No sabía nada de ellas.

A Martín lo llamó varias veces sin é xito.

Los agentes necesitaban tomarle declaració n.

Volvi ó a llamar al laico. Nada. El tel é fono apagado.

Llam ó un taxi para poner rumbo al Hospital General de Navarra.

Desde el pasillo, sin necesidad de ver ningún número en la puerta, ya sabía cuál era la habitación donde tení a que ir. Un polic ía municipal hacía de custodio de la misma. « Si Ane est á fuera, existe riesgo para su salud, es mejor así», pens ó.

Se identific ó ante el agente y entró.

Todavía guardaba reposo en la cama. Según le había comentado el cirujano tuvo mucha suerte y la urgencia llegó a tiempo. Le quedaría una cicatriz, pero en unos meses podría hacer vida normal. Se sentó en el sillón que puso al lado de la cama. Se quedaría allí hasta que ella despertara.

—¿Doctora? —preguntó en voz baja mientras le acariciaba en el brazo—. ¿ Itziar?

Ella abrió lentamente los ojos y con su mano intentó conectar con la de Jon.

— Pens é que no la volverí a a ver.

—¿ Qu é ha pasado, Jon? ¿ Gabriel? ¿ Claire? ¿ Mart í n? ¿Han atrapado a Ane? —Cada pregunta que hacía aceleraba el pulso en el monitor.

—Calma, querida. No hay prisa para ello. Descansa.

Los ojos de ella se volvieron a cerrar, y su mano apretó fuertemente la de Jon, quien sin pretenderlo tambi é n cerró los ojos. Descansaron un par de horas.

Una enfermera entró a la habitación para cambiar la medicación de la doctora. Jon aprovechó para salir al pasillo y acceder a las escaleras de emergencia donde poder encenderse un pitillo. Cuando entró de nuevo se encontró a Mart ín en el pasillo accediendo a la habitación.

—¡ Mart í n! Espera. ¿ Encontraste a Ane? ¿ Qu é ha pasado?

—Jon. Ahora vengo de declarar en el cuartel.

—Pasemos dentro, Itziar estará despierta y querrá saber.

—¡ Mart í n! — exclam ó ella, incorpor ándose con la ayuda de la cama mecanizada—. Contadme qué ha pasado.

El laico permanecía apoyado contra la pared con la mirada puesta en lo alto del monte Ezkaba que se veía desde la habitació n. Respir ó hondo antes de comenzar su relato.

—Como sab é is, a petició n de Jon fui detr ás de Ane, quien huía despu é s de lo de Claire.

La seguí por la carretera de Zubiri, sin saber hacia dónde iba, creyendo que buscaría algún tipo de refugio.

Pero siguió avanzando dirección Francia.

Y yo detrás de ella dirección a San Juan de Pie de Port.

Creo que se dio cuenta de que la seguía y en una curva de la montaña perdió el control y…

yo mismo vi cómo cayó y se despeñó. La explosión supongo que no dejaría nada de ella.

—Entonces, ¿todo ha acabado? —preguntó Itziar.

—Supongo que sí —añadió Mart ín—. En admisión han dicho que nos avisarán cuando Claire salga de la operación y el cirujano nos pueda concretar más. Gabriel murió, bajar é ahora a la capilla a rezar por é l. Pero ya no nos tendremos que preocupar má s por Ane.

Se despidió de Itziar con dos besos y de Jon con un abrazo, y le susurró al oído:

— Et via nos docet . —Y se marchó cerrando la puerta.

—El camino nos enseña —se dijo con una leve sonrisa el detective.

—¿ Qu é dices, Jon?

—He recuperado en estos días el latín que tenía olvidado — contest ó con cierta alegrí a.

Un ruido de pasos rápidos les hizo mirar para la puerta cuando se abrió.

Entr ó una bata blanca y se dirigió a Jon.

—¿Señor Lavoisse? —preguntó el m é dico —. Soy el doctor Sainz. Acabo de atender a la paciente y me han dicho que les encontrarí amos aqu í.

Jon sinti ó cómo el cuerpo se le tensaba, estaba preparado para la noticia.

—¿ Claire?

—Sí. Hemos hecho todo lo posible. Había perdido mucha sangre. Y… Est á estable, dentro de lo posible. Hemos controlado la hemorragia y asegurado las ví as respiratorias.

—¿ Se salvar á ?

El m é dico respir ó hondo antes de responder.

—Hay una razón por la que está viva. La herida debería haber sido mortal, pero la hoja no alcanzó el coraz ón. Y la incisión lateral, aunque fue aparatosa, no fue profunda y se pudo contener la hemorragia.

—Pero… Vi cómo le clavaba la daga hasta el fondo, doctor. Ha sido un milagro cuanto menos.

El cirujano se quedó pensativo un par de segundos antes de responder.

—Es ciencia, de hecho. Y mucha suerte. La daga entró en el lugar donde estaría el corazón, el del 99% de las personas, al menos.

Pero Claire lo tiene en el lado derecho.

Esta anomalía gen é tica se llama Dextrocardia cong é nita.

Raro, pero… — alz ó los hombros—, a veces la biología tiene sus milagros.

Jon se llevó una mano a la boca.

—Dios…

—No sabemos aú n si recuperar á la consciencia de inmediato, pero tiene posibilidades. La trasladaremos a UCI.

—¿Puedo verla?

—Unos minutos, pero sin tocarla. Acompáñ eme. Estar á ya en el otro pabellón. Iremos por los tú neles subterr áneos que conectan los edificios.

Jon lo siguió.

El largo pasillo olía a lejía, las luces de led se encendían a medida que avanzaban y el viento lo recorría con una diferencia considerable de temperatura. Subieron por unos ascensores hasta la quinta planta del ala este del hospital.

En la habitación, Claire descansaba bajo un mar de cables y monitores. Jon se acercó despacio. La observ ó unos segundos.

—Al fin, Claire. Al fin te encuentro. Pronto regresaremos a casa.

Se quedó de pie frente a ella, sin moverse, hasta que la enfermera le hizo un gesto. Salió despacio, en silencio. Y volvió, por donde había venido, hasta la habitación de Itziar. Cogió el tel é fono y marcó un nú mero de Francia. Son ó varios tonos y se descolgó.

—¿ Monsieur de la Rochelle?

— Oui . Dígame, señ or Lavoisse.

—Hemos encontrado a su hija. Está ingresada en el Hospital General de Navarra. Tiene que venir ense…

—¿ Claire est á bien? ¿ Qu é ha pasado?

—El doctor cree que ya puede estar fuera de peligro. Aunque todavía hay riesgo. Lo más importante es que ella no era culpable de nada, no fue quien robó el códice. Ha sido otra víctima má s. Venga a Pamplona, le contar é todo con detalle.

— Coger é un avi ón de inmediato. Nos vemos en el hospital. —Colgó el tel é fono tajantemente.

Jon sali ó del hospital y fue hacia el hotel. Necesitaba una ducha, un afeitado y ropa limpia. Por el camino, su mente quería cuadrar todos los acontecimientos y entender el porqu é de Ane.

Llamó de nuevo a Martín.

—Dime, Jon.

—Hay algo que no termino de entender —hizo una pequeñ a pausa antes de continuar —.

Si durante todo este tiempo Ane tenía secuestrada a Claire, ¿dó nde era?

Habl é con la guardia civil y me dijeron que habían hecho un registro en su casa y no habían encontrado nada que realmente la incriminara, ni la tablilla, ni el códice, nada.

—Supongo que ardería con todo lo que llevaba en la furgoneta, Jon.

—Entonces, ¿llegaste a ver el interior de la furgoneta?

—No, Jon, te digo que Ane saltó por un barranco y que todo explotó, no creo que quedara nada a salvo despu é s del incendio. Ella huía, Jon, y no quería ser capturada. Ha sido su fin y a mí me vale.

— Mart ín, solo digo que no me encajaba todo esto. Itziar me ha dicho que había estado muy enferma, y posiblemente habría tenido una recaí da.

—¡D é jalo estar, Jon! Has encontrado a Claire, y se recuperará . Como nos dir í a Bernard, « este camino termina aquí». Hablamos, Jon. Tengo que volver a Leyre.

Mart í n colg ó el tel é fono y lo dejó en el salpicadero de su coche.

En el asiento del copiloto tenía una carpeta con el có dice.

Levant ó la mirada y miró al caser ío de Ane.

No había ido a la capilla como les dijo a Jon y a Itziar, había vuelto al laboratorio y todaví a no ten ía claro por qu é .

Su mente regresó horas atr á s.

Ane agonizante, intentando preservar la vida, una vida que ni estaba en sus manos ni ya le pertenecí a. Mart ín, descompuesto, juzgándose por su actuación, entrando sus miedos en juego. Que ella muriera era necesario, pero no suficiente.

Observ ó a su alrededor toda la habitación buscando respuestas, buscando sentencias, y vio en una esquina un mueble semitapado con una lona, un arcón de madera.

Se acercó y, al abrirlo, encontró varias bolsas de raf ía grandes, precintadas.

Con un cú ter cort ó y empezó a vaciar el contenido en el suelo de cada una de ellas: Restos de cenizas, madera, enseres de las víctimas y parte de algunos de los huesos que no estaban carbonizados o fragmentados, como el crá neo, f é mur o alguna v é rtebra.

—¡Eran inocentes! — exclam ó mirando a la moribunda.

Sus ojos se enrojecieron y las lágrimas caían por peso y rabia. Ira en vez de rabia. Su mano ahora apretaba el cuello de ella…

—Acaba ya, Martín… Él te reclama…

La solt ó de nuevo.

—¡ Calla!

—No pudiste protegerlos. No eres na…

Las manos de Martín envolvieron con tal fuerza el cuello de ella que no aguantó la presi ón. Ane cerró los ojos, su cuerpo quedaba tendido como un muñeco de trapo en los brazos de é l.

La solt ó.

Había hecho justicia, por todos. Sintió un gran alivio en su interior.

Escuchó un golpe, como el cierre de una puerta. Una voz o un sonido entró por las escaleras y creyó ver una sombra dirigi é ndose al crematorio. ¿Viento? ¿ Miedo? ¿ Gaueko?

—¿ Argi-Harri, Ane? —le preguntó al cuerpo inerte—. Ese será tu legado —dijo abriendo la puerta del horno.

En menos de tres horas Ane ya solo era cenizas y olvido.

Durante ese tiempo Martín urdió un plan.

La furgoneta de Ane acabó en el fondo de un desfiladero en la montaña que une Roncesvalles con Saint Jean de Pied de Port, completamente calcinada, irreconocible.

El trabajo policial de investigación sería de dificultad extrema debido a la topografí a del terreno.

Lo único que podrían hallar sería el bastidor del vehí culo.

Los restos que encontró en el arcón los enterró en una fosa com ún que excavó detrás del depósito de gasolina en el caserío, lo justo para que esos restos encontraran descanso eterno.

Cuando terminó de limpiar el laboratorio la mañana del 22 de junio era una realidad. Tenía que ir a la Guardia Civil y dar testimonio para cerrar toda la historia.

Una vez en el exterior, respiró hondo y se convenció de que todo eso era necesario, ni memoria ni legado.

Tenía en su mano el códice. Hojas malditas, que no debieron ser halladas.

Las dejó en el asiento del copiloto y tomó rumbo a Pamplona.

En el interior de aquel sótano no quedó nada vivo, la poca luz que llegó a entrar se desvaneció con el fuego de la cremación. Y lo que salió solo fue oscuridad y el primer diamante de luz que Martín apretaba en la mano mientras observaba el caserí o de Ane.