El Códice de Gaueko Capítulo XV. — Cum sanguis docet
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Capítulo XV. — Cum sanguis docet

Cap í tulo XV .

Cum sanguis docet

— Roncesvalles, ¡allí va! — exclam ó Mart ín.

Los minutos en el interior de su coche pasaban lentos, y los pensamientos oscuros más rá pido.

Mart ín llegando al museo, con la zona acordonada, ambulancia, policía, y recibiendo las noticias de Jon sobre Ane, Itziar y el prior.

Recordó el rostro del padre Gabriel, tendido en el suelo del museo, los ojos abiertos y vacíos.

Su mentor, padre y amigo se había ido, se lo habían llevado, y é l lejos de ahí .

Apret ó los labios con rabia descontrolada, las manos agarraban más fuerte el volante y el pie del acelerador bajó hasta hacer casi tope.

Menos de cincuenta metros le separaban del vehículo de la asesina.

Pensó en golpear en un lateral de la furgoneta y sacarla de la ví a.

Lux in v í a, lux in sanguine . Record ó esas palabras del prior. Sus ojos enrojecidos llenos de cólera pensaban más en sanguine que en lux . Tenía que capturarla viva, y que pagara por todo.

Apenas quedaba un par de kilómetros antes de llegar a Roncesvalles cuando Ane, la asesina, la encapuchada, redujo la velocidad y giró en un camino de acceso privado a la derecha.

Mart ín apagó los faros y aparcó a la entrada del camino, discreto, oculto entre unos á rboles. Esper ó a que las luces rojas de los faros traseros de la furgoneta se apagaran. Se bajo del coche y fue caminando hacia el caserí o.

—No puedes perdonarla. Pero sí puedes terminarlo —se dijo a sí mismo mientras se acercaba al porche de la entrada.

La noche era todavía mucha más oscura y siniestra que en Irulegi. El ambiente estaba enrarecido, olor a tierra, a verde. El sonido que el aire producía en las hojas de los robledales parecía traer una sintoní a tenebrosa.

Se par ó en la furgoneta e hizo una inspección visual.

Nada que le alertara, nada que le valiera.

Abrió el portó n trasero. All í vio trozos de madera, en la moqueta restos de manchas oscuras, seguramente sangre, y unas bolsas negras que en su interior guardaban pedazos medio quemados de ropa y de lo que podrían ser los restos de sus víctimas.

Eran las pruebas que tenía, pero tambi é n necesitaba una confesión, que la tendría de una u otra manera.

Cerr ó el portón sin hacer ruido, caminó por el perí metro del caser ío observando su interior y buscando a Ane.

La ventana de la cocina estaba semiabierta.

Martín la empujó con cuidado apartando el escurre vajillas que le imped ía cruzar al interior.

Una vez en la cocina cogió un cuchillo, afilado y grande.

«Es solo por seguridad», lo repitió mentalmente un par de veces.

Fue sigiloso comprobando cada estancia. Nada, no había rastro en la casa.

De repente escuchó un ruido proveniente del suelo.

Y de su derecha. Se giró y vio semioculta una puerta que daba acceso a lo que podría ser la bajada al só tano.

Abri ó esa puerta, despacio, la luz artificial de la planta de abajo era suficiente para bajar con cautela.

Antes de los tres últimos escalones la vio, a Ane, sola, desaliñada, con la piel pálida y sudada, con la mirada ida. Y hablando a la nada.

El laboratorio tenía un olor peculiar, significativo. Olor a muerte, a oscuro, a vacío, olor a olvido, olor a que todo acabaría. Ese era el olor que impregnaba la mente del laico.

—¡Cómo no! Tambi é n ten ías que venir…— lo se ñaló con la daga —. Gaueko estuvo a punto de cruzar el portal, de ser una realidad. Iba a alcanzar la inmortalidad dejando mi legado — continu ó hablando con los ojos llorosos.

Mart ín la observó en silencio. Guardaba en el antebrazo el cuchillo de cocina.

Revisó toda la estancia. Realmente tenía un buen laboratorio con equipación t é cnica profesional.

Los corchos en las paredes con notas, procesos y formulaciones; los lugares; el lauburu inverso conectando las localizaciones.

En una mesa tenía dos piedras, parecían diamantes en bruto, que estaban al lado de un horno crematorio y una especie de tríptico manual con el proceso y manejo del uso de HTHP —Alta Temperatura Alta Presión, en ingl é s—, una m á quina que a trav é s de la compactación de cenizas con un alto índice de carbono es capaz de crear lo que se conoce como diamante memorándum, diamantes artificiales, una tendencia en alza que ofrecen las funerarias a los clientes como otra opción má s.

—¿Te gusta mi trabajo, Martí n? —preguntó con sarcasmo.

—¿ Argi-Harr i? —preguntó señalando los diamantes—. Los querías hacer con las cenizas. Los diamantes, las piedras de luz, ¿verdad?

—Sí. Pero no tenía tiempo. Los ciclos lunares, el solsticio… pero no tenía tiempo… e improvis é .

—Has tergiversado la interpretación del manuscrito. Has mezclado mitología con fanatismo, dejaste la ciencia a un lado y te fuiste alejando de la realidad. Todo esto —dijo mientras señalaba el laboratorio— es una mentira, un delirio de tu cabeza. ¡ Est ás enferma!

—Sigues sin entenderlo, ¿verdad? Tenía que completar los ciclos si quería mi inmortal…

—¡ Calla! — exclam ó—. No hay ciclo, Ane.

Solo has asesinado a gente. —Su voz sonó más dura de lo que esperaba.

Se dio cuenta de todo lo que había hecho, al menos habría matado e incinerado a cuatro personas, una en cada zona que fue a investigar, Aralar, Roncesvalles, Eunate, Uju é …

para hacer los diamantes; y también había matado al vigilante de seguridad del museo, a Itziar, a Claire, y al prior. Eran muchas muertes para quedar impune.

El prior, el padre Gabriel, su tutor, quien habí a sido para Mart ín brújula y ancla.

La mejor persona que se cruzó en su vida, y ella lo asesinó .

La furia sub ía por sus pies como la lava de un volcá n, ten ía que contenerse, se había comprometido con Jon en llevarla ante la justicia. Y así lo harí a.

Ella bajó la mirada.

—No lo entiendes. Las cuatro piedras de luz eran necesarias, y Claire… Esa mojigata usurpadora se entrometió donde no debía y tuve que cambiar los planes. Y la verdad que lo de Itziar, el vigilante y el prior… tuve que adaptarme.

Mart ín dio un paso má s.

—Eres una asesina. Vas a acabar tus días en la cá rcel. Vas a pagar por todo.

—Sé que no me queda mucho más. Me muero. No voy a terminar en ningú n sitio, Mart ín. Si buscas justicia tendrás que dictarla tú.

Un pitido leve sonó. Era el termostato del horno crematorio.

— Est á todo listo, Martín. Gaueko me habló de ti.

—¡Basta ya!

—Sabía que vendrías, y que tenía que estar preparada. Conocía la creciente oscuridad que hay en ti. Te hemos estado observando y…

—¡ Calla! —Cada palabra que pronunciaba ella le aceleraba el pulso, se volvía má s tenso —. No puedes seguir con esto —dijo—. Se acabó. Deja la daga y acompáñ ame.

— No. — Ane neg ó lentamente. Mir ó hacia las escaleras del sótano y vio cómo una sombra bajaba con la silueta del otsobeltza, el lobo negro—. É l ya está aquí . Gaueko.

Mart í n se gir ó hacia las escaleras sin ver nada.

—¡Tú serás el testigo, tú serás mi legado! ¡Y esto acaba ahora! —gritó Ane mientras se abalanzaba contra Martín.

El golpe lo lanzó hacia atrás. Cayó contra una estantería. El cuchillo atravesó el pecho de Ane.

—¿Dios mío, qué he hecho? —se preguntó Mart ín.

¿Había sido Ane a propósito buscando redenció n? ¿Él impartiendo justicia a su criterio? La realidad era que la mano del laico seguía sujetando el cuchillo y las manos de la asesina parecían guiarla hacia su pecho.

—Muy bien hecho, Martín. El horno está listo para mí. Gaueko está listo para ti. —Su aliento se desvaneció con la voz. Y el cuerpo se terminó de desplomar en el suelo.

Mart ín se levantó horrorizado. Su camisa y pantalón estaban salpicados con la sangre de ella. Pero había sido ella quien lo atacó, se confesaba a sí mismo. «Yo sólo quería pararla y ella…».

Miró alrededor, todo seguía en silencio. El horno encendido. Dudó. «¿Memoria o Justicia?» . Lanz ó la mirada al cuerpo inerte de ella. Su primer pensamiento fue para Gabriel. Justicia. Ella no hará má s da ño a nadie nunca más. Miró al horno. Olvido. No tendr á ni memoria ni legado.

Se quedó sentado en el suelo, pensativo, analítico, juicioso.

Valorando todas las opciones, con el tel é fono en la mano y varias llamadas perdidas de Jon.

La luz de la mañana se insinuaba por la claraboya de la habitació n.

Apag ó las luces, una a una, y salió del laboratorio.

El bosque anunciaba humo y silencio, parecía que tambi én entend ía y compartía la decisión de Martí n, ser ía un testigo de lo vivido allí.

Camin ó hacia su coche sin volver la vista atrás. El hombre que entró en la oscuridad de la madrugada no fue el mismo que salió en la luz del amanecer.

Nada volvería a ser igual. Y así lo entendió . Lux in v í a, lux in sanguine .