El Códice de Gaueko Capítulo XIV. — Cuando llega la oscuridad
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Capítulo XIV. — Cuando llega la oscuridad

Cap í tulo XIV .

Cuando llega la oscuridad

Jon acababa de terminar de recoger la habitación de la pensión y guardado en el maletero del coche de alquiler sus pertenencias.

Subió a la estancia para buscar el tel é fono, pr ácticamente llevaba absorto en sus quehaceres todo el día y la dependencia a la tecnología nunca había estado entre sus prioridades.

Miró el m óvil, varias llamadas p é rdidas de Itziar.

—¡La cena! Se me ha hecho tarde.

La llamó dos veces sin respuesta alguna.

Se dio cuenta de que tenía dos mensajes en el buzón de voz, el primero le decía que había que ir a Roncesvalles, había descubierto algo.

Y cuando escuchó el segundo quedó impactado.

Se refer ía a que había encontrado pistas sólidas, que Claire seguramente no tenía nada que ver con el robo del manuscrito y que posiblemente estuviera en peligro.

Que se reuniera con ella cuanto antes en su despacho.

El detective salió corriendo hacia el Museo de Navarra y llamó a Mart ín.

La primera vez sin é xito. « Apagado o fuera de cobertura». Una vez más. Probó de nuevo. Un tono, dos, tres.

— Dime, Jon. Pens é que estaría de regreso a Borgoña…

—Escucha, Martín, nos vemos en el museo, Itziar ha encontrado algo. Claire puede estar viva o al menos tenemos pistas de dónde puede estar. Yo acabo de llegar a la puerta. Te esperamos. —Y colgó sin m á s pre á mbulos.

La puerta del museo estaba cerrada. Llamó al timbre, pero nadie respondí a. Llam ó a Itziar, y tampoco contestaba.

Golpe ó con más insistencia la puerta, pero nada.

Probó a abrir la manilla y hubo suerte, estaba cerrada sin la llave.

Se adentró a la garita y no vio al vigilante.

El torno estaba abierto. Serí a cosa de Itziar.

Una extra ña sensación empezó a recorrer por su espalda y subió por las escaleras hasta el despacho de la directora.

Cuando llegó la puerta estaba cerrada. Tres toques sonaron en la puerta.

No hubo respuesta. Abrió y la escena era dantesca.

Estaba todo revuelto, y debajo de la mesa yacía el cuerpo sin vida del prior Gabriel.

Un poco más delante pudo ver un rastro de sangre que le llevaba debajo de la mesa de la doctora. Se acercó corriendo y la vio tendida.

—¡ Itziar! ¡Itziar! Abre los ojos —exclamó Jon mientras la incorporaba sobre su regazo.

Le tomó el pulso, d é bil, pero seguía con vida. Llamó a emergencias.

—Me llamó Jon Lavoisse, estoy en el Museo de Navarra y tengo dos personas gravemente heridas, una creo que está muerta…

—Jon… —dijo una voz baja, de ultratumba—. Ane, es Ane quien está detrás de todo… Claire … Irulegi tienes que…—la voz se desvaneció.

Jon la tumbó y empezó la RCP … el cuerpo no respondía. Los segundos que pasaban parecían horas. En pocos minutos llegaron varias ambulancias de emergencias, una pareja se puso con el cuerpo del prior y la otra con Itziar. La policía local tampoco tardó en llegar. Jon empezó a contar todo.

—¡Aquí ! ¡Rápido! —dijo un policía local señalando el cuerpo del vigilante.

Una camilla llevaba a Itziar hacia la ambulancia.

—¿Se pondrá bien? —preguntó Jon al m é dico.

— Est á muy muy d é bil, ha perdido mucha sangre, la llevamos a la UCI.

—Voy con ustedes…

—Jon —dijo la voz de Itziar—, tienes que ir a Irulegi, Claire est... —se volvió a desvanecer.

Jon sali ó corriendo de nuevo hacía el parking de la pensión. Si Ane había hecho todo esto, lo iba a pagar…

En el coche, llegando al yacimiento, le sonó el m ó vil.

— Mart í n — contest ó.

—Perdona, Jon, estoy llegando al museo, pero ¿qu é ha pasado que está lleno de gente y policí a?

—Escucha, Martín, es Ane. Ane Gartzia, la del museo, es quien está detrás de todo esto y quien puede tener a Claire. Estoy llegando a Irulegi, cree…

—Jon, ¿qu é ha pasado en el museo? Veo ambulancias y…

— Mart ín, creo que Ane ha matado a Gabriel y ha dejado moribunda a Itziar. ¡Tenemos que detenerla!

La llamada se cortó . Jon acababa de llegar hasta donde empieza la subida de Irulegi.

Aparc ó el vehículo al lado del camino de la subida.

El paso en vehículo solo estaba accesible para quienes tenían la llave del candado de la cadena.

Salió de coche, se encendió un cigarrillo y alzó el cuello del abrigo, intentando mantener a raya el frío que se colaba por la tela.

La temperatura era notablemente diferente a la ciudad, y el viento ayudaba a que la sensación t é rmica fuera de siete u ocho grados menos.

Encendi ó la linterna, el haz de luz que proyectaba alumbraba la microfauna silvestre de la zona.

La subida, cuanto menos, parecía tenebrosa e inquietante.

Los hayedos y robles creaban un contenido visual propicio.

Ese camino era distinto, más corto y directo al que tomaron la última vez.

En poco más de cuarenta minutos llegó a la explanada.

La oscuridad era casi total, luna nueva.

Las piedras que quedaban en pie del castillo y la estructura lo hacían aún más misterioso.

Escuchó unos aullidos que provenían de la lejanía de los pinares, el sonido del viento golpeando las ramas tampoco le ayudaba.

Miedo no es que fuera, precaución. Era consciente que llevaba unas semanas que apenas dormía, y mucho menos descansaba, estaba mal alimentado y con la mente cansada por el tormento de no encontrar a Claire.

« S ugesti ón, Jon, no te dejes vencer».

Apag ó la linterna. Vio que la puerta de un torreón estaba abierta.

Accedió por ella con cautela. Se dio cuenta de que el tel é fono lo ten ía dentro de la satchel, y la satchel se había quedado en el coche.

Sus armas, dos cigarros, un mechero y el foco de luz.

Andaba con cuidado, a oscuras, tanteando con las manos las piedras frías del muro del torreón.

Escuchaba un barullo, una especie de cántico, de ruido.

El corazón le empezó a latir con más fuerza, el pulso acelerado.

Avanzó un poco más y llegó hasta la arcada derrumbada que daba al patio y se asomó .

All í estaba. Ocho antorchas dispuestas en círculo, que rodeaban una construcción baja, de madera tallada, un altar.

Y sobre el altar… yacía lo que parecía un cuerpo.

Jon se agachó, el pulso desbocado. El sonido del aire iba y venía con lo que a veces parecía un canto hipnótico y otras algo má s terror ífico.

La figura encapuchada se arrodilló frente al altar.

Entre sus manos, sostení a una l á mina met á lica de bronce.

La tablilla del c ódice. Jon contuvo el aire.

Un aullido sonó más cerca. El cántico se reanudó.

Jon no entendía lo que escuchaba. Sintió un escalofrío de nuevo, unas gotas frías de sudor le bajaban por la espalda.

El fuego de las antorchas parecía bailar al sonido del viento, al compás de la letra que Ane, la figura encapuchada, seguí a recitando.

La canció n cambi ó y se volvió más rápida, el fuego seguía el mismo ritmo, el aullido parecía venir desde la misma explanada…

De repente, el encapuchado paró. El viento se detuvo, las llamas se quedaron tiesas, los ojos rojos de una figura cuadrúpeda brillaban a unos metros, cautelosos, y Ane levantó la daga y pronunció:

— ¡ Gaueko! ¡Zatoz nigana! —¡ Gaueko! ¡Ven a mí!.

Fue en ese momento cuando Jon vio el rostro del encapuchado. Itziar tenía razó n, era Ane.

—¡No… ! —susurró, sin creerlo— . Ane … ¡Para!

El grito fue vago, apenas sin aire, a destiempo. La daga descendió rápida y el filo entró por la piel de la joven, por el lado izquierdo del pecho. Ese corazón apuñalado tení a un nombre: Claire.

Su cuerpo se arqueó en un espasmo breve, su boca amordazada intentó escupir unas últimas palabras mientras las lágrimas le brotaban por sus ojos azules recorriendo las mejillas.

La sangre empezó a recorrer guiada por los surcos, que iban desde el centro hasta las extremidades de lauburu, donde reposaban cada una de las piedras que ahora parecía nutrirse de la sangre de Claire.

—¡ No! —rugió Jon, armándose de valor y lanzándose hacia adelante.

Ane se giró, y sin pensarlo dos veces cogió una de las antorchas. Cuando Jon se fue a abalanzar sobre ella lo golpeó tan fuerte como pudo.

El detective intentó esquivar el golpe, solo pudo mitigarlo con los brazos, y aún así, cayó al suelo por la contusión recibida.

Por la boca de Ane salieron palabras de que É l no entendía.

Ella tenía en su mano izquierda, oculta a la vista, la daga ensangrentada, y en la mano derecha, el foco de fuego amenazante en la cara de Jon que seguía postrado en el suelo.

Ane lo quería anular completamente, lo tenía decidido.

La rabia la consumía, el riesgo no le importaba, creía que tenía todo perdido, que no había podido conseguir nada despu é s de tanto esfuerzo:

—¡Tú ! ¡Otra vez vosotros! —La expresión en la cara de Ane parecía deformada, los ojos ensangrentados, la rabia en su voz explotaba y en su interior comenzaba a asomar algo todavía más oscuro—.

¡Tú ! ¿Acaso sabes todo lo que esto ha supuesto?

Las horas interminables de cada día traduciendo primero la mano, la tablilla con el conjuro y despu é s el códice; encontrando los enigmas escondidos del manuscrito, hallando a Gaueko, los rituales, los sacrificios necesarios para convertir las cenizas en piedras de luz, y cuando Gaueko estaba para resurgir, ¡tú!

Lo has vuelto a joder, Jon, pero ¿sabes qué?

Si lo que querías era estar con Claire, ahora te vas a reunir con ella.

Jon permanecía quieto, mostrando miedo, debilidad, al menos ante los ojos de Ane. Cuando estaba tirado en el suelo, alcanzó una piedra lo suficientemente grande como para poder esgrimirla con la mano oculta que tenía apoyada esperando el momento de poder usarla.

La asesina, cuando terminó su soliloquio de rabia, de frustración, se acercó con un grito exasperante para acuchillarle. En ese momento, sin que ella se lo esperara, recibió un golpe con la piedra en la cabeza. Cayó seca. Jon se levant ó y corrió hacia Claire.

El altar donde ella yacía aparecía con el recorrido marcado por su sangre, que había llegado hasta las piedras. El detective se rompió una manga de la camisa y la puso en el pecho presionando para intentar parar la hemorragia.

—¡ Claire! ¡ Claire! ¡Despierta!

Ella no respondí a. Le tom ó el pulso. No se lo encontraba.

La bajó del altar, la tomó entre sus brazos y se dispuso a llevarla a urgencias, sabía que de haber alguna posibilidad el tiempo jugaba en contra.

Buscó en las inmediaciones algún bolso o mochila de Ane.

En un rincón halló un macuto peque ño y en uno de los bolsillos interiores un tel é fono. Llam ó al 112.

—Centro de Emergencias de Navarra…

—¡Escuche! —exclamó Jon—. Es muy urgente, estoy en el alto de Irulegi, donde el yacimiento del castillo, tengo entre mis brazos a una mujer apuñalada en el lado izquierdo a la altura del corazón. No le encuentro el pulso y está inconsciente.

—Ahora mismo vamos a enviar al helicóptero medicalizado a su ubicación, en menos de cinco minutos están ahí.

Un motor arrancó . Jon se gir ó y Ane ya no estaba en la explanada, se había montado en su furgoneta y se disponía a marcharse cuando apareció Mart ín en su coche. Ambos vehículos se cruzaron. Uno huía, el otro llegaba. Martín se bajó y corrió apresurado hacia el altar.

— Jon, ¿qu é ha pasado? ¿ Es Claire?

— Mart ín, hay que detenerla, a Ane. ¡No hay tiempo! ¡No dejes que escape! Hay que entregarla a la policí a para que pague por todo. ¡ Apres ú rate! —dijo señalando en la dirección de la polvareda que dejaba en el camino la furgoneta.

Mart í n corri ó de nuevo a su vehí culo e inici ó la búsqueda de Ane sendero abajo.

Cruzó por el mismo paso de la subida donde había roto la cadena al atravesar el camino hacia el castillo.

Pasó el pueblo de Laquidaín, despu é s tomó dirección a Sarriguren y antes de llegar a la entrada del pueblo de Ardanaz localizó su furgoneta.

Se puso a una distancia prudencial para poder seguirla sin levantar sospecha.

Todo parecí a indicar que tomar ían direcció n Francia.

En el oscuro cielo, dos focos del helicóptero señalaba el aljibe y la explanada donde Jon agitaba los brazos para que descendieran cuanto antes.

La necesidad de socorro era más que imperiosa, entre el miedo y la urgencia apenas podía gritar.

Jon llevaba muchos años sin rezar, a medida que iba creciendo se iba convirtiendo en un hombre de ciencia, de pistas, más que de fe; en ese momento recordó a su tí o Bernard, «nunca es tarde, hijo.

Dios siempre estará para escucharnos». Si cab ía una posibilidad de milagro, si había algo más que pudiera hacer, lo haría.

Y así lo hizo, arrodillado junto a ella cerró los ojos y su mente empezó a recitar plegarias y ruegos que recordaba de sus años en Cluny.

El primer m é dico examin ó el cuerpo inerte de Claire. Vio el altar lleno de sangre, demasiada.

—Incisión profunda en el lado izquierdo, bajo el pecho, en el corazón, y otra más en el lateral a la altura del riñón… p é rdida masiva de sangre… posibilidad de shock hipovol é mico … —informó con imperiosa urgencia—. Preparad transfusión inmediata. ¡Vías! ¡Monitores! ¡Ya!

Jon no vio cuando Ane apuñaló en el lateral a Claire para que se fuera desangrando mientras se completaba el ritual. Pero algo iba a cambiar la situación. Otro m é dico encontr ó el pulso, muy d ébil. Claire segu í a inconsciente.

—¿Entonces doctor… ? —preguntó Jon asombrado.

—Parece que no ha alcanzado el corazón, pero no podemos confirmarlo, hay que abrir… ¡Vamos! ¡Cargarla! ¡Nos vamos ya! Haremos todo lo imposible.

El sonido estrepitoso de las aspas y el rotor volvían a ascender al cielo.

El cabrestante izaba a Claire hasta el interior del helicóptero.

Todo había pasado en menos de tres minutos.

Jon vio alejarse de nuevo la esperanza, pero con un sabor menos amargo, aunque tampoco de victoria.

La incertidumbre era total. Las sirenas acrecentaban su sonido a medida que se acercaban a la colina.

Las luces azules rotativas llegaron. Las tres patrullas de la Guardia Civil comenzaron a acotar la escena y a tomar declaración a Jon.

La unidad de cientí fica empez ó a fotografiar y recoger pruebas y tomar muestras.

El despliegue era grande y la noche serí a larga.