Capítulo XIII. — Ane Gatzia #3
En los lugares quedaban restos mínimos: círculos, cenizas, el minúsculo vestigio que, a lo sumo, lo que podrí an ver ser ía fácilmente confundible con alguna hoguera de campista o vandalismo juvenil.
Nunca aparecerían los cuerpos ni ningún tipo de rastro o pista, las piedras de luz pasarían a ser parte del olvido, de la oscuridad.
El trabajo definitivo se hacía en la casa, con el preparado al que se le daba la forma y terminaba en un horno como una piedra de luz.
La vida nocturna del encapuchado era completamente distinta a la vida diurna de Ane Gartzia.
Ane seguía siendo introvertida, discreta y trabajadora.
Su rutina laboral continuaba siendo las misma: caf é con Itziar, reuniones con el equipo, charlas para la universidad.
Cuando salía del museo, cada vez con mayor frecuencia, siempre se despedía por el nombre de cada persona que se encontraba, incluida la de los vigilantes.
La cara de Ane Gartzia era la de una persona atenta y compañera de sus compañ eras.
La relación de Ane con la doctora Mendívil se estaba distanciando debido en parte a esas ausencias.
La notaba cada vez más inquieta, preocupante.
Su despacho parecía un completo caos, pero era verdad que cada vez se acercaban más a los pasos del encapuchado, las últimas veces habían llegado días despu é s de los rituales o seguían caminos erráticos.
Pero era una situació n a punto de cambiar.
Era media tarde cuando el encapuchado bajaba de Irulegi.
Acababa de terminar los preparativos para esa noche, la noche del despertar de Gaueko.
Cuando llegó a la furgoneta revis ó el tel é fono.
Ten ía una llamada perdida de Itziar. Y el buzón confirmaba sus sospechas.
La doctora había encontrado el patrón, pero «¿qu é es lo que ha descubierto? ¿Cuá nto sabe?», se preguntó.
Marcó el n úmero y le devolvió la llamada. Respondió. No sabía todo, pero sí lo suficiente, tendría que verla y zanjar el asunto. Quedaron en verse en el despacho.
Su mente rota empezó a confabular una estrategia, guiada por la oscuridad, Gaueko o simplemente el tumor terminal.
Habían surgido un par de imprevistos, pero tenían fácil solució n.
Era s ábado tarde, en otra é poca laboral del año podría haber una o dos personas trabajando, pero este sábado, a lo sumo estaría Unai, el de seguridad; Marí a, la se ñora de la limpieza habría terminado a las dos de la tarde.
Neutralizando al vigilante tendría cierta libertad de actuación.
Llegó al museo con un plan madurado tan so lo un momento atr ás, una caja de cupcakes narcotizados y una mochila con el material que necesitaba.
—¡Buenas tardes, Unai! —saludó con é nfasis —. He quedado arriba con la doctora, te he traído unas magdalenas, para que te sea más amena la tarde, es mi cumpleañ os.
—Gracias, doctora Gartzia.
—Aprovecha a comerlas ahora, están reci é n hechas del obrador —le dijo mientras le dejaba la caja en la repisa de la garita—. Por cierto, aparte de Itziar, ¿hay algú n compa ñ ero m ás dentro?
—D é jeme que revise la hoja del control de accesos y el sistema de entrada automá tico.
—Miró en el cuaderno de registro—. María se fue al medio día cuando terminó la limpieza y del personal interno del museo creo que quedaba gente.
Un segundo que compruebo en el ordenador.
¡Ah, sí ! —exclamó—. Todavía está otra María, la jefa de restauración. Y nadie má s.
—Gracias, Unai —le dijo mientras se adentraba en el museo. Antes de bajar las escaleras hacia el laboratorio observó cómo el de seguridad se llevaba un bocado de sueño a la boca.
«En quince minutos tendr é cinco horas de tranquilidad».
Encontr ó a la restauradora recogiendo sus papeles. Ane tenía solución para ella, pinchazo de sueño y maletero, en el caso de que dilatara la permanencia en el museo.
—Hola, Ane, ¿có mo por aqu í un s ábado por la tarde?
—Lo mismo podría preguntar yo — contest ó con una sonrisa—. He quedado con la directora. ¿Y tú ?
—Yo me voy en cinco minutos que he quedado para cenar. Creo que Itziar estaba por su despacho —le dijo mientras terminaba de meter documentos en el archivo.
—Gracias, ahora subo. —Se alejó lo suficiente para quedarse expectante con la situación sin que María la viera.
Al poco, llegó la doctora Mendívil preguntando a María por hilo o cordel. Cuando lo cogió se volvió al despacho, pero la restauradora ya le había advertido que Ane había llegado y la buscaba.
María se fue a los dos minutos. Salió por la consigna y se despidió del vigilante, que empezaba a estar adormilado.
Ane esperó paciente un poco más. Cuando al fin Unai se desplomó y cayó al suelo de la garita, ella aprovechó para borrar huellas de su acceso, cámaras y cupcakes .
Sacó de su bolso una jeringuilla, que llenó de otro líquido transparente, pero este todavía no había tenido necesidad de utilizarlo.
«Creerán que fue un infarto», se dijo mientras le inyectaba la muerte en el ombligo.
Volvi ó al interior con un sentimiento de total impunidad.
En un reflejo del acero del ascensor creyó verse caminando con un lobo negro.
Llegó a la planta superior, caminó con sigilo y se paró en la puerta donde un letrero anunciaba: Directora del Museo — Dra.
Itziar Mend í vil. Abri ó la puerta, la doctora estaba dentro mirando el mapa de la pared, exhorta, y cuando notó la presencia de alguien en su espada, fue tarde.
El encapuchado le propinó un golpe fuerte, calculado pero con rabia, e Itziar cayó redonda al suelo.
Lo primero que hizo Ane fue amordazarla y maniatarla. La recostó en el suelo y la dejó semiapoyada en el mueble del archivo. Así tendr ía tiempo para analizar a qu é tipo de información hab ían llegado aquellos intrusos con sus investigaciones.
Al rato Itziar recobr ó la conciencia, Ane se giró y se acercó a ella. Se agachó y con un gesto medido se fue descubriendo lentamente la capucha. El horror se mezclaba con sorpresa y confusión en la cara de la directora.
—Hab é is estado cerca, muy cerca, tanto que ibas a dar con la clave. Esta noche es la noche. Despertar é a Gaueko y todo se arreglará, pasar é a la historia y quedará mi legado —dijo mientras abría la mochila.
Sac ó una daga del bolsillo para quitarle la mordaza, pero en ese momento se abrió la puerta. Una voz fuerte exclamó:
—Pero… ¿qu é vas hacer, hija? —Era el prior Gabriel, que había subido preocupado por la llamada de Itziar.
Ane, r ápida, se abalanzó sobre el monje y le hundió la daga tan profundamente que el tope fue el corazón del anciano. Un suspiro, un ahogo, y el prior cayó desplomado.
La asesina se giró:
—Mira todo lo que provocas a tu alrededor, muerte y más muertes innecesarias. —Se agachó y le cortó la mordaza.
Itziar lloraba desgarrada mientras miraba cómo la luz de los ojos de Gabriel se apagaba, su amigo, su mentor en parte, marchaba.
—¿Por qu é haces todo esto, Ane? Seguridad va a venir y esto acabará y no de la manera que habí as pensado.
—¿Sabes una cosa?, ya da igual todo. No va a venir nadie. Vas a morir y lo vas hacer aquí…
—Pero ¿qu é te hemos hecho para que te hayas vuelto de esta manera? —preguntó entre sollozos.
—Poco a poco me fuiste relegando de mis funciones, …
— Caiste enferma.
—Y cuando me reincorpor é , mi trabajo, mi legado se lo habías confiado a la francesa, ella me…
— Claire.
—¡Sí ! ¡ Claire! — contest ó con un sentimiento de rabia, incomprendida, entre lá grimas —. Me muero, doctora, el tumor no se fue y no hay cura. Y lo único que me quedaba era lo que tú y la usurpadora me estabais quitando. Mi herencia, mi trozo en la historia.
—Entonces, ¿ el robo?, ¿la desaparició n de Claire … ? ¿Habías sido tú ? ¿ Qu é hiciste con Claire? ¿Dónde está ? ¡ Contesta! — exclam ó con ira.
—¿Es eso lo que te sigue importando? —Se acercó a ella, la volvió a amordazar.
Ane estaba completamente ida, fuera de sí. Un dolor repentino le vino a la cabeza, punzante. Se llevó las manos a la cabeza y se masajeó las sienes.
Se agachó de nuevo y miró a Itziar, como si fuera la última vez que lo harí a. La daga le entr ó por un costado, y la sangre empezó a brotar, continua y de un rojizo oscuro.
—Aquí se separan nuestros caminos, doctora. ¿Sabe una cosa? Claire sigue viva, aunque esta noche, las estrellas de Irulegi serán las últimas que sus ojos vean. Agur, doctora — le confirm ó mientras se ponía la capucha y cerraba la puerta del despacho.
Salió del museo impune. En el maletero, Claire, inconsciente. Y en Irulegi todo preparado, en apenas dos horas llegaría la oscuridad.