El Códice de Gaueko Capítulo XIII. — Ane Gatzia #2
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Capítulo XIII. — Ane Gatzia #2

En otra bibliografí a encontr ó un tratado sobre las prácticas de la Santa Inquisición del siglo XVII.

Pasó las páginas buscando respuestas hasta que las encontró, era del Proceso Inquisitorial en el Valle de Urdax, añ o del Se ñor de 1624, en el cual se relataba el caso de dos hermanas acusadas de brujería y asesinato.

Según los testigos, ambas habían sido descubiertas en mitad de la noche realizando un ritual prohibido.

La hermana mayor, apresada, confesó sin resistencia.

Había matado a la menor con una daga clavada directamente en el corazón, en un altar con la forma de un lauburu tallado en piedra, pero eso no era lo que más le llamó la atención.

La condenada, antes de ser ejecutada, manifestó que durante el ritual había aparecido un lobo negro — Otsobeltza — que se acercó al altar cuando la sangre empezó a fluir por los surcos grabados en la piedra, llegando hacia cada uno de los brazos del lauburu.

La mujer describía aquel instante con un detalle que no encajaba en la mente de alguien dispuesto a morir:

—El lobo se alzó sobre dos patas —declaró—, y cuando la sangre estuvo a punto de alcanzar las piedras de luz, lanzó un alarido que no era de este mundo. Y en ese alarido escuch é un nombre: Gaueko.

El informe continuaba con la intervención del alguacil y los vecinos que, alertados por el ruido y el miedo que les tenían, acudieron al lugar armados. Fue el alguacil quien disparó a la bestia. El lobo cayó seco a los pies del altar.

Ane pas ó el dedo por la última frase, como si necesitara comprobar que no habí a imaginado nada.

—Altar con forma de lauburu… piedras de luz… sacrificio final … —susurró—. Tengo todo lo que necesito menos el altar.

Gaueko. El lobo negro.

La idea había tomado forma en su cerebro gracias a la información obtenida de la ficció n, supercher ía, datos sin probar, mitología…, estaba creando una realidad, quería esa opción, quería esa oportunidad. Gaueko, Gaueko.

Gaueko empezaba a ser una obsesión diaria.

Realmente empezaba a sentir su llamada, su reclamo.

Estaba dispuesta a hacer lo que é l le pidiera, lo que fuera necesario.

Ane sentía que se estaba dividiendo entre dos realidades, la que el neurólogo le había sentenciado hacia el olvido, y la que Gaueko prometí a, un legado.

Una ma ñana, Ane fue avisada de que tenían en la sala de reuniones una videoconferencia.

En la otra parte de la pantalla estaba ella, Claire de la Rochelle, la joven doctoranda, invitada por Itziar a un debate sobre manuscritos malditos y superchería en el siglo XVII.

Cabello recogido, acento franc é s suave, una sonrisa que parecía entender más de lo que decía y que encandilaba a todo el mundo, o a casi todos.

—Nos interesa su có dice oscuro —bromeó—. Me gustaría poder estudiar más profundo esa oscuridad — y solt ó otra leve carcajada.

Ane siguió la reuni ón en segundo plano. No le gustaba nada que se tomaran a broma su trabajo. No era profesional.

Poco a poco Claire empezó a entrar en sus vidas profesionales, casi siempre desde la distancia, alguna videoconferencia o participaciones en congresos y seminarios en los que solo acudía la doctora Mendívil.

No eran celos el sentimiento que le empezaba a invadir a Ane. O eso creía ella. Itziar estaba descuidando la investigación que empezaron juntas por ayudar a Claire, por compartir con ella su trabajo, para que la francesa tergiversara el contenido, la traducción y, por supuesto, la interpretación.

La realidad es que Claire formulaba las preguntas correctas. Seguía el m é todo emp írico. Pero poco a poco fue descuidando su tesis y centrándose más en el códice.

Cuando Itziar anunció meses despu és que Claire vendr ía a Navarra a cruzar datos con la Abadía de Leyre, Roncesvalles, el museo, Ane sonrió educadamente. Pero la realidad por dentro le quemaba. Sentía otro puñal más clavado, a traición.

—Yo soy quien dejará este legado, no ella —murmuró Ane mientras su rabia se reflejaba en el espejo del bañ o.

Cuando volvió al despacho de Itziar le dijo que se tenía que marchar, que le dolía mucho la cabeza. Ya había tenido episodios fuertes en el museo, incluyendo algún desmayo, la doctora era consciente de la enfermedad que había pasado y nunca le negaba esas peticiones.

Esa fue la noche en la que todo cambió. Un sueño la hacía delirar entre sudores.

Una sombra la guiaba por el bosque, le enseñaba que tenía que hacer girar al sol en su sentido contrario.

La luna era la brújula que le indicaba cuándo.

Las piedras de luz creadas en cuatro puntos distintos.

Y que todo concluiría cuando la puerta de la noche se abriera para que la oscuridad volviera a ganar terreno a la luz.

Abrió los ojos. Sudada, con la boca seca.

Fue a la cocina a beber agua y cuando levantó la vista de la pila y miró por la ventana vio un lobo negro, mirándola fijamente, un otsobeltza .

Y desapareció en la oscuridad de la noche.

Esa noche empezaron los experimentos en el laboratorio. Tenía un libro de etnobotá nica con un mont ón de apuntes y anotaciones, el cual abrió y buscó la información que necesitaba.

En un tamiz empezó a echar la cicuta con acónito, lo trituró y añadió el reactivo, lo mezcló y depositó en la base del alambique, e inició el fuego. Finalmente, despu é s de un proceso lento, el frasco se llenó de un líquido transparente. En él escribió « paralizante muscular ».

Continu ó creando otros compuestos. Uno de ellos lo llenó con un narcótico compuesto por belladona y estramonio al que llamó Datura , que puso dentro de la cámara de frío junto a los otros compuestos, a lado del cloroformo.

Internet le hab ía provisto de la mayoría del material que no podía conseguir del museo. Y la veterinaria de la zona de Sare, en Francia, fue un lugar donde pudo encontrar otros.

Las noches siguientes fueron parecidas. Trabajo de laboratorio, crear, mezclar.

Pero ya se acercaba la primera luna, Luna nueva, y el ciclo tenía que empezar, no habría lugar para la duda o la equivocación.

Ella no fallaba. Los lugares estaban claros, los ciclos lunares correctos, todo cuadraba, todo tenía sentido, al menos en su cabeza.

El momento llegó. La noche del 24 de mayo del 2025. Luna Nueva. Orientació n: oeste. Lugar: San Miguel de Aralar. Se abrig ó con una sudadera negra con capucha, salió de casa, se montó en la furgoneta y puso un rumbo indefinido, solo guiado por la oscuridad.

La providencia parecía que esa tarde noche le echaría una mano. Una peregrina mirando un mapa. Sola. Extranjera. Perdida.

—Hola, buenas noches, ¿te puedo ayudar? —preguntó con una sonrisa fingida.

El encapuchado se bajó de la furgoneta, se aproximó a ella y comprobó que no venía nadie más por aquel camino.

— Je suis perdue — contest ó la voz en franc é s mientras le señalaba el mapa.

Ane se acercó a ella. Le se ñaló con el dedo un punto en el mapa y bajo el descuido de la francesa, una aguja le inyectó el preparado que colapsó su consciencia en segundos, desplomándose en la brazos de su captora. Nadie la echaría de menos. Al menos en un par de dí as.

La noche se hizo completa y oscura. Ideal para el propó sito.

Cuando llegó a Aralar aparcó la furgoneta en la parte de atrás de la ermita. El cuerpo inmóvil e inconsciente seguía en el maletero, donde tambi é n ten ía el resto de material: maderas, acelerante, bolsas de rafia…

En algo menos de dos horas tenía todo provisto para el ritual. El manto protector de oscuridad, que propiciaba la ausencia de luna en el cielo, era perfecto.

Cuando finalizó el ritual, recogió todo y se fue al laboratorio. Quería crear la primera piedra. En la bolsa, una pegatina escrita: Gaur . Serie 01.

La siguiente luna le llevaría a Roncesvalles. El plan era el mismo, algún senderista peregrino descuidado sería la segunda piedra.

En esta ocasión, Ane se apostó en un pinar cercano fingiendo estar malherida, a la espera de algún incauto. Y así fue, un vecino de un caserío cercano, mayor, se acercó a la que creí a maltrecha.

—¿ Qu é te ha pasado, hija? —dijo el anciano.

—Creo que es un esguince. Tengo la furgoneta ahí. ¿ Le importar ía acercarme a urgencias?

— Claro que no. Ap óyate en mi hombro y vamos al vehí culo.

La gasa empapada en cloroformo hizo el resto. El cuerpo se mareó enseguida y cayó inconsciente.

Todavía quedaba un poco de luz. El encapuchado tuvo que llevar al hombre a su laboratorio, donde le encadenó hasta que fuera la hora de regresar a la llamada de la oscuridad.

Mientras prepararía toda la liturgia en las inmediaciones de la Colegiata, en un plano de pinos, hayedos y robledales cercano a lo que fue un antiguo cementerio, con la orientació n norte perfecta.

La noche cayó y el ritual comenzó. El hombre tendido encima de la pira con el cuerpo inmóvil por el narcó tico suministrado, abri ó los ojos y soltó alguna palabra que Ane no escuchó. Esas serían las últimas palabras de Argi . Serie 2.

Un ruido le llamó la atenció n. Se gir ó y allí estaba ella, Claire.

Perpleja mirándola, con la luz del móvil en la mano y un cuaderno en la otra.

El encapuchado se abalanzó sobre ella, la redujo con química y se la llevó al caser ío.

Ahora tendría que cambiar la planificación, o al menos adelantar todo.

Pero la entrometida, la que le iba a robar el legado, ahora se convertiría en parte de la noche, sería la llave para la puerta por la que entrarí a Gaueko.

A partir de entonces, Ane orquestó todo para que Claire fuera la farsante, la usurpadora, quien se perdería en la sombra y el tiempo.

La secuencia siguió: Eunate. Y en la siguiente luna Uju é .