Capítulo XIII. — Ane Gatzia
Cap í tulo XIII .
Ane Gatzia
—Aquí —dijo— . Glioblastoma. Alto grado. Pero …
Ese pero escond ía más palabras que el doctor no estaba seguro de pronunciar.
Ella sostuvo la imagen como sostendrí a una foto a é rea de un yacimiento: buscando estratos, márgenes, límites.
Aquella sombra no tenía lí mites. No eran dep ósitos ni arqueologí a.
Era una invasi ón a gran escala, ocupación, expansión y destrucción.
—Hable claro —pidió.
É l dudó un segundo.
—Con tratamiento, podemos hablar de meses, quizá s un par de a ños. Con suerte.
Ane Gartzia asintió. Tenía treinta y cinco, un doctorado sólido en arqueología y epigrafía paleoeuropea, un lugar respetable en el equipo que estudiaba la Mano y el Códice de Irulegi para su traducción, su nombre empezaba a citarse en los artículos de investigación y ya le habían llamado en varias ocasiones para charlas y coloquios sobre su trabajo.
Tenía un futuro brillante. Ahora uno que se empezaba a desmoronar.
Salió del hospital con el sobre que declaraba su condena, un informe de sueños rotos y la única certeza, su visado caducaba en los siguientes meses.
En casa, sobre la mesa, abrió el portátil antes que el sobre.
Un correo de Itziar Mendívil la esperaba: necesitaban revisar de nuevo las lecturas sobre el supuesto Códice de Irulegi.
« No es prioritario, pero huele a algo raro.
Me gustaría que empezáramos a profundizar en la traducción a finales de este mes.
El consejero me ha pedido que le gustaría hacer público esta parte del hallazgo», había escrito ella.
Ane ley ó el mensaje una vez. Luego miró los papeles del hospital.
Y volvió al correo. Acababa de firmar un contrato de duración determinada consigo misma.
« Mientras el cerebro siguiera siendo mío, mis recursos los gastar é para dejar mi legado, la traducción del manuscrito», se dijo a sí misma sin más lamentaciones.
Sac ó del sobre los papeles de consentimientos, de tratamientos y efectos secundarios, los rasgó ech ándolos a la pila de fregar, los roció con alcohol de quemar y vio cómo aquel fósforo prendido quemaba aquella condena.
Solo se sometería a la intervención, ni radio, ni quimio.
Solo operación. Si salía del quirófano, en cuanto tuviera el alta m é dica volverí a al museo.
La cirug ía llegó a la siguiente semana.
Le dejó una cicatriz limpia detrás de la oreja y una colecció n de n áuseas, luces blancas y noches sin sueñ o.
Volvi ó al museo medio año despu é s, más delgada, con gafas nuevas para esconder los ojos hundidos, con una sonrisa más discreta, pero con un objetivo claro.
Dejar su huella en la historia, su legado.
Itziar la recibió en el despacho sin dramatismos.
—¿ Est ás segura? No hay ninguna prisa en tu incorporación ni mucho menos en la traducción del manuscrito.
Además, en mi último congreso en Francia conocí a una doctoranda, Claire, que está investigando la relación de la iconografía preindoeuropea con la cultura del pueblo vascón y el Camino De Santiago.
Le he pasado algún archivo para que vaya trabajando en ello tambi é n.
—Estoy mejor aquí que en casa esperando la siguiente revisión —respondió—. Además, necesito terminar con lo que empec é , es nuestro trabajo, nuestro sueño hecho realidad. Luchar é por ello.
Y era verdad. Lo único que le quedaba era luchar.
El Museo de Navarra había cambiado a raíz del hallazgo de Irulegi, lo había alterado todo: inscripciones, titulares, visitas.
Habí a prisas, expectativas, pol íticos de paso.
Y, en medio del ruido, aquel manuscrito oscuro que habían catalogado demasiado deprisa como el Manuscrito de Irulegi.
Aunque más tarde, cuando fueran descubriendo su contenido, sería rebautizado con otro nombre: el Có dice de Gaueko.
Ane solicitó trabajar sobre é l casi sin pedirlo. Itziar se lo concedió casi sin discutir.
— Oficialmente ser ás la coautora de la traducción. Queda relegado a mi supervisión.
Ane sonrió de lado.
—Estoy acostumbrada —dijo en un tono imperceptible para Itziar.
El trabajo empezó con fuerza y constancia.
Prácticamente de lunes a sábado era su constante.
Y algún domingo y festivo tambi é n. De nueve a tres hacía su trabajo impecable: informes sobre Irulegi, revisión de lecturas del manuscrito, coordinació n con ling üistas de media Europa, incluso con Claire tambi é n llegó a intercambiar impresiones.
Su nombre empezaba a pesar. Por las tardes, cuando el personal se dispersaba, se quedaba un poco más, cerrando cosas .
Así se lo dec ía a la doctora Mendívil cuando le preguntaba.
Aquello era verdad. Cerraba la puerta de la sala de manuscritos, se sentaba con el Códice de Gaueko y comenzaba otra jornada. Buscaba en aquellas páginas algo más profundo. Cuanto má s le ía y traducía más impactada y absorta estaba.
Cuando recibió varios avisos sobre que no podía estar tanto tiempo en el museo por temas laborales —así le aseveró Itziar —, decidió montar un laboratorio en un caserío que había recibido en herencia en el norte de Navarra.
Aunque todavía no habí a tomado ante notario la posesi ón, era la única heredera y nadie conocía de esa posesión, la reforma del mismo ya había comenzado.
Quería tener un lugar donde trabajar tranquila, lejos de miradas indiscretas o distracciones irrelevantes. De esa manera se podía llevar el trabajo allí y seguir el tiempo que quisiera.
Cada palabra que leía era una profundización que le acercaba a algo más complejo y oscuro.
Se empezó a documentar sobre mitolog ía y leyenda protovascona, y más concretamente sobre Gaueko y la posibilidad de su realidad.
Empezó a hacer columnas dobles en cuadernos aparte.
Una para enseñar a Itziar o quien preguntara, y otra para ella. Con la verdad. Con su verdad.
Al principio, el manuscrito parecía un compendio de medicina de la é poca, un legado sobre sanación, hierbas, curas, ungüentos, etc.
Lo que más tarde se llamaría brujería. Pero tambi é n fue encontrando otro tipo de cosas, de palabras, oraciones y cánticos.
Pero hubo unas palabras que le calaron má s hondo: Gauekoaren Legea.
La ley de Gaueko. La ley de la noche. Esas palabras le llevaron a buscar unas estrofas que habí a le ído en los libros de mitología y que hablaban de que una noche oscura una joven hilandera fue retada por sus compañeras a ir a por agua a una fuente lejana, y jamá s regres ó, lo único que volvió fue un sonido, un cá ntico tra ído por el viento que recitaba: Gaua gauekoentzat eta eguna egunekoentzat —La noche es para los de la noche, el día para los del día—.
Aunque el verdadero descubrimiento sería el que lo cambiarí a todo. Alert ó que la tablilla de bronce, que estaba custodiada por las páginas del manuscrito, era algo más que palabras. Era una invocación para traer a Gaueko de la oscuridad a la luz. Pero todaví a no sab ía cómo hacerlo.
Los días y las semanas avanzaban. Ane cada vez dormía menos, se obsesionaba má s. Encontr ó una traducción que recitaba así:
Gaueko onartu argi-harri hau —Gaueko, acepta esta piedra de luz—. Piedras de Luz. Argi-Harri . Rode ó con un c írculo esas palabras. Creía que en ella estaba la clave. En ofrecer las piedras de luz al señor de la noche, Gaueko.
Pero todaví a segu ía sin saber el proceso completo.
Necesitaba seguir investigando. Necesitaba más tiempo y má s verdad.
Se interes ó sobre el proceso para convertir las cenizas en diamantes artificiales e instaló un horno crematorio que compró a una distribuidora veterinaria y una máquina específica de HPHT — High Pressure High Temperature —, más compacta y experimental.
Con eso ya tenía suficiente para purificar las cenizas —eliminando el calcio y fósforo—, y extraer el carbono puro transformándolo en grafito y este, a trav é s del HPHT, se cristaliza y finalmente se transforma en diamante.
Aunque el principal problema que había en este proceso era el tiempo de espera, tiempo del cual no disponí a.
La siguiente revisión con el neurólogo fue devastadora.
—Ane, el tumor sigue más activo, más virulento. Es muy posible que empieces con jaquecas, mareos. Pero a eso le pueden seguir episodios de p é rdida de conciencia, agitación, euforia descontrolada, alucinaciones incluso en los ú ltimos d ías, y finalmente…
—La nada. Finalmente, la nada. La oscuridad.
—Puedo ayudarle con medicació n. Lo único son los efectos de la misma.
—Ya estoy preparada, doctor. No necesito ningún calmante ni sedante. —Se levantó, cogió su bolso y de un portazo dejó la puerta de la consulta cerrada.
Esa noche apenas durmió. Sugestionada o no, las jaquecas avisaron de que habían llegado para quedarse. Se levantó de la cama, bebió de un vaso con agua y bajó por las escaleras hacía el laboratorio que estaba terminado de montar en el só tano.
Busc ó información en bases de datos y en libros antiguos alguna referencia sobre la Argi-harri .
Tenía que haber algo más arcano del que se prescindiera la tecnología de diamantes actual.
En un texto antiguo de un tratado de brujería, habí a un p árrafo que decía: «…
Y entonces la sorgiñe , recogió las cenizas del sacrificio y las mezcló con resina de pino y cal en polvo, y con el fuego de la oscuridad creó la piedra de luz que ofreció a Gaueko … ».
—¡Eso es! —exclamó—. Debo crear las piedras de luz, con fuego para Gaueko.