El Códice de Gaueko Capítulo XII. — Itziar Mendívil #2
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Capítulo XII. — Itziar Mendívil #2

Necesitaría un lugar con cierta carga simbólica, que siguiera un patrón, y con cierta intimidad.

Cuando llegó aparc ó en una zona reservada para tal fin, donde tambi é n hab ía otros vehículos, autobuses y motos.

Se dio una vuelta por la Colegiata buscando algo, algún indicio.

Miró al fondo, a un par de peregrinos que salían de la carretera y se metían en un sendero guiado con la flecha amarilla.

Hizo lo mismo. El camino seguía su trazo hacia Santiago.

Pero observó que a la derecha había otra ví a, una trialera m á s escondida y se ñalizada por un cartel en una madera: hilerri zaharra —antiguo cementerio—.

Siguió la senda. A los pocos metros, en el suelo sobre la maleza, vio una cartulina plastificada medio amarillenta.

La tomó entre sus manos y su sorpresa fue absoluta.

—Pero ¿Claire estuvo aquí ? ¿Cuá ndo? —Fueron varias las incógnitas que entraban en su cabeza, sin respuestas. En la mano tenía el carn é de Claire de acceso a la universidad de Dijon, que se le habrí a ca ído al estar por la zona.

Continu ó el sendero, vio un par de estelas discoidales rotas, abandonadas.

Antes ahí estaba el antiguo cementerio pagano, que levantaron y trasladaron para preservar y dar descanso santo a los restos.

Caminó un poco más arriba, hasta llegar a una explanada que rodeaba unos hayedos.

En el centro de la misma, una hilera redonda de piedras ennegrecidas por el fuego.

Sacó fotografías de eso, del entorno, y siguió buscando en las inmediaciones, y ahí estaba lo que faltaba y confirmaba.

Señalado en una roca con pintura negra se leía la palabra argi , luz.

Busc ó entre las anotaciones que tenía y recordó que Claire tambi é n hab ía anotado palabras traducidas del códice relacionándolas con lugares.

Al lado de la roca había una escena que no entendía del todo.

Ramas rotas, pisadas y huellas de resbalones o algún tipo de forcejeo quizás.

Vislumbró algo. Se agachó y metido en un arbusto encontró un tel é fono con la pantalla rota y sin batería.

Lo sostuvo entre las manos y al girarlo encontró metido en la funda trasparente una foto tipo DNI de quien sería su propietario, Claire.

El corazón le dio un vuelco. Y tuvo la certeza de que Claire no había tenido ninguna implicación con el robo del códice, posiblemente se acercó demasiado al autor de todo.

Tenía que regresar al despacho. Comprobar la relación de todos los hechos.

Volver a llamar a los chicos, a Ane, y a la policía, con lo que acababa de descubrir tendrían más pistas con total seguridad.

Llegando a Pamplona le empezó a sonar el tel é fono. Puso el manos libres. Era Ane Gartzia, su mano derecha en el museo.

—¿Doctora? —dijo una voz d é bil, medio enferma—. He visto su llamada, ¿Ha pasado algo?

—Ane, lo tenemos. Estoy regresando de Roncesvalles y…

—¿ Roncesvalles? ¿ A qu é ha venido? —la interrumpió.

—Creo que Claire no robó el códice, he descubierto el patrón, la relación, las pintadas. Estoy regresando al despacho, tengo que comprobar una cosa. Pero estoy segura de que ella no lo hizo, y bien la tienen secuestrada o…

—Doctora, enseguida me reúno con usted. ¿Ha llamado a la policía o avisado a alguien má s?

—No, a la policía todavía no, quiero estar segura de todo y presentarles todas las pruebas para que no les queden dudas.

— Enseguida nos vemos —dijo mientras colgaba el tel é fono.

Cuando llegó a su despacho dejó el bolso en el perchero y se paró en frente del mapa geogr áfico de Navarra.

Con un subrayador rojo marcó los lugares: Aralar, Eunate, Uju é y ahora Roncesvalles.

Señaló los cuatro sitios con una chincheta.

Pero sabía que le faltaba algo. Cerró los ojos por un momento y respiró hondo.

Le vinieron distintas palabras que había escuchado de Jon y de Martin: «El todo es más importante que la suma de las partes; origen, a ntisolar … ».

—Antisolar. Eso es, tiene sentido. Quien está haciendo esto se rige por la oscuridad que marca el códice.

Todo se mueve contra el sol. La luz retrocede.

Entonces no es realmente una espiral, son los ciclos lunares.

Si el lauburu gira hacia la derecha representa al sol y las estaciones; y si está representado hacia la izquierda corresponde a cada fase lunar. ¡Eso es!

Itziar regres ó al ordenador y buscó una tabla de fases lunares del mes. Y las fue anotando por separado en cada post-it.

7 de junio - Luna llena.

14 de junio - Cuarto menguante.

21 de junio - Luna nueva.

28 de junio - Cuarto creciente.

Segu ía mirando el mapa de la pared, buscando la posible relación del todo. Y entonces, como si alguien hubiera pronunciado la respuesta desde dentro de su propio pecho, lo dijo:

—Irulegi.

—Irulegi es el origen —repitió , esta vez m ás fuerte—. El centro.

La certeza la atravesó con un escalofrío. Buscó en su cajón algo con lo que trazar líneas: una cuerda, un cordel, un hilo. Nada. Rebuscó entre bol í grafos, clips, carpetas. Nada. Impaciente, sali ó del despacho casi sin cerrar la puerta en busca de ello.

En el laboratorio encontró a María, la restauradora, que había terminado de recoger el laboratorio para irse.

—¿Te vas ya, Marí a?

—Sí, son las ocho de la tarde pasadas y he quedado.

—¡Espera! —exclamó impetuosa — . ¿Tienes por casualidad alguna bobina de hilo o cordel?

—En la estantería de tu derecha, arriba, dentro de la caja blanca — le se ñaló María mientras se disponía a salir por la puerta

—¡Ah! Por cierto, acaba de llegar Ane, y ha preguntado por ti.

—Gracias, María, la estoy esperando —añadió Itziar mientras cogía una bobina de hilo grueso de la caja de materiales.

Regres ó a su despacho. Y se enfrentó al mapa. El silencio parecía haber cambiado de densidad. Clavó una chincheta en Irulegi, justo en el centro del mapa. Ató el hilo y comenzó a trazar líneas siguiendo el sentido antisolar que habí a explicado Mart í n:

Irulegi - Aralar

Irulegi - Roncesvalles

Irulegi - Eunate

Irulegi - Uju é

Al terminar, se apartó un paso, como quien necesita ver el cuadro completo.

El hilo formaba una figura clara e inequívoca.

No era una estrella. No era un pentagrama.

No era un simple cruce de lí neas. Era un lauburu.

Una cruz curvada. Un s ímbolo ancestral.

Pero en cuanto lo vio, una idea aún más inquietante la golpeó:

—¿Entonces… ya ha terminado todo?

Otra idea surgió . Regres ó a las fechas con los ciclos lunares y modificó el inicio del patró n. Empez ó a conectar los papeles con los días, lugares, orientación, las palabras, y cuando lo tuvo hecho, se detuvo un momento y observó todo el cuadro:

1º Ritual: Aralar - Oeste -24 de mayo - Luna Nueva - Gaur —hoy—.

2º Ritual: Roncesvalles - Norte - 31 de junio - Cuarto Creciente - Argi —luz—.

3ª Ritual: Eunate - Sur - 7 de junio - Luna Llena - Atea —Puerta—.

4º Ritual: Uju é - Este - 14 de junio - Cuarto Menguante - Isil —silencio—.

El pensamiento le heló la sangre.

Porque algo en su interior —algo profundo, primario— le dec ía que no. Que aquella figura no era un final.

Era un umbral. Un aviso de que faltaba una pieza, un último movimiento. Recordó una traducción de un pasaje del códice que hacía referencia a una frase que reunía estas palabras:

—Hoy la luz abrirá la puerta al silencio —murmuró con recelo.

Una sombra silenciosa que se proyectó en la pared, apenas un movimiento fugaz, le hizo girarse, y antes de mediar palabra, un golpe seco, no tuvo tiempo de reaccionar. El impacto de la figura de madera contra su cráneo fue suficiente. Su mundo quedó en blanco, en la nada.

Volvi ó en sí por los dolores que iban y venían.

Encima del ojo izquierdo, a la altura de la sien, es donde sentía el palpitar del corazó n.

Se not ó la zona h úmeda y vio en el suelo sangre.

Su sangre. Cuando logró enfocar, comprendió dónde estaba: en el suelo de su propio despacho, recostada contra el armario de archivo, maniatada, y amordazada con un trapo metido en la boca sujeto con cinta de embalar alrededor de su cabeza.

Intentó moverse, gritar, hacer algo para avisar al vigilante de seguridad.

Levant ó la vista y miró a su derecha. El encapuchado estaba allí.

De espaldas. Rebuscando entre los papeles extendidos por su mesa, pasando las hojas con una calma que helaba la sangre.

Sin miedo a ser descubierto o como si esa opción no importara.

Itziar sintió el impulso desesperado de gritar, pero la mordaza solo dejó escapar un gemido ahogado que parecí a pronunciar el nombre de Claire.

El encapuchado se detuvo. Muy despacio, como si ya supiera que ella había despertado, giró la cabeza hacia la derecha.

Luego giró el cuerpo entero. La capucha negra ocultaba su rostro, pero su postura hablaba por él mismo: tranquilidad absoluta, ausencia total de duda, de culpa, una seguridad casi imperturbable.

La miró un instante. Entonces, con un movimiento pausado, muy tranquilo se llevó ambas manos hacia la capucha.

Los dedos la aflojaron desde el cuello, tiraron del tejido hacia atrás y lo dejaron caer.

El telón que había cubierto la identidad del encapuchado se retiró por fin.

Y en ese segundo detenido, en ese instante suspendido entre el dolor, el terror, y la culpa, Itziar entendió que el enigma iba a resolverse.

Y que la respuesta no se parecía a nada que hubiese imaginado.