Capítulo XII. — Itziar Mendívil
Cap í tulo XII .
Itziar Mendívil
Itziar llevaba horas encerrada en su despacho del Museo de Navarra, rodeada por un orden que solo ella podía entender: carpetas numeradas, recortes de prensa, copias del códice y una docena de notas manuscritas sobre fases lunares.
Desde que Martín y Jon continuaban con la investigación buscando pistas en los distintos lugares, el tiempo parecía haberse detenido.
Sabía que el desánimo empezaba a hacer mella en ellos.
Al detective lo notaba más consumido y al laico cada vez más introvertido.
Pese a esa sensación el tiempo avanzaba bajo el yugo de la presión que cada uno sostenía.
Los chicos seguían investigando los lugares que faltaban y ella se dedicaba a repasar y repasar las notas y datos de la información que le pasaban, sin llegar a ningún puerto.
Cada noche volvía a revisar las mismas imágenes: fotografías de Eunate, diagramas de la crux spiralata antisolar, mapas medievales donde los caminos parecían repetirse en patrones imposibles, contrastarlo con lo que tenían sobre Aralar.
La polic í a segu ía sin reconocer oficialmente ningún crimen.
Desapariciones, vandalismo, accidentes de peregrinos, eso era todo lo que decían los informes.
El jefe de la policía local se llegó a poner en contacto con la dirección del museo y el consejero para advertir que la investigación de robo iba a perder prioridad debido a la falta de pruebas, pero quedaría el aviso en Interpol y demá s organismos como medida cautelar.
Esa noticia fue dada en el peor momento, pero la doctora Mendívil no se iba a rendir, sabía que las coincidencias no existen cuando se repiten con tanta precisión, como persona de ciencia lo sabía, si un acto pasa una vez, es probable que no pase más veces, pero si ha pasado dos veces es muy plausible que pase más. A eso se llama patrón.
Al principio había pensado en supersticiones. Luego en imitadores. Pero cuanto más estudiaba el códice, más claro tenía que no estaban ante alguien impulsivo, sino ante alguien que seguía un mecanismo bien encajado, una metodología bien estudiada, un patrón.
El 15 de junio pasó sin hallazgos.
El 16 revis ó la copia de las grabaciones de las cámaras en el museo la noche del robo, pero sin encontrar nada nuevo.
Antes no había nada y ahora seguía igual.
Los días pasaban y la culpa se apoderaba más y más de ella.
Apenas dormí a, apenas com ía. Pasaba má s de diecis é is horas entre el archivo y el museo.
El 21 de junio amaneció con un ligero viento caliente y un cielo despejado. Pamplona se preparaba para su periodo estival y en las calles se empezaba a notar. Los padres ya no corrían con las prisas de los horarios escolares, menos trá fico, m ás calor y las personas má s amables.
Itziar fue de las primeras personas en llegar al museo, prácticamente en las últimas semanas hacía ella las labores de la becaria contratada: encender las luces, comprobar temperaturas etc.
Necesitaba estar con la mente atareada. Subió a su despacho, encendió la cafetera y mientras la máquina le preparaba un expreso subió las persianas de las ventanas.
Dos golpes secos sonaron en la puerta de su despacho.
—¿Doctora? ¿Se puede pasar?
—¡Jon! —exclamó de alegría mientras se acercaba para darle dos besos. Llevaban días sin verse. Alguna llamada de tel é fono para compartir datos y fotografías de los lugares, pero nada más. Aunque presagió en su interior que las noticias que iba a escuchar no eran buenas.
—Me marcho, Itziar. Mi trabajo no ha dado frutos.
Me encuentro anímicamente agotado, todo esto me está superando o ya lo ha hecho.
He hablado con el padre de Claire, y en Francia tampoco saben nada de ella, no hay movimientos de tarjetas, de tel é fono o uso de su pasaporte.
Nada. Tengo que volver, necesito pensar qué quiero hacer a partir de ahora.
—Pero…
—¡No tenemos nada! Además, empiezo a creer que al final Claire lo hizo y ha desaparecido, o peor… —exclamó con cierta resignación intentando creer sus palabras.
—¿Te puedo pedir un favor, al menos, antes de que te vayas? Cenemos juntos esta noche.
Solo unos segundos fueron suficientes para responder, esa invitación era algo que tambi é n le apetec í a.
—De acuerdo, doctora —sonrió—. Así tengo margen para hacer informes y poner todo al día.
Por cierto, te dejo esta carpeta con papeles que he ido recopilando este tiempo para que tú los repases tambi é n.
Igual encuentras algo que se nos pudo pasar a Martín o a mí —dijo dejando los documentos al lado de la cafetera.
Se miraron a los ojos durante un instante.
Los ojos azules de Jon penetraron intensamente en los de Itziar recorriendo un calor hacia el palpitar de su corazón.
La distancia entre ellos era corta pero prudente.
É l dio un paso más hacia ella, y con gesto cariñ oso le toc ó la mano y le dio un beso en la mejilla, corto, dulce y con el preámbulo de la disposición de quien está receptivo a compartir algo más. Pero Jon siempre fue tí mido.
—A las nueve pasar é a por ti, doctora.
—Te esperar é en la recepción del museo, Jon — le contest ó mientras Jon cerraba la puerta del despacho y partí a.
Hacía casi cinco años de su divorcio, y desde entonces no había vuelto a estar con nadie.
Ella sintió en su interior una mezcla efímera de nervios, ilusión, alegría.
Una amalgama de sentimientos que calmó con un trago de caf é y volviendo al trabajo.
Miró la carpeta que le había dejado Jon.
Apuntes de todo tipo y lugares, notas al margen de las fotografías que hizo a las palabras que habí an visto.
Encendi ó la radio para que le hiciera un poco de compañí a.
Continu ó la ma ñana explorando el material de Jon, comparando y descartando datos con los que ella tení a. Hip ótesis que abría y cerraba. No encontraba sentido.
El noticiero de la radio sonó. Dos pitidos sim é tricos y un tercero más largo.
El locutor empezó a revelar las noticias destacadas.
Fue en ese momento cuando Itziar levantó la cabeza de la mesa llena de papeles al escuchar que en la madrugada del pasado 14 de junio hubo un acto vandálico en la fortaleza de Uju é .
Y la noticia continuaba diciendo que la Guardia Civil cree que podría guardar relación con otros actos en otros lugares como Eunate, Aralar y Roncesvalles.
La doctora estaba atónita con lo que acababa de escuchar.
Apagó la radió cuando terminó esa noticia y empezó a buscar información en Internet.
« Roncesvalles », pensó. Ese lugar no lo habían comprobado.
El día que iban a ir Jon se tuvo que ir a Cluny, al funeral de su tío, y no fueron despu é s a comprobarlo. Una corazonada explotó en su pecho.
—Tengo que avisar a Jon y a Martín. —Cogió el tel é fono y marcó el n úmero de Jon. Cuatro tonos despu é s saltó su buz ón de voz.
—Jon, cuando escuches este mensaje ven a verme al museo. Voy a avisar a Martín, hay que ir a Roncesvalles a comprobar algo. Pero creo que lo he encontrado. —Y colgó.
A continuaci ón repitió marcando al tel é fono de Martín. Pero su tel é fono estaba apagado o fuera de cobertura. No había buzón de voz donde dejar el recado. Llamó al prior Gabriel. El monje contestó la llamada.
— Buenas tardes, Itziar, ¿en qué te puedo ayudar?
—Padre, necesito hablar con Martín. Es urgente, creo que hemos encontrado la clave de todo esto. Del robo del códice, de la desaparición de Claire. Hay que ir a Roncesvalles a comprobar si hay restos de fuego y pintadas en euskera antiguo —aseveró, nerviosa.
—Hija, no he visto a Martín desde la mañ ana. S é que había quedado con Jon a primera hora en su pensión. Pero nada más. He visto que tenía el tel é fono en su celda. Cargando.
—Ir é yo a Roncesvalles. D é jele una nota, Padre. Y gracias. — Colg ó el tel é fono sin margen a recibir una respuesta.
Llamó a Ane para que la acompañara. Era la opción lógica: Ane conocía la zona mejor que nadie del museo; de niñ a sol ía pasar los veranos en un caserío cercano, entre bosques húmedos y caminos que no aparecían en los mapas.
Pero el móvil sonó tres veces y se cortó .
Volvi ó a intentarlo. Nada. Ni un mensaje.
Ni un aviso. La ausencia de respuesta confirmó se decisión: irí a sola.
Guard ó el tel é fono en el bolso y cruzó el despacho reuniendo solo lo imprescindible: la tablet con los mapas, dos informes, una libreta pequeña y las llaves del coche.
No quería pensar demasiado en lo que estaba haciendo, porque ese pensamiento venía cargado de preguntas.
Y ahora no necesitaba preguntas, solo necesitaba movimiento.
Atraves ó el pasillo del museo sin detenerse hasta llegar al control de acceso. El vigilante levantó la vista desde su escritorio. Ella le dedicó una sonrisa rá pida, cort é s.
—Voy a salir un momento a hacer un recado —dijo—. Me están esperando esta tarde en el despacho, así que volver é enseguida. Si llega alguien preguntando por mí, dile que me espere dentro.
El vigilante asintió sin darle importancia.
Itziar agradeció esa indiferencia más de lo que habrí a admitido.
Empuj ó la puerta de salida y el aire de la calle la golpeó con un frescor inesperado.
El cielo se había vuelto de un azul intenso, veraniego y caluroso.
Roncesvalles quedaba a menos de una hora y realmente no sabía qué se iba a encontrar.
Durante el camino fue pensando que si fuera ella quien estuviera haciendo los rituales en Roncesvalles, ¿dónde lo harí a?