El Códice de Gaueko Interludio IV. — Ujué
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Interludio IV. — Ujué

Interludio IV .

Uju é

Uju é nunca había sido un lugar de paso: era un destino, un punto al que no se llega por casualidad, sino por elección…

o por llamada. Para alcanzar su corazó n hab ía que cruzar un rosario de carreteras secundarias que se deslizaban entre viñedos oscuros y sembrados extendidos como mantos húmedos bajo la noche.

Tramos estrechos, curvas cerradas, desniveles bruscos que obligaban a reducir la velocidad y a mantener los sentidos despiertos.

Cada recodo parecía una prueba de conducción, una alerta, un aviso.

Y cuanto má s se ascend ía hacia la colina, más claro quedaba que aquel no era un camino para curiosos, sino para quienes aceptaban cargar con el peso de lo que fueran a encontrar al final.

Un viento suave arrastraba un eco lejano, una llamada a la serenidad, a la calma.

El silencio era tan perfecto que ni los perros se atrevían a romperlo, parecía que se había hecho un pacto para tal fin.

Y, sin embargo, algo ardía. Detrás de la iglesia fortificada, una luz apenas visible palpitaba en el aire, confundida con la neblina, pero no era neblina. Era fuego que no querí a ser visto.

El encapuchado trabajaba sin ruido con la calma y paciencia de un restaurador, disfrutando de cada trazado.

Sus movimientos eran lentos, precisos, casi armoniosos.

Guantes quirúrgicos, necesarios para no dejar cualquier indicio.

La respiración medida, como si cada inhalación formara parte del rito.

El círculo de piedras ya estaba trazado sobre el suelo, y en su centro, una pira.

El maletero de la furgoneta estaba aparcado detrás del restaurante.

Dentro, yacía inconsciente fruto del narcótico un joven delgaducho y ebrio, que deambulaba sin sentido alguno, tan solo cuatro horas antes.

El encapuchado lo sacó y arrastró deposit ándolo encima de la pira.

Esperó a que despertara para inyectarle de nuevo el paralizador muscular.

El chico tenía que estar consciente y ser testigo de la venida de Gaueko.

Abrió los ojos. La mordaza en la boca le impedía gritar.

El miedo y la desesperación de la escena se apoderaron de su cuerpo.

Las lágrimas le caían por la mejilla buscando un atisbo de compasión.

El fuego prendió sin ruido, sin apenas llamarada, con la calma exacta de quien ya ha visto arder demasiadas veces.

— Ez zaitez itzali —murmuró a su oído—. No te apagues. Aguanta, todaví a no.

El cuerpo tumbado en la pira comenzó a perder consistencia, a hundirse en sí mismo, a desaparecer.

El humo no subía; parecía reptar, buscando desvanecerse por el horizonte.

No hubo gritos. Solo el sonido de algo que deja de ser.

Cuando el fuego se extinguió, el encapuchado recogió las cenizas con su espátula metá lica.

Las verti ó en la bolsa herm é tica y la cerró.

Luego, limpió el área con una toalla empapada en alcohol.

Nada fuera de lugar. Nada que el mundo pudiera interpretar algo que a lo sumo fuera vandalismo juvenil.

Se dirigi ó hacia el extremo Este de la iglesia, y en una roca saliente escribió:

Isil —silencio—.

Eso era lo que ahora quedaba. So lo silencio. Nada m ás, y el encapuchado desapareció.

El amanecer llegó sin el canto del gallo. El sol iba escalando sin compañía de nubes el valle a medida que se iluminaban las calles de Uju é . Y la temperatura seguía prometiendo la falta de necesidad de grandes abrigos.

Una mujer mayor, la panadera del pueblo, llegó en su furgoneta de reparto a la plaza, aparcándola cerca de la fuente.

Siempre la misma rutina, hogazas de pan y periódicos para dejar dentro de las bolsas que los vecinos que así lo requer ían señalaban en sus puertas.

Miró hacia la iglesia y vio algo extrañ o all í.

En uno de los salientes de la fachada una pintada.

—Otra vez los chavales —murmuró, cansada, mientras subí a.

Continu ó dando una vuelta por el exterior, todavía olí a a humo. Pens ó en las hogueras venideras, en botelló n, ritos de verano.

El calor seguí a all í, retenido entre las piedras de la fachada. Entonces fue cuando vio el círculo de piedras con restos de ceniza, madera y algo má s. No sab ía qué era. Solo supo que no debí a tocar nada. Retrocedi ó . Cruz ó la plaza de piedra casi corriendo y fue a despertar al alguacil.

A las siete y media, un coche de la Guardia Civil subió hasta la iglesia. Dos agentes bajaron del todoterreno y se dirigieron hasta donde estaba el alguacil. El más joven soltó un bostezo y el veterano se santiguó al ver el cí rculo.

—¿ Qu é demonios es esto? —preguntó el primero.

— Gamberros. O locos —respondió el otro.

—¿Y el humo?

—Fuego controlado. Quizá una hoguera con gasolina. Algún tipo de vandalismo juvenil de fin de semana. O incluso una secta.

—Cabo, si se fija ahí queda como una especie de hueso o incluso diente de animal —señaló el guardia m á s joven.

El veterano se agachó y con el bolígrafo apartó un poco las cenizas para poder fotografiar mejor ese indicio.

Llenaron una bolsa de pruebas con los restos que quedaban de ceniza.

Y en otra se llevaron el trozo de lo que parecía los restos de un hueso.

Sacaron fotos de la escena, de la pintada.

Isil . Ninguno reconoció el idioma. Uno de ellos, medio en broma, dijo:

—Esto parece un ritual. Llevaremos todo a científica a ver qué nos cuentan. De momento acordonamos esto para intentar preservar la escena.

A las ocho y cuarto ya se habí an marchado.

El círculo y la pintada seguí an all í, expuestos a la intemperie como heridas que nadie quería mirar de frente.

Hubo comentarios, teorías lanzadas en voz baja, alguna risa nerviosa de quienes preferían pensar que todo era una broma de mal gusto.

Pero nada más. Nadie había visto nada; nadie sabía nada; nadie quería saberlo.

Y así se quedaría. Al menos durante un tiempo.

Pasaron unos días y el suceso quedó relegado a un murmullo de bar, un comentario entre dos clientes habituales, algo que flotaba en el ambiente sin llegar a asentarse.

Pero la mañana del siguiente sábado, la radio local de Pamplona decidió abrir su informativo con un tono entre la curiosidad y el desconcierto.

El sonido de tres tonos electró nicos marc ó la hora con precisió n at ó mica.

—Son las tres en punto y empezamos con las novedades má s destacadas de este s ábado 21 de junio — anunci ó el locutor, con una voz que pretendí a ser ligera —. Un acto vandálico ha sorprendido a los vecinos de Uju é el pasado 14 de junio.

Hubo un breve silencio, apenas un segundo, suficiente para que quien escuchara sintiera el cambio de respiració n del locutor.

—La Guardia Civil investiga lo que podría tratarse de una reunió n de j óvenes, o incluso satánicos, en el entorno del santuario, y la posible relación con actividades similares detectadas semanas atrás en enclaves como San Miguel de Aralar y la iglesia de Santa María de Eunate y tambi é n en las inmediaciones de la Colegiata de Roncesvalles.

Apenas se han producido daños materiales, aunque se han hallado símbolos extraños pintados en una de las paredes laterales del recinto, así como restos de un pequeño fuego controlado a escasos metros del perí metro.

El locutor carraspeó antes de continuar.

—Los agentes no descartan que se trate de un ritual improvisado o de una acció n coordinada dentro de alg ún tipo de juego o reto viral. Aseguran que, por el momento, no existen indicios de peligro para la población. Sin embargo, vecinos de la zona han descrito la escena como… inquietante.

La palabra quedó flotando en la radio unos segundos, como si la frecuencia misma no quisiera soltarla.

El informativo continuó con temas menores: trá fico, previsi ón del tiempo, un campeonato escolar. Pero la noticia ya había quedado sembrada. Un comentario en una cocina. Un mensaje reenviado. Un susurro en una panadería. Un rumor que empezaba a crecer con ritmo propio.

A esa hora, nadie en Uju é sospechaba que aquel acto vand á lico fuera un incidente aislado.

La misma noticia sonaba en el dial que Itziar Mendívil estaba escuchando.

Asombrada, apagó la radio al segundo. Su taza de caf é tembl ó sobre la mesa.

Volvió a encenderla. La radio continuaba informando de otras noticias.

Buscó la noticia en el ordenador. Y ahí estaba.

Repasó la noticia varias veces y tomó apuntes en una libreta:

» Símbolos extraños». F uego » controlado». «Círculo de ceniza».

Algo en su cabeza le saltó . Abri ó otra página en el buscador y buscó las fotografías satelitales de los lugares anteriores. Aralar, Eunate… y algo sintió en su cabeza. Algo que lo iba a cambiar todo.

Necesitaba hablar con Jon. Con Martín. Acabada de dar con la clave.