El Códice de Gaueko Capítulo XI. — Cuando los lugares callan #3
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Capítulo XI. — Cuando los lugares callan #3

Pasaron horas recorriendo cada rincón de cada calle, de cada pasillo, de cada piedra, de cada sombra.

Accedieron al museo del yacimiento, observaron la infraestructura hidrá ulica que recorr ía todo el asentamiento y tampoco hallaron nada.

El sol subió y empezó a caer antes de que lo notaran.

Al marcharse, Jon sintió que aquel día tambi é n se habí a perdido entre ruinas.

Ning ún rastro de Claire, ni del manuscrito.

Nada. Cada día la motivación era menor y el cansancio mayor.

Jon ya había recibo varias llamadas del padre de Claire, François de la Rochelle, y lo único que pudo decirle era algo que ya sabí a: Claire hab ía desaparecido y había indicios de que estuviera detrás del robo de códice en el Museo de Navarra.

El dí a pas ó y Jon se despidió con una leve inclinación de la cabeza y un « Bonne nuit, Mart ín».

A la mañana siguiente las montañas del Alto de Abaurrea los recibieron con un viento helado, un viento que no pertenecía a ningún mes templado ni mucho menos cercano al verano.

Subieron por un camino estrecho que serpenteaba entre robles, hayedos y rocas cubiertas de musgo. Aparcaron al lado de un bar.

—Valle de Aezkoa. Pirineo Navarro. Nunca defrauda — solt ó Mart í n seg ún se bajó del coche —. Este es el pueblo a mayor altitud de la Comunidad Foral de Navarra, de hecho, de todos los asentamientos vascones de la zona. A má s de mil metros.

—Y tambi é n el má s frío — le contest ó mientras se bajaba del vehículo y se abrochaba la chaqueta.

—Creo que lo primero que tenemos que ir a ver es la iglesia de San Pedro y de ahí al cementerio viejo donde está el museo de las estelas funerarias.

Se adentraron en el interior del laberinto.

—Esto es un laberinto artificial ¿ no? —preguntó Jon

—Sí. Pero eso no quita lo que vamos a ver.

Como sabes, la simbología del laberinto va ligada con el miedo, el desconocimiento, el descenso a la oscuridad.

Cuando te adentras en un laberinto no sabes lo que te vas a encontrar.

Partes de la luz a la oscuridad. Y es la oscuridad, en parte, por lo que estamos aquí.

La tierra parecía más blanda, incluso más confortable.

Las estelas antiguas, algunas apenas reconocibles, se alzaban imponentes como testigos de piedra y custodios del tiempo.

Jon revisó una por una, con guantes puestos, con paciencia dolorosa.

No había inscripciones recientes, ni símbolos que recordaran a los del códice, ni rastros de cenizas.

Era un lugar de memoria antigua, sí, pero no de crimen reciente.

Pero vio algo que le recordó a una de las piedras que vio en Roncesvalles y le preguntó a su compañ ero:

—¿ Qu é más puedes añadir de estas lá pidas?

Mart í n lo mir ó un poco molesto por la pregunta.

—Son estelas discoidales. Y tienen mucha carga simbólica, Jon.

Primero, la estructura, principalmente son de piedra tallada y en forma de disco, a diferencia de las lápidas, que pueden tener distintas formas e incluso ser de madera.

Pero lo que más llama la atención es que e stas tienen dos caras y su orientación es de este a oeste.

Servían como identificación de la casa de la familia en cuestión, y podían reflejar hasta la profesión.

Y en la parte de atrás podrían añadir otros datos, u otra simbologí a o creencias.

—Parecen amuletos —añadió Jon.

—Y lo son. El maestro cantero transformaba la piedra inerte y le daba poder para que sirviera a la luz.

Continuaron buscando pesquisas, pero el dí a se alarg ó sin dar respuestas, prendiendo un nuevo rumbo al siguiente destino.

Cuando condujeron hacia Santa Criz de Eslava, el calor había regresado con una fuerza aplastante.

El cielo estaba limpio, sin una sola nube.

Las columnas romanas parecían lanzas clavadas en la tierra caliente.

Jon sintió desde el principio que aquel sitio era distinto.

No porque guardara algo, sino porque parecía ocultarlo demasiado bien.

—Demasiado perfecto —murmuró Mart ín, sin que Jon le hubiera preguntado nada.

—¿Perfecto para qu é ?

—Para esconder lo que falta. Despu é s de comprobar el Foro Romano, iremos a la Necró polis.

Pasaron casi toda la mañana examinando el yacimiento. Jon bajó a zonas donde la sombra era mínima, revisó mosaicos con linterna, buscó fragmentos sueltos. Pero nada. Estaba todo demasiado catalogado, demasiado estudiado, demasiado… limpio.

Era como perseguir un fantasma que dejaba migas invisibles. La duda cada vez era mayor. Cuando se alejaron del yacimiento, el sol estaba bajando y decidieron volver para descansar y dar por terminado el dí a.

Los días continuaron en una marcha lenta, pesada.

Sin que ninguno lo dijera en voz alta, la semana empezó a volverse un calendario lleno de rutina y monotonía entre ellos.

El cansancio se acumulaba en pequeños gestos: Jon dormía peor, Martín hablaba menos, ambos comían cualquier cosa.

Los primeros días habían parado en bares de carretera, comiendo platos combinados sin pensar.

Pero conforme avanzaban las jornadas, comenzó a ser frecuente que se saltaran alguna comida sin darse cuenta, o que comieran de pie junto al coche algún snack o sándwich frío comprado en cualquier gasolinera, demasiado cansados para entrar en ningú n sitio.

Visitaban lugares que Claire había marcado sin explicació n. Peque ñas ermitas en lo alto de colinas olvidadas. Miradores con vistas imposibles. Cada sitio tenía una personalidad distinta. Cada sitio les entregaba un silencio diferente.

Y en todos, el mismo resultado: ausencia. No había señales de ningún fuego-ritual, ni símbolos recientes ni nada que hiciera avanzar la investigación.

El cansancio comenzó a mostrar sus consecuencias en la manera en que Jon abría la puerta del coche cada mañana.

Al principio lo hacía con decisión, como quien sabe que la jornada traerá algo.

Pero con los días, ese gesto se volvió má s lento, m ás resignado, como si el metal de la manilla pesara el doble.

Martín, en cambio, parecía habitar una calma extraña, pero esa calma tenía fisuras cada vez más visibles.

Una tarde, mientras el sol caía lento sobre el campo, Jon lo observó por unos segundos más de lo habitual.

Había algo frágil en la forma en que Martín respiraba.

No era debilidad física, era algo que estaba a punto de fracturarse.

La ma ñana del 21 de junio, cuando la luz empezaba a encender los bancos de piedra de la plaza, Jon bajó los peldaños de la escalera del hotel con un gesto cansado, casi vencido.

Martín lo esperaba en la puerta, tal como habían acordado, apoyado en el marco, como si aún confiara en que Jon cambiara de idea en el ú ltimo momento.

—Ya he hablado con el padre de Claire —dijo Jon, sin preámbulos—. Me vuelvo a Borgoñ a. All í tampoco saben nada… y de ella no hay rastro en ninguna parte. Es lo mejor. Tú tambi é n tienes tus obligaciones en la universidad y en la abadí a.

Mart ín asintió despacio; la noticia le pesó como si fuera tambi é n suya. No había nada más que decir, salvo lo que ninguno quería pronunciar. Se estrecharon la mano con firmeza y, a continuación, se dieron un fuerte abrazo y Jon añadió, con una voz que apenas le salía del pecho:

—Gracias por todo, de verdad.

Antes de irse, Jon debía pasarse por el museo. Encontró a Itziar Mend ívil abriendo las contraventanas, la luz ya estaba meti é ndose entre las vitrinas. Ella lo miró y entendió sin que é l se explicara.

—¿Tambi é n te marchas? —preguntó, triste pero serena.

—Sí. Ya son casi tres semanas… ya no puedo seguir aquí sin avanzar. Si sabes algo, lo que sea, llama o escrí beme, por favor.

—Cenemos esta noche, Jon. Sin presiones de ningú n tipo. S o lo los dos.

Itziar le toc ó el antebrazo, un gesto breve, cá lido.

—De acuerdo — contest ó con una sonrisa que hacía semanas que no aparecí a.

Se despidió de ella con un beso en la mejilla y regresó al hotel para preparar el equipaje para el día siguiente, sin presagiar la inminente cadena de acontecimientos que estaban por llegar.