El Códice de Gaueko Capítulo XI. — Cuando los lugares callan #2
73%

Capítulo XI. — Cuando los lugares callan #2

Jon recorrió el per ímetro del templo por cuarta vez. Nada. Ni huellas, ni fragmentos, ni señ ales visibles de Claire.

—Tenemos que mirar mejor —murmuró, con la voz de quien se convence a sí mismo.

Se agachó frente a una losa medio cubierta de musgo.

Pasó la mano sobre la superficie. Polvo, humedad, nada más.

La piedra no mentía; simplemente callaba.

Martín lo observaba desde unos metros, inmóvil, como si temiera romper algo invisible entre ellos y el lugar. No quería interrumpirlo. Ni hablar.

Itziar, apoyada en una columna, repasaba en la tablet las fotografías del museo. Las imágenes brillaban sobre su rostro cansado. Buscaba una coincidencia que no aparecí a. Una prueba, una l ógica, un consuelo científico. Nada de eso existía en Eunate.

Jon se incorpor ó y miró alrededor, como si el aire pudiera explicarle algo. La impotencia le ardía justo detrás de los ojos. Pero el aire solo devolví a silencio.

—¿ Qu é demonios se me escapa? —susurró.

Mart ín apartó la mirada del suelo.

—Claire vio algo aquí —dijo con voz baja—. Algo que la hizo seguir adelante.

Jon lo miró, con una mezcla de duda y esperanza.

—¿ Qu é ? ¿ Qu é podía haber aquí que valiera tanto?

Mart ín vaciló un instante.

— Decisi ón —respondió al fin —. Este lugar… obliga a decidir. Es un cruce, un límite. Los peregrinos cuando venían aquí lo sabían. Eunate te abre unas puertas y te cierra otras. Es custodio y vigilante.

Itziar exhaló con escepticismo.

—No hay nada que decidir en una iglesia vací a.

—No es una iglesia — replic ó Mart ín sin alzar el tono—. Es una puerta.

Jon lo observó . Record ó a Bernard hablándole de Cluny, de los monasterios como mapas de la fe, de la idea de que la arquitectura podía ser un lenguaje cifrado. » Las piedras tambi é n rezan y escriben, Jon. Solo hay que aprender su gramá tica».

» Quizá Eunate no ped ía rezos, sino traducción», pens ó.

Un golpe de viento hizo crujir las maderas del pórtico. El sonido fue tan real que todos giraron al unísono, como si alguien hubiera entrado. Pero no había nadie. Solo el aire moviendo el polvo y alguna hoja en un remolino breve que se deshizo enseguida.

Decidieron regresar, ahí no encontraban nada.

El silencio volvió a ocupar el coche, pero esta vez se notaba mucho más denso el ambiente, aunque cada uno viajaba dentro de su propio pensamiento.

Jon conducía despacio, repasando mentalmente cada símbolo, cada palabra del códice que había logrado recordar.

Las frases de Claire se colaban entre ellas:

» No son dibujos. Son instrucciones». «Mirar y entender».

Si Claire hab ía estado en Eunate, era porque había comprendido la secuencia tambi é n, aunque la posibilidad de estar equivocados resultaba mayor a la falta de resultados. Y si ella había desaparecido despu é s… tal vez fue por acercarse demasiado.

En el asiento del copiloto, Itziar sostenía la tablet en el regazo, aunque ya no la miraba. Sus pensamientos giraban en torno a otra imagen: la nota hallada en el museo con la letra de Claire. La sangre. La huella parcial. El eco de una voz interior que no quería escuchar: ¿Y si realmente fue ella?

Mart ín, en el asiento trasero, observaba el paisaje con una intensidad obstinada.

Campos de cultivo, pinares, cielo. Todo formaba parte de algo que solo é l parecía percibir.

Una secuencia. Lo mismo que había sentido en la piedra, en el viento, en la espiral.

Recordó algo más, algo que Gabriel le hacía leer para completar su formación.

Y lo pronunció como si la conversación anterior no se hubiese detenido.

—El todo es más importante que las sumas de las partes. No se trata de fe. Es matemá tica.

Jon lo miró por el retrovisor.

—¿Matemá tica?

—Sí, eso creo. Matemá ticas, Astronom ía, Geografía, conocimiento antiguo. Tenemos que averiguar la relación del » todo», no de la suma de cada parte. Cuál es el origen de esto. El centro.

Nadie contestó.

El coche siguió avanzando por la carretera vacía, y el sonido del motor fue la única certeza en ese momento de que la vida continuaba. Llegaron al museo despu é s del mediodí a.

Itziar les sirvió un poco de resignación caliente y reci é n hecha, en formato caf é . Jon lo dejó enfriar sobre la mesa.

—Necesito algo que pueda presentar al consejero —dijo al fin la doctora—. Algo que no suene a intuición, ni a mito, ni a geometrías de Martín. Si no encuentro nada sólido, van a dar por cerrada la investigación antes de que podamos volver a movernos. Y no recuperaremos el có dice, ni a Claire.

El despacho de Itziar era un caos organizado de papeles, fotografí as a é reas y mapas señalados con alfileres.

En el centro, una imagen satelital mostraba la diagonal de lugares que ya conocían: Aralar, Iturrissa, Zugarramurdi, Irulegi, Roncesvalles, Pamplona, Eunate.

Los puntos que habí an visitado. Tambi é n estaban señalados otro tipo de asentamientos, pero que todavía no habían ido a investigar, tales como: Uju é , el Cerco de Artajona, Mendigorria, Alto de Abaurrea, Santa Criz de Eslava.

Lugares que Claire hab ía señalado, pero a los que nunca había llegado a ir, o quizá sí, pero sin dejar ninguna evidencia que ahora pudieran rastrear. Lugares dispersos en un mapa que parecía demasiado amplio para no esconder algún tipo de ló gica interna.

Mart ín se inclinó sobre el mapa.

No parecía estar buscándolos a ellos, sino escuchando algo que solo é l podía oír.

—Empecemos por Artajona —dijo con tranquilidad inesperada—. Si Claire estaba siguiendo un orden, aunque no sepamos cuál, El Cerco es un buen punto para encontrar alguna pista.

—Yo no puedo acompañaros —dijo la doctora—, me debo a mis obligaciones con el museo. Pero seguir é investigando junto con Ane.

Los chicos salieron del museo, fueron a comer algo rápido a un bar cercano y pusieron rumbo al primer destino.

El Cerco de Artajona los recibió con un porte firme, de guardián.

Las murallas, vistas desde el camino, parecían un conjunto de dientes erosionados por siglos de viento.

Las piedras se apilaban formando una estructura primitiva y, al mismo tiempo, imponente.

Aparcaron en una explanada de tierra y subieron por el sendero empedrado pasando por debajo del arco de la entrada al centro.

Martín apoyó una mano sobre la muralla, y con una voz vaga y cansada comentó:

—Creo que aquí perdemos el tiempo, Jon. Como puedes observar, esto es una construcción medieval. No sé qué ha podido ver Claire aquí.

—Precisamente por eso debemos comprobar.

Claire estaba investigando tambi é n para su doctorado en iconografía antigua y su relación con los asentamientos vascones y el Camino De Santiago.

Puede que esta reseña haya sido solo para su tesis doctoral, o que guardara relación con la investigación sobre el manuscrito de Irulegi.

— O nada — cort ó Mart ín.

Revisaron cada tramo de la muralla, cada torreón, buscando en cada hueco de las piedras algú n indicio de algo.

» Leer la piedra». Pero nada, no había restos recientes: ni ceniza, ni símbolos, ni marcas.

Solo polvo viejo acumulado en las ranuras.

Mientras Jon examinaba un rincón donde la piedra formaba una concavidad natural, Martín se quedó quieto observando la lí nea del horizonte.

—Claire estuvo aquí —dijo finalmente.

—¿Por qu é lo crees? ¿ Qu é has visto?

—Porque buscaba silencio para escuchar… y este sitio lo tiene.

Jon no sabía qu é pensar. Pero tampoco podía negar que aquel lugar tenía algo especial, las vistas, la paz y serenidad del sitio tal vez.

Cuando se marcharon, la muralla quedó atrás como un vigilante que no veía la necesidad de intervenir.

No habían encontrado nada. Otra vez nada.

Pero el día había avanzado sin que se dieran cuenta.

Y el cansancio empezaba a acumularse en los hombros de ambos.

Los días siguientes avanzaron como una larga cinta de carretera, una en la que el paisaje iba cambiando sin que pareciera cambiar realmente nada.

Jon conducía durante horas con la sensación de que el tiempo se disolvía alrededor y que solo el movimiento les permitía mantenerse a flote.

Martín, por su parte, parecía sumergido en algo cada vez más profundo, como si cada lugar lejos de aportar claridad le añadiera un peso nuevo.

El viaje hacia Mendigorría comenzó con un amanecer relativamente cálido y seco, vaticinio de que el dí a ser í a de temperaturas altas.

Las ruinas de Andelos emergieron frente a ellos como un esqueleto antiguo extendido y diseccionado sobre la tierra. Columnas partidas, muros derruidos, el empedrado de las calles seguía prácticamente intacto al paso del tiempo.

Mart í n avanz ó por las piedras como si entrara en un templo silencioso.

—Aquí la geometrí a cambia —dijo.

Jon guard ó silencio, anotando mentalmente la frase. No sabí a si Mart ín hablaba de proporciones, de alineaciones o de algo menos tangible, má s espiritual.

—No es como los otros sitios — continu ó él—. Aquí… el tiempo no pesa igual.

Jon apenas hizo caso a ese comentario, principalmente porque era mucha más profundo que su entender.

É l todaví a segu ía siendo má s emp í rico.

Continu ó recorriendo la zona con ojos prácticos: buscó marcas recientes, restos de pisadas, basura, indicios de fuego, cualquier cosa que delatara la presencia de Claire en las ú ltimas semanas.

No encontr ó nada. Era como si nadie hubiera estado allí en meses.

Aquel trozo de historia no contaba nada nuevo, nada relevante para ellos.

Mart ín se agachó junto a un mosaico semienterrado.

—Ella podría haber buscado aquí un patr ó n. Los romanos segu ían secuencias muy precisas. Pero este lugar… no responde a la espiral que é l está usando.

—No hay nada ú til por aqu í.