El Códice de Gaueko Epílogo. — Un tren a Borgoña
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Epílogo. — Un tren a Borgoña

Epílogo.

Un tren a Borgo ña

Habían pasado varias semanas desde aquella noche en Irulegi.

Claire, con el alta m é dica en la mano y parcialmente recuperada de las secuelas y cicatrices, se había despedido de su padre a primera hora de la tarde en el aeropuerto de Noá in, prefer ía regresar con Jon en tren a la abadía donde se quedaría un tiempo para tener tranquilidad.

La vieja estación de trenes de Pamplona no quedaba lejos del hotel donde Claire y su padre estaban alojados, pero la doctora Mendívil insistió en acercarles allí.

Jon se había convertido en algo más que un hu é sped en la casa de Itziar, en el tiempo que se quedó pendiente de la recuperación de Claire en el hospital, compartiendo silencios, esperanzas y la vida en sí.

De Mart ín llevaban tiempo sin saber de é l.

Al tel é fono no respond ía y a la abadía no había vuelto.

Itziar, con la vista puesta en la lejanía de la ví a del tren coment ó, en voz baja, que un colega de la universidad le había dicho que el laico había pedido una excedencia por asuntos propios y no tenían certeza de su incorporación en la universidad para el siguiente curso.

Ese comentario dejó un sabor amargo en Jon, sabía que el que había sido su compañero, con lo analista y meticuloso que era, tenía que estar atormentado por la p é rdida de Gabriel.

En su interior le deseó que donde se encontrara estuviera en paz.

—And é n número tres, vía número cuatro, dirección Lyon. El tren de largo recorrido tiene prevista su llegada a las veintiuna y treinta y cinco horas —sonaba el anuncio por la megafoní a.

—Es el nuestro, Claire —dijo Jon sonriendo—. Querida —añadió dirigi é ndose a Itziar—, ya sabes cuál es mi decisión, y aunque no tengo claro qué har é en este futuro inmediato, para aclararme necesito respuestas que están en Cluny. Como te dije, tienes tu casa en Borgoña para cuando quieras venir.

Un fuerte abrazo cerraron las palabras de Jon, seguido de un beso mucho más íntimo. Los ojos cristalinos de ella contenían lágrimas de pena y lágrimas de alegría. Jon había sembrado en esas pocas semanas la calidez y la pasión del amor en su corazón.

—Doctora —dijo Claire acercándose—, yo terminar é mi investigación, y aunque el códice no se recuperó, todo lo que ya tengo es más que suficiente para cerrar mi tesis y presentarla al jurado. Tendrá noticias mías. —Se acercó a ella abrazá ndola con gratitud.

La vibració n de la v ía y el sonido estrepitoso confirmaban la puntualidad del tren.

Desde la ventana, Jon veía como ella se iba haciendo má s peque ña a medida que la má quina ganaba velocidad y distancia.

El sonido del exterior del camarote del vag ón, donde estaba alojados, parecía un mantra, algo hipnótico provocado por el traqueteo de las ruedas en los raíles, y el paisaje veraniego que se iban encontrando les regalaba aut é nticas postales para el recuerdo con la caída del sol como parte de él.

El reflejo de la ventana le devolvió a Jon una imagen distinta de la que recordaba cuando llegó a Pamplona.

Ojeras más marcadas, una barba corta con unas mechas algo más canosas, producto de aquellas largas noches de insomnio y desaciertos.

A su lado, Claire dormía apoyada en su hombro.

Sentía el latir de su respiración, y con ese latir, el recuerdo de la noche en Irulegi volvió a su mente.

» Dextrocardia cong é nita, el milagro de la biología». Parafraseó las palabras del doctor.

Y recordó.

Record ó el ruido del rotor del helicóptero, las sirenas, las cargas del DESA.

El monitor anunciando las constantes vitales de Itziar.

La primera vez que vio abrirse los ojos de Claire en la UCI, cuando pudo pagar la deuda de la cena con quien sería su anfitriona las siguientes semanas, todo lo que perdió por el camino toda la sangre que derramó a su paso para seguir avanzando y aquello que sólo el propio camino podría enseñarle.

Despu é s de varias horas de viaje, amanecía, y el paisaje ya era distinto, má s verde, m ás árboles y más viñedos, muchos má s.

Claire le hab ía insistido en coger esa ruta para volver y la verdad es que, como experiencia, le resultó bonita e interesante.

La entrada a la zona de los Países de Loira le sacaban una sonrisa cuando emergía por la ventana un castillo o torreón.

Siempre le había encantado esa zona, y descubrirla en tren fue distinta.

El tren empezó a reducir velocidad, y un revisor entró por los pasillos anunciando la parada: Cluny. Ya habían llegado.

Fray Henri hab ía insistido en acogerlos en la abadí a.

As í Claire podr ía descansar tranquilamente y Jon poner sus pensamientos en orden.

Además, el añadido de que el monje le dijera que tenía un paquete enviado desde Españ a.

Sin remitente. Solo: » para Jon ». La pareja salió de la cabina del camarote con sus pertenencias en la mano.

En el and é n, el padre Henri los esperaba acompañ ado de dos monjes j óvenes. Su blanca barba había crecido desde las últimas semanas y de aspecto lo encontraba más flacucho y endeble. Con el contraluz de la mañana y la neblina sobre las vías parecía un espectro más que un monje.

Henri abraz ó a Jon con una fuerza desmedida que nada tenía que ver con la imagen que había proyectado en el and é n. Dio un paso atrás y con su mano derecha hizo un gesto de cariño en la barba de Jon.

—Veo que la primera decisión que has tomado es la de ser barbudo — solt ó una leve carcajada mientras miraba a Claire, la cual asintió—. Y tú, mi chica, aquí encontrar ás paz y descanso —añadió.

Desde el funeral de su tío Bernard, Jon no había regresado a la abadía.

Las campanas, de las torres góticas tocaban a misa de nueve.

La vida en Cluny seguía igual de rutinaria que de costumbre.

El aire transmitía un olor impregnado a incienso y a c é sped reci é n cortado.

Los jardines de la entrada estaban bien cuidados, y las hortensias grandes y florecidas.

Las estancias de los invitados estaban listas y dispuestas.

Claire sería instalada en una pequeña y moderna celda del ala sur, donde antiguamente dormían los novicios o invitados especiales y que ahora estaba reformada en parte por la donació n de Fran çois de la Rochelle, su padre.

A Jon le habían preparado una más sencilla, cama, armario y una mesilla de noche con una biblia, un crucifijo sobre la pared y una ventana que daba al jardín del claustro.

La primera habitación que tuvo Bernard, un guiño a su memoria.

Cerca de la entrada a la biblioteca y al scriptorium .

Durante los días siguientes, la vida en la abadía parecía rodada para el cine mudo, monótona y rutinaria.

Jon la mayor parte del tiempo lo pasaba pendiente de los cuidados y atenciones de Claire, sentía que tenía con ella una deuda pendiente, culpa quizá s.

Hab ía vuelto a dejar de fumar. La vida monacal le llenaba de paz y de tranquilidad.

La mayoría de las tardes las dedicaba a leer y a buscar entre la bibliografía del archivo y los incunables del scriptorium sobre algo que en su día le llamó la atención, del legado que su tío Fray Bernard le dejó.

La misteriosa figura con la silueta de la oca.

Alguna de las noches solía pasear por el claustro, en busca de señales en las estrellas o marcas en las piedras de los muros que le dieran clarividencia en su futuro más inmediato.

Otras pensaba en aquellos que Ane había quitado la luz y los había dejado en esa oscuridad, sin memoria.

A su mente tambi é n acudían los paseos con Itziar por la ciudadela de Pamplona, algo que ambos sabían que tenía fecha de caducidad pero que vivieron con intensidad.

Y entre sus pensamientos más recurrentes estaba Martín.

Nadie sabía de é l desde que se vieron en el Hospital.

Fue tambi é n el ú ltimo que vio con vida a Ane, antes de que se precipitara en Roncesvalles.

La Guardia Civil hab ía llamado a Jon esa misma mañana para informarle que el caso ya estaba cerrado.

Había recibido por cortesía parte del informe final con partes anuladas o delimitadas en lo que solo había podido leer: Altura de la caí da: 105 metros.

Topograf í a escarpada. Veh ículo calcinado.

Sin capacidad de registros biológicos. Posibilidad de supervivencia nula.

Para el detective era suficiente saber que Ane ya no sería una amenaza.

Pasaron dos semanas más y el m é dico de la abadí a se reuni ó con Claire y con Jon.

—Creo que ya estás recuperada al cien por cien, Claire —dijo.

Jon lo miró, esperando algún «pero».

—El corazón…

El m é dico tard ó unos segundos en contestar, y sonriendo continuó:

— Est á… donde no debería estar, sí. Pero cumple su función y es lo que nos importa.

Claire sonrió, y se lanzó a los brazos de Jon mostrando gratitud.

—Muchas gracias Jon, por todo. Te lo he dicho todos estos días.

Gracias por haberme salvado, cuidado y por seguir aquí.

Empieza el nuevo curso acad é mico y tengo muchas ganas de defender mi tesis.

Este tiempo aquí me ha servido para terminar de encajar todo el puzle que tenía en las hojas y en mi cabeza.

Jon sabía que ese día llegaría y pensaba que estaría preparado, aunque se alegrara por ella, sabía que sería otro hueco más en un vacío mayor.

A la mañana siguiente Claire se despidió sin m ás dilación de los monjes. A la entrada de la abadía le esperaba un coche para llevarla a Dijon.

—Jon, cuando me necesites, ahí estar é — le susurró al oído—. ¡Ah! Toma, me lo dieron para ti. Para lo que no encuentras respuesta, esto te pondrá en el «camino» de nuevo.

El detective se quedó con el papel en la mano, en la verja de la entrada viendo cómo el polvo del camino se levantaba a medida que la berlina oscura se alejaba.

Abri ó la nota:

L iber Maior Ordinis Confraternitatis Viae

Compilado por Fray Jean Rous de Vichy. 1391.