El Códice de Gaueko Interludio III. — Argiaren atea
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Interludio III. — Argiaren atea

Interludio III .

Argiaren atea

El encapuchado observó a la mujer desde la penumbra, agazapado. Ella caminaba sola, una joven italiana despistada y con el paso cansado ya. Se le había hecho demasiado tarde. Los albergues cerrados, la única opción era llegar a Puente la Reina y dormir en un hotel.

La luna llena y el cielo estrellado dibujaban un paisaje celestial cuanto menos abrumador en los muros octogonales de Santa María de Eunate. El cruce de caminos. Las cien puertas. El límite de la luz, el límite de la oscuridad.

La peregrina se detuvo en un banco de piedra en la entrada a tomar aire y a descansar de los hombros el peso de la mochila. Era la única del lugar, demasiado alejada del tránsito pensó, pero ya era demasiado tarde, había estado demasiado confiada.

El encapuchado la tenía vigilada desde el desvío. Si no hubiera sido ella habrí a improvisado, presum ía que la oscuridad le proveerí a de incautos. É l salió de la oscuridad, ella escuchó algo, y su mirada se dirigió hacia unas sombras.

—¿ Hola? —preguntó con un tono nervioso—. ¿Hay alguien ahí ?

El encapuchado no contestó. Nadie contestó. Solo se limitó a caminar hacia ella. Despacio. Con la seguridad de quien no falla, de quien no se retira, de quien va a llegar hasta el final.

La mujer retrocedió un paso. Luego otro.

—Estoy… esperando a mi grupo que viene detrás —mintió ella, tartamudeando con su acento italiano.

Siempre mentían. Siempre tarde. No pueden parar lo inevitable. Ella se quedó contra una de las paredes, sin escapatoria.

El encapuchado, con una rapidez adiestrada, lanzó su mano derecha y la agarró del cuello presionándola contra la pared, mientras con la mano izquierda sacaba una aguja hipod é rmica.

Ella gritó tardé, cuando la aguja ya entró en su cuello.

El extraño la sostuvo durante unos segundos antes de que cayera al suelo.

El líquido hizo efecto rápido: músculos bloqueados, pero los ojos abiertos y la mente consciente.

No se trataba solo de dominar. El cometido era otro.

Ella debía ser la receptora, la que viera salir la luz… y entrar la oscuridad.

La arrastró hasta la sombra del pórtico norte y allí la dejó recostada, respirando como un cachorro asustado. Por la postura, parecía más un muñeco de trapo que una persona. El encapuchado, al menos, así la ve í a. Se inclin ó junto a su oído y le susurró:

— Ez zaitez itzali. (No te apagues).

La pupila de la peregrina se contrajo; el miedo se incrustó en su expresión inerte.

El asesino sonrió mientras le cubría la boca con una cinta oscura.

Dentro de Eunate, sus pasos resonaron como gotas en una caverna.

La acústica parecía sobrenatural. Perfecta para su propó sito.

Cruz ó la puerta lateral y entró en la nave central.

La luz de la luna se filtraba por los orificios geom é tricos del á bside, formando una gu ía que parecía unirlos con un punto en el exterior.

Justo allí se había preparado un altar. No uno sagrado, sino una pira de madera dispuesta para encenderse.

En un lateral, Claire estaba sentada contra una columna, sujeta por unas correas finas a la piedra. Semiconsciente, respiraba rá pido.

La sombra se acercó a ella, con paso firme y confiado.

—Ya está todo listo —murmuró—. Podemos continuar y traer la tercera piedra de luz.

Claire alz ó la cabeza. Su mirada temblaba. Los fármacos distorsionaban voces, lugares, tiempos. Su mente era un caos quebrado.

—Tú… —susurró—. Tú eres…

El encapuchado apoyó un dedo enguantado en sus labios. Ella tembló.

—Shh. Aún no. Primero… Gaueko.

Claire cerr ó los puños, aunque apenas tenía fuerzas. Intentó hablar, pero la lengua le sabía a sueños… y a metal.

El encapuchado se agachó a su altura.

—Siempre has querido entender, Claire —susurró—. Pero la verdad duele solo hasta que brilla.

Ella intentó enfocar su rostro, pero la capucha era una sombra borrosa. Ya no sabía qué era lo que sus ojos veían, si la figura distorsionada de un extraño… o era ella misma reflejada en é l.

—¿Cuántas quedan? —preguntó con esfuerzo.

El encapuchado ladeó la cabeza, como sopesando cuánta información merecía una condenada que aún respiraba.

—Despu é s de esta… solo dos.

Claire apret ó los ojos, como si un dolor de cabeza pudiera abrir un resquicio en el tiempo. Se hundió en su mente, intentando recordar, viajar atrás, entender. Y en esa profundidad surgió una duda, afilada como un relámpago antes del trueno.

«¿Y si he sido yo? ¿Y si este ritual es mí o? ¿Y si me escondí… de mí misma? ».

Un sollozo se escap ó de su garganta. No sabía si era miedo, droga…

o reconocimiento. Miró a su captor y se convenció de ver su propio rostro en é l justo antes de perder el conocimiento.

El encapuchado extrajo un pequeño estuche acolchado.

Dentro estaban las dos piedras de luz que ya habí a creado.

Quedaban dos huecos. Las alineó frente a Claire y la trajo de la inconsciencia con unos leves bofetones.

—Ehh, despierta, ¿no habías preguntado? — Con una mano le apret ó y zarandeó la cara —. La primera piedra fue oeste, Aralar; la segunda, norte, Roncesvalles… La tercera es hoy: sur, Eunate.

Dirigió entonces la mirada a la peregrina que aún permanecía en el pó rtico. Apenas respiraba.

Sac ó un cuaderno repleto de diagramas, notas, fechas, lugares.

—Esto es un asesinato ritual… debes parar ya… — jade ó Claire, medio despierta—. No… no estás purificando nada. No has entendido nada del códice.

La sombra la miró con un afecto retorcido.

—¿Asesinato? Es algo más antiguo que la ley de ahora. Gauekoaren Legea . La ley de los de la noche. Se puede atrapar la luz en las piedras, argi harri , Claire. En el manuscrito encontr é uno de los rituales para despertar a Gaueko. Y todo empieza creando las piedras de luz.

Claire sinti ó ná useas. Record ó lo que Martín mencionó una vez vagamente: piedras de luz como diamantes. Se refería a una tendencia actual en algunos países de Europa de un proceso funerario moderno que convertía las cenizas humanas en » diamantes memor ándum».

¿O lo había soñado? Su mente estaba en un estado febril, una pesadilla.

El encapuchado continuó , sereno:

—Somos mol é culas de polvo suspendido en un parpadeo universal. Yo solo… le doy prop ó sito.

Claire neg ó con la cabeza. El sudor le corría por el cuello.

—No eres Dios.

La m á scara se inclin ó , despacio.

—¿Dios? No. Soy solo la herramienta de Gaueko.

Se giró hacia la peregrina. La arrastró y la depositó sobre la pira.

Sacó un recipiente y vertió un líquido inflamable sobre la víctima.

Ella emitió un gemido ahogado tras la cinta.

Tenía los ojos muy abiertos, consciente de que la vida se le escapaba.

De que la única mentira posible era creer que aquello era solo una pesadilla.

Arrastró luego a Claire hasta la pared sur de la iglesia.

— Observa, ver ás el proceso — orden ó.

Encendi ó una antorcha, la tomó en sus manos y se acercó a la madera empapada de la pira. Se detuvo. Alzó la cabeza al cielo y comenzó a recitar cánticos en una lengua antigua. Los gritos mudos de la peregrina se apagaban mientras el fuego comenzaba a subir y la atrapaba.

El encapuchado se inclinó a sobre su oí do:

— Atea . Eres la puerta que abre. Eres el continente vaciado de luz, el recipiente donde entrará la sombra.

El calor subió con rapidez. Las llamas devoraron madera, carne, todo lo alcanzable. En menos de una hora, el cuerpo era un montón de restos calcinados. Claire fue obligada a mirar, pero finalmente cayó inconsciente, devorada por el horror.

El encapuchado había completado el ritual.

Sacó una pala de la furgoneta. Recogió una bolsa herm é tica y la llenó con los restos.

Luego cavó un hoyo profundo y se deshizo de cualquier vestigio.

Antes de cubrirlo, esparció cal viva y lejía.

Sabía que serí a suficiente. Termin ó la sepultura con tierra y algunas ramas.

En una roca cercana dejó una marca: Atea . Puerta.

Regres ó a la furgoneta. En el maletero, Claire seguía inconsciente y maniatada. Pensó que traerla había sido un error… pero creía que ella debía ver el ritual para comprenderlo.

—La semana que viene te quedarás de guardiana —murmuró.

Una hora despu é s estaban de nuevo en la guarida del encapuchado.

La noche aún no habí a terminado.

Faltaba la parte más importante: crear la tercera piedra de luz.

El coche se detuvo a la entrada de una parcela.

El lugar lejos de miradas indiscretas tenía más secretos que preguntas.

Una verja automática se abrió y el auto avanzó unos treinta metros m ás.

El encapuchado se bajó del asiento del conductor y arrastró a Claire por la entrada de la puerta del garaje bajando por unas escaleras hacia la estancia del sótano, donde estaba el laboratorio y el alojamiento para su invitada.

La dejó caer con cuidado y la volvió a encadenar como las anteriores veces. Ella soltó un leve murmullo:

— Para, Mart ín, esto no tiene sentido. —Y volvió a desvanecerse, la droga seguía con su efecto. El encapuchado la miró sin decir nada. Subió el interruptor general que alimentaba la iluminación. Aquel lugar tenía la luminosidad de un quirófano de operaciones.