El Códice de Gaueko Interludio III. — Argiaren atea #2
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Interludio III. — Argiaren atea #2

El laboratorio estaba en el sótano reformado del caserío antiguo.

La reforma se hizo a conciencia, quería disponer de un refugio y a la vez de una especie de búnker.

Un lugar tranquilo, autónomo de energía e independiente donde poder trabajar, la única entrada de luz era la de una claraboya especial.

En la parte central, una mesa metálica: frascos con sustancias turquesas y marrones, instrumentos de laboratorio clínico, dos mecheros Bunsen, un microscopio de precisión, otro doble de comparación, y demá s instrumentos de medici ó n.

Dos urnas de conservaci ón arqueológica climatizadas, incluso una cámara especial donde estaba el códice.

A un lado del laboratorio había una verja metá lica cortando la sala en dos.

Detr ás, un banco de trabajo: moldes de resina, recipientes de acero, y una pequeña prensa hidrá ulica de alta presi ón.

Con el destello de los focos Claire recuperó la consciencia y su mirada se dirigió hacia la parte donde estaban todos los instrumentos, y se fijó en una puerta metálica que parecía la de un horno crematorio al lado de la máquina de HPHT, y reconoció el prop ósito: se utiliza en la compactación de alta presión.

Era lo que Martín le había explicado y que guardaba relación con el tema de la creación de los » diamantes memorandum ».

Siguió con la mirada a una de las paredes donde habí a un panel de corcho: con fotograf ías ampliadas de la Mano de Irulegi, el códice, vocabulario utilizado para la traducción del mismo, diagramas de la espiral antisolar, » La espiral. La espiral», su mente creyó tener un momento de lucidez:

«¿Y si lo he hecho yo? ¿Y si esto solo me ayuda a recordarlo?».

Respiró hondo, intentando deshacer el nudo mental. Intentando tener claridad, intentando recordar. Pero los recuerdos se mezclaban con imágenes falsas como un fantasma haciendo un recorrido:

Ella subiendo Aralar hacia la ermita, ella en Roncesvalles, ella encendiendo el fuego en Eunate.

Una voz habló desde delante, sin necesidad de mirarla:

—No luches contra lo que sabes.

Claire trag ó saliva. No sab ía si la situación era real o continuaba bajo los efectos de los narcó ticos.

—¿ Qu é… s é ? —su voz estaba seca y rota.

—Que hay que completar las espirales, los ciclos.

La droga no anulaba su inteligencia. Solo la emborronaba. Y ella era brillante.

—Si la espiral se completa… —dijo Claire con esfuerzo— ¿qué… pasa… despu é s?

El encapuchado no respondió al instante.

Parecía emocionado con que ella formulara esa pregunta.

—Cuando la espiral se cierre —susurró— el mundo empezará a iluminarse por la verdadera luz.

Claire cerr ó los ojos. Notó las lágrimas salir pese a la sequedad que le quemaba la garganta.

» Esto no lo he soñado yo. Esto se le ocurrió a otra persona».

Ella solo había ayudado a la traducción, solo siguió pistas, habría descubierto las conexiones, el paralelismo con la iconografía preindoeuropea y la cultura protovascona.

Ella no inventó la espiral, ni la crux spiralata , ni el lauburu.

Ella no diseñó los sacrificios. ¿ O s í ?

La duda la asfixiaba otra vez. En encapuchado estaba sentado junto a la mesa.

Sacó la bolsa con las cenizas, la resina aromática de pino y la cal finí sima, casi negra.

Coloc ó cada ingrediente en el cuenco y comenzó a mezclarlos a partes iguales con la espátula metálica.

La mezcla resultó en una masa oscura y porosa que se pegaba ligeramente a las paredes del recipiente.

La tomó entre sus manos y empezó a moldearla con cuidado, como si fuese una arcilla sagrada. Y pronunció unas palabras, unas que Claire ya conocía: » Gaueko onartu argi-harri hau!».

Form ó una esfera irregular y, tras observarla un instante, la introdujo en el horno.

Despu é s de un tiempo prudencial de enfriamiento sostuvo la piedra entre sus manos. Su cara era la expresió n de aut é ntica locura llevada a t é rminos infinitos, con restos de orgullo. Cogió la piedra y la depositó en el tercer hueco de la caja y con la mirada se dirigió a ella:

—Un alma más cerca de la perfección.

Claire apret ó los dientes para no gritar.

— Est ás enfermo —fue lo único que logró pronunciar.

El encapuchado se acercó a ella. Apoyó la frente cubierta de tela en la suya:

—El mundo está enfermo, Claire. Yo soy la cura a trav é s de Gaueko.

El encapuchado dejó el estuche con las 3 piedras-luz sobre la mesa. Claire no pudo evitar fijarse en una pequeña etiqueta en el interior debajo de cada piedra:

01 — Gaur

02 — Argi

03 — Atea

Su pulso se aceleró.

—¿ Qu é… significan … esas palabras? —logró preguntar.

— Son verbos —respondió él, preparando otro vial—. Acciones. Una secuencia. La matriz que se regenera, el ciclo que termina y empieza de nuevo.

Claire lloró sin ruido.

—Yo… eso no lo escribí.

—No, eso es cierto. Lo descubriste — corrigi ó él, sin elevar la voz—. Has facilitado todo esto, querida.

Se acercó a ella con un gesto lento.

—¿Quieres ver algo hermoso, Claire?

Ella tembló.

— No.

El encapuchado sonrió. No porque se sintiera burlado… sino porque esa respuesta le parecía admirable.

Abri ó un cuaderno grueso y se lo puso delante. Claire reconoció parte del trazo, aunque no todos los símbolos: Formas espirales, arcos de rotación y anotaciones como: 20-21/06 — Solsticio » Eguzkiaren amaiera » . El fin del sol, el fin del ciclo.

La respiración de Claire se quebró. Ella nunca habría escrito eso. O… ¿sí ?

—Recuerdo… haber escrito… algo parecido… ¡No! No lo hice —dijo, más fuerte—. No lo hice.

El encapuchado acercó su rostro al suyo.

—Todo lo que niegas… es lo que más te pertenece. Eres parte del todo, Claire.

Claire levant ó la mirada.

—¿ Qu é… te hizo así ?

La sombra permaneció inmóvil un momento. La capucha ocultaba todo. Salvo una verdad:

—Todo pasa por algo. Mi fe es fuerte ahora, y todo esto me ha dado un propósito, una esperanza. Alguien me enseñó a ver.

La voz sonó calmada. Demasiado calmada para un asesino. Claire sintió algo peor que el miedo: El encapuchado está convencido de ser el bueno.

La bilis le subi ó al esófago.

—No…

El encapuchado interrumpió:

—Lo que nace del fuego se vuelve verdadero. Es la manera de purificación más antigua.

Claire lloró.

—Nadie merece eso.

É l neg ó suavemente, con gesto devoto.

—Todos merecemos eso. Pero solo algunos son elegidos para recordarlo. Solo queda que tú recuerdes para qu é empezaste esto.

Claire neg ó, ahogada en lá grimas.

—No… yo no…

La sombra se levantó y fue hacia una estantería. Cuando regresó llevaba un vial nuevo. El lí quido era transparente.

—Esto ayudará a que no te duela tanto… cuando la luz llegue al corazón.

Claire apret ó la mand íbula.

— ¡ No! ¡Para! Por el amor de Dios, termina con esta locura.

É l inclinó la cabeza.

Y por primera vez, la voz perdió la calma:

—Dios, ¿acaso ves a Dios por aquí ? É l no está, é l ya no escucha. —El aire atrapado en la aguja expulsó unas gotas del narcótico justo antes de que la punta penetrara la yugular y el efecto comenzara a propagarse, casi de inmediato.

El encapuchado apagó las luces. Solo quedó la l ámpara sobre la mesa iluminando el estuche con las tres piedras-luz… y el espacio vacío para una más. La sombra respiró hondo:

—Cuando entiendas qui é n soy… la espiral se habrá cerrado.

Y entonces, Claire perdió el conocimiento.