Capítulo X. — Lux in sanguine #3
Gabriel decidió no seguirlo de inmediato.
Había aprendido, con los añ os, que perseguir a Mart í n solo consegu ía que corriera más rá pido.
Un rato m ás tarde, Gabriel decidió ir a buscarle.
Otros hermanos le habían comentado que Martín andaba por la biblioteca vieja, en la zona del scriptorium , repasando pergaminos, o en la sala capitular revisando antiguos documentos.
Nadie lo había visto comer. Nadie lo había oído hablar.
La biblioteca antigua era uno de los sitios má s ic ónicos de la abadía, junto con la cripta.
El aire tenía un olor húmedo, mezclado con polvo viejo, cera derretida y tinta seca.
La luz entraba en haces finos que parecían líneas de tiempo suspendidas.
Gabriel avanzó entre las estanterías hasta llegar al fondo de la sala, al scriptorium , donde algunos documentos de archivo e incunables estaban guardados bajo llave.
All í lo encontró.
Mart ín estaba sentado en el suelo, rodeado de libros, cuadernos y papeles, como si intentara reconstruir un rompecabezas que solo é l podía ver.
Tenía el cabello revuelto, los nudillos aún inflamados, y los ojos rojos, no por el alcohol, sino por la vigilia prolongada.
Llevaba más de un día sin apenas dormir, y con poco sustento en el cuerpo.
Gabriel se detuvo a dos pasos de é l.
—¿ Qu é estás buscando? —preguntó en voz baja.
Mart ín tardó unos segundos en responder.
—Una conexión.
—¿ Entre qué ?
—Entre lo que Claire estaba estudiando y buscando, y lo que está pasando ahora.
—Nada » está pasando ahora» — intent ó suavizar Gabriel.
Mart í n levant ó la mirada, y en ella había una mezcla peligrosa de lucidez y agotamiento.
—Claro que está pasando —dijo—. Solo que nadie quiere verlo.
Gabriel se agachó un poco para estar a su altura.
—Hijo, necesitas descansar y alimentarte. Estás obcecado y ahora mismo tienes el juicio nublado.
Mart í n apret ó la mand íbula.
—No estoy nublado. Estoy viendo por primera vez.
—¿ Qu é ?
Mart ín señaló con la barbilla uno de los cuadernos abiertos en el suelo. Era uno de los suyos.
Una espiral ocupaba casi toda la página.
—¿Sabes qu é es esto? —preguntó Mart ín.
—Sí —respondió Gabriel, aunque no deseaba entrar en ese terreno—. Es un símbolo antiguo. Muy antiguo. Como ya sabes, lo tenemos en algunos de los capiteles de las columnas de la abadía.
— Claire encontr ó la conexión de todo esto, se acercó demasiado. Y ahora ya no está.
El prior sintió un escalofrí o. La l ó gica de Mart ín no era una ló gica com ú n. Era una l ógica emocional, de supervivencia, de agotamiento extremo.
—Ella se fue —dijo Gabriel con calma—. No desapareció. Se marchó por voluntad propia. Posiblemente est é continuando su investigación en otro lugar. Y está el tema del robo del c ódice. Tampoco podemos descartar con certeza que no fuera Claire. Todo apunta a ella.
—¿ Est á s seguro?
Era una pregunta peligrosa.
Una pregunta que, si se respondía mal, abriría grietas irreparables.
Gabriel no respondi ó. Y ese silencio fue, para Martín, más elocuente que cualquier palabra. El joven recogió sus papeles con manos temblorosas.
—No puedo hablar contigo ahora —dijo—. No mientras creas que soy un peligro.
—Nunca dije eso.
—Pero lo piensas.
No esperó r é plica. Se levant ó y salió por el pasillo, dejando a Gabriel arrodillado entre los papeles, sintiendo que acababa de perder algo que llevaba añ os intentando sostener.
La noche empezaba a entrar lentamente por el monasterio.
El prior cenó apenas un poco de caldo, un trozo de pan y algo de embutido.
Luego volvió a la sacristía para revisar los documentos que un joven monje había ordenado ese día, entre ellos, algunos cuadernos de Martín que había encontrado en lugares donde no deberí an estar.
La sacristía estaba en penumbra, iluminada solo por una lámpara de mesa apoyada en el escritorio. Sobre la misma había un mapa de Navarra, y en los márgenes, anotaciones hechas con distintas tintas y distintas manos.
Uno de los jóvenes monjes apareció en la puerta, nervioso.
—Padre —dijo en voz baja—. Esto… creo que debería ver esto de nuevo.
Se acercó, dejó un cuaderno abierto frente al prior.
En la página había una especie de cruz curvada. Gabriel sintió una punzada en el estómago.
El monje continuó:
—Y… he encontrado esto en los márgenes. Creo que es letra de usted.
Era una anotación que é l mismo había hecho semanas atrás, cuando revisaban los documentos de Irulegi junto con Claire y Martí n:
» Secuencia antisolar.
Patró n repetido.
A estudiar».
El prior cerró los ojos.
—Esto no significa nada, hijo. Es más, todo esto se está desmadrando ya, está trayendo oscuridad a nuestros hermanos.
—¿Y si sí ? —preguntó el joven, tembloroso—. ¿Y si Martín es…?
—¡ Para! — le cort ó de repente sin dejarle terminar las palabras que sabía y no quería oír—. Mart ín ahora mismo necesita nuestra ayuda y comprensión. Es necesario que no siga por ese camino.
Fue entonces cuando se oyó un ruido suave en el pasillo. Un paso. Y el sonido de la puerta a medio abrir.
El monje se incorporó de la mesa y se giró hacia la entrada.
Mart ín estaba allí. De pie, en el umbral. El joven monje y el prior no sabían qué podría haber escuchado. Martín permanecía inmóvil, mirándolos, no tenía rabia en los ojos. Tenía decepción. Se acercó lentamente sin hacer ruido mientras caminaba por el parqu é .
—Así que este es el juicio —dijo, sin levantar la voz—. A mis espaldas. Con mis cuadernos.
Gabriel levantó las manos en un gesto pací fico.
— Mart ín, escucha… no es lo que crees.
—Te escuch é toda mi vida —lo interrumpió—. Y nunca te fall é . Ni una sola vez. Pero tú sí me fallaste hoy.
El joven monje retrocedió , intimidado.
Mart ín respiró hondo, intentando contener un temblor.
—No soy tu enemigo. No soy peligroso para los hermanos. Pero estáis empezando a verme así.
Gabriel se levantó de la silla y dio un paso hacia é l.
Mart ín dio un paso atrá s.
—No lo entiendes —dijo—. Si dejo esto ahora… si dejo de buscar… nadie más lo hará. Y entonces… ya será tarde.
—¿ Tarde para qu é ? —susurró el prior.
—Para detener lo que viene.
Y con eso, se dio la vuelta y salió.
El prior le pidió al joven monje que le dejara solo y cerrara la puerta. Y así lo hizo.
Esa madrugada del 8 de junio, Gabriel no lograba dormir, Martín llevaba horas fuera de la abadía sin dar señ ales.
Sali ó de su celda y caminó por el claustro exterior, iluminado por la luz de la luna que entraba.
De manera aleatoria surgían ráfagas de viento que parecían trasmitir mensajes que se disipaban por el corredor hacía el embalse.
Subió de nuevo a su estancia y miró por la ventana antes de acostarse.
Vio una figura a la entrada del monasterio, inmó vil e indecisa.
Era Mart ín. » Siempre vuelve, solo necesita su tiempo», susurró mientras encendía una vela.
Y antes de volver a la cama a dormir, rezó una plegaría para Bernard y su descanso merecido; para Jon, que encontrara lo que busca; y para Martín, que regresase siempre al camino.