El Códice de Gaueko Capítulo X. — Lux in sanguine #2
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Capítulo X. — Lux in sanguine #2

El sol se iba agachando por el horizonte cuando llegó.

El local parecía uno de esos lugares en los que el tiempo había decidido no avanzar.

Parecí a casi anacr ónico, fotos antiguas, decoración de lo más variopinta, trofeos de caza, trofeos de pesca, incluso una máquina expendedora de esas que por una moneda te dan una lata de frutos secos o de gominolas; una televisión emitiendo un partido de fútbol sin sonido, un puñado de hombres, presumiblemente vecinos, que bebían sin prisa ni propó sito.

Mart í n entr ó y se sentó en un taburete al final de la barra.

A su espalda había una mesa ocupada por dos hombres vestidos con dos buzos blancos, manchados por la faena de la pintura.

Con ellos dos, una mujer más arreglada bebiendo una copa de vino blanco.

Le llamó la atención la cantidad de botellines de cervezas terminados. Rondaban la docena.

Llamó al camarero y le pidió un vaso de agua con hielo y un whisky solo.

Cogió el trago y con firmeza y rapidez lo vací o de seguido.

Pidi ó otro. El vaso de agua seguía con el mismo contenido.

Y la discusión de la mesa trasera ganaba decibelios.

Pero apenas prestaba atención al entorno.

Estaba buscando cicatrizar una herida con la peor de las curas, la soledad, mezclada con la rabia y la mochila del pasado.

No quería emborracharse, no quería perder el control, siempre supo dónde estaba el límite de todo, o de casi todo.

El camarero le llegó a servir dos medidas m ás.

Los hielos del vaso de agua todaví a segu ían casi enteros.

Llevaba cuatro rondas y su dolor seguía con él, como la sombra.

Iba a pedir la quinta. Fue entonces cuando escuchó la palabra.

Apenas un murmullo desde una mesa cercana:

—…puta…

La palabra explotó en su cabeza como una chispa en un depósito de gasolina.

No era por la mujer aludida. Era por el recuerdo que significaba para é l, por lo que había pasado, por lo que había vivido, por todo lo que le habían arrebatado.

Fue un instante efímero, esa palabra le llevó al pasado, a su casa, a escuchar los golpes que su padre le propinaba a su madre, los insultos y las humillaciones que escuchada.

Recordaba cómo su madre siempre le sonreí a cada ma ñana habi é ndose escondido los moratones de la paliza de la noche anterior.

Porque no tuvo valor para pararlo, solo el oído para escuchar y la memoria para no olvidar.

Fue esa palabra, » puta», la que hizo que su cuerpo reaccionara.

Bebió de un golpe el vaso de agua y se dirigió a la pareja, encarando al hombre.

— Pide perd ón —dijo, con una voz que pedía acostar al niño y despertar al hombre.

Los hombres se levantaron, riendo primero, empujándolo despu é s.

El laico no pensó, actuó. El primer golpe fue rápido, directo y habría bastado.

El segundo, brutal. El tercero, innecesario.

El cuarto, inevitable. Cuando finalmente lo separaron, uno de los hombres estaba inconsciente y el otro respiraba como si el aire fuera un enemigo.

La camarera lloraba de espaldas, y Martí n ten ía los nudillos abiertos convertidos en una masa hinchada y sangrante.

Todo se resolvió en unos pocos segundos.

La patrulla de la guardia civil llegó rápido, en apenas unos minutos.

Martín les estaba esperando en la entrada del bar.

No opuso resistencia, tampoco habló. Se fue con la pareja de la patrulla al cuartel de Yesa.

Gabriel recibió la llamada al final de la madrugada del 7 de junio. Apenas llevaba dormido seis horas cuando el tel é fono vibr ó.

La voz del agente fue directa:

—Tenemos a un joven… Mart ín Erro. Altercado con dos hombres. Uno grave. É l nos ha pedido que lo llamemos.

Gabriel sintió un peso en el pecho. No de sorpresa, sino de confirmación, de malestar. El aleteo de la mariposa terminó de nuevo en un tsunami. Salió del monasterio sin despertar a nadie, condujo hasta el cuartel. Al entrar lo llevaron a la sala de contención.

Mart ín estaba sentado en un camastro metálico, sin almohada, sin colchón.

Gabriel le mir ó con los ojos de un padre que acaba de ver su fracaso como guía y tutor. Una vez má s. Le mir ó sin mediar palabra. Dentro de la celda parecía más joven que nunca y a la vez tan vulnerable por fuera como roto por dentro.

—¿Por qu é no me llamaste? —preguntó Gabriel apenas entr ó.

Mart í n levant ó la cabeza, y con cierta vergüenza por lo ocurrido contestó:

—Te iba a llamar. Primero intent é hablar con Jon. Pero nada

—Tiene el mó vil apagado.

El joven cerró los ojos un instante, conteniendo algo que no sabí a expresar.

— Lo s é .

Gabriel se acercó y le colocó la mano sobre la cabeza, con un gesto de amor y compasión.

No habló durante unos segundos. No había que decir nada todaví a.

—¿Fue por Bernard? —preguntó, con cuidado.

Mart í n neg ó lentamente.

—No. La pelea… la pelea fue por mí. Por lo que fui. Por lo que nunca dejo de ser. Pero… — trag ó saliva— …Bernard no debía haberse ido así.

El silencio que siguió era el de dos personas que sabían demasiado sobre p é rdidas.

—Bernard ahora descansa. Su luz llegó al final del camino. Ven —dijo Gabriel al fin— . Vamos a casa.

Un agente entró y se dirigió a Gabriel:

—Todavía no pueden marchar, al menos é l no. Tenemos que esperar a que tengamos los testimonios de todos en las diligencias y saber si las otras partes quieren denunciar.

—¿Cuándo podrá ser eso? —preguntó el prior.

—Padre, no sabría decirle con seguridad, pero probablemente sean todavía varias las horas. Lo mejor es que usted se vaya y el descanse aquí.

El guardia cerró la puerta. Gabriel se despidió de Mart ín.

—Hijo, en cuanto reciba la llamada vengo a por ti. Descuida, esto quedará aquí.

Fue despu é s de la sobremesa cuando el prior tuvo la llamada con la autorizació n de poder recoger al laico.

Puesto en libertad a la espera del juicio.

La vuelta a Leyre, pese a la corta distancia, fue larga y muda.

Mart ín miraba por la ventanilla como si buscara una señ al.

Gabriel conduc ía con la sensación de que cada kilómetro lo llevaba hacia un desorden má s profundo. Hab ía un caos en continuo crecimiento.

Cuando llegaron al monasterio, el prior lo acompañó a su celda.

Hacía tiempo que Gabriel no entraba por la puerta a la estancia de Martín.

Y cuando bajó las dos escaleras y pudo ver la habitación su mundo se detuvo.

No había ningún orden, la cama desecha, el armario abierto, mapas con anotaciones pegadas en las paredes, fotocopias del códice por el suelo, cuadernos abiertos, hojas con las anotaciones de Claire, dibujos de simbología variada.

Conexiones entre lugares marcadas con líneas que parecían rutas antiguas o patrones rituales.

Era un caos, pero un caos con lógica propia, pero eso no era lo que compartía Gabriel.

A su juicio, todo eso se le estaba yendo de las manos, había algo obsesivo, peligroso, » cuanto menos preocupante», pensó.

Gabriel recogió uno de los cuadernos. Abrió una p ágina al azar. Y empezó a leer:

» Secuencia antisolar». « Claire ten ía razón». « Bernard lo sab í a». «Jon debe verlo». «Piedras de Luz».

— Mart ín… —susurró Gabriel —, ¿qu é es todo esto?

El joven respiró como si cargara un peso imposible de soportar.

—Estoy intentando entender —dijo al fin—. Claire estaba cerca. Tan cerca… antes de desaparecer. No pod ía dejarlo. No puedo dejarlo.

—¿Dejar qu é ?

Mart ín lo miró entonces, y en sus ojos había un brillo inquietante, mezcla de lucidez y oscuro abismo.

—Lo que intentan despertar —dijo—. Es más peligroso de lo que pensá bamos. Debo irme, Jon estar á a punto de regresar. Le llam é antes de que vinieras a recogerme al cuartel, y me dijo que estarí a para última hora de la tarde noche.

Gabriel realmente estaba absorto por la situación, por el rumbo que estaba tomando la vida de su pupilo.

Ahora sentía que ese tren iba a tomar otro rumbo en el mejor de los casos, aunque por los últimos incidentes parecía más bien que fuera a descarrilar y llevarse por delante todo lo que se encontrara.

Por primera vez, sintió miedo, no del mundo ni de las sombras exteriores, sino de haber rescatado, educado y querido a alguien que estaba mirando directamente hacia un peligro que é l no pod ía nombrar.

Recordó un pasaje de un libro de Nietzsche » si miras directamente al abismo, el abismo te mira directamente a ti».

La tarde del 7 de junio cayó en Leyre envuelta en una especia de calma, la típica que huele a la humedad previa a la tormenta.

La rutina vespertina siguió su curso en el monasterio.

Las labores comunes siempre son antes que las particulares, eso era uno de los pilares que mantenía en pie la vida monacal.

El prior había pasado las últimas horas vigilando de reojo a Martín, temiendo que el laico, en algún momento, volviera a explotar, la culpa siempre le hacía mella despu é s de este tipo de altercados.

Los monstruos internos, cada vez se hacían más fuertes, como si parecieran indicarle los caminos a seguir.

Gabriel sabía que Martín llevaba tiempo con esa lucha.

Una batalla que tendría como resultado un Martín comprensible, empático y objetivo, o un Martín que sería juez, jurado y ejecutor.

Mart ín asistió al rezo del ángelus, aunque su presencia física estaba allí, en el banco, quieto, obediente, la inquietud de su mente era otra cosa.

Cada vez que Gabriel intentaba cruzar su mirada con la del muchacho, lo encontraba lejos, con la mirada perdida.

Cuando terminaron los rezos y los monjes se dispersaron, Martín salió del templo sin decir una sola palabra.

Tampoco volvió a su celda ni al comedor.

Simplemente desapareció por uno de los corredores laterales, como una sombra que conoce los pasadizos del monasterio mejor que cualquier mapa.