Capítulo X. — Lux in sanguine
Cap í tulo X .
Lux in sanguine
Había esperado más de lo que debía, se decía a sí mismo, aunque, en realidad, buscaba retrasar el momento inevitable.
Desde que recibió la llamada en la madrugada, no había encontrado un instante de paz.
Fray Bernard había muerto en Cluny. Un infarto, dijeron.
Rápido. Aunque fue provocado por el colapso sistemático del sistema respiratorio a consecuencia de algo más grave y con un nombre que suena a tabú.
Cáncer. Aunque en algunas conversaciones que había tenido con su » antiguo hermano» le había reflejado algún que otro achaque, pero sin más importancia.
Para Gabriel aquello no era consuelo, la ausencia de un hombre como Bernard siempre dejaba huecos demasiado hondos, muchos recuerdos y momentos compartidos, sobre todo cuando fueron » llamados a la luz del camino».
Se detuvo frente al ventanal más amplio. Con la mirada perdida puesta en un pinar lejano, recordaba la llamada que había recibido desde Cluny horas antes. El padre prior de allí, personalmente, se había puesto en contacto de manera formal, y antes de la noticia Gabriel ya notó el peso de la misma:
— Prior Gabriel … s é que no es fácil llamar a estas horas. El hermano Bernard… ha partido esta noche, su luz nos ha dejado. Se que estaban unidos de alguna manera más especial. Tambi é n se ha llamado a su sobrino Jon para que acuda a la despedida.
Gabriel agradeció la llamada y el respeto mostrado por su homólogo.
Se despidieron cort é smente y ambos continuaron con sus responsabilidades.
Antes de salir de su celda rezó por su hermano.
Sabía que tenía que llamar a Jon para presentarles sus condolencias, pero fue una labor que pospuso hasta la hora del á ngelus.
Finalmente bajó la mirada a su mano y cogió el tel é fono m óvil marcando el nú mero de Jon.
El tono son ó tres veces. Despu é s, el buzón de voz.
Gabriel cerró los ojos, respiró hondo, y habló con la calma ritual que le habí an ense ñ ado d é cadas atr á s.
—Jon, soy Gabriel. Mi má s sentido p é same.
S é que no es momento para palabras largas, pero…
hay asuntos que te conciernen y guardan relación contigo, con Fray Bernard y con la Orden.
Cuando vuelvas a Navarra y la calma vuelva a nosotros, tenemos que hablar.
— Colg ó con cierta mezcla de tristeza y la alegría de quitarse un peso de encima, » el final de un camino, siempre es el inicio de otro, la luz nos guía» mencionó mientras dejaba el tel é fono en el bolsillo del hábito para dejarlo de nuevo en el despacho.
Su despacho era un lugar peculiar, su olor resultaba ser una amalgama de la cera derretida, de incienso quemado y las encuadernaciones de piel de los incunables que é l mismo se encargaba de restaurar.
Sobre la mesa reposaba la pequeña caja de madera tallada que Bernard le había hecho llegar apenas una semana antes. La había tenido guardada bajo llave, como é l le pidió . Bernard hab ía sido claro:
» Cuando yo falte, esto debe llegar a Jon. Ni antes ni despu é s. Es para cuando el Camino lo llame».
La caja tenía distintos dibujos en relieve, el que más destacaba, sin duda, era el de una oca en el centro de la tapa.
Gabriel sab ía qué contenía, ya había visto esas cajas mucho antes, añ os antes. La tom ó entre las manos.
La madera estaba fría, y el sello de cordel oscuro seguí a intacto.
—Bernard, viejo amigo… —murmuró—. ¿Por qu é ahora? ¿Por qu é así ?
Se sent ó. Y encendió una vela blanca que colocó entre la caja de madera y un marco de fotos en la que aparecían dos mozos jóvenes compartiendo un bocadillo en el borde de un acantilado, al lado aparecía media estructura de un faro.
Murmuró una última plegaria y al final de esta añadió: » lux in v í a, lux in sanguine, amigo ».
A lo largo de la mañana, cumplió con sus obligaciones con la disciplina que los años le habí an formado. Inform ó a los hermanos. Escribió al abad de Cluny. Revisó el misal. Dio indicaciones para la vigilia. Pero cada vez que pasaba por un pasillo solitario, una imagen volví a a é l:
La caja, la llave que aún no había visto, y la idea silenciosa de que Jon debía heredar algo que é l ya no podí a custodiar.
Y tambi é n volvía otra imagen: Martín.
El niño que había rescatado del orfanato.
El joven que habí a intentado enderezar e instruir.
La chispa que pod ía iluminar a la oscuridad…
o hacer arder un bosque. Pensar en él le provoc ó un nudo en el estómago, un mal presagio.
Desde hacía tiempo la relació n con Mart ín se había enfriado, distanciando tal vez.
Martín ya no era ese crío que necesitaba protección, ni amparo, ni mucho menos un mentor o guía, é l ya no escuchaba, actuaba por impulsos.
Incluso su labor dentro de la Hermandad se habí a alejado.
Mart ín era un hermano, sí, pero laico, nunca llegó a ser juramentado.
Y aunque vistiera el há bito no podr ía llegar a más.
Sabía que el equilibrio ya era frágil. Y que Bernard había sido uno de los pocos que lograban mantener a flote el mundo oculto de la Hermandad.
Sin Bernard, todos quedaban expuestos.
Esa tarde, mientras caminaba por el claustro, Gabriel sintió que el silencio del monasterio ten í a un eco diferente.
Como si una tensi ón invisible se hubiera instalado entre las piedras.
No sabía aún qu é forma adoptar ía el desorden, pero sí barruntaba dónde empezarí a a manifestarse.
Lo intu ía antes incluso de que ocurriera porque conocí a a Mart ín mejor que nadie.
Y aunque todavía era pronto para adivinar la magnitud del aleteo de aquella mariposa, intuía que la muerte de Bernard no había sido solo el final de una vida.
Había sido la apertura de una puerta que una vez abierta, ya no podría cerrarse.
La noticia de la muerte de Bernard cayó sobre el monasterio como una losa silenciosa.
Nadie lloró abiertamente durante las primeras horas; en lugares como Leyre, los hermanos ya conocían cual era el final del camino, y si este había sido recorrido en paz, el final era en paz.
Pero Gabriel sabía que habría dos personas que no podrían contenerlo de esa manera: Jon… y Martín.
Jon aún no había escuchado su mensaje, seguía con el tel é fono apagado.
Pero Martín sí lo sabí a.
Se lo habían comunicado cuando volvió de la rectoría de la universidad, de forma torpe, casi arrastrando las palabras.
Y é l hab ía reaccionado como reaccionaba siempre, sin la serenidad que la Orden procuraba instruir, buscando culpables cuando no los hay, metiendo una piedra más en la mochila que llevaba cargando desde el orfanato.
A media tarde, Gabriel ya había preguntado dos veces por é l.
» Ha salido a despejarse», le dijeron.
Era una frase suave que intentaba ocultar una realidad más tensa: Martí n hab ía salido del monasterio sin rumbo y sin intención de volver pronto.
La tarde transcurrió intranquila, como en la sala de espera de un hospital, esperando a que viniera el doctor con la misiva.
El ambiente alrededor de Gabriel se volv ía má s tenso, preocupante.
Intent ó centrarse en las tareas del monasterio, pero la mente regresaba, constantemente, al mismo pensamiento recurrente vivido en ocasiones anteriores: » Dónde está s, Mart ín».
Mientras tanto, Martín avanzaba por la arboleda que bordeaba la carretera hacia Yesa con las manos en los bolsillos y el cuello del abrigo levantado.
No hacía frío, pero necesitaba esa sensación de encierro, de protección contra un mundo que siempre le abandonaba.
El anuncio de la muerte de Bernard no le había producido lágrimas, ni gritos, ni rabia.
Le había producido algo mucho más devastador: un desgarro en el alma, un vacío.
Como si alguien hubiera apagado la luz de una habitación en la que llevaba años sosteni é ndose a oscuras.
El trato que tenía con Bernard había sido siempre enriquecedor, siempre había apreciado sus consejos.
Jon desconocía esa relación. » Jon desconocía muchas cosas», pensó .
Bernard hab ía sido muchas cosas en su vida: un guía, un corrector, un juez silencioso, un respiro.
Nunca suave, nunca afectuoso de forma evidente, pero sí firme, presente, estable.
Su ausencia sabía que le marcarí a. Mart ín recordó que gracias a su ayuda pudo doctorarse y poder compaginar la docencia con la Orden.
Le estaría eternamente agradecido. Pero algo que le dolía aún más fue enterarse de esa manera por parte del prior.
Eso le enfadó mucho. Le generó una rabia que no conseguía mitigar.
Mart ín sacó el m ó vil. Ten ía una necesidad urgente de oír una voz que entendiera esa p é rdida, de contarle muchas cosas.
Marcó el n úmero de Jon varias veces, sin respuesta, salvo la del buzón de voz del tel é fono. En el último intento dejó un mensaje:
—Jon… soy yo. Me habría gustado estar contigo y acompañarte en tu dolor, si escuchas esto, llámame. Necesito hablar contigo. Es importante. — Guard ó el tel é fono y siguió andando.
La carretera hacia Yesa apareció de pronto entre los árboles, como una brújula que le indicaba la dirección.
Una que ya conocía. En ese sitio podrí a ser é l, sin dar explicaciones, sin preguntas, donde por unas horas, no sería el joven que había aprendido a contener su rabia, sino el que habría sobrevivido a ella.
El bar de la entrada del pueblo, era un lugar de paso para muchos, pescadores, senderistas, deportistas, moteros, turistas y un lugar de reunión para los propios vecinos.