Capítulo IX. — La sombra del guardián #4
Mart ín lo miró, y no hizo falta que respondiera.
Regresaron a Pamplona casi al anochecer.
El viaje de vuelta fue una sucesión de silencios, la mayoría incomodos.
Cada uno repasaba mentalmente los lugares, los símbolos, los mensajes sueltos: Gaur, Izan, Ez .
Era la expresión de un idioma que todavía no entendían.
Y casi con la seguridad de que el único sitio acertado hasta ahora era Aralar.
Itziar los esperaba en su despacho del museo. Tenía el pelo suelto y los ojos cansados.
—¿ Nada? —preguntó.
Jon neg ó.
—Solo indicios. No hay nada que no acerque a Claire o al manuscrito. No sabemos si lo que hemos encontrado es vandalismo o qué es. Posiblemente desaliento.
Mart ín dejó caer una carpeta sobre la mesa.
—Y un patró n que no existe. O no conseguimos ver.
Itziar lo miró, exhausta.
—Entonces es peor.
—¿Por qu é ? —preguntó Jon.
—Porque si no hay patrón… —respondió ella —… no hay lógica. Y si no hay ló gica, no podemos anticipar nada.
Se hizo un silencio largo.
Itziar lo rompió al fin.
—Anoche me llamaron. Mi amigo, el que os hable de la Policía Foral, me ha informado que en Puente la Reina había habido una desaparición más.
De otro peregrino, no me pudo dar más datos.
Pero los agentes estuvieron por las inmediaciones y no encontraron ningún vestigio o rastro.
Ni restos que implicara la actuación de forenses.
Jon sinti ó cómo se le erizaba la piel. Mart ín lo miró sin decirlo, pero ambos pensaron lo mismo: otra vez.
Itziar dejó un papel sobre la mesa. Era la copia de la transcripción de una denuncia vecinal.
—Hay algo más. Se habló de un posible acto vandá lico, o quiz á de algunos chavales de la zona…
—Hizo una breve pausa antes de continuar—.
Un vecino que pasaba por Eunate dijo haber visto luces la noche del 7 de junio.
Pensó que sería un rodaje de una película, o un grupo de adolescentes haciendo botellón incluso. Nadie fue a comprobarlo.
El nombre » Eunate» quedó suspendido en el aire.
Mart ín fue el primero en reaccionar.
—Tenemos que ir ahí. Ese es un lugar por el que Claire mostró inter é s más de una vez.
—Pero ¿Eunate que tendría que ver con esto? —preguntó Jon.
Mart ín se acercó a la ventana del despacho de Itziar y bajó la persiana con un gesto lento, casi ritual.
La luz quedó atrapada en tiras oblicuas sobre la pared, parecía que quisiera más discreción para el monólogo que vendría a continuación.
Se volvió hacia ella y, como si necesitara un instante para ordenar siglos de historia en una sola frase, suspiró profundamente antes de hablar.
—Eunate… Cien puertas. — Alz ó apenas la mirada, buscando el peso real de aquellas palabras—.
Pero ahora s é que es mucho más. No son puertas físicas, o una alegoría a sus arcos.
Es un lugar donde los caminos se cruzan, donde las decisiones que tomamos abren sendas que no siempre comprendemos.
Un punto de unión entre mundos: el de la luz y el de la oscuridad… y, por supuesto, el dominio de Gaueko.
Hizo una pausa, como si en ese silencio reverberara el eco de algo antiguo.
— Le conté a Claire la traducci ón que interpretamos del có dice — continu ó—.
Aquella frase que decía que, en la claridad de la luna llena, cuando las esquinas de los caminos convergen, la oscuridad renace de las sombras más hondas y Gaueko encuentra la brecha para abrirse paso.
Ahora entiendo que hablaba de Eunate… del instante en que sus » cien puertas» no son metáfora, sino un umbral real.
Un lugar donde la noche respira y descansa antes que en cualquier otro sitio.
Itziar entornó los ojos, como haciendo memoria.
—Ya recibí tu correo con esa idea de Eunate, Martín. —Su voz tenía un matiz cansado, como si todo aquello la hubiera sobrepasado—. Pero fue Ane quien tomó esas partes del trabajo. Yo… me desentend í un poco.
Se quit ó las gafas y se masajeó el entrecejo con movimientos lentos, intentando despejar una presión que parecía más emocional que fí sica.
Mart ín frunció el ce ñ o.
—¿Y cómo está Ane? Hace tiempo que no sé de ella.
Itziar dudó un instante, valorando cuá nto decir.
—Tiene altibajos —suspiró—. Hay días en los que viene al museo y se queda horas y horas.
A veces incluso se ha quedado dormida allí, obsesionada con avanzar.
Y luego lo paga. Hay jornadas en las que no aparece porque las jaquecas la dejan tirada.
— Le tembl ó apenas la voz antes de añadir—: Pero…
creo que está más enferma de lo que quiere admitir. Mucho má s.
Mart ín recogió las notas sin mirarlas siquiera. Miró a Jon y despidi é ndose de Itziar y de é l acordaron ir al día siguiente a ver qué se encontraban en Eunate. Salieron juntos, sin más palabras.
Fuera, el cielo empezaba a ponerse rojo sobre la ciudad. Mientras se alejaban por la calle, la luz del atardecer se fue apagando detrás de ellos.
Pamplona dormía tranquila, sin saber que el siguiente destino, el silencio del camino les iba a enseñar.