Capítulo IX. — La sombra del guardián #3
— No. — Mart í n neg ó—. Somos nosotros los que llegamos cuando é l quiere que lleguemos.
La frase se quedó en el coche. Jon miró por la ventanilla.
El paisaje hacia Monreal era de los campos que están a punto de terminar el ciclo del cultivo, preparándose para la llegada del verano y sus fiestas.
La carretera antigua era mucho más tranquila y lenta.
Algún ciclista en solitario, pero nada má s transitado.
—Despu é s de Monreal —dijo Jon— iremos a Iturrisa.
—Y luego a Zugarramurdi — complet ó Mart ín—. Quizá ese sea el lugar con más carga simbólica que podamos encontrar entre todas las anotación que tenemos.
—Sí.
—¿Y si no hay nada?
—Entonces los habremos descartado. Y eso tambi é n es trabajo, que esperemos nos acerque a la verdad.
Mart ín no dijo nada. A los pocos minutos, Jon lo vio apretar la mandíbula, con la misma tensión de la noche anterior.
No estaba enojado con Jon, ni con Itziar, ni con la policía.
Estaba enojado con una cosa más vieja. Con la sensación de que, por mucho que hiciera, siempre volvía al mismo punto: un callejón, alguien acorralado, é l sin poder detenerse a tiempo.
Jon lo dejó con sus pensamientos. É l ten ía los suyos propios: la pieza en el bolsillo, la frase de Bernard, la espiral que se repetía en lugares que no parecían tener que ver. Pensó en hablar con el prior Gabriel. Pensó en si, de verdad, podía confiar en todos los que conocí a.
Llegaron a Monreal cuando el pueblo estaba todaví a levant ándose. La ermita quedaba a las afueras, en una pequeña elevación. De cerca, era aún más sencilla que en la foto. Nada especial. Nadie diría que allí podía desaparecer una mujer. Y, sin embargo, allí estaban.
— Vamos a ver —dijo Jon, bajando del coche.
Mart ín lo siguió.
All í, frente a una puerta de madera sin forzar y en un lugar donde quizá hab ía ocurrido algo, era la ú nica forma que ten ían de seguir. Y que esa semana, aunque siguieran con pistas que no les llevaran a ningún lado, tambi é n era necesario descartar para acertar.
La puerta de la ermita estaba abierta. Mart ín la empujó con la punta de los dedos.
El interior olía a humedad, mezclada con cera e incienso.
Una hilera de bancos de madera con tallas y un altar de piedra sin adornos.
Nada más. Nada de las florituras acostumbradas de otros lugares.
Ni velas nuevas, ni flores, ni objetos fuera de lugar.
Jon caminó hasta el fondo. Se agachó. La tierra bajo el altar estaba removida, como si alguien hubiese hurgado allí con una rama.
—¿Ves esto? —preguntó.
Mart ín asintió.
—Demasiado reciente para ser de turistas. Demasiado limpio para ser de animales . — Mart í n pas ó el dedo y comprobó si podí an ser cenizas —. ¿Qué crees? ¿Cenizas hú medas? —murmuró—. ¿Como en Aralar tal vez?
—No lo creo, si te fijas no hay ningún círculo de piedras que acote una hoguera. Esto no es nada, algún tipo de residuo, posiblemente han vaciado aquí los restos de algún botafumeiro o incensario a la hora de limpiar —aseveró Jon.
Salieron al aire frío. Afuera, el sol ya subía, y el pueblo comenzaba su rutina.
Una mujer barría su portal. Un perro ladraba al cartero.
El panadero llegaba a la plaza y tocaba una serie de pitidos a modo de información para que los vecinos estuvieran advertidos de la presencia.
En general, la vida seguía, ignorando lo invisible.
—No hay rastro de nada realmente —dijo Jon.
—Ni lo habrá — replic ó Mart ín—. Este no es el lugar. Ni tampoco guarda una carga simbólica como las otras.
Mart í n se gir ó hacia la ermita, la miró desde fuera.
—Aquí no vamos a encontrar nada, salvo la tranquilidad del alma.
Volvieron al coche sin más palabras. Sabían que tení an que continuar e indagar m á s. Volver ían a Leyre, donde poder analizar sin prisa Monreal, y comprender si guarda o no relació n. Informar ían a Itziar tambi é n, para que estuviera al tanto de los movimientos y avances.
Dos días despu é s, Monreal se quedó en un callejón sin salida, apenas tenía relación con los vascones, con Irulegi, ni con Claire.
Decidieron poner rumbo al siguiente destino. Iturissa.
Despu é s de unos cincuenta minutos de conducción llegaron al antiguo asentamiento. Aparcaron el coche a la entrada del inicio de una ruta de senderismos de unos 10 km. Era un camino que sabía que tenían que hacer.
Nada más adentrarse por el bosque de hayedos y robledales llegaron a una casa, que estaba casi tragada por la naturaleza.
Ventanas sin cristal, muros cubiertos de musgo.
Un símbolo grabado en la piedra del dintel: una espiral incompleta.
Jon encendió la linterna. El haz de luz cortó el polvo que atravesaba la oscuridad.
En una mesa de piedra, marcas de cera, una vela derretida, una botella vací a.
Mart ín se inclinó y toc ó con los dedos el borde de la mesa.
—Velas negras. Ritual de protección. O de cierre. Incluso vandalismo juvenil.
—¿Y esto? — Jon se ñaló unas letras mal grabadas .
Mart ín se acercó má s.
—«Izan» —leyó—. Ser. En euskera. O solo la firma de alguien llamado así. —¿Tú crees que el mismo que estuvo en Irulegi pasó por aqu í ?
Mart ín no contestó enseguida .
—No. Pero alguien lo está imitando. O le est á dejando un camino trazado.
Fuera, los nubarrones negros se convirtieron en la única certeza del día, y del cielo empezaron a caer gotas grandes y frías, con rabia. El respiro soleado y veraniego había llegado a su fin.
Jon cerró la libreta y guardó las fotos.
—No hay nada má s que mirar.
—Sí lo hay —dijo Martín, saliendo primero—. Hay un patrón que aún no entendemos. Continuaremos la ruta, todavía hay más cosas que descartar o ver. Pero volvamos al coche.
Subieron al coche. La lluvia repicaba en el parabrisas, y el sonido los acompañó todo el camino de vuelta.
En la radio anunciaban la entrada de un temporal, con fuertes precipitaciones y vientos.
Esa noche ninguno habló. Ni de la espiral, ni de la palabra, ni de Claire.
Solo pensaban en lo mismo: en lo que no encajaba.
Pasaron dos días seguidos en los que ni la fuerte lluvia ni el viento aminoraron la estampa de la comunidad. Incluso en el tercer día del temporal se activó una alerta por las posibles inundaciones del río Arga, que por suerte no llegó a suceder.
Al d ía siguiente, Leyre amaneció con estampa casi veraniega.
Mart ín llamó a Jon por tel é fono para avisarle que a la mañ ana ten ía unas urgencias y trabajos pendientes de hacer.
Se había ausentado mucho tiempo de sus labores tanto acad é micas como en sus tareas del monasterio.
Le comentó que, a la tarde, a las seis, le recogería en la puerta del hotel y pondrían rumbo a Zugarramurdi.
Para antes de las siete de la tarde ya estaban en la entrada de las cuevas.
El aire en el interior olía a humedad rancia.
Martín advirtió a Jon que esa zona guardaba una climatología especial, » si hay un lugar donde la cultura vasca, folclore y misticismo se unen, es aquí.
Y su gente es conocedora y guardiana de ese legado», le comentó.
El guía turístico estaba cerrando la taquilla. El horario de visita habí a terminado. Les dej ó pasar con desgana.
— Cinco minutos —advirtió—. Luego cierro.
Caminaron hacia la cueva principal, las luces amarillas del camino que servía de guía parecían má s dé biles de lo normal.
Jon avanzó con la linterna encendida. Martín se adelantó unos pasos y se detuvo frente a un hueco lateral, una pequeña cavidad apartada del circuito.
En el suelo había ceniza y una línea blanca pintada con tiza formaba un cí rculo irregular.
Dentro, nada. Nada que le llamara la atenci ón salvo una palabra escrita con carbón en la roca: » Ez».
—No —tradujo Martín.
—¿Negación a qu é ?
—O tan solo vandalismo, Jon. Como en los últimos sitios visitados —afirmó con desgana.
Una alarma en el tel é fono alert ó a Jon de que los cinco minutos ya habían pasado. Y el 14 de junio empezaba a amenazar con llegar a su fin.
—Se está acabando el tiempo —dijo.