El Códice de Gaueko Capítulo IX. — La sombra del guardián #2
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Capítulo IX. — La sombra del guardián #2

—Como sab é is, en Irulegi no solo se encontró la famosa mano — continu ó ella —.

Hubo tambi é n una vasija sellada. Dentro, para nuestro asombro, un manuscrito con palabras antiguas escritas en protovascón, el origen primitivo del euskera.

Al principio lo llamamos tambi é n » el manuscrito de Irulegi».

Dentro había una tablilla con inscripciones dispuestas como un cántico.

Cuando se analizó y se tradujo, descubrimos que era un conjuro: una invocación a Gaueko, el señor de la noche en la mitología de los vascones.

Y cuando Claire empezó a interesarse, a colaborar en la investigación y en la traducción, tanto literal como…

—No entiendo qu é quieres decir con eso —la interrumpió Jon.

—Jon, hay que entender el contexto histó rico del manuscrito — intervino Mart ín—.

El manuscrito… bueno, luego lo empezaron a llamar el C ódice de Gaueko —Itziar asintió—.

Recogía un conjunto de creencias, una forma de transmitir conocimiento en la é poca.

Pero ese conocimiento estaba ligado tambi é n a lo que hoy llamaríamos curandería.

El problema, creo — Mart ín dudó un segundo antes de elegir las palabras—, es cómo puede interpretarse hoy y el peligro de esas interpretaciones.

Jon, hay algo que no te hemos contado. En las páginas donde estaba la tablilla se describían rituales para traer a Gaueko de la oscuridad a la luz.

Hablaban de fabricar unas piedras de luz mediante ciertos sacrificios.

Eso es lo que pienso que podría estar pasando.

Y eso es lo que Claire estarí a interpretando.

—¡Eso son tonterías! —estalló Jon—. ¿Por qu é iba Claire a creer algo así ?

—Jon, yo mismo… — Mart ín bajó un poco la voz—.

Desde la sinceridad en mi corazón s é que uno puede pasar de la incertidumbre a la superstició n, de la superstici ón al conocimiento, del conocimiento a la fe, y de la fe al fanatismo.

Cuando Itziar nos dio acceso a las traducciones paralelas del material de Irulegi, me pregunt é si esas palabras podrían contener alguna verdad.

Incluso lo de las piedras de luz me pareció que podí a contener … pureza.

— Mart ín, ahora tú tambi é n estás desvariando. Se nota que la estancia en comisaría no te sentó bien — cort ó Itziar, dejando claro que daba por cerrado ese desví o.

Se hizo un silencio. Jon se acercó a la ventana y corrió un poco la cortina. Pamplona anochecía detrás del cristal: coches, gente con paraguas, la vida normal. Y ellos tres hablando de desapariciones sin cadáver, de piedras de luz, de mitologí a. Nada respond ía a las preguntas esenciales.

—No hay crímenes —dijo Jon, má s para s í mismo que para ellos—. No oficialmente. Solo gente que deja de estar. Si aceptamos que eso es lo que está pasando.

— Exacto. Habl é con un inspector amigo de la Policía Foral y, sin denuncias ni algo tangible, no van a mover un dedo —añadió Itziar —.

Lo mismo con la Guardia Civil. No van a invertir recursos.

Ya lo sab é is: sin cuerpo, no hay caso.

Además, en otras zonas cercanas a estos lugares hay denuncias de desapariciones, de má s gente perdida, no solo de peregrinos.

Mart ín caminó hasta la mesa y tomó las tres fotos. Las colocó en línea: Monreal. Iturrisa. Zugarramurdi. Luego alzó la vista hacia el mapa de Claire.

—No encajan en la espiral —dijo.

—No —coincidió Jon—. Pero pueden rodearla.

—O distraer —añadió Mart ín.

—Tambi é n — concedi ó Itziar —. Pero prefiero que las miremos nosotros, antes de que un guardia con prisa las archive.

Jon volvió a la mesa y sacó la llave de la caja fuerte. La abrió y cogió la pieza en forma de oca. No tenía por qu é hacerlo, pero lo hizo, seguramente para ver las reacciones y opiniones. La dejó al borde de la mesa.

Itziar la vio.

—¿Eso qu é es?

—Un regalo de funeral, mi extraña herencia —dijo Jon.

—¿Has ido a un funeral y vuelves con un juguete? — ironiz ó ella regal ándole una sonrisa.

—Era de mi tío —aclaró Jon—. Me pidió que lo recibiera. Solo eso.

Itziar la cogió con cuidado, como quien tiene una prueba sin guantes. La observó de cerca como si fuera otro hallazgo en un yacimiento.

—¿ Qu é es? Parece como una ficha de un juego, o una especie de llave.

— Parece.

—¿Antigua?

—Mucho. O eso pienso.

—¿Y con una espiral? — alz ó la vista —. Como las que estamos viendo.

—Sí —dijo Jon—. Como las que estamos viendo.

—Aunque las espirales y su uso en la historia antigua siempre han sido frecuentes.

Mart ín los observaba a los dos. Había una idea asomando en su mirada: Bernard, la Hermandad, las piezas, los símbolos. Algo que conectaba el pasado con el presente, que é l conocía pero que tambi é n guardaba.

—¿Crees que tu tío sabía algo? —preguntó Mart ín.

—Creo que mi tío sabía muchas cosas —respondió Jon—. Y que decidió que no era el momento de contarlas.

—O que contarlas era peligroso —añadió Itziar, devolviendo la pieza.

Se sent ó en la cama, cansada. Jon se dio cuenta de que no era solo preocupación profesional. Itziar estaba implicada de una forma que le estaba costando horas de sueñ o.

— Vale —dijo Jon—. Hagámoslo así. Mañana por la mañana, Monreal. Despu é s, Iturrisa. Si no sale nada, vemos si vale la pena subir hasta Zugarramurdi. —Miró a Mart ín—. Pero esta vez sin que la Guardia Civil tenga que sacarte de comisarí a.

Mart í n apret ó el labio inferior, pero asintió.

— No prometo ser simp á tico —dijo— . Prometo ser funcional.

— Me vale.

Itziar se levant ó.

—Os paso todo por correo —dijo, recogiendo algunos papeles—. Y, Jon… —lo miró—. Has vuelto má s serio.

—Se ha muerto mi tí o.

— Lo s é . —Hizo una pausa—. Pero no es solo eso. ¿ No?

Jon no contestó . Se limit ó a acompa ñarla hasta la puerta. Ella salió al pasillo, volvió a asomar la cabeza.

—Y gracias —dijo—. Por no dejar esto solo en mis manos. No puedo con todo.

—Nadie puede con todo —respondió Jon.

Cerr ó la puerta.

Se quedaron los dos hombres dentro, con las tres fotos en la mesa y la pieza de Bernard entre ellas como un cuarto invitado. Jon volvió a sentarse. Martín siguió de pie, incapaz de relajarse del todo. Había algo que no había contado todavía, algo que le ardía en la garganta.

—Jon —dijo, al fin.

—Dime.

—Cuando estabas en Cluny y hablamos… —buscó las palabras—… estaba en Leyre. Con Gabriel.

Jon levantó la ceja.

—¿ Qu é pas ó ?

—Bueno. Escuch é una conversació n del prior. —Hizo una mueca—. Me dijo que no me estaba reconociendo. Que estoy… —se detuvo—… cerca de cruzar la línea.

—¿Lo está s?

—No lo s é . — Mart ín lo miró de frente—. Por eso te lo digo. Porque, si la cruzo… no quiero que sea una sorpresa para ti.

Jon apoyó los codos en las rodillas. Miró el mapa, la pieza, las fotos y miró a su compañ ero.

—No quiero perder a nadie más —dijo, por fin, lo que se había quedado sin decir en el coche— . Ni a Claire, ni a ti. As í que no me hagas elegir. Te necesito fuerte.

La frase le llegó a Mart ín como un golpe bien dado, de esos que no dejan moratón por fuera pero rompen por dentro. Bajó la cabeza un momento y respiró.

—No te har é elegir —dijo—. Pero tienes que entender que, si alguien está siendo atacado…

—…no vas a mirar a otro lado. Ya lo s é — terminó Jon—. Entonces, al menos, aprende a parar. Bernard decía que el silencio enseña, silentium docet . Aplícalo tambi é n al cuerpo.

Mart ín sonrió apenas, sin alegrí a.

— Bernard … —repitió—. É l y Gabriel… siempre con la misma cantinela.

—Por algo serían amigos —dijo Jon.

—¿Crees que Gabriel sabe algo de esto? —preguntó Mart ín entonces, pero esta vez no fue una pregunta teórica. Fue un tanteo.

Jon lo midió . Record ó a Bernard guardando secretos. Record ó a Fray Henry hablando de » un asunto viejo» . Record ó a la pieza en su mano, y dijo despacio:

—Creo que hay gente que sabe más de lo que dice. Y que no todos lo hacen por maldad. Algunos lo hacen por miedo.

—¿ A qu é ?

—A que no estemos preparados. A la responsabilidad de las acciones, por ejemplo.

Mart í n solt ó una risa m ínima.

—Pues que se den prisa. Porque el que está haciendo esto no espera. No obstante, en el archivo de Leyre, en la parte más privada del scriptorium , hay unos incunables que pueden guardar relación con esta llave…

Se hicieron las once pasadas. Salieron a buscar algo para cenar, cualquier cosa abierta les valía.

Se despidieron despu é s y volvieron cada uno a su habitación.

La noche de Pamplona los envolvió como envuelve a la gente que no puede dormir porque piensa.

Jon se acostó sin quitarse la ropa del todo.

En la mesilla dejó las fotos de Monreal e Iturissa.

En el bolsillo, la pieza. Cerró los ojos.

Vio la ermita de la foto buscando detalles que a veces en la soledad del silencio afloran, pero sus ojos se cerraron.

La alarma del tel é fono son ó como estaba programada.

Jon encendió la televisión para escuchar las noticias y el tiempo, confiando en que el sol del 8 de junio hiciera más presencia que en los dí as anteriores.

Ducha r ápida, y para antes de las ocho de la mañana el laico le estaba esperando en el coche debajo de la puerta del hotel con dos vasos para llevar con caf é bien caliente.

Mart ín conducía. Jon revisaba en el móvil los e-mails que Itziar les habí a enviado de madrugada: peque ñ a cronolog ía de desapariciones sin resolver en la zona, informe de un guardia que había visto una furgoneta blanca aparcada demasiado tiempo en el camino de la ermita, una nota de la parroquia diciendo que la puerta no había sido forzada. Nada concluyente. Nada suficiente.

—¿Sabes lo que me fastidia? —dijo el laico con la vista puesta en la carretera.

— Sorpr é ndeme.

—Que este tío, el que hace los círculos, el que se lleva a la gente, el que quizá tiene a Claire , sabe de simbología más que nosotros, sabe de criminología más que nosotros, y encima… — apret ó el volante —… encima sabe de limpieza forense.

—O somos nosotros los que vamos siempre detrás —dijo Jon.