Capítulo IX. — La sombra del guardián
Cap í tulo IX .
La sombra del guardián
Jon apresuró su salida de la habitación bajando las escaleras de tres en tres. El último tramo casi le supuso una lesión.
Con el aliento sin recuperar y el corazón en la boca, ahí estaba é l.
Mart ín estaba apoyado en la pared del portal, las manos en los bolsillos, la cabeza ligeramente gacha, como quien intenta contener una energía que no sabe por dónde se le va a escapar.
Llevaba la misma cazadora oscura y ese aire de hombre que ha descansado poco y ha discutido con alguien.
Jon lo reconoció al instante: eso no era solo cansancio, era el rastro de quien no ha dormido en paz.
—Has tardado —dijo Martí n, sin reproche, solo constatando.
—Francia no se ha acercado desde la ú ltima vez —respondió Jon, cerrando la puerta—. ¿ Est ás bien?
Mart ín tardó una fracci ón de segundo en contestar. Esa demora le dijo a Jon más que cualquier palabra.
—Estoy aquí.
Era su forma de decir: » Podría estar peor». No encontraba las palabras para continuar una conversación.
Subieron al piso sin hablar. Jon abrió y dejó pasar a Martín primero, apresurándose hacia la ventana para abrirla un poco y encender un pitillo. Sabí a que a Mart ín el humo le molestaba, pero é l necesitaba fumar.
— Quer ía venir a darte el p é same en persona. Lo siento —dijo con completa sinceridad cuando encontró las palabras.
—Yo tambi é n —respondió Jon, y ese «yo tambi é n» no era solo por Bernard. Pero barruntaba que en las palabras de Martí n hab ía algo má s.
Se hizo un silencio corto. Que el detective rompió.
—¿ Qu é ha pasado?
Mart í n solt ó el aire despacio, como quien deja salir una explicación que ya ha repetido a la policí a.
—Estaba en el bar. Dos tipos. Uno en el suelo. Una mujer huyendo. Lo de siempre — contest ó siendo parco en las palabras.
—¿Lo de siempre?
—Par é una agresión. —Esas palabras las llenó con autoridad y justificación—. Nadie iba a hacer nada. Yo sí.
Jon lo miró , serio. Hab ía recibido una llamada cuando estaba de vuelta, del prior Gabriel, preguntando por Martín.
—El informe dice que casi matas a uno de ellos a golpes.
—El informe no estaba allí — replic ó Mart ín con los dientes apretados—. Y si yo no estoy allí, la chica no sale corriendo.
Jon se pas ó la mano por la cara.
—No es eso, Martín. Sabes que no es eso. — Lo se ñaló con el mentón—. Es que no te detuviste.
Mart ín le sostuvo la mirada. Ahí, bajo esa luz pobre de una lámpara de la mesita de noche, Jon vio otra cosa: no era soberbia, no era chulería, era miedo. Miedo de sí mismo.
—Cuando empiezo… —murmuró Mart ín—. Me cuesta. Y no quiero… —calló—. No quiero volver a ser esa persona.
Jon frunció el ce ñ o, extra ñ ado.
—¿ Qu é persona?
Mart ín no respondió de inmediato. A veces su pasado le salí a as í: como un recuerdo que lo agarraba del cuello, que le asfixiaba, no como una an é cdota que se cuenta, sino más bien con un filo que apuñala. Tomó el vaso vac ío y se permitió echar un poco de agua, mientras volvía al pasado.
El patio del orfanato, el arenero donde jugaban niños con canicas, otros corriendo, otros con el balón en la cancha.
Un niño má s grande que é l le había pisado un juguete, un coche rojo de plástico con las llantas de las ruedas plateadas, nada, una tontería, y se había reí do.
Mart í n ten ía ocho años, había visto que no fue un descuido, fue deliberado y no pensó más.
Se lanzó sin meditación, los nudillos de las manos golpearon la boca partiendo el labio, y la nariz provocando una leve hemorragia nasal.
Segundos despu é s, el padre Gabriel estaba agarrándole las muñecas por detrás, fuerte, mientras le alejaba del otro niño que continuaba tendido en el suelo.
—No todo lo que empieza con violencia debe terminar con violencia, hijo. —le había dicho Gabriel, mirándolo a los ojos.
Esa frase se le había quedado clavada como una astilla en la uña. Y, sin embargo, cada vez que veía a alguien acorralado, volvía a empezar. Él nunca empezaba, pero siempre terminaba.
Jon lo observó con atención.
—¿Llamaste a Gabriel?
Mart ín asintió, una sola vez.
—Fue a buscarme. Como siempre.
—¿ Te ri ñó ?
—Me dijo lo de siempre: que una llama fuerte o se apaga o quema. — Mart ín se encogió de hombros, medio avergonzado—. Que necesito propósitos y más oración.
—Pues propósitos tienes —dijo Jon—. Claire. Y el manuscrito.
Mart í n levant ó la vista. Ah í volvi ó el foco.
—Por eso estoy aquí.
La conversación se habría quedado en ese punto, con esa tensión no resuelta entre la fuerza y el límite, pero alguien más llamó a la puerta con tres golpes de cortesía. Ni tí midos ni violentos. Pr ácticos. Jon se adelantó y abrió.
La doctora Itziar Mendívil estaba en el umbral, con el pelo recogido y la cara de alguien que ha pasado demasiadas horas entre papeles y malas noticias.
Llevaba una carpeta trasparente, con el logo del escudo de Navarra, bajo el brazo, y su bolso cruzado.
Miró primero a Jon, luego a Martí n. Su ce ñ o se apret ó medio milí metro.
—Bueno —dijo—. Por lo menos está is los dos.
Entr ó sin esperar invitación. Dejó la carpeta sobre la cama, miró el mapa extendido sobre la mesa y suspiró.
—¿Ya te ha contado que ayer noche tuvo pensión completa en el cuartel de la guardia civil en Yesa? — se dirigi ó a Jon formulando la pregunta con una ironí a particular.
Jon asintió, no quiso añadir ningún comentario má s, pod ía entender e incluso estar de acuerdo con la postura del laico, aunque no lo reflejarí a.
—Ayer había una mujer a la … — replic ó Mart í n, seco.
—Y casi matas a un hombre — cort ó tajantemente la doctora.
—No lo mat é .
—Porque eres bueno — solt ó ella, con un hilo de sarcasmo —. Pero eso no va a quedar así siempre. Gabriel me lo contó tambi é n y estuve hablando con el comandante de puesto para interceder por ti. Otra cosa es si habrá o no demanda por lesiones…
Jon levantó la mano, con un gesto de juez para cortar y calmar la conversación.
— Itzi, ven ías por algo más que para recordarnos que somos un problema —dijo con un tono más cariñ oso.
Ella lo miró y é l le mantuvo la mirada, y eso la suavizó.
Con Jon no le salía mantenerse enfadada mucho tiempo.
Quizás había visto en él algo más que solo un detective, el reciente afeitado de Jon le acentuaban mucho más el cristalino azul de sus ojos.
Los labios libres de barba parecían buscar una confrontación con los suyos.
Itziar se humedeció sus labios inconscientemente.
Mart í n carraspe ó siendo má s consciente.
—Venía porque no quiero que os qued é is parados —dijo—. Y porque s é que no vais a hacerlo, aunque os lo pida.
Abri ó la carpeta. Dentro había copias de fotos, impresiones de e-mails, un par de notas manuscritas. Sacó la primera foto y la dejó sobre la mesa. Era una ermita pequeña, de piedra clara, con un tejado bajo y un campanil absurdo. Se reconocía el entorno: Monreal.
—Hace cuatro días —dijo— . Un matrimonio franc és pas ó por aqu í.
Ella subió a la ermita a hacer fotos. É l se quedó abajo, fumando.
Ella no bajó. É l la buscó. Nada. La Guardia Civil hizo una batida pequeña, porque tampoco había denuncia formal.
La familia no quiso prensa, dijeron que quizá se había desorientado…
—Encogió los hombros—. Pero yo no me creo que una mujer de cuarenta y cinco añ os, monta ñera, se pierda en Monreal a veinte metros de la carretera.
Jon cogió la foto y la observó con atención. La luz de la imagen era gris, de tarde. La puerta de la ermita estaba entreabierta.
—¿Hay rastro? —preguntó.
—Ninguno que la policía quiera escribir.
Mart ín se cruzó de brazos.
—¿Y qu é tiene que ver con Claire?
—Todavía nada — admiti ó Itziar —. Pero quiero ver si en las desapariciones recientes hay… —buscó la palabra—… un patr ó n, firma … —Necesitaba conocer la opinión y el criterio profesional del detective.
Sac ó otra foto. Esta era más rara: unas piedras en semicírculo, con musgo, en mitad de un robledal hú medo.
— Iturrisa —dijo—. Una casa vieja. Ha entrado gente a hacer botellones, sí, pero tambi é n han aparecido restos de velas, una marca de espiral en una mesa de piedra y… nada más. Podría ser cualquiera… o podría ser el mismo que os está guiando con los cí rculos quemados. No lo s é .
—¿Y por qu é no lo sabes? — salt ó Mart ín.
—Porque no deja nada — contest ó ella, con frustración sincera—. Nada. Ni ADN, ni pisadas, ni colillas. Nada. Como si supiera dónde no mirarí amos.
Jon mir ó a Mart ín por el rabillo del ojo. Era exactamente lo mismo que había ocurrido con el círculo que habían encontrado en Aralar.
—¿Y esas otras? —preguntó Jon.
Itziar dudó un segundo, como si temiera sonar ridí cula.
—Zugarramurdi.
Mart ín resopló.
—¿ En serio?
—Sí, en serio —respondió ella, firme — .
Lo s é , suena tópico. Pero se han reactivado visitas nocturnas a las cuevas, han aparecido restos de cera y hueso, y una chica del pueblo asegura que vio a alguien con capucha negra salir de allí de madrugada.
¿Puede ser un chaval haciendo el imb é cil?
Puede ser. ¿Alguien recreando historias de brujería?
Puede ser. ¿Alguien usando lugares de carga simbólica en Navarra para un mensaje que aún no entendemos?
Tambi é n puede ser. Estamos hablando de la relación entre el robo del manuscrito, la interpretación que contiene, el conjuro de la tablilla dentro del có dice, la mitolog í a vascona … Gaueko, y Claire.
— Expl ícate mejor, Itziar — la cort ó Jon, ansioso por entender.