El Códice de Gaueko Capítulo VIII. — En el camino de la luz #3
49%

Capítulo VIII. — En el camino de la luz #3

—Rompecabezas de Bernard — contest ó con una leve mueca de sonrisa forzada mientras apretaba la llave de la oca en su mano.

—Oh, ya entiendo —añadió Fray Henry sonriendo fugazmente—. ¿ Dormiste?

Afirm ó, como si fuera un logro compartido.

—Dormí — contest ó procurando ser igual de enigmatico.

Henry señaló los cuadernos.

—Bernard dejó esto para el archivo. Notas de toda una vida. Los revisaremos con calma. No son para hoy.

Jon dudó . Tenía una batería de preguntas que precisaban respuestas. Era consciente que no era el momento , pero tenía que hacerlo.

—¿Te habló de… su trabajo en los últimos meses?

Henry tardó unos segundos en responder.

—Me habló de disciplina, perseverancia, de esfuerzo, como siempre.

Y de un asunto viejo que é l hab ía decidido no abrir del todo.

Me comentó que no le tocaba a é l cerrarlo —lo expuso con el tono de quien tiene la discreción como bandera—.

Si llegó a escribirlo, estará en esos cuadernos. Si no, se los llevó consigo.

—¿Y la caja que me entregaste?

— Lo prepar ó a los pocos días de tu última visita con él, hace unas semanas. Me dijo: » Si Jon vuelve, es para é l. Si no viene, lo guardas tú». No quise preguntarle más. Con Bernard, preguntar de más a veces era una forma de faltar al respeto.

Jon agradeció la respuesta con un movimiento imperceptible de hombros.

No necesitaba má s. Habl ó poco rato m ás con Henry, de cosas menores, de la salud de algunos, de algunas reformas necesarias, incluso de abrir de nuevo el establo, y se despidió para dar un paseo por el claustro antes de volver a la celda y de recoger sus cosas.

Caminó lento, volviendo a revivir esos momentos, a ver de nuevo las piedras sin prisa, como se lee un rostro.

Se detuvo en la fuente, se encendió un pitillo y se sentó en un borde, metiendo la mano en el agua mientras que con los movimientos de la palma creaba unos remolinos que engullían hacia el fondo algún pobre insecto que terminó dentro.

Por uno de los caños de la fuente seguían manando gotas de agua que todavía se filtraban pese a que el conducto no había sido reparado en d é cadas.

El goteo de ese sonido lo llevó a otro momento, a una tarde en que Bernard, aún joven, le habí a pedido que contara cu ántas veces en un minuto escuchaba el caer de la gota.

—¿Para qu é sirve? — hab ía preguntado el niñ o, extra ñ ado.

—Para que aprendas a escuchar de otra manera, con la mente en silencio —le respondió Bernard con una invitación a la sonrisa—.

No te rías. Cuando todo parece igual, la quietud de la mente sigue oyendo y te mostrará cu ándo algo cambia sin que el oído se d é cuenta.

La diferencia siempre está en lo pequeñ o, recu é rdalo, Jon.

Jon sonrió levemente en el presente. La filosofía de Bernard, otra vez.

La pieza en la mesa. El arañazo que no lo era.

Volvió a la habitación con la decisión de no llevarse nada más de lo necesario.

Guardó la pieza en el bolsillo interno de la satchel, dobló la nota en latín dentro del sobre y recogió su chaqueta.

Antes de salir, desde la puerta y con la mirada de agradecimiento puesta al fondo, se despidió de la habitación como si su tío permaneciera en ella y el niñ o que un d ía fue, le diera el último abrazo.

Bajó las escaleras. Henry lo acompañó hasta la puerta del atrio.

—¿ Volver á s? —preguntó el monje sin peso en la voz.

—Siempre se vuelve —respondió Jon, sin querer ponerse solemne—. Aunque no sea al mismo sitio ni por los mismos motivos.

Se dieron la mano. Jon cruzó el patio y caminó hacia el coche.

Sacó su tel é fono de la satchel, y lo encendió de nuevo.

Había estado desconectado demasiado tiempo, pero era un tiempo necesario para el recuerdo y la reflexión.

Pensó que tampoco le habría echado en falta mucha gente.

Pero se equivocó. Al presionar el botón de encendido la pantalla se iluminó, y nada más que tuvo señal de antena, el móvil vibró y entraron varios mensajes de texto con mensajes del buzón de voz. Mensajes de Martín y del prior Gabriel.

— Ya les devuelvo la llamada en ruta —murmuró.

En ese momento recibió una llamada entrante, miró la pantalla sin detenerse y puso el manos libres. Contestó.

—Jon —la voz de Martín llegó sin preámbulos—. Te llamo porque el prior Gabriel me ha contado de tu p é rdida. Mi m á s sinceras condolencias.

—No pasa nada, Martin. Gracias. Ya ha pasado todo. Salgo ahora —dijo—. Estoy todavía en Cluny. Llegar é esta tarde noche.

— Conduce con calma —dijo Martín, porque urgencia no hay— . Confi ó en poder esperarte en Pamplona.

Cortaron. Jon se quedó un segundo quieto, con el tel é fono a ún en la mano.

La pieza de la oca parecía haberse movido en el interior de la bandolera, como si la llamada la hubiera despertado.

Pens ó en Bernard. Le habría gustado pedirle una frase que ordenara ese cruce: el duelo y la urgencia, la memoria y el camino.

Se sorprendió repitiendo la que ya tenía.

In via lucis, silentium docet . En el camino de la luz, el silencio enseña.

No era un consuelo. Parecía más bien un mantra ya.

Con el cinturón abrochado encendió el motor y revisó por costumbre el espejo retrovisor, no para cerciorarse de que no venía nadie, sino para concederse un último vistazo de Cluny: la piedra, el patio, el arco donde Henry quedaba ahora de espaldas.

No se detuvo a saludar. Puso la primera y salió despacio, sin el gesto teatral de quien huye.

El camino de regreso era el mismo, pero el paisaje parecía más hondo y pesado, como si la lluvia de la madrugada hubiera delineado las costuras de los campos.

No encendió la radio. No llamó a nadie. Solo condujo con esa concentración que deja a un lado lo que no hace falta.

Seguía el silencio siendo parte importante para é l.

Una hora despu é s, en una estación de servicio hu é rfana de música, se detuvo a llenar el depó sito. Abri ó la satchel y sacó la pieza del bolsillo, la puso sobre el salpicadero y la miró a la luz pálida del mediodía. El número 31 se veía mejor en ese á ngulo.

—Cuando todo esto acabe resolver é el acertijo de Bernard. —Se convenció con esas palabras.

La espiral apenas visible parecía casi una sombra difuminada sin sentido aparente.

Jon pasó el pulgar por el borde, con una caricia que no se concedía a las cosas.

«Cuando el camino lo reclame». Entr aron a su mente de nuevo esas palabras.

Su tío sabía jugar con ellas y era conocedor del poder que tienen.

Tambi é n sabía que los mensajes mal entregados son peores que los mal leí dos.

Un suspiro le vali ó al detective para centrarse en el presente.

Guardó la pieza, pagó y volvió a la carretera.

Al entrar en España la luz cambió de tono, m á s seco.

Se sorprendi ó calculando mentalmente la distancia hasta Pamplona como si estuviera restando columnas en una hoja Excel de ordenador.

Pensó en Henry, en los cuadernos, en Claire, en la espiral que parecía moverse siempre, aunque uno no la mirara.

Por primera vez desde la llamada aceptó con una calma terca que el duelo no se acabaría con el viaje: iba a acompañarlo del mismo modo que la pieza ahora lo acompañaba en el bolsillo.

Un presente, una herencia discreta, sin alarde, que pesa lo justo para no olvidarla.

—¡ Al fin Zuasti! — exclam ó. Era el último peaje de la carretera antes de entrar en Pamplona.

La salida de la autopista le obligó a reducir las marchas para entrar en la circulación de la ciudad.

Tenía la sensación, nueva y antigua a la vez, de que acababa de salir de una habitación y entraba en otra donde las paredes sabían su nombre.

Aparcó en la plaza del parking que tenía en el hotel, apagó el motor y dejó las manos un instante sobre el volante.

El camino enseña en silencio. Se permitió sonreír, apenas, por lo literal que sonaba y por lo útil que iba a ser la lección de vida a la que realmente se estaba sometiendo.

Cogió la chaqueta y la satchel, y salió del coche, subiendo por un callejón trasero que daba acceso a una pasarela detrás del hotel y que tenía unas increíbles vistas tanto del río Arga como de los barrios que había al pie de las murallas que protegían el casco viejo de Pamplona.

La ciudad lo recibió con su sonido habitual. En un portal contiguo, un vecino cargaba una bolsa con pan y una garrafa de agua. Jon entró por recepción, pidió la llave de la habitación y decidió subir por las escaleras.

La estancia la sentía prácticamente igual a como la dejó, salvo por el orden y la limpieza que había recibido.

Lanzó la chaqueta sobre la silla e hizo por primera vez uso de la caja fuerte para guardar en ella la caja con la nota de su tío.

Se sirvió un vaso de agua y apagó la luz.

Quería descanso y la habitación quedó en penumbra.

» Mañ ana ser á otro día», anotó mentalmente.

Pretend ía acostarse y descansar del viaje, tarea que parecía imposible cuando escuchó unos golpes secos e insistentes provenir de la puerta.

Tardó unos segundos en reaccionar. Cuando abrió no había nadie. La escalera estaba vacía. Bajó al hall con el pulso acelerado. Y allí estaba é l.