Capítulo VIII. — En el camino de la luz #2
—Bernard dejó instrucciones sencillas —dijo—. Nada de discursos. Sencillez. Y que te alojáramos esta noche en las habitaciones de invitados de larga estancia. Quería que despertaras en la abadía una vez más sin é l.
Jon asintió . La frase « sin é l» le cayó como una pieza que no encajaba todaví a. Mir ó a Henry con un agradecimiento que no supo expresar.
—Gracias por avisarme —dijo. En su expresión se podía ver cómo sus ojos se humedecían, y sus labios aguantaban la vibración de la emoción.
—No lo habría perdonado de otra manera —respondió Henry —.
Era obstinado, ya lo sabes. Con su salud, con su trabajo, con sus silencios.
Los ú ltimos meses … —calló un segundo por respeto —.
Digamos que los dedicó a ordenar papeles.
Sab ía que el tiempo que le quedaba ya era un regalo.
Dijo que a veces lo má s dif ícil no es guardar un secreto, sino entregarlo.
La frase quedó entre ellos como una cuerda sin atar. Jon no preguntó. Si había algo que preguntar, no sería ahí. Henry señaló el corredor que llevaba a la zona donde estaban las celdas para las visitas.
—Descansa. La mesa está preparada. Si necesitas hablar, estar é en la biblioteca hasta tarde.
Se separaron sin ceremonia. Jon cruzó el corredor, pasó junto a una puerta que olía a brioche y galletas, y subió una escalera de piedra que lo condujo a una habitación austera: una cama estrecha, una mesa de madera, un lavabo, una ventana que enmarcaba el tejado y un pedazo de cielo que ya se estaba nublando.
Dejó la chaqueta sobre la silla, sacó el sobre y la caja y la posó sobre la mesa.
No abrió nada. Se lav ó la cara, se mir ó el cansancio en el espejo —más ojeras, una línea dura en la boca— y respiró hondo.
Se sent ó.
Dejó la caja a un lado. Rompió el sello de cera y quitó la cinta que envolv ía la caja.
Dentro habí a una nota breve con la caligraf í a de Bernard: » Para Jon, cuando el camino lo reclame» .
No dec ía más. Dejó la nota e hizo lo mismo con la caja.
Lo único que contenía era un pequeñ o envoltorio de tela.
Lo desat ó. Apoyado en la palma de su mano quedó un objeto que no esperaba: una pieza cilíndrica, como una especie de llave o figura de un juego, más grande que una moneda, probablemente de hueso o marfil antiguo.
El pulido era irregular. En el centro, grabada con una precisión que no pertenecía a un aficionado, había una oca estilizada, y debajo, apenas visible, un número desgastado que Jon reconoció con esfuerzo: 31.
Alrededor, como si fuese un respiro del grabador, una l ínea curva, mínima, que podía pasar por arañazo; una espiral diminuta que casi no lo era.
En el fondo de la caja, una cartulina má s peque ña, con una frase en latín escrita con tinta firme: » In via lucis, silentium docet. Memento, lux in via lux in sanguine» .
Leyó en voz baja y buscó la traducción. » En el camino de la luz, el silencio enseña.
Recuerda, la luz en el camino, la luz en la sangre» .
Record ó a Bernard repitiendo ese tipo de cosas no como dogma, sino como enseñ anza, como legado.
Cerr ó la mano sobre la pieza, sintiendo su temperatura tibia, y le pareció que tenía la densidad exacta para ser real y, a la vez, para que la desconfianza le dijera que tal vez aquello no era para ahora.
Dejó la figura sobre la mesa y volvió a leer la nota.
» Cuando el camino lo reclame». No era una fecha. Era una clá usula condicionante.
La tarde descendió sin ruido. Un monje golpeó suavemente la puerta para avisar de la cena.
Jon bajó , comi ó una sopa de verduras y algo de pan con pat é que elaboraban en la abadía, agradeció en silencio la normalidad de lo cotidiano, y subió de nuevo al cuarto, » con el alma reconfortada por la cena caliente», como le habría dicho Bernard.
Se quitó los zapatos, dejó la luz encendida y abrió la ventana un palmo.
El aire tenía el olor íntimo de la lluvia contenida.
Miró hacia el horizonte y detuvo la mente por un instante.
Hizo un breve acto de introspección y reflexionó sobre lo cansado que estaba de la vida que realmente llevaba. Sentía ganas de gritar, de llorar.
No pens ó en Claire. O no quiso. Pensó en Bernard.
Lo imaginó joven, antes de ser el tutor que firmó su tutela con el gesto sobrio de quien acepta una carga sin dramatismo.
Lo imaginó con el há bito reci é n puesto, aprendiendo a ordenar sus propias preguntas para poder ordenar luego las de otros.
La memoria, traicionera cuando quiere, no le devolvió al hombre joven, sino al hombre de siempre: alto, delgado, la mirada que no prometía nada que no pudiera sostener.
La que tiene el brazo que por un lado te juzga y por el otro te acaricia.
Se echó hacia atrás en la silla. Cerró los ojos apenas.
A su manera, sin rótulos, el pasado entró.
Tenía once años y la habitación del hospital era de lo más sencilla posible, blanca, alicatada con azulejos que mezclaban el blanco y el azul formando una línea hacia la mitad de la pared, y con un ventanal que cumplía la función de oxigenar la estancia, porque las vistas que tenía eran hacia un patio interior.
É l sabía que sus padres no volverían, la primera conversación que recordó escuchar a las enfermeras era precisamente lo ocurrido con ellos.
Bernard se sentó a su lado, la enfermera había dispuesto una jarra de agua en la mesilla.
Después comprobó las constantes en el monitor y se fue.
El fraile no preguntó cómo se sentía ni dijo » lo siento» de inmediato.
Guardó el silencio lo justo. Despu é s, pronunció su nombre, una vez, con la justa mesura de quien trata pocas veces con niñ os.
—Jon. A partir de ahora te quedarás conmigo. Vivirás como uno más de nosotros en la abadía, pero sin descuidar tu enseñ anza.
Jon notó la calidez de las palabras, el aliento y consuelo de quien busca refugio y lo encuentra.
Al d ía siguiente, Bernard firmó los papeles.
» No te prometo que entenderás todo lo que haga», le dijo cuando se lo llevaron.
» Pero te prometo que, cuando deba explicarte algo, no me esconder é» .
Jon creyó esa promesa con esa fe implacable que solo tienen los niños o quienes han visto demasiado pronto cómo se cae una casa.
Los veranos en Cluny comenzaron ese año.
La primera vez que lo llevó por los claustros, Bernard le enseñó una columna con capiteles gastados.
Señaló un bajorrelieve donde un hombre parecía hablar con un animal.
«¿ Qu é ves? », preguntó. Jon habló de figuras, de piedras, de una cosa que parecía un pez y quizá era un perro.
Bernard sonrió, con la ternura disciplinada de quien no quiere estrenar aún el elogio.
» Ves lo que está. Pero tienes que aprender a ver lo que falta».
De vuelta al presente, en la habitación, ya de noche, Jon abrió los ojos y la tulipa de la lá mpara recort ó con la luz la pieza del juego como si fuera una luna propia.
La sostuvo otra vez. El nú mero 31. Intent ó recordar el tablero del juego de la Oca tal como lo había visto alguna vez en una tienda, en una versión moderna sin valor.
No estaba seguro de las casillas; no sabía si la oca repetida en los múltiplos de algo o si había un puente, un pozo, una posada, la muerte, o el laberinto…
Sabía que existían símbolos, que el anillo de casillas formaba una espiral.
Eso. La espiral. Dejó el dedo en el arañazo curvo.
No era un arañ azo. O no solo. ¿Por qu é dejar una espiral tan pequeña, casi invisible?
¿ Una firma? ¿Una direcció n? Parec ía el último rompecabezas a los que de niño su tío le retaba a descifrar.
Posiblemente esa semilla de inquietud mental, trabajada a lo largo de los añ os, germin ó en su labor profesional, el descubrimiento de lo invisible.
Lo que falta, lo que no todo el mundo ve aunque mire.
El latín, en cambio, no le planteaba dudas .
In via lucis, silentium docet . Memento, lux in ví a, lux in sanguine .
No era una frase lit úrgica reconocible.
Tampoco un versículo. Sonaba a idea de Bernard: una síntesis mucho más profunda.
En el camino de la luz, el silencio enseñ a.
Guard ó el papel con cuidado en el sobre, como si el orden fuese un conjuro.
No quer ía convertir aquella habitación en un laboratorio; tampoco en un santuario.
Abrió la libreta donde llevaba sus notas de los ú ltimos d ías.
Escribió: » Cluny — Bernard — pieza (oca 31) — espiral m ínima — frase latín».
Al lado, una flecha hacia una palabra que no había puesto: «cuando el camino lo reclame».
«¿ Camino de Santiago? », añadió, subrayando varias veces la pregunta.
Recostado en la cama, dejó que el cuerpo hiciera su parte.
El cansancio lo alcanzó de golpe. No soñó.
O no lo recordó. Se despertó a media noche con el ruido discreto de la lluvia que había decidido, por fin, empezar.
Miró la hora, se giró, buscó la pieza con la mano como si fuera un há bito reci é n aprendido, y volvió a cerrar los ojos.
A la mañana siguiente, el cielo amaneció con la elegancia floral de junio, luz clara, cielo despejado y los dibujos de los estorninos al fondo de la abadía.
Jon decidió darse una ducha fría, bajo la austeridad que el lugar reclamaba, y afeitarse para darse un mejor aspecto, aunque fuera solo de fachada.
Bajó al refectorio, tomó caf é y pan con mantequilla salada.
Despu é s bajó a la biblioteca y accedió al scriptorium , donde lo aguardaba Fray Henry, al que le pidió si le pod ía facilitar bibliografía relacionada con las cartografías antiguas de los distintos caminos de peregrinaje.
—Exactamente, ¿ qu é es lo que buscas ahora, Jon?